Leona Vicario, primera periodista mexicana y adicta a la insurgencia

21 junio, 2026

Primera periodista mexicana, Leona Vicario fue una mujer de la clase alta novohispana que se despojó de su riqueza vendiéndolo todo para dar las ganancias de su herencia al ejército mexicano, guiada por su espíritu libertario y promoviendo la independencia de México

Por Évolet Aceves / X: @EvoletAceves

Celia del Palacio, escritora e historiadora, es la autora de Leona (Planeta, 2018), novela histórica de corte biográfico sobre María Leona Soledad Camila Vicario Fernández de San Salvador (1789–1842), mejor conocida como Leona Vicario, una joven de clase acomodada nacida en la Ciudad de México, de padre zacatecano y madre toluqueña, una de las figuras, si bien mencionadas, aún desconocida y poco celebrada por sus contribuciones durante la guerra de Independencia de México.

Antes de morir, su madre se encargó de asegurarle el futuro a Leona con otro joven adinerado, mas pronto cambió su destino, al conocer a un joven yucateco, guapo y bien peinado, abogado de profesión, de no muchos recursos pero sí los suficientes como para haber sido practicante en la capital, justamente en el despacho de abogados de la familia Vicario, su nombre: Andrés Quintana Roo, de quien pronto se enamoraría tras deslumbrarla por ambos compartir ideales libertarios y un encanto por la poesía.

Esta novela destaca por el análisis histórico desde el género novelesco, da gusto leerla a manera de una crónica y una historia novelada centrada en un personaje clave como lo fue Leona Vicario en la guerra de Independencia. Al mismo tiempo, es la lectura de un vestigio único, de ese momento en que la Nueva España dejó de serlo para transformarse en el entonces Imperio Mexicano —sólo por tres años, con la llegada de Agustín de Iturbide ocupando el trono al reemplazar al español de ascendencia irlandesa y entonces Jefe Superior de la Nueva España, Juan O’Donojú—, y posteriormente México.

Leer Leona es asomarse a través de una ventana antigua a las calles, es caminar por ellas, por sus mercados, sus cocinas, sus campos y hasta sus cárceles y cuevas. Es escuchar a los viandantes, a los mercaderes y también husmear entre cartas, órdenes militares del ejército realista (fuerza militar comandada por la Corona española) y decisiones expedidas por la Inquisición. Es, también, imaginar los encuentros de cama, el erotismo en medio de una guerra, entre dos personajes que lo entregaron todo mientras perseguían el ideal de un México independiente.

En aquel entonces la población en la Ciudad de México rondaba a las cien mil personas. Una Ciudad de México que continuaba desarrollándose dándole la bienvenida a sus nuevos habitantes provenientes del resto del país. La noble y joven Leona, tras haber encauzado su amor a Andrés Quintana Roo, acompañada por sus propias acciones sediciosas a su patria, de cucharita de plata en cucharita de plata, entre candelabros, anillos, carruajes y listones, iba vaciando los bienes heredados por su madre y administrados por su ambicioso tío, a quien la joven inventaba chuscos pretextos para ir exprimiendo su riqueza y hacerle llegar a los generales del ejército mexicano las ventas de sus tesoros, la herencia de su madre.

En prueba de gratitud, el general Ignacio López Rayón llegó a mandarle monedas insurgentes, de las cuales ella misma se desprendió, haciéndoselas llegar a José María Morelos para dirigir el metal hacia fines más convenientes para la prosperidad del pueblo.

En brevísimos pasajes llegan a aparecer personajes ilustres, como la Güera Rodríguez o Josefa Ortíz de Domínguez. En varias ocasiones aparece el artista poblano José Luis Rodríguez Alconedo, orfebre y pintor, quien diseñó los escudos que entonces resplandecían sobre las puertas de la catedral de la Ciudad de México, coronas de santos, con su negocio de fina joyería en la calle de Plateros, muy bien abastecido de diseños únicos en oro y plata —a quien la joven solía comprarle—, y cuyos conocimientos metalúrgicos sirvieron para la fabricación de armas durante la guerra de Independencia.

En su huida de la Ciudad de México a Oaxaca, Vicario fue disfrazada por sus colegas vestidos de arrieros, como una esclava negra, entre jaulas y huacales vacíos, acarreada por mulas. Huía de su encierro luego de haber sido despojada de su riqueza por la Inquisición, tras ser acusada como traidora, pues se resistió a confesar que ella enviaba y recibía cartas cifradas con códigos dirigidos hacia los estrategas militares mexicanos para evitar que fueran atrapados por el ejército realista.

Vicario fue una mujer de la clase alta novohispana que se despojó de su riqueza vendiéndolo todo, o casi todo, para dar las ganancias de su herencia al ejército mexicano, guiada por su espíritu libertario, también enseñó a leer y a escribir a indígenas y mestizos. Leía a Voltaire, a Rousseau, a Fénelon. De andar en carruajes entre edificios de cantera en la Ciudad de México, pasó a andar en mulas, escapando, huyendo de la Inquisición. Recorrió buena parte de la hoy República Mexicana: Huixquilucan, Oaxaca, Chilpancingo, Sultepec, Temascaltepec, Toluca —capital mexiquense donde radicó y regresó en repetidas ocasiones y donde vivían familiares suyos—, Tejupilco —donde nació su primera hija, Genoveva Quintana Vicario, en medio de una huida—, Ocotepec; con constantes regresos a la capital en donde finalmente murió luego de haber sido reconocida su labor y eventualmente haber recuperado el equivalente de sus bienes de los que había sido despojada. Al recuperar su riqueza, a edad avanzada, construyó una escuela dentro de su hacienda para la educación gratuita de los hijos de los peones.

Las descripciones que Celia del Palacio hace son exquisitas, hace renacer oficios, gentes que pulularon alguna vez en la Nueva España; dulces, postres, comidas tradicionales, costumbres. El humor en esta novela es innegable, y es quizá la chispa de esta novela. La riqueza de paradojas que Celia del Palacio encuentra entre los personajes es verdaderamente un manjar. La vestimenta y los detalles a los que alude en torno a la decoración de interiores y exteriores, detalles arquitectónicos, son más que precisos.

Se nota una esmerada investigación para la realización de esta gran novela dividida en 25 capítulos sobre una de las mujeres quizá nombrada, pero poco conocida y bastante interesante, en el transcurso del nacimiento del México independiente.

Me hubiera gustado leer más en torno al rol de esta flamante mujer como periodista, que se menciona muy superficialmente en la novela, siendo que Vicario fue, también, la primera periodista mexicana, al menos así es conocida. Aún así, esto no le resta mérito a la novela. No es una lectura pesada ni tediosa. Tenía temor de encontrarme con una carga apabullante de documentos burocráticos, y agradezco el no haberlo encontrado. En cambio, creo que tiene todas las facilidades que un director de cine atento podría encauzar hacia una serie o película en torno a la vida de Leona Vicario.

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Évolet Aceves es cuentista, novelista, poetisa, cronista y ensayista. Autora de la novela Tapizado corazón de orquídeas negras (Tusquets, 2023), forma parte de la antología Monstrua (UNAM, 2022). Periodista cultural, fotógrafa con dos exposiciones individuales. Escribe su columna en Pie de Página. Ha vivido y estudiado en Toluca (México), Varsovia (Polonia), Albuquerque (Nuevo México, EEUU) y Nueva York, donde actualmente reside con la beca GSAS otorgada por la Universidad de Nueva York, donde también da clases. Colaboradora en revistas y semanarios: Dominga (Milenio), El Cultural (La Razón), Nexos, Replicante, Este País, entre otros. Su obra ha sido presentada en ferias del libro y universidades de México, Estados Unidos, Polonia y Alemania.