Los ejércitos de los Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva militar a gran escala contra Irán, que incluyó bombardeos en Teherán y la muerte del líder supremo, ayatolá Alí Jamenei y el asesinato de al menos 148 niñas. La operación, que marca el colapso definitivo de las negociaciones diplomáticas, ha provocado ataques de represalia iraníes contra bases estadounidenses en la región y el cierre del Estrecho de Ormuz
Texto: Redacción Pie de Página
Foto: Especial
CIUDAD DE MÉXICO. – Estados Unidos e Israel han iniciado una ofensiva militar conjunta a gran escala contra Irán, marcando el fin de cualquier intento de solución diplomática. Bajo los nombres clave «Furia Épica» (Washington) y «Rugido del León» (Tel Aviv), los ataques buscan desmantelar el aparato de seguridad y la estructura de poder del régimen iraní.
El presidente Donald Trump anunció la operación para «proteger al pueblo estadounidense eliminando la amenaza del régimen iraní». Medios oficiales iraníes reportaron al menos tres explosiones en Teherán, con edificios gubernamentales y capacidades de defensa entre los objetivos prioritarios.
El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, informó sobre un «ataque preventivo» y declaró «estado de emergencia especial» en todo Israel. Las Fuerzas de Defensa activaron alarmas en todo el país, prohibieron actividades educativas y reuniones públicas, y cerraron el espacio aéreo israelí.
El impacto político más significativo ha sido la confirmación de la muerte del Líder Supremo iraní, ayatolá Alí Jamenei. Trump declaró que «Jamenei, una de las personas más malvadas de la historia, ha muerto». Irán ha decretado 40 días de luto oficial.
En la provincia de Hormozgán, un bombardeo israelí contra una escuela causó la muerte de al menos 148 niñas, con decenas de heridos bajo los escombros. El centro educativo albergaba a 170 alumnas en el momento del ataque. El presidente iraní, Masud Pezeshkian, calificó el ataque de «bárbaro, cobarde e inhumano».
Irán ha respondido con ataques contra instalaciones estadounidenses en Bahréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Jordania, forzando evacuaciones parciales de bases en el Golfo Pérsico. La Guardia Revolucionaria ha iniciado el cierre del Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial, amenazando la economía global. Se han reportado también ataques de los hutíes en el Mar Rojo y enfrentamientos en el Kurdistán iraquí, evidenciando la expansión regional del conflicto.
Para entender la magnitud de esta guerra hay que remontarse a junio de 2025, cuando la «Guerra de los Doce Días» estableció un precedente de escalada unilateral israelí. Sin embargo, el escenario actual de 2026 es cualitativamente distinto: Washington y Teherán han abandonado la estrategia de contención que mostraron en el pasado.
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A pesar de la retórica belicista, Irán había mostrado una apertura significativa en las negociaciones previas. Según informes de mediadores provenientes de Omán, Teherán estaba dispuesto a eliminar totalmente su programa nuclear a cambio del levantamiento de sanciones y la normalización de su posición regional. Esta disposición, comunicada horas antes del ataque, desmonta cualquier justificación basada en la amenaza atómica.
Sin embargo, las demandas de la alianza israelí-estadounidense fueron más allá: exigían la renuncia a los tres pilares de disuasión iraníes: el programa nuclear, el programa de misiles balísticos y la red de aliados regionales (Hamás, Hezbolá, hutíes y milicias iraquíes). Esta exigencia de «rendición completa» fue percibida por Teherán como un suicidio estratégico, pues dejaba al país vulnerable a un cambio de régimen forzado.
Analistas interpretaron las negociaciones como una «trampa»: mientras se aparentaba un avance diplomático, Estados Unidos preparaba el terreno militar. La mayor evidencia es que se emplearon las protestas internas en Irán durante enero de 2026 como pretexto para cancelar cualquier posibilidad de desescalada y movilizar el mayor despliegue aeronaval en la región desde la Guerra de Irak, incluyendo el portaaviones USS Gerald R. Ford, el mismo que movilizaron contra Venezuela antes del secuestro del presidente Nicolás Maduro.
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En el frente interno iraní, la situación es de desesperación profunda. Durante más de dos décadas, los iraníes han intentado transformar el sistema desde dentro, pero el proyecto reformista no ha logrado avances significativos. Las sanciones económicas de «máxima presión» han diezmado a la clase media: entre 2011 y 2019, aproximadamente 9 millones de iraníes fueron empujados a la pobreza. Sectores de la población, desilusionados tras el fracaso de los movimientos de reforma y las protestas de 2022, han comenzado a pedir abiertamente una intervención militar extranjera como única vía de escape, un fenómeno inédito y profundamente trágico.
El objetivo real de la ofensiva no es impedir una hipotética bomba nuclear iraní —cuyo desarrollo Irán estaba dispuesto a negociar—, sino consolidar la hegemonía absoluta de Israel en Oriente Medio. Las armas que verdaderamente inquietan a Israel son los misiles balísticos iraníes, que demostraron en la guerra de 2025 su capacidad de dañar suelo israelí y saturar sus sistemas de defensa.
Desde una perspectiva estratégica, la guerra representa una victoria del ala intervencionista dentro de la administración Trump sobre los sectores aislacionistas que advertían sobre el peligro de empantanarse en un conflicto prolongado. Como señalaba recientemente The American Conservative: «Irán, al ser una potencia intermedia al otro lado del mundo, no representa una amenaza militar para Estados Unidos». Pero para el proyecto estratégico de Washington, un Israel todopoderoso es la pieza clave para controlar la región sin necesidad de una protección constante.
Sin embargo, esta apuesta conlleva riesgos geopolíticos globales. Un Irán acorralado favorece objetivamente los intereses de Rusia y China, que ven con buenos ojos el desgaste de recursos estadounidenses en Oriente Medio. Moscú ha estrechado lazos armamentísticos con Teherán, mientras Pekín ha proporcionado inteligencia satelital. Para ambas potencias, cada dólar que Estados Unidos invierte en bombardeos sobre Irán es un recurso que no se destina al Indo-Pacífico o a Europa del Este.
La viabilidad de un cambio de régimen sigue siendo el gran interrogante estratégico. A pesar de la muerte de Jamenei, la cohesión del Estado teocrático y la dificultad de controlar militarmente un territorio tan vasto presentan desafíos que podrían transformar una «operación quirúrgica» en una guerra de desgaste interminable. Dos factores operan como frenos: la cohesión del Estado iraní y la ausencia de una alternativa política clara, junto con el rechazo de la sociedad estadounidense a poner «botas sobre el terreno».
Esta limitación podría llevar a una dependencia excesiva de bombardeos que solo exacerban la tragedia civil, como demuestra el caso de las 148 niñas muertas en Hormozgán. Sin ocupación territorial, es difícil garantizar que los grupos armados afines a Irán no continúen la resistencia desde las montañas y las ciudades.
El uso del Estrecho de Ormuz como baza geoeconómica introduce un factor de riesgo inaceptable para la economía mundial. Si Irán logra sostener su cierre, los precios del crudo se dispararían, arrastrando a la economía global a una recesión de profundidad desconocida.
Lo que se vende como guerra «preventiva» es, en realidad, una apuesta por rediseñar el mapa de Oriente Medio mediante la fuerza. La narrativa occidental sobre la amenaza nuclear oculta el verdadero motivo: la negativa de Teherán a renunciar al resto de sus capacidades de disuasión. Si Irán renunciaba al programa nuclear, a los misiles balísticos y al apoyo a sus aliados regionales, abandonaba su capacidad de defenderse de ataques israelíes que, desde su perspectiva, iban a llegar independientemente de cualquier acuerdo.
Las negociaciones eran una trampa porque la decisión estratégica del imperialismo israelí-estadounidense estaba tomada desde hace más de un año: Irán debe caer. La concentración de recursos militares era tal que una retirada sin atacar sería percibida como una derrota para Trump. E incluso si Estados Unidos no atacara, Israel probablemente lo haría por su cuenta, desencadenando una respuesta iraní y la consiguiente intervención estadounidense.
Mientras tanto, la población civil iraní queda atrapada entre una teocracia represiva y unas potencias extranjeras cuyas políticas de sanciones se diseñaron deliberadamente para crear desesperación y allanar el camino a la intervención militar. Las 148 niñas muertas en Hormozgán son el rostro más trágico de esta guerra: el recordatorio de que quienes pagan el precio de las decisiones estratégicas tomadas en Washington y Tel Aviv son siempre los pueblos de Oriente Medio.
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