El día que Xoco clausuró el despojo

30 noviembre, 2025

Frente al complejo Mitikah, el pueblo originario de Xoco realizó una clausura simbólica para denunciar el despojo, la escasez de agua y la violencia que padecen desde la llegada del megaproyecto, un conflicto que ejemplifica la lucha contra la gentrificación en la Ciudad de México

Texto y fotos: Jade Guerrero

CIUDAD DE MÉXICO. – Bajo la sombra imponente de las torres de Mitikah, el viernes 28 de noviembre se encendió la chispa de la protesta. Frente a una de sus entradas principales, los habitantes del pueblo originario de Xoco desplegaron una manta que, como un veredicto popular, declaraba: “Clausurado por gentrificar”. Así comenzaba una acción simbólica, un grito colectivo para denunciar el lento desgaste, las agresiones silenciosas y el abandono institucional que han marcado sus vidas desde la llegada del megaproyecto.

El escenario era un retrato vivo de la resistencia. Al frente, la sabiduría y la entereza de las personas mayores se fundía con la energía de los jóvenes de diversos frentes que han abrazado la causa. Pancartas con mensajes sobre corrupción, falta de agua y desplazamiento se alzaban junto a una estructura improvisada: una maqueta que representaba los edificios que ahora dominan el paisaje. Cada consigna buscaba nombrar lo innombrable, dar voz a lo que han padecido durante años.

El archivo del desgaste

Durante la rueda de prensa, el testimonio tomó forma de collage. Una vecina alzó un cartón cubierto con fotografías impresas que documentaban una lluvia absurda y violenta: piedras, botellas, vasos rotos e incluso un teléfono celular con la carcasa destrozada, objetos que la comunidad asegura les han arrojado desde las alturas. También había imágenes de ventanas fracturadas, pisos cuarteados y reuniones vecinales. Era un archivo del dolor cotidiano, una recopilación de daños que rara vez quedan registrados en las frías actas oficiales.

Mientras tanto, otra habitante originaria relataba la exigencia kafkiana que enfrentan al intentar denunciar: deben identificar el departamento exacto desde el cual cayó cada objeto. Con la mirada perdida en la torre que se elevaba decenas de metros, su pregunta resonó con una incredulidad que contenía toda la rabia del mundo: “¿Cómo quieren que sepamos eso?”. Una respuesta que, aseguran, se repite como un eco sordo en casi todas sus gestiones ante las autoridades.

Los colectivos presentes tejieron entonces el hilo conductor de esta historia de despojo. Hablaron de un monstruo sediento: el consumo de agua del megaproyecto, que de acuerdo con sus datos equivale al 12% del total del pueblo, y del aumento de más de mil por ciento en los reportes de escasez en cuatro años. Señalaron la privatización de la calle Real de Mayorazgo y el incremento del costo de vida como piezas de un mecanismo más amplio diseñado para el desplazamiento.

Zona de alta gentrificación

Desde el Frente Antigentrificación y otras organizaciones advirtieron que no se trata de simples conflictos entre vecinos, sino de un proceso sistemático y calculado. Explicaron cómo la vida cotidiana se ha encarecido, cómo una calle histórica ha sido cercenada y cómo el consumo desmedido de agua de Mitikah agrava una sed que ya se vuelve insoportable. Trajeron a la memoria la recomendación de la Comisión de Derechos Humanos, un documento oficial que acreditaba las violaciones al derecho a la movilidad, al agua y a la ciudad.

La parte final del posicionamiento fue un llamado directo, un mensaje lanzado como un dardo a la conciencia colectiva: no consumir despojo. “No compres donde se lucra con la exclusión”, se escuchó desde el micrófono, mientras las consignas “La lucha sigue” y “No es sequía, es despojo” llenaban el aire. Porque aquí, insistieron con la voz quebrada por la emoción, lo que está en juego no es solo un desarrollo inmobiliario: es la posibilidad misma de seguir viviendo en el lugar donde crecieron, donde sus familias han resistido por generaciones.

Entre la multitud estaba Carmen, un rostro con 36 años de historia en Xoco. Su voz se alzó para contar cómo su casa se hunde, víctima de las excavaciones profundas del complejo. Recibió reparaciones parciales, meros parches sobre una herida estructural que sigue abierta. Habló del miedo que la acompaña cada día: el temor a quedarse sin agua y la incertidumbre sobre el futuro de su hogar. Para ella, la gentrificación no es un concepto abstracto; es el deterioro de su vivienda, el desgaste del tejido social de su pueblo y el miedo constante a que la vida en Xoco se vuelva insostenible.

Solo después de esta clausura simbólica, los vecinos emprendieron una marcha hacia la Avenida Universidad. Ahí, como quien marca un territorio en peligro, extendieron una manta amarilla diseñada como señal de advertencia: “Cuidado: Xoco zona de alta gentrificación”. Minutos más tarde, un grupo más amplio atravesó la avenida desplegando otra verdad incómoda: “Vivienda para vivir, no para invertir”.

El bloqueo, junto con las mantas y las consignas, se alza así como un dique de dignidad frente al gran monstruo de la gentrificación y la llamada mafia inmobiliaria, un monstruo que no solo ha devorado al pueblo originario de Xoco, sino que extiende sus tentáculos a muchas otras colonias de la Ciudad de México. Con esta imagen de lucha y esperanza, los habitantes de Xoco y los frentes vecinales clavan en la memoria colectiva una verdad que no debe olvidarse: que la unidad es el único antídoto, la fuerza que nace cuando una comunidad decide defender su territorio. Xoco no se vende, se cuida y se defiende.

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