En la comunidad otomí de Cruz Blanca, la «Costumbre» es un ritual esencial donde, pese a la pobreza y el abandono estatal, sus habitantes invierten recursos y esfuerzo colectivo. A través de este acto, buscan renovar el mundo, agradecer a las divinidades y fortalecer los lazos comunitarios como forma de autonomía y resistencia
Texto y fotos: Iván Pérez Téllez
CRUZ BLANCA, VERACRUZ. – En 2024, la vida de don Cecilio se vio mermada debido a la discapacidad que le impuso la pérdida de un pie; además, un hijo suyo murió. Pese a todo, al terminar ese año el bädi otomí hizo Costumbre para agradecer a las divinidades por el año transcurrido.
Don Cecilio actuó movido por el interés colectivo, a pesar de las vicisitudes biográficas. Los otomíes saben que la enfermedad y el infortunio están siempre al acecho; poco se puede hacer ante ello, acaso Costumbre. Durante este tipo de rituales comunitarios, los chamanes suelen convocar la prosperidad —económica y agraria— y la salud para todo el mundo; por lo general, en estos eventos ceremoniales participan familias otomíes que viven en condiciones económicas más bien precarias. El pueblo de Cruz Blanca, de hecho, no cuenta con servicios de agua potable ni drenaje, tiene escaso acceso a los servicios educativos y de salud estatal y, mientras la mayoría de sus pobladores son agricultores de temporal, una parte considerable migra en busca de empleo a las zonas periurbanas de la Ciudad de México, particularmente a Ecatepec.

La organización de un Costumbre demanda trabajo, tiempo y dinero. Por ello, para el cambio de año otomí 2025, el bädi invitó a chamanes de algunas localidades vecinas, parientes y también a pacientes para que lo acompañaran. Don Cecilio dice que lo que más cuesta es el trío que toca la música ritual, así que, cuando es posible, algún migrante apoya con ese gasto. Además, hay que dar de comer a los músicos y acompañantes en general, preparar las ofrendas y recortar papel, adornar el altar, elaborar ramos de coyol, comprar refrescos y cerveza, entre otros gastos. Todo eso cuesta.
Para este 2025, don Cecilio y su hijo menor decidieron organizar de último momento el Costumbre; hasta días antes sentían incertidumbre sobre si realizarlo o no. Habían tenido muchos gastos y una disminución considerable en sus ingresos de los dos últimos años. El bädi no había podido sembrar su milpa y su labor terapéutica, de igual manera, se restringió debido a sus problemas de salud. Al final decidieron hacer algo pequeño. Para apoyarse, invitaron a toda una familia de chamanes de un pueblo vecino para que fungieran como padrinos y madrinas, esas personas que consumen Santa Rosa —cannabis indica— para que vengan a hablar sus patrones a través de su boca.
En esta ocasión acudieron, en distintos momentos, los espíritus de los cerros de San Jerónimo, la antigua de Mayonija-México Chiquito-Iglesia Vieja, la Virgen María y la Sirena. Todo ello después de una intensa actividad ritual que incluyó la barrida, la despedida del Año Viejo, la colocación y firma de las nuevas camas de los recortes de las divinidades.
Cada una de las potencias llegó a dar las gracias por todo lo recibido, a mostrar su gratitud por el esfuerzo que hacen sus “hijos”, así como para escuchar las peticiones de los agricultores y trabajadores urbanos otomíes.
Si el propósito del Costumbre es, en principio, renovar a los Abuelos Tierra —que son a un tiempo el mundo y el año—, la ocasión también se presta para realizar labores terapéuticas —con ese propósito don Cecilio recortó en papel los espíritus de algunas personas— y dar diagnóstico para quien desee hacerlo cuando está muy entrada la noche.

He visto este Costumbre por cerca de diez años en Cruz Blanca, Ixhuatlán de Madero, Veracruz. El protocolo ritual para renovar los cuerpos-recortes de los Abuelos Tierra es el mismo cada vez. Al inicio, en el patio fuera de la casa de Costumbre, se realiza la ofrenda para el Zithû-Diablo, su familia y los muertos en desgracia.
Esta cohorte de seres nefastos debe ser bien recibida y oportunamente despachada con sones de Costumbre y palabras de agradecimiento proferidas por diversos chamanes, a tiempo para que las demás divinidades puedan llegar a recibir sus ofrendas. Después, tiene lugar la barrida con ramos de coyol y se salta un cordel de bejuco para quedar completamente “limpio”.
Ya dentro de la casa de Costumbre se le da una pequeña ofrenda al Año Viejo —los Abuelos Tierra—, así como a los recortes que se retiraron del altar del chamán, todo dispuesto dentro de un ayate listo para ser cargado por una persona que será él mismo, durante esos instantes, el Año Viejo-mundo.
Los Abuelos Tierra son, en efecto, el mundo que debe ser renovado debido al desgaste que sufrió y debe ser despedido ritualmente en virtud del trabajo de mantenimiento que realizó. Finalmente, el envoltorio de los Abuelos Tierra y demás recortes será dejado en San Jerónimo, el cerro tutelar de la comarca y, por ende, de los chamanes locales. Posteriormente, se colocarán los nuevos recortes de las divinidades, se les ofrendará y se les firmará con la sangre de un ave sacrificada. Una vez que recibieron los bienes ofrendados, lo demás consiste en escuchar lo que los “patrones” tengan que decir.

Comprender la intensa ritualidad indígena, que invierte considerables sumas de dinero en su vida ceremonial, en sociedades más bien empobrecidas, es todo un reto. Sobre todo para una sociedad nacional que tiende a preocuparse sólo por lo individual. Esta forma de hacer y pensar contrasta con las disposiciones del mundo no indígena nacional, de modo tal que termina por cuestionar nuestras propias concepciones. Así, por ejemplo, a pesar de las dificultades personales, don Cecilio y, junto con él, los agricultores y obreros otomíes continúan privilegiando lo común por medio de la realización del Costumbre.
Podría pensarse que las “desventajas” y el “aislamiento” privan a los otomíes de lo que, quizás, nosotros anhelamos como sociedad nacional. Sin embargo, el aislamiento —que, visto desde fuera, se expresa en carencias y falta de oportunidades— es con frecuencia subvertido por los otomíes para llevar a cabo acciones colectivas, como expresión de algún grado de autonomía frente al Estado o la Iglesia. Es decir, las condiciones de marginación y desigualdad que les impone el Estado, los otomíes las subvierten para hacer comunidad con mayor intensidad y elaborar estrategias que mejoren sus propias vidas.
Pues al aislamiento y al olvido impuesto por el Estado-nación —falta de infraestructura de salud, educativa o de servicios de agua potable y drenaje—, los otomíes responden desde la agencia y desde una lógica comunitaria. Los otomíes enfrentan estas desigualdades e intentan modificarlas también en sus propios términos, fortaleciendo los vínculos comunitarios y con los migrantes, así como recurriendo a sus propias instancias de poder como son las divinidades vernáculas. Una suerte de sociedad contra el Estado o contrapoder, como diría David Graeber.
En este sentido, los otomíes no se sientan a esperar los programas sociales del Estado —clientelares en su mayoría—, aunque cualquier dádiva estatal es bienvenida. Ellos mismos recurren a otras instancias de poder —políticas y cosmopolíticas— para tramitar y gestionar el bienestar común, por ejemplo, a través del Costumbre.
El aislamiento ha permitido, paradójicamente, un alto grado de autonomía a nivel de prácticas culturales de todo tipo, empezando por la práctica ritual; basta ver sus carnavales, sus fiestas del elote o sus peregrinaciones a Mayonija, la transmisión de la lengua otomí y, en ocasiones, en las estrategias económicas. Con resultados y consecuencias disímiles. Con todo, los otomíes no pueden remontar las desigualdades estructurales que les limitan el acceso a la educación o a la salud. Pero son los propios otomíes quienes hacen todo lo que está a su alcance para procurar el bienestar del mundo, aunque quien continúa sin hacer su parte sea el Estado.
Así, esta aparente “pobreza” y aislamiento contrasta con el grado de autonomía que poseen los propios otomíes. De este modo, una narrativa estatal, incluso indigenista, podría hablar de gente “pobre”; sin embargo, ese aislamiento también ha posibilitado algún grado de autonomía. La idea de pobreza, de gasto inútil, contrasta también con la agencia y decisión que poseen los pueblos otomíes, que deciden en qué y cómo gastar su dinero —que proviene de un salario devengado por alguna labor realizada en el mundo mestizo—, y hay consideraciones serias, además de profundamente generosas, que hacen que, como en el caso de don Cecilio y la gente de Cruz Blanca, realicen Costumbre para que el mundo indígena y el no indígena prospere, pese a todo.

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