Una voz sensata, en una cumbre de varones

20 septiembre, 2021

En medio de los dimes y diretes, la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena, imprimió un sentido de urgencia y logró el único acuerdo importante de la cumbre de Celac: un plan de autosuficiencia sanitaria para la región

Twitter: @chamanesco

La voz de Alicia Bárcena se alzó, diáfana y convincente, en medio de los dimes y diretes entre jefes de Estado y de gobierno.

Resonaban aún, en el Salón Tesorería del Palacio Nacional, los reproches entre Mario Abdo, presidente de Paraguay, y Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, cuando la secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe imprimió a la reunión un sentido de urgencia.

La funcionaria, una de las dos únicas oradoras en una cumbre de varones (la otra fue la canciller de Panamá, Erika Mouynes), exhortó a los presentes a hacer frente común a la pandemia.

Les recordó que la covid-19 ha encontrado en esta región las condiciones idóneas para potenciar sus malignos efectos, tanto sanitarios, como económicos y sociales.

Estaba fresca aún la escaramuza entre Luis Lacalle, presidente de Uruguay, y Miguel Díaz Canel, presidente de Cuba, cuando Bárcenas puso sobre la mesa el único acuerdo realmente concreto –y útil– de la “VI Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños”: los lineamientos y el mandato de implementación de un plan de autosuficiencia sanitaria.

Un plan urgente en una región de 650 millones de personas, que para finales de 2021 habrá alcanzado a vacunar a menos del 80 por ciento de su población, con enormes asimetrías: mientras Chile ha vacunado ya al 87 por ciento de sus habitantes mayores de 18 años, en Haití se ha vacunado al 0.2 por ciento.

Maduro y Díaz Canel hicieron malabares para tratar de defender sus regímenes autoritarios, pero sólo lograron exhibir las profundas diferencias en un subcontinente al que la democracia electoral le ha quedado a deber la solución de sus problemas.   

Mientras tanto, Bárcena dejó ver que la pandemia evidenció las enormes desigualdades de la región latinoamericana y sus graves problemas estructurales:

El “subfinanciamiento crónico” de la investigación y el desarrollo tecnológico, la debilidad de las políticas industriales en casi todos los países, las debilidades de los sistemas de salud, la carencia de una planificación anticipatoria y, por ende, las enormes limitaciones en el abastecimiento de vacunas y medicamentos.

La crisis sanitaria –recalcó la funcionaria– también reveló la insuficiente solidaridad internacional y los escasos efectos del Fondo de Acceso Global para Vacunas covid-19.

El famoso COVAX, que tenía la buena intención de impedir que la desigualdad económica fuera un factor determinante en el acceso de la población mundial a la vacuna, no logró su cometido y, al final de la historia, puede concluirse que Latinoamérica puso a los sujetos de prueba de muchas de las vacunas que circulan en los países desarrollados, pero no tuvo acceso a ellas. 

“Miren qué vergüenza”, sentenció Bárcena ante los jefes de Estado, “nosotros hemos puesto los brazos de nuestra población para que se hagan los ensayos clínicos en América Latina y el Caribe, qué barbaridad, pero no hemos sido capaces de negociar mejor”.

Abdo y Lacalle no dejaron pasar la oportunidad para exhibir a los cuatro vientos las atrocidades ocurridas en Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Bárcena no dejó que esa nota de color estropeara el único acuerdo importante de la declaración de la Ciudad de México

Y les recordó a los mandatarios que, a diferencia de la Unión Europea o América del Norte, en América Latina no fue posible producir vacunas oportunamente ni construir un mercado a escala de medicamentos, por lo que la Cepal puso sobre la mesa los lineamientos de autosuficiencia sanitaria que finalmente fueron aprobados por unanimidad.

La de Bárcena parecía la única voz sensata en una cumbre que, como suele ocurrir desde hace décadas en la región, exhibió más divisiones y debilidades, que fortalezas y posibilidades de cooperación.

Y es que, a diez años de la creación de la CELAC, los problemas de América Latina siguen irresueltos.

Si uno lee cualquiera de las declaraciones de las cumbres de la CELAC (Caracas 2012, Santiago 2013, La Habana 2014, Belén 2015, Quito 2016, Punta Cana 2017 o incluso Ciudad de México 2018), los diagnósticos son todos terribles.

Declaraciones van y vienen, siempre con las mejores intenciones aparentes. Pasan las cumbres, los presidentes anfitriones exaltan su “profunda vocación latinoamericana”, los participantes las usan de tribuna ideológica, se toman las fotos oficiales, se abulta el anecdotario, pero los problemas parecen cada vez más graves.

Pobreza, corrupción, desigualdad, violencia, inestabilidad política, desempleo, saqueo de recursos naturales, devastación de bosques y selvas, graves desastres agravados por el cambio climático, narcotráfico, tráfico de personas, migración, crimen transnacional… Y ahora, la pandemia.

Por eso, después del agitado fin de semana, vale la pena revisar la propuesta de la Cepal para hacer frente al problema sanitario, que hoy parece el más urgente y, de paso, preguntarse si esta cumbre sí cambiará en algo el destino de la región.

Periodista desde 1993. Estudió Comunicación en la UNAM y Periodismo en el Máster de El País. Trabajó en Reforma 25 años como reportero y editor de Enfoque y Revista R. Es maestro en la UNAM y la Ibero. Iba a fundar una banda de rock progresivo, pero el periodismo y la política se interpusieron en el camino. Analista político, actualmente es asesor en el Instituto Nacional Electoral.

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