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Tres malentendidos sobre el medio ambiente

Nadie ha terminado de caer verdaderamente en la cuenta de que atravesamos una crisis ambiental. Los líderes políticos hacen cuentas alegres sobre cuánto aguanta todavía el planeta y sobre lo que se puede hacer, y caen en errores básicos

Twitter: @EugenioFV

Cuando alguien -un jefe de proyecto, un alcalde, un ejecutivo, un presidente- toma la decisión de sacrificar el medio ambiente en aras de, por ejemplo, la generación de empleos o -como ocurre la gran mayoría de las veces- para permitir que el gran capital produzca dividendos que se registren como “crecimiento” en las cuentas nacionales, está cometiendo por lo menos tres errores. El primero es asumir que tenemos naturaleza, biodiversidad y salud ambiental como para tirar pa’rriba. El segundo es pensar que hacerlo beneficia a todos. El tercer error es decir que no hay alternativas a ese sacrificio.

Se trata de tres errores que se cometen de izquierda a derecha y sin importar la potencia del país en cuestión. Igual que Donald Trump levanta la imposición de estándares ambientales que regulan las emisiones de metano y otras restricciones, en sus antípodas el gobierno de Andrés Manuel López Obrador acepta cubrir de concreto y asfalto varios miles de hectáreas de selva para construir el Tren Maya. Así como en Europa la producción de basura sigue siendo altísima y sus litorales se siguen llenando de hoteles cuando ahí ya no cabe una varilla de acero más, en Indonesia las productoras de pulpa de papel y de aceite de palma acaban con uno de los sitios que más biodiversidad albergan en el planeta.

No es que los líderes y ciudadanos de estos países y regiones sean villanos que, como el viejo Ecoloco de Odisea Burbujas, amen el ruido y el smog y detesten la naturaleza. Es simplemente que hacen cuentas alegres sobre cuánto aguanta todavía el planeta y sobre lo que se puede y no se puede hacer, y con ello caen en esos tres malentendidos o errores básicos. 

Una de las causas de esto es que, aunque se diga de dientes para afuera que sí se entiende, nadie ha terminado de caer verdaderamente en la cuenta de que atravesamos una crisis ambiental. Un buen ejemplo de ello es lo que pasó con la producción de plásticos en Europa. Muchos países europeos han puesto en marcha sistemas de reciclaje más o menos robustos, y muchísimos de sus ciudadanos clasifican su basura y procuran depositarla en el contenedor correcto. Sin embargo, una enorme proporción de la basura plástica catalogada en realidad no es reciclable. 

Para no decepcionar a los ciudadanos, lo que hacen -o hacían- muchos países europeos es no decir nada y simplemente exportar esa basura a lugares en Asia dispuestos a recibirla, ubicarla en un tiradero a cielo abierto sin grandes medidas ambientales y cobrar una cuota por ello. No fue sino hasta que China y otros países asiáticos prohibieron la importación de plásticos que en el viejo continente se empezaron a tomar en serio la necesidad de reducir el consumo de ese producto y, por tanto, empezaron a reducir la producción de esos residuos.

En México ya tuvimos una llamada en ese sentido, aunque en este caso en materia de biodiversidad y conservación, cuando los bosques que a duras penas se mantienen intactos en Manantlán y en el Nevado de Colima salvaron a las ciudades de Jalisco de un desastre, al frenar al huracán Patricia en 2015 y hacer que descargara casi toda su lluvia en ellos y no tierra adentro. Por desgracia, aquí todavía no nos terminamos de dar cuenta de que urge hacer caso de esa advertencia y pensamos que tenemos selvas y bosques suficientes como para deforestar un poco más. 

Otro de los malentendidos que cunden por el mundo es que todos salimos beneficiados de una u otra forma cuando se logra generar crecimiento. Por una parte, ya se sabe que en economía siempre hay unos más beneficiados que otros, y siempre hay otros más que tienen que cambiar su primera opción o a quienes directamente se les tiene que imponer una alternativa, y en eso siempre hay perjudicados. Por otra parte, y mucho más importante que eso, sacrificar el medio ambiente hoy es erosionar el futuro para obtener beneficios en el presente; es sacrificar las bases del mañana para pasarla mejor el día de hoy; es dejar sin opciones a nuestros hijos y nietos para vivir mejor nosotros.

Eso es lo que ocurre, por ejemplo, con la crisis climática y con la contaminación urbana. Cuando el presidente López Obrador decidió construir la refinería de Dos Bocas y, con ello, no cumplir con los compromisos asumidos en materia de cambio climático ante la arena internacional, como explicó el Centro Mexicano de Derecho Ambiental, está buscando facilitar el transporte de mercancías en el país en el futuro muy cercano y, con ello, mejorar la economía de la población económicamente activa en el presente. Lo que no está tomando en cuenta es que esa medida hará la vida muy complicada a quienes vengan después, porque vivirán en un mundo mucho más agreste. 

Así como los chilangos que hoy tenemos 30 o 40 años tenemos toda la razón en culpar a nuestros padres y, sobre todo, a todos los gobernantes de la Ciudad de México, de Hank González en adelante, por las enfermedades que nos ha provocado la contaminación, nuestros hijos y nietos tendrán toda la razón en culparnos y en responsabilizar a los gobernantes de hoy por lo inhóspita que será la Tierra para ellos cuando el calentamiento global supere los dos grados centígrados. 

Otro malentendido más -y quizá el más grave- es pensar que no hay alternativa a cómo se hacen las cosas, y que por tanto no hay más camino que el actual y lo único que queda es remediar más tarde los estropicios que genere seguirlo. La verdad es que siempre hay alternativa, y mucho más hoy que ayer. Siempre se puede decidir buscar otras opciones, y en vez de, por ejemplo, hacer una refinería, impulsar una transformación de la red de transportes interurbanos y, sobre todo, al interior de las ciudades, cosa que no se ha hecho. Siempre se puede elegir descentralizar la economía en lugar de consolidar sus núcleos actuales. Siempre se puede posponer una decisión e innovar en políticas públicas. Siempre se puede elegir defender a los más débiles y a los que vendrán mañana, que a los más fuertes y a quienes mandan hoy.

Un buen ejemplo de ello es lo que pasó con el lago de Texcoco del Valle de México. Se ha contado siempre que en un primer momento no hubo más opción que desecarlo para prevenir inundaciones. Lo que pasó después fue que, como se desataban unas tolvaneras terribles que hacían irrespirable el aire de la ciudad, se dijo que no quedaba de otra más que cubrir el lecho seco del lago con árboles o poner haciendas agropecuarias ahí para evitar las tormentas de polvo -al final lo que se puso fueron desarrollos habitacionales. 

En realidad, como ha documentado el historiador Matthew Vitz en varias ocasiones, sí se dijo, y mucho, que desecar el lago tendría consecuencias muy graves y que era mejor manejarlo como ecosistema lacustre y tomar algunas medidas contra las inundaciones en la ciudad misma. Esas opciones, sin embargo, fueron descartadas porque ya había intereses creados en torno al proyecto de desagüe; por un prejuicio que veía a los pescadores como un estado primitivo de los agricultores civilizados, y por el profundo amor que los siglos XIX y XX le profesaron al concreto y a las grandes obras de infraestructura. Las consecuencias las pagamos hoy, que vemos cómo se acerca la escasez de agua, y que nos hundimos poco a poco en el subsuelo.

Si queremos vivir verdaderamente mejor, si queremos un mundo más justo y si queremos heredar a los que nos sigan un planeta más hospitalario, urge que corrijamos estos malentendidos. De otra forma, el planeta nos lo cobrará, y caro.

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Consultor ambiental en el Centro de Especialistas y Gestión Ambiental.

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