Socialismo o barbarie en la época del tecnofascismo

6 septiembre, 2026

Gustavo Petro, expresidente de Colombia, durante su participación a la Conferencia Magistral "El Capital en el Siglo XXI Economía política de la crisis climática", realizada en el Auditorio Alfonso Caso en Ciudad Universitaria. FOTO: GRACIELA LÓPEZ/CUARTOSCURO.COM

«Socialismo o barbarie«, frase asociada a Rosa Luxemburgo, representa una advertencia sobre las consecuencias de un modo de producción basado en el robo y la expoliación. Más de un siglo después es retomada por Gustavo Petro, en un momento en que el capitalismo adquiere la forma del tecnofascismo

Texto: Rogelio López

Foto: Graciela Pérez Navarro / Cuartoscuro

HOUSTON, TEXAS. — En la segunda década del siglo XX, en un momento social y político álgido, en pleno ascenso del imperialismo —la fase superior del capitalismo, como lo describe Lenin—, Europa experimentaba fuertes tensiones bélicas que finalmente desembocaron en la Primera Guerra Mundial. En este contexto, Rosa Luxemburgo expresó, en uno de sus textos, la famosa frase: «Socialismo o barbarie». Una advertencia sobre el peligro que corrían la humanidad y la civilización moderna como producto de las contradicciones generadas por el modo de producción capitalista.

Pocos años después, Luxemburgo sería brutalmente asesinada y, en pleno ascenso del nazismo, sus libros serían quemados por el régimen. Los millones de muertes durante las guerras mundiales —80 millones entre Europa y Asia— y el lanzamiento de dos bombas atómicas serían una «pequeña» muestra de la seriedad de su advertencia.

Recientemente, en un texto publicado en la revista Monthly Review, John Bellamy Foster aborda la noción de «crisis estructural global del capitalismo», término que —nos dice Foster— fue introducido a finales de la década de los noventa por István Mészáros, filósofo marxista, que expone que esta crisis, a diferencia de otras en la historia del capitalismo, se caracteriza por cuatro aspectos: 1) su carácter universal, es decir, se desarrolla en todas las esferas; 2) su alcance global, pues no se limita a unos cuantos países; 3) su permanencia, es decir, no es cíclica como las anteriores crisis en el capitalismo; y 4) su capacidad para arrastrar a todos.

Esto significa, nos dice Foster, autor del ya clásico libro La ecología de Marx: Materialismo y naturaleza (2000), que «el modo de producción actual se está acercando a los límites absolutos de su modo de reproducción metabólica social». Si bien las contradicciones de carácter económico parecen ser las más visibles de esta crisis, Foster centra su atención en los límites que han alcanzado las condiciones materiales —el impacto sobre la naturaleza—.

Más adelante en este mismo texto, Foster regresa a Mészáros para recordarnos que en su libro Socialismo o Barbarie (2001), el filósofo húngaro, considerando el peligro que representaba en ese momento el autoritarismo y militarismo de Estados Unidos, que estaba llevando al mundo a un contexto de guerra permanente y, con ello, a la amenaza permanente de un holocausto nuclear, expresó que, de continuar las cosas como estaban entonces, «barbarie [sería] si tenemos suerte» (2003:74).

Petro en la UNAM: entre la barbarie y el humanismo

El planteamiento de «socialismo o barbarie» vuelve a ser retomado, en esta ocasión en voz de Gustavo Petro, el expresidente de Colombia, quien se ha convertido en una de las voces más críticas del capitalismo moderno.

El 2 de septiembre, en una charla en el auditorio Alfonso Caso, en la UNAM, Petro hizo una interesante disertación en la cual abordó la crisis del capitalismo actual, su relación con el cambio climático global, el peligro que esto conlleva para la vida en el planeta y el papel que juega el «tecnofascismo» en este proceso.

Petro inició su presentación poniendo en el centro el riesgo inminente en que se encuentra la especie humana de extinguirse en el contexto actual de crisis climática.

«Tenemos que escoger entre la barbarie y el humanismo», inicia el colombiano.

Petro reconoce que a lo largo de su historia el capitalismo ha superado importantes contradicciones, mismas que antes pusieron en riesgo la existencia de la humanidad —por ejemplo, el problema de la escasez de alimentos, que se resolvió a través de su producción a gran escala, gracias al desarrollo de la petroquímica y los fertilizantes sintéticos, como bien explica Foster en su libro—. Sin embargo, en el contexto actual, el expresidente afirma que «estamos enfrentando problemas sin solución y esta no aparece». A diferencia de otros momentos, «la humanidad está desesperanzada».

Petro lo plantea crudamente: «nos enfrentamos a nuestra extinción y a la de todo lo vivo —omnicidio—». La causa: «la quema de combustibles fósiles, aspecto que no ha podido superar el capital».

No se queda ahí y aborda el problema desde la crítica de la economía política. Explica que esto es producto de la acumulación de capital y de su afán por apropiarse la mayor tasa de ganancia en el proceso productivo. En esta dinámica, el capital busca producir más y más, y para ello emplea como energía los combustibles fósiles, lo que, como sabemos, genera la emisión de gases de efecto invernadero que, a su vez, producen el calentamiento global.

Bajo este contexto, los desastres, como el ocurrido el 26 de agosto en [Nepal]{.underline}, donde se desprendió un glaciar que dejó miles de personas muertas y desaparecidas, se irán reproduciendo con mayor frecuencia.

La inteligencia artificial (IA), un paso más del proceso de automatización

Petro no desaprovechó la oportunidad para hacer una crítica a los procesos de automatización que desarrolla el capital en el proceso productivo y que hoy se manifiesta en la robotización y en la inteligencia artificial. El viejo planteamiento de que el trabajador se convirtió en un apéndice de la máquina, como lo expresaba Marx, Petro lo retoma al hablar del papel que hoy desempeñan los trabajadores en las «fábricas» o ensambladoras de automóviles. Las pocas personas —comparadas con otros momentos— que forman parte de este proceso restringen su trabajo a observar una computadora.

Este proceso de automatización, que conlleva el desempleo de las personas —«el triunfo del trabajo muerto», le llama Petro—, adquiere nuevos bríos gracias a la IA. Lejos de ser una revolución, como le llaman algunos, Petro dice que en realidad es la profundización de un proceso inherente al desarrollo del capital.

El problema que conlleva este modelo es una crisis de sobreproducción que, a diferencia de las crisis pasadas, donde estas se podían controlar in situ, en la actualidad, debido a las características de una producción dispersa por todo el mundo, dificulta el control y la gestión de esta crisis para cualquier régimen político. Los efectos de esta crisis inevitablemente llegan a todas partes, tal como lo expresa Foster siguiendo a Mészáros. Contradicciones que llegan incluso a las sociedades que anteriormente se mantenían al margen de dichos cambios —pensemos que el movimiento MAGA, en muchos aspectos, también es el resultado de esta crisis—.

Gobernanza al estilo de los «tecno-oligarcas»

Por otro lado, Petro advierte del poder que han adquirido «los dueños de las matemáticas, del software»: los propietarios de las empresas que encabezan los desarrollos de la IA —a quienes también se les ha denominado «tecno faraones»—. Estos hombres —porque todos son varones— consideran que, en el momento actual que vivimos, la democracia como sistema político no es funcional para sus intereses y su visión del mundo, por lo que buscan imponer su perspectiva, al más puro estilo orwelliano del «Gran Hermano», a través del control de nuestros datos e información.

Los Cerimedo, los Negre —los voceros de la extrema derecha— funcionan como engranajes de esta maquinaria enfocada en imponer, mediante el fraude, presidentes en América Latina —Paz, de la Espriella, Asfura, Fujimori—, todo esto supervisado desde Washington.

Esta visión de un tecnofascismo global —como le llama Petro— se impone sin filtros y en total impunidad. Ejemplo de ello es que se transmite un genocidio en vivo y en directo: los autores intelectuales y materiales se pasean tranquilamente, mientras que quienes lo denuncian son perseguidos —por ejemplo, los jueces de la Corte Penal Internacional o Francesca Albanese, la relatora especial de la ONU sobre derechos humanos en los territorios palestinos ocupados—.

Asimismo, no debemos olvidar que el tecnofascismo no es virtual: requiere un respaldo material: energía, agua, minerales, tierras raras. Es decir, la apropiación y explotación de territorios, recursos naturales y trabajadores. Este aspecto se evidencia con la expoliación del petróleo venezolano. Dicha acción forma parte de una más amplia: la Doctrina Monroe y su corolario «Donroe», que impulsa la administración Trump en nuestro continente.

Muerte o vida (la barbarie o el socialismo de Petro)

Un último aspecto que vale la pena considerar en la exposición que hizo Petro, y con el cual volvemos al punto de inicio, se refiere a las «opciones». Por un lado, está la opción de los tecnofascistas, quienes mantienen una posición de incredulidad frente al calentamiento global y que, bajo esta consideración, no solo sostienen el consumo de hidrocarburos, sino que buscan expandir su producción y consumo.

Esta postura representa la opción de la extinción, de una cultura bárbara, de la sinrazón, del holocausto global. Del otro lado, está la opción de la democracia global, de la razón.

Petro finalmente lo expresa de manera contundente: «Muerte o vida».

Desde esta perspectiva, en realidad solo tenemos una opción, una salida: el freno de la locomotora del progreso de Walter Benjamin.

El tiempo apremia, y aunque pareciera que Petro predica en el desierto, su voz en realidad cada vez llega más lejos.

Rogelio López