Regreso a Nueva York

18 enero, 2026

El taxista me dijo, volteándome a ver por el retrovisor, “quien viene a Nueva York debe de tener una piel gruesa”, a thick skin. Y es eso lo que pasa —al menos a una buena parte de los mexicanos que vivimos aquí—, se tienen —nos tenemos— que hacer de una piel gruesa, dura, para que no se sientan los chingadazos

Por Évolet Aceves / X: @EvoletAceves

Parece que nunca hay tiempo suficiente para pasar los días en México. Durante las vacaciones decembrinas tuve la oportunidad de ir de Nueva York a México, a visitar a mi familia y a las amistades. Pero el trabajo me absorbió a tal grado de ver a poquísimas amistades, a más pocas de las que de por sí tengo.

Recuerdo que la penúltima vez que llegué a México, hace como un año, en el aeropuerto Benito Juárez mientras estaba formada en la fila migratoria para oficialmente salir a las calles de México, lloré tendidamente.

Tras una breve espera, cuando finalmente tocó mi turno para pasar y sintiéndome muy oronda frente a la interminable fila de extranjeros, la oficial que me atendió me vio tan conmocionada que hasta se apresuró a dejarme pasar, de seguro pensó “¿y ahora a esta pobre qué le hicieron, qué le pasa?”

¿Por qué lloraba yo? Aún hoy no lo sé. Ni siquiera es algo que suela decir a los cuatro vientos, de hecho es la primera vez que lo menciono. ¿Qué no tendría más bien que haber reído en vez de llorado?

Pues mi cerebro decidió que era mejor llorar, ¿por qué? Repito, no lo sé. Quizá por escuchar a las mujeres que trapeaban en el aeropuerto, por sus sonrisas, por su alegría; quizá porque me reconocí en los tonos de piel de la gente que en aquel momento me rodeaba, mi mismo tono, mi misma raza, la mestiza, el mismo idioma materno, la misma entonación, la entonación que sólo se tiene en el centro de México al hablar; quizá por los chistes que desde el avión venía escuchando; quizá por la familiaridad con que los mexicanos nos hablamos, así seamos unos completos desconocidos, pero siempre sonrientes. Quizá por la calidez, la humildad, la bienvenida a los semejantes y a los extranjeros. En México los extranjeros no son aliens.

Quizá porque nada de lo anterior se experimenta en Nueva York, porque sí, metrópoli sin duda que lo es; mas el que sea una ciudad cosmopolita no le quita la frialdad a su gente. Porque Nueva York puede ser el emblema del sueño americano, ahí junto a la Statue of Liberty, ahí sobre el Brooklyn Bridge, ahí en Times Square o en alguna obra de Broadway o con las enormes pantallas que deslumbran al salir del metro; pero la frialdad, la distancia y hasta la rudeza de su gente también es una realidad. Y ni se diga los altísimos precios y la dificultad para encontrar un techo decente, habitable.

Y aún me cuesta trabajo aceptar que aquí la gente no se sonríe cuando camina por la calle —como en México se acostumbra, aunque no se conozcan—, porque aquí eso se ve raro, contranatural, hasta se corre el peligro de ser considerado como acoso, harassing. La gentileza en México es un acto de civilidad; aquí, en Nueva York, eso no existe. Cuidado al salir de las estaciones de metro que tienen puerta metálica, se te puede estampar en la cara, pues nadie —o muy pocos— la sostendrán para ti al salir a la calle.

Aquí hasta los latinos cambian. Y he empezado a comprender que en muchos casos no es porque sean unos malditos, sino porque esta misma sociedad mecánica y acelerada, productiva hasta la insania, los hace cubrirse con un caparazón metálico, frío, helado, como las temperaturas invernales de aquí.

La última vez que fui a México, hace un mes, el taxista —un hombre mayor de ascendencia africana y que llevaba veinticinco años radicando en Brooklyn— que me conducía de mi casa hacia el aeropuerto John F. Kennedy, me decía volteándome a ver por el retrovisor, “quien viene a Nueva York debe de tener una piel gruesa”, a thick skin, recuerdo bien que me dijo. Y es eso lo que pasa —no sé al resto de los latinoamericanos, pero al menos creo que a una buena parte de los mexicanos que vivimos aquí—, se tienen —nos tenemos— que hacer de una piel gruesa, dura, para que no se sientan los chingadazos.

Quizá por eso es que aquella vez lloré a mi regreso, en la fila para entrar a México en el aeropuerto Benito Juárez, porque tengo la piel tan delgada como las alas de una mariposa.

X: @EvoletAceves

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everaceves5@gmail.com

Évolet Aceves es cuentista, novelista, poetisa, cronista y ensayista. Autora de la novela Tapizado corazón de orquídeas negras (Tusquets, 2023), forma parte de la antología Monstrua (UNAM, 2022). Periodista cultural, fotógrafa con dos exposiciones individuales. Escribe su columna en Pie de Página. Ha vivido y estudiado en Toluca (México), Varsovia (Polonia), Albuquerque (Nuevo México, EEUU) y Nueva York, donde actualmente reside con la beca GSAS otorgada por la Universidad de Nueva York, donde también da clases. Colaboradora en revistas y semanarios: Dominga (Milenio), El Cultural (La Razón), Nexos, Replicante, Este País, entre otros. Su obra ha sido presentada en ferias del libro y universidades de México, Estados Unidos, Polonia y Alemania.