Organizar lo común: el ejemplo de los ngiwa

21 febrero, 2026

En San Felipe Otlaltepec, Puebla, el poder no se disputa entre partidos políticos sino entre secciones territoriales que lo rotan cada dieciocho años. Aquí las autoridades se eligen por asamblea, se valora más la experiencia comunitaria que el dinero y el sistema de cargos ceremoniales mantiene vivo el tejido social. Esta es la historia de un pueblo que ejerce su autonomía de espaldas al Estado

Texto y fotos: Iván Pérez Téllez

SAN FELIPE OTLALTEPEC, PUEBLA. – Es común que se considere a las instituciones modernas como el pináculo de un proceso civilizatorio y como las únicas deseables. La democracia, por ejemplo. Existen, sin embargo, formas de organización que recurren a otros modelos, o que operan de espaldas a los hegemónicos, incluso a contracorriente.

En este sentido, la manera en que se organizan políticamente en San Felipe Otlaltepec, Tepexi de Rodríguez, Puebla, revela otros modos —muy otros— de organizar lo común. Este pueblo de músicos se divide de manera territorial en tres secciones, las cuales, de forma rotativa, circulan el poder cíclicamente entre cada una de las partes por medio de elecciones. A cada sección le corresponde, en efecto, elegir entre sus miembros a quien será el próximo presidente auxiliar del pueblo. Se realizan elecciones, sí, pero de un modo particular que obedece en principio a la segmentación territorial del pueblo. No se trata de una democracia representativa, sino de una forma de organización político-territorial.

La pertenencia territorial

Las secciones territoriales brindan membresía a las personas que nacieron en ellas —de manera patrilocal—, sin que la residencia posterior modifique este hecho. Así que, si uno nació en la Sección Primera, a esa pertenecerá toda su vida, aunque viva en la Sección Segunda o Tercera, y ahí es donde estará facultado para elegir a las autoridades.

Estas secciones son, por cierto, preferentemente endogámicas, aunque en la actualidad los matrimonios entre personas de distintas secciones no son sancionados. En este caso, la mujer de la sección distinta irá a vivir a la sección de su marido; no obstante, ella continuará teniendo obligaciones en su propia sección.

La lógica de las mitades

Las secciones están divididas, a su vez, en mitades, conocidas localmente como comisiones. La misma lógica de rotación aplica también para estas mitades. La Primera Sección tiene dos comisiones: Arriba y Abajo; la Sección Segunda, por su parte, posee las comisiones que se denominan Calvario y Pozo; mientras que la Sección Tercera tiene las comisiones Cañada y Coco.

A cada comisión-sección le corresponde cada dieciocho años elegir a las autoridades del pueblo, así que a la misma sección y comisión le tocará nuevamente elegir autoridades pasado ese tiempo. Durante cada elección, no obstante, le corresponde a la sección completa elegir y votar por las autoridades, aunque solo se postule y elija de una sola comisión.

Los tiempos del poder

Las elecciones para presidente auxiliar, juez y regidurías se realizan cada tres años, de manera que si a una mitad-comisión le tocó elegir presidente, le tocará nuevamente hasta dentro de dieciocho años. Existen otros cargos de servicio que son electos de manera anual, como el de sacristán, fiscal, las inspectorías, las comisiones, los cabos y policías, así como las mayordomías.

En San Felipe Otlaltepec no se eligen autoridades por medio de partidos políticos, sino mediante asamblea. Esta es el órgano máximo de toma de decisiones comunitarias. Asimismo, por lo general las funciones de las autoridades sobrepasan las contempladas por el Estado, pues incluyen, a un tiempo, responsabilidades de tipo ceremonial y civil. Las faenas, por ejemplo, responden a esta lógica territorial.

El perfil de la autoridad

Una de las principales consideraciones para que sea elegible una persona es que radique en el pueblo, que viva en la comunidad. Los sanfelipeños valoran sobre todo la experiencia y el saber sobre los asuntos locales —agrarios o ceremoniales, por ejemplo—, antes que cualquier grado de estudio o, incluso, el dinero que posea el candidato.

En ocasiones se proponen personas que han vivido mayormente en Milpa Alta —aunque conserven la membresía como sanfelipeños, la consideración superior es que vivan en el pueblo—. Alguien me dijo: «Que viva acá, que conozca la gente, que conozca los linderos», es decir, el territorio. El pueblo repara en que la persona propuesta no deba cooperaciones, que participe en los trabajos de interés comunitario, que se interese por su pueblo, que cumpla con las mayordomías, que realice sus faenas. Es decir, que tenga una vida social y participativa comunitaria. Las mujeres, por cierto, participan de igual modo en estos procesos de elección de autoridades y pueden ser electas para cualquier cargo.

El consenso en construcción

Por lo general, para realizar una elección, uno de los grupos de la sección propone a un candidato —distintas consideraciones de peso lo vuelven elegible—, y si la gente lo apoya, votarán a mano alzada por él. Desde luego, las elecciones no están exentas de conflictos e intereses; no obstante, las elecciones deben salir adelante. Con todo, los conflictos y las dificultades están siempre presentes —cualquier relación compleja las tiene—, pero en la negociación es que construyen su forma de autogobernarse.

El sistema de mayordomías, por su parte, obedece de igual manera a un complejo calendario ceremonial que involucra a miembros de la comunidad que tienen incluso una residencia extraterritorial, como ocurre con el enclave de sanfelipeños que radican principalmente en Milpa Alta, Ciudad de México, los cuales no pierden su membresía en tanto participen de las formas de organización ceremonial y social.

Por cierto, este sistema de mayordomías mantiene aceitada la maquinaria comunitaria y es parte fundamental del tejido social, así que participar en los cargos ceremoniales es fundamental para poder hacer política en términos comunitarios. Es decir, al modo clásico, el sistema de cargos civil y religioso genera un sistema político-ceremonial propio y, en algún grado, autónomo, muy ngiwa. En este sentido, los acuerdos —esas grandes comilonas acompañadas de música de orquesta en las que se establece comunitariamente la cantidad que se cooperará para la mayordomía— son una expresión de este gran engranaje.

La autonomía en los hechos

Este breve recorrido muestra que la forma de organizar lo común no debe obedecer necesariamente a las demandas de instituciones ni al imaginario hegemónico del Estado-nación para que sea eficaz. Muchos otros pueblos ejercen su autonomía de espaldas a las instituciones estatales, ejerciendo así, de facto, su autonomía y autodeterminación.

Como los sanfelipeños, que se organizan según les han transmitido sus abuelos y padres. Aquí, la distribución territorial del poder y la dilatada espera para ejercerlo muestra una concepción distinta de los tiempos, la autoridad y el poder, anclado en el territorio. Así, el ejercicio de la autonomía no se limita al reconocimiento en papel, sino al ejercicio de las prácticas comunitarias que han desarrollado los pueblos históricamente para organizar lo común.

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