Nuestro derecho a enfermar

23 julio, 2020

Nos urge darnos la oportunidad de bajar la presión. Al menos un momento, sin afectar ni lastimar a nadie, pero con la convicción de que también tenemos derecho a caer, enfermar, dudar, llorar, cerrar los ojos y decir: hoy no puedo, denme chancita, necesito un relevo, aunque sea momentáneo

«A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar».

Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas

Twitter: @tuyteresa 

Si antes temíamos enfermar para no caer en el hospital -si tenemos la suerte de contar con seguridad social-, hoy resulta casi impensable. Si era complicado pasar horas esperando la cita médica mensual, o aguardar en urgencias, hoy tenemos miedo a sentirnos mal: una caída repentina, una punzada de estómago, ¿qué tal un dolor de muelas? O un embarazo no planeado, ¿cuáles son los alcances y posibilidades que tenemos en este contexto de confinamiento?

Desde hace varios meses, al menos en el IMSS, no dan citas médicas de seguimiento, y si de plano la dolencia es mayor, directo a Urgencias. Para recoger los medicamentos de pacientes con enfermedades crónicas, la política es dar recetas para tres meses. As así que, al llegar el centro de salud, directo a la farmacia, acompañados de Susana Distancia, alcohol gel, cubrebocas y vámonos rapidito.

De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, en México hay 2.4 médicos y 2.8 enfermeros/as por cada mil habitantes, el promedio de la OCDE de 9. Sabemos que esta precariedad tiene su origen en el desmantelamiento del sistema de salud desde hace décadas. Sin embargo, esto no es ningún consuelo.

Dolor de garganta, de huesos, fiebre intermitente, dolor de estómago, insomnio, ansiedad… Prácticamente no hay persona que no haya pasado por periodos de afectación física y emocional durante este confinamiento. 

Cierto es que, en fechas recientes, el sector salud ha lanzado varias campañas para activarnos físicamente, hacer ejercicios de respiración -muy útiles por cierto- y algunas herramientas para cuidar de nuestras emociones. Sin embargo, apenas es un paliativo para el tamaño de lo que hemos experimentado en estos meses.

De acuerdo con la OMS: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». La cita procede del Preámbulo de la Constitución de la Organización Mundial de la Salud. A esta amplia definición se suman factores específicos por región, género, clase social, etcétera.

Especialistas de todo el mundo lo han advertido, además de las múltiples secuelas que ha dejado la covid-19: hay una escalada de padecimientos mentales. También es cierto que la noción de salud mental es relativamente nueva, sin embargo, si el acceso a los servicios médicos está seriamente afectado, la cobertura de los servicios de salud mental, es aún más precaria. Datos del Consejo Mexicano de Psiquiatría indican que hay 3.7 psiquiatras por cada 100 mil habitantes. También está la opción de la psicoterapia, si embargo, es costosa, y no siempre podemos saber, si la o el profesional, está debidamente certificado, o es apto para ejercer la profesión.

Es en este escenario que la noción de salud -no en abstracto, sino en nuestra vida diaria- se han expandido a confines que no habíamos imaginado.

A esto hay que agregar que la dimensión preventiva se ha centrado en comer frutas y verduras, ejercitarnos al menos 30 minutos diariamente, decir adiós a la comida chatarra, vencer el sedentarismo, hacer nuestros deberes, cuidar y si la vida nos alcanza, ser felices.

Nuestro derecho a caer

Sabemos, sin embargo, que hay días y días. Sabemos que la salud es un concepto amplísimo, no sólo alude a lo meramente físico: peso, capacidad de oxigenación, presión arterial y la glucosa en sangre. Tampoco basta con no experimentar síntomas de ansiedad y/o depresión.

Si la salud es un concepto dinámico, complejo y multifactorial, ¿por qué se espera que recaiga esta enorme responsabilidad en nuestros cuerpos y psiques mermados? Ésta es una crítica que también he mencionado respecto a la dimensión de los cuidados, ¿cómo se espera que seamos las mujeres las responsables de sostener y contener el mundo de los cuidados? 

Come frutas y verduras, lávate las manos al menos 20 veces al día, ejercítate, convive en familia, haz la tarea con l@s niñ@s, limpia todas las superficies lisas, lava la ropa, haz la comida, tira la basura, haz home office, y por favor, ¡no te enfermes! ¡Ni del cuerpo, ni de las emociones!

No te excedas en carbohidratos, grasas, azúcares, sodio, por supuesto, cero alcohol y nada de sustancias psicoactivas, ¡¿es en serio?! Aclaro: con esto, no quiero decir ¡Vámonos al fondo del pozo! Lo que quiero decir, es que necesitamos, nos urge, darnos la oportunidad de bajar la presión. 

Decir: ¡no puedo más! Hoy no me quiero levantar. Al menos un día, una hora, un momento, sin afectar a nadie, ni lastimar, pero con la convicción de que también tenemos derecho a caer, enfermar, dudar, llorar, cerrar los ojos y decir: hoy no puedo, denme chancita, necesito un relevo, aunque sea momentáneo.

Si de algo tenemos certeza en estos tiempos, es que no hay certezas prácticamente de nada, y eso es un buen comienzo para transitar por este momento de otra forma. 

La fragilidad, un lugar por descubrir

Encontrar respuesta en las dudas, dejar de temer a sentirnos agobiados por un futuro que nadie tiene claro. Flotar en la incertidumbre, dejarnos caer, abrazar el temor, la duda, la fragilidad, ¿por qué nos da tanto miedo sentirnos frágiles?, ¿serán la fragilidad y la enfermedad nuevas aproximaciones al conocimiento de esta época?  Una en la que el oxígeno y la capacidad de respirar se han convertido en la vida entera.

Reconocernos en medio de una tempestad que a millones nos tomó por sorpresa -aunque había claros indicios de que llegaría-. 

Si persisten las molestias…

Quizá así, solo así, nuestro derecho a enfermar, caer y dudar sea una forma de encontrar algunas pistas para seguir resistiendo en esta espiral hacia lo desconocido. Y transformarnos en esos habitantes que menciona Susan Sontag en libro: “La enfermedad y sus metáforas”.

Guionista, reportera, radialista. Cubre temas culturales, sexualidad, salud, género y memoria histórica. En sus ratos libres explora el mundo gastronómico y literario. Cofundadora de Periodistas de a Pie.

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