No pedirán perdón

17 junio, 2021

¿Por qué la cobertura de medios considerados progresistas es tan sesgada en lo que se refiere a América Latina? No tengo idea de dónde sitúen ideológicamente a México, pero parece claro que no lo entienden y que hacen un esfuerzo muy pobre por entenderlo. Para algunos periodistas, no solo existe ignorancia por parte de muchos corresponsales, sino también arrogancia: una combinación tóxica

Twitter: @etiennista

Días antes de las elecciones del pasado 6 de junio, medios internacionales advirtieron del descalabro electoral que sufriría el proyecto del presidente Andrés Manuel López Obrador dados los “deplorables resultados” de su administración y la (supuesta) amenaza a la vida democrática del país. El caso más sonado fue el editorial del semanario británico The Economist, The False Messiah, respondido públicamente por una parte de la sociedad mexicana con el humor que nos caracteriza. Desde Londres, el infame texto instruía a los votantes a no refrendar la gestión de López Obrador. Pero no fue el único. Mensajes similares vinieron de medios del otro lado del espectro ideológico, como el norteamericano The Nation, que apenas dos días antes de las elecciones publicó un texto que hacía eco de todo lo que se vertía en medios nacionales e internacionales. Su titular no dejaba lugar a dudas: si AMLO ha sido una decepción para el mundo, “para México ha sido mucho peor.”

Ninguno de estos medios pidió perdón. Ni por su injerencia ni por reproducir medias verdades abiertas y comprobables mentiras, tampoco por su pobre o limitado diagnóstico. El día después de la elección The Economist publicó un podcast en el que insistía que, en lo concerniente al congreso, la elección se trataba de la popularidad de AMLO en contraste con su historial, como si una cosa no tuviera que ver con la otra y los ciudadanos fuésemos incapaces de evaluar racionalmente la gestión de este gobierno (en el marco de una crisis global sin precedentes) y nos guiáramos únicamente por la emoción y ‘devoción’. Anunciando dicho episodio la jefa de la oficina de The Economist para Centroamérica, Sarah Birke, escribió: “La elección más grande que ha tenido México es un referéndum del gobierno cada vez menos democrático de López Obrador”. Dicho en otras palabras y considerando los resultados, los mexicanos somos capaces de elegir vivir en dictadura. Vaya cosa.

Pero no piden ni pedirán perdón a los mexicanos ni a sus audiencias porque eso no suele formar parte de su actuar. Para confirmar esto (y para que no lo tomemos tan personal) hace bien levantar la mirada y observar cómo es que medios occidentales cubren la Latinoamérica de nuestros días. Éste es un fenómeno real que ha sido estudiado y que debemos seguir haciéndolo. En su libro Bad News from Venezuela: Twenty Years of Fake News and Misreporting (2018), Alan MacLeod da cuenta de su investigación sobre la manera en que medios occidentales han cubierto la Venezuela de Chávez y de Maduro. Como lo pone el autor, dicha cobertura está perfilada por el entorno cultural de sus periodistas, con noticias escritas desde Nueva York o Londres por personas que no son especialistas o por periodistas que viven en acaudalados enclaves de la cada vez más segregada Caracas. La mayoría de estos trabajan con la élite de habla inglesa del país y tienen muy poco contacto con la mayoría pobre. Todo ello lleva a reproducir ideas primordialmente en sintonía con una comprensión occidental y neoliberal de Venezuela.

En cuanto a la desinformación sobre América Latina por parte de medios globales, el caso de Venezuela es un de los más comentados, junto con la Bolivia de Evo Morales, éste último agudizado frente al golpe de Estado de noviembre de 2019. Así como lo hizo The Economist con México, The Observer publicó en un momento crucial para Bolivia un editorial cuya condena no dejaba lugar a dudas: la crisis política en ese país era responsabilidad única de Evo Morales y el golpe de Estado protagonizado por Jeanine Añez estaba solo en su cabeza. Pese a que luego se confirmó que efectivamente fue un golpe y el partido Movimiento al Socialismo volvió a ser electo en las urnas, dicho semanario -versión dominical del influyente The Guardian, jamás rectificó.

No fue el único medio ‘progresista’ británico que atacó con vileza a Evo Morales mientras que mal informó a sus lectores. Está el infame caso del sitio autodenominado ‘radical de izquierda’ Novara Media, que meses antes y montado sobre la preocupación internacional por los incendios en la Amazonía, empezó el ataque al gobierno boliviano. El texto fue escrito por Claire Wordley, una activista de la agrupación Extintion Rebellion (XR), y con éste logró encontrar un nuevo objetivo de condena internacional: Evo Morales (hasta entonces la crítica había centrado su atención en el régimen de Bolsonaro, destacado por su desprecio a la Amazonía y a sus pueblos indígenas). La agrupación XR de hecho organizó protestas en las embajadas de Bolivia a lo largo y ancho de Europa, creando un clima propicio para reforzar la narrativa occidental de ‘Evo Morales el dictador’. Resulta que la principal fuente de Wordley habían sido las aseveraciones de una activista local que más bien impulsaba el cambio de régimen en ese país. Pese al impacto no menor del artículo de Wordley, el sitio Novara tampoco se disculpó; se limitó a bajar de su sitio el artículo, como forma de expiar sus culpas (la historia del texto de Wordley se cuenta en varios artículos, entre ellos éste).

Sobre todo esto conversé con personas que con más atención y rigor han observado el papel de los medios occidentales en la construcción de la imagen sobre América Latina y particularmente de los gobiernos progresistas o de izquierda: Pablo Navarrete, periodista y documentalista británico-chileno, fundador y coeditor de Alborada -una voz independiente sobre política, medios y cultura de América Latina; Nick MacWilliam, coeditor de Alborada quien ha seguido muy de cerca los casos colombiano y chileno (su documental Santiago Rising es imperdible); y Kurt Hackbarth, periodista y escritor estadounidense que vive en México desde hace veinte años y que reportea y escribe (como pocos) sobre México para Jacobin.

Cada una de estas entrevistas arrojó luces interesantes y sobre todo muchas anécdotas, algunas no narrables o al menos no nombrando a sus protagonistas. Lo que parece claro es que en los productos mediáticos mucho tiene que ver la estructura de los medios, pero también influyen cuestiones relacionadas con la agencia de corresponsales y periodistas. Para hacer sentido de todo ello, y sobre todo para estudiar más sistemáticamente la cobertura de los medios internacionales en México (algo que me parece poco estudiado), es sumamente útil el modelo de propaganda en economía política desarrollado por Edward S. Herman y Noam Chomsky en su libro (1988) Manufacturing Consent: The Political Economy of Mass Media. Dicho modelo ve a los medios corporativos como negocios interesados en la venta de un producto –lectores y audiencias– a otros negocios (anunciantes) más que la búsqueda de periodismo de calidad en servicio al público. Su teoría postula cinco tipos generales de «filtros» que determinan el tipo de noticias presentadas en los medios: la propiedad del medio, sus fuentes de financiamiento, sus fuentes de información, flak (esfuerzos por desacreditar organizaciones o individuos que desafían o presentan dudas sobre el poder establecido), y el anti-comunismo o ideología del miedo.

Pero ¿por qué la cobertura de medios considerados progresistas o de izquierda, como The Guardian, The Nation, y otros, es tan sesgada en lo que se refiere a América Latina? Alan MacLeod observa la siguiente táctica: la separación de la «izquierda buena» (o suave) de la «izquierda mala». En años pasados, por ejemplo, el tratamiento de Uruguay o del Brasil de Lula era muy distinto al de países antagónicos al imperio estadounidense: Venezuela, Bolivia, Cuba y Ecuador. MacLeod observó, por ejemplo, cómo es que los medios dejaron de producir cobertura negativa sobre Ecuador una vez entró al poder Lenin Moreno. Un estudio de MacLeod reveló, por ejemplo, que las protestas de Hong Kong recibieron alrededor de 60 veces más cobertura que las de Ecuador en 2017, pese a que estas últimas paralizaron al país y fueron violentamente reprimidas por el gobierno de Lenin Moreno.

Nick MacWilliam tiene observaciones similares en torno a acontecimientos en Colombia. El gobierno de Iván Duque, que parece más enfocado en complacer a Estados Unidos que a cuidar a su pueblo, ha tenido un tratamiento moderado por parte de los medios occidentales. Los sucesos de abuso del Estado, sea por parte de policías o paramilitares vestidos de civil, son tratados como «manzanas podridas», pero jamás señalan al presidente o sugieren sanciones. Nick no duda que si la represión vista estos tiempos en Colombia ocurriese en Venezuela, el señalamiento sería sobre Maduro y sin empacho clamarían, como lo han hecho, por cambio de régimen. Y así, podríamos hablar de la cobertura de las elecciones en el Perú, también el 6 de junio aunque sus resultados apenas se confirmaron.

No tengo idea de dónde sitúen ideológicamente los distintos medios occidentales a México, pero lo que parece claro es que no lo entienden y que hacen un esfuerzo muy pobre por entenderlo. Para Pablo Navarrete, no solo existe ignorancia por parte de muchos corresponsales, sino también arrogancia, lo que produce una combinación tóxica. Volviendo a nuestras recientes elecciones, pocos corresponsales o periodistas extranjeros parecen buscar comprender, con humildad y por qué no con curiosidad, cómo es que López Obrador, pese a cuestionamientos sobre el manejo de la pandemia y la profunda crisis económica derivada de ésta, mantiene los altos niveles de aprobación que llevaron, con algunos matices, a un refrendo generalizado de su proyecto este 6 de junio. La propuesta de esta columna es también un compromiso de seguir estudiando, junto con otros, el tratamiento de México por parte de medios globales y de la labor de quienes forman parte de estos. Volveremos, pues, con este tema en este espacio.

Profesor de ecología política en University College London. Estudia la producción de la (in)justicia ambiental en América Latina. Cofundador y director de Albora: Geografía de la Esperanza en México.

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