Mis cempasúchiles

1 noviembre, 2019

Llegó octubre y el bosquecillo de cempasúchiles se llenó de botoncillos. Más que nunca pidieron de beber. A las pocas semanas, antes de Día de Muertos, florearon: decenas de soles anaranjados en el jardín. ¿Por qué brillan así, así de hermosos? 

Twitter: @lydicar

El color de los cempasúchiles es uno de mis favoritos. Naranja vibrante, que incluso en días nublados parece que tuviera un resplandor propio. Hace dos años, sembré en el jardín una pequeña huerta de cempasúchiles. Era mediados de noviembre y regué en dos enormes contenedores de tierra, los pétalos anaranjados. A mi vecino –lo confesó después– le molestó la idea.

Los cempasúchiles crecían con facilidad. No sólo comenzaron a crecer en sus dos contenedores. También lo hicieron –como arrastrados por los vientos otoñales– en el huerto de fresas y jitomates. Pequeñas plantas muy olorosas, olorosas a flor de muerto. Cempasúchil, Cempaxóchitl. Cempōhualxōchitl, flor de los 20 pétalos. De los 20 veces 20 pétalos. Flor de los mil pétalos. Tagetes, clavelón de la India, clavel chino. Originaria de América. Flor de sol. 

Hubo que arrancar varias, aunque en realidad dejaban vivir bastante bien a las demás plantas. Sólo que sí, crecían demasiado, usaban todos los recursos.

Luego el agua. Mucha agua. Noviembre fue difícil, pero entonces los cempasúchiles eran pequeños. Diciembre pasó inadvertido. En enero y febrero, se destapó una realidad: no floreaban pero, ¡ah!, cómo bebían agua. 

Para marzo mi pequeño bosque sin flor medía más de un metro de altura, y se ensanchaba desde los contenedores, medio metro a lo ancho de cada lado. Alcanzaba otras macetas. Nacían nuevos cempasúchiles junto a la flor de jade –o siempreviva–, y las fresas ya batallaban por la tierra. 

Al regarlas, esas hojitas timoratas despedían un olor a Noviembre en cualquier otra fecha del año. ¿O debería decir, olor a Muertos? 

El agua fue un problema. Pero eso sí, nada como abril y mayo, los meses de mayor estiaje en el Valle de México: sol a plomo. Primavera ardiente.

Todos los días, de regreso a casa, veía mi pequeño bosque de cempasúchiles sin flor, hojitas y tallos, hechos pasita. Cada noche desplegaba todas las artes para dar de beber lo que se había vuelto una obsesión personal: hacerlas sobrevivir hasta noviembre. 

No sólo al vecino le molestó. Como si los cempasúchiles sólo tuvieran derecho de existir en Día de Muertos. La pareja también respingaba y advertía que aquellos valiosos contenedores de tierra podían haber sido más “útiles” con jitomates, o acelgas, o de plano una lechuga, aunque se las terminaran zampando los caracoles que llegarían con las lluvias. Algo había de inquietante, la verdad. Me preguntaba: ¿Pero por qué nos causa escozor ver cempasúchiles, olerlas, en mayo o junio, con las lluvias?

Empecé a leer para quitarme culpas: planta vermífuga, atraía sobre sí cualquier plaga que llegara al jardín. Nunca estuvo más saludable el resto de nuestro pequeño ecosistema. Pero eso aparentemente tampoco era suficiente, ni para la pareja ni para el vecino. La cempasúchil era además auxiliar en las enfermedades estomacales: propiedades antibacteriales y fungicidas. Propuse hacer un té. Sólo yo lo bebí. Luego, pétalos licuados con jugo de naranja. De nuevo, la planta parece poseer más vitamina C y antioxidantes que el fruto. Además sabía extraordinariamente bien. Como si la flor exaltara la frescura y dulzura de las naranjas y mandarinas. 

Pero había resistencia. Quizá sólo porque eran cempasúchiles, la flor de muerto.

Llegó octubre y el bosquecillo –que ya alcanzaba casi el metro y medio– se llenó de botoncillos. Más que nunca pidieron de beber. A las pocas semanas, antes de Día de Muertos, florearon: decenas de soles anaranjados en el jardín. ¿Por qué brillan así, así de hermosos? 

Vecino y pareja admitieron que había sido “agradable” ver los cempasúchiles. Pero hubo resistencia al año siguiente. Sembré, como anteriormente, los pétalos. Alguien cortó las plántulas, por ahí de marzo.

Pareciera haber una superstición: cempasúchil sólo en Día de Muertos.  Y yo que quisiera verlas el año entero.

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Lydiette Carrión Soy periodista. Si no lo fuera,me gustaría recorrer bosques reales e imaginarios. Me interesan las historias que cambian a quien las vive y a quien las lee. Autora de “La fosa de agua” (debate 2018).

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