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MeToo: ahora toca imaginar

#MeToo nos ha dejado preguntas que, si bien no tienen respuestas definitivas ni totalizadoras, nos dan posibilidades de imaginar la forma en que queremos relacionarnos y la construcción de una justicia “más justa”. La séptima entrega de esta serie es una entrevista con Ximena Antillón, especialista en acompañamientos psicosocial a víctimas, quien explica la necesidad de crear nuevos códigos en las relaciones.

Texto: Daniela Rea

Retrato: Ximena Natera

El #MeToo puede verse como un acontecimiento que abrió posibilidades: para construir el No como respuesta a relaciones que dañan, para construir formas más sanas de relaciones y para pensar una justicia que no convierta a las mujeres siempre en víctimas y a ellos, los hombres, en victimarios, plantea Ximena Antillón.

Sicóloga integrante de Fundar, especialista en el acompañamiento psicosocial a familiares y víctimas de violaciones a derechos humanos, violencia de género y violencia política, conversó con Pie de Página y, desde su palabra y experiencia, convoca a sentir, reconocer, nombrar, acompañar e imaginar.

Ya en un artículo publicado hace unos días, Ximena planteaba la responsabilidad del saber que esas violencias existen y dañan. ¿Qué hacemos con esa responsabilidad que nos dejó el dolor enunciado?

“(Esto que está sucediendo) Es una posibilidad de creación, realmente estamos inventando otros códigos, otras maneras de entender las relaciones”.

¿Qué posibilidades nos dio el MeToo para establecer nuestras relaciones?

El MeToo dejó claras formas graves de violencia, pero también formas escurridizas de violencia y eso nos hace pensar en lo que hasta ahora pensamos que era normal.  Creo que permite que a ese dolor o esa incomodidad que ha estado sin palabras, le empecemos a poner palabras y eso es una posibilidad de creación, realmente estamos inventando otros códigos, otras maneras de entender las relaciones porque hemos sido socializadas y la manera en que erotizamos las relaciones es con códigos patriarcales. Entonces lo podemos percibir porque no te sentiste cómoda, te quedó una sensación fea.

Es un proceso terapéutico donde tú vas construyendo tu verdad sobre lo que pasó y de pronto esa verdad cae, tiene peso y la puedes asumir y yo creo que eso tiene que estar apoyado de un proceso colectivo.

Pensábamos en que la voz de muchas mujeres nos ayuda a todas a aprender a decir No, a construir un No en las relaciones.

Creo que no sólo es ir reconociendo las formas de violencia sino reconociendo las señales en nosotras, en nuestro cuerpo, porque hay muchas situaciones donde sentimos que algo no estaba bien, pero no supimos bien qué, como que esa información no la tomamos en serio, no la leímos. Entonces en la medida en que podamos identificarlas, pues ya podemos ir tomando otras decisiones o hablar de esas por lo menos, decir no me siento cómoda. Pues yo creo que eso. Pero no creo que es una receta.

Mencionabas que este proceso debe ser colectivo, ¿por qué?

Porque el dolor siempre necesita de reconocimiento. Aprendí, a partir de mi trabajo con familias de personas desaparecidas o ejecutadas, que los familiares tuvieron que hacer un movimiento que reconociera esas pérdidas y ese dolor, para darle un soporte a esos testimonios, para que fueran audibles, porque no existían en el discurso oficial. A partir de eso creo que el dolor tiene que tener un soporte, un reconocimiento, porque si no, queda confinado al ámbito privado, personal y a veces incluso corporal, se manifiesta en el cuerpo pero no lo sabes nombrar. Ese reconocimiento te permite nombrarlo y que empiece a tener consecuencias. Por ejemplo, en el caso de los familiares es sacar ese dolor y, a partir de eso, interpelar a quienes deciden de esa guerra. En este caso el MeToo se convierte en una plataforma que le da soporte a ese dolor y sufrimiento y desde el que se puede interpelar. Se vuelve un espacio de enunciación o denuncia, “me pasó esto”. Y ahora estamos más tratando de entender, comprender eso y sistematizar la denuncia y ver qué acosos, qué violencias. Tratando de entender, además del dolor y sufrimiento, entender de qué formas de violencia estamos hablando y a partir de eso interpelar a los responsables.

Nosotras estamos pensando en protocolos dentro de las organizaciones, pero también pensando cómo trasladar una agenda al Estado, porque hay denuncias del MeToo que se deberían perseguir de oficio.

Hablemos de la posibilidad pedagógica del MeToo.

El MeToo enseñó algo y es que la violencia es denunciable y que hay una instancia creada por nosotras mismas donde se puede denunciar. Un espacio de escucha diferente al de las autoridades que no escucharon (eso no quita responsabilidad del Estado). Yo lo equiparo con el EZLN: ¿no se han fijado que hay un Estado mexicano fundado en la opresión a los pueblos indígenas? Eso es pedagógico.

Pero también en la medida que procesemos podremos sacar de ahí otros aprendizajes. Creo que hay una disputa sobre el significado del MeToo, hay posiciones que dicen: “es venganza, es justicia por propia mano, ¿por qué no acuden a los mecanismos que existen?”. Y hay otras posturas: “pues si esos mecanismos no existen…”. Para mí es como un recurso que creamos y que crearon muchas mujeres feministas jóvenes, que lograron desnaturalizar la violencia.  Tiene un efecto pedagógico muy profundo, nos da otro marco para re significar las experiencias.

Hablas del marco para entender la violencia, las relaciones. No sé cuál es la pregunta, quizá: ¿qué implica este nuevo marco?

Creo que el  MeToo (las mujeres que denunciaron) sí puso otras coordenadas para identificar lo que nos hace sentir incómodas y que eso se puede denunciar. Puso coordenadas sobre la violencia o las formas más difusas de la violencia que estaban normalizadas, que se confundían con convivencia y seducción, pero no lo son, sino una invasión a tu intimidad.

Hay otras cosas que tenemos que pensar y trabajar más. Después del MeToo algunos compañeros se preguntaban “¿ahora cómo nos relacionamos?”. Eso quiere decir entonces que hay códigos de seducción violentos y que los propios compañeros deberían replantearse eso, hacer sus espacios y reflexionar.

Lo que hizo el MeToo fue sacudir y desestabilizar esas cosas que pensábamos normales.

¿Por qué ha sido tan difícil? Me refiero a las confrontaciones, a las divergencias que parecen no encontrar un espacio de escucha. Pero también a lo emocional, amigas lastimadas, amigos señalados…

Porque este tema (la violencia de género) se ha privatizado. En este marco se politiza, el MeToo lo muestra como un ejercicio de poder y en ese sentido es un acto político. No lo veíamos como algo que fuera debatible, hablable, traerlo al ámbito político, tener una asamblea para hablar de las violencias que vivimos.

Por otro lado, duele porque empiezas a resignificar experiencias que habías dejado en el cajón, que dolieron, incomodaron, y un poco esos sentimientos se quedaron guardados y no los movimos porque implicaban rupturas, pérdidas y cuando la empiezas a remover duele, significa pérdida de relaciones importantes de ideales, de afectos.

¿Qué alcanzas a ver que se esté gestando después del estallido del MeToo?

De lo que se trata en el fondo, decían compañeras, es de democratizar espacios y eso me hace pensar en una frase que circuló en el Facebook: “el feminismo es esta idea radical de pensar que las mujeres somos personas”.

Creo que el mínimo que tenemos que hacer es poner normas de convivencia que quizá al inicio sean muy explícitas para que no ocurran estos abusos y estas formas de violencia normalizadas. Y los compañeros se tienen que plantear la forma de relacionarse.

Todo esto está en construcción, no hay caminos ciertos. Pero, ¿qué cosas consideras que sí  sería importante hacer, pensar?

Hay cosas que he aprendido a partir de la experiencia de familiares de personas desaparecidas y ejecutadas.

Creo que la primera es sacar el daño del ámbito privado. No todo el daño se puede denunciar, hablar, ese es el carácter de lo traumático, lo que no tiene palabras, pero avanzar en el reconocimiento de esos daños, no sólo de los hechos, sino también de los daños.

Creo que los duelos colectivos que tienen que ver con reconocer cómo eso nos interpela, los ideales que hemos construido, eso también es importante.

Creo que la idea de desvictimizar. Las mujeres no queremos ser víctimas. ¿Cómo atendemos esos daños para reconstruir nuestro proyecto de vida, otras relaciones? No nos queremos instalar en ese lugar. El Estado construyó un aparato para hacer a la víctima una víctima eterna siempre en el laberinto de la víctima. No nos queremos quedar en ser las testimoniantes del daño y la violencia para siempre, también queremos otras cosas.

Mucho debate, diálogo intergeneracional. Tengo un sentimiento de satisfacción porque digo algo bueno hicimos para que las mujeres jóvenes digan “no quiero ni tengo por que soportar eso”, quiero pensar que fue una contribución que hicimos las anteriores. Entiendo que hay mucha rabia, entonces qué hacemos con esa rabia, cómo la usamos para que sea el motor de un cambio. Hay que ver cómo la salida de esa rabia, cómo la hacemos algo que permita construir desde esa rabia y ese dolor y esa tristeza.

¿Qué hacer para que esta rabia sea constructiva?

Todo eso hay que interpelarlo, interrogarlo. No tenemos respuestas para todo eso.

Creo que los compañeros deben hacer un ejercicio para revisar sus privilegios, eventualmente nosotras también. Pero en este momento hay que entender que un horizonte puede ser pensar en alternativas para una justicia que pueda ser justa, porque si no, siempre nos quedaremos como víctimas y ellos como victimarios.  Imaginar qué justicia queremos, restaurativa. Y los compañeros deben inventarse sus procesos y dar señales de eso, hacerse responsables.

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Reportera. Autora del libro “Nadie les pidió perdón”; y coautora del libro La Tropa. Por qué mata un soldado”. Dirigió el documental “No sucumbió la eternidad”. Escribe sobre el impacto social de la violencia y los cuidados. Quería ser marinera.

Periodista visual especializada en temas de violaciones a derechos humanos, migración y procesos de memoria histórica en la región. Es parte del equipo de Pie de Página desde 2015 y fue editora del periódico gratuito En el Camino hasta 2016. Becaria de la International Women’s Media Foundation, Fundación Gabo y la Universidad Iberoamericana en su programa Prensa y Democracia.

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