Maíz criollo, la otra cara del campo sinaloense

6 marzo, 2021

Sinaloa se conoce por su gran producción agroindustrial, pero muy poco se habla de su riqueza genética y del cultivo de maíces nativos en comunidades rurales históricamente relegadas

Texto y fotos: Raquel Zapien

SINALOA.- En la Sierra Madre Occidental, entre los límites de Sinaloa y Durango, hay milpas de maíces criollos en las laderas de los cerros. Los agricultores suben a pie sin la ayuda de mulas porque el terreno es muy empinado y pedregoso. 

Con la mano derecha toman un palo provisto de una punta de metal para hacer el pozo en la tierra y con la mano izquierda toman las semillas de la jícara que atan a su cintura; así es como siembran cada año. Cuando llega el momento de la cosecha, bajan las mazorcas en canastas que sujetan a su cabeza. 

–¿Cómo le hacen para sembrar el maíz allá arriba?

–A escopetazos–, responde entre risas Felipe Vargas, un agricultor de 87 años que vive en la falda del cerro, en la comunidad de Chirimoyos, municipio de Concordia.

Del tejado que cubre el porche de su vivienda cuelgan los maíces que empezó a cosechar a finales de enero; se están secando antes de ser desgranados. El color rojo, negro y amarillo de las mazorcas resaltan desde la carretera de curvas pronunciadas.

Un poco más arriba, a 2 mil 100 metros de altura sobre el nivel del mar, entre bosques de pino y encino está El Palmito, otra comunidad de Concordia que preserva las razas nativas de la región. Don Santos Vázquez Vargas ha sido custodio de estas semillas desde que tiene uso de razón.

Comenta que este año la producción bajó, primero porque llovió menos y luego porque las heladas que se registraron a principios de año quemaron y desecaron las plantas. 

Lo mismo ocurrió en los poblados aledaños, como Chirimoyos y La Petaca. Al pasar por ahí es posible observar algunas viviendas abandonadas porque las familias que las habitaban fueron desplazadas por la violencia hace alrededor de tres años y ya no quisieron regresar.

El maíz criollo y el frijol son la principal fuente de sustento para los pobladores que aún viven allá.

Esas parcelas también forman parte del campo sinaloense aunque no se habla mucho de ellas, pues Sinaloa es más conocido por sus extensos valles de maíz blanco que surten a la agroindustria con rendimientos superiores a la media nacional, soportados en el uso de semillas mejoradas, sistemas de riego, agroquímicos y desarrollo tecnológico, necesario para cubrir la creciente demanda de alimento en nuestro país.

Sin embargo, la realidad es que en 14 de los 18 municipios del estado existen comunidades rurales que aún cultivan 14 de las 59 razas de maíces nativos de México. 

En ese otro campo, los productores intentan mantener sus cultivos tradicionales ante un mercado desigual. Para ellos los apoyos son casi inexistentes, no se les ofrecen precios de garantía, no existen los sistemas de riego ni certeza de cuándo lloverá, pues conforme pasan los años la temporada de aguas se acorta.

La conservación de las razas nativas que se realiza en sus parcelas es importante porque esas semillas contienen los genes que se utilizan para mejorar el rendimiento del maíz blanco que se produce a gran escala en Sinaloa y otros estados agrícolas del país, advirtió  Pedro Sánchez Peña,  investigador de la Facultad de Agronomía de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), quien ha estudiado al maíz criollo por más de tres décadas y con el apoyo de un equipo de colaboradores logró identificar cinco de las 14 razas registradas en el estado.

Municipios de Sinaloa en los que se cultiva maíz criollo
RosarioCosaláSalvador Alvarado
EscuinapaElotaSinaloa de Leyva
ConcordiaCuliacánEl Fuerte
MazatlánMocoritoChoix
San IgnacioBadiraguato

Numeralia

64 razas de maíz criollo se cultivan en México.

59 razas de maíz criollo son nativas de México.

14 razas se cultivan en Sinaloa.

Los maíces de la selva seca


Rafael Gutiérrez Rodríguez cultiva cuatro razas de maíz criollo desde hace 46 años en Cabazán, un pequeño poblado ubicado en el municipio de San Ignacio, rodeado de la selva baja caducifolia que es transitada por jaguares. Aquí hace calor y los árboles pierden sus hojas durante la temporada de estiaje.

Antes de él, sus tierras fueron trabajadas por su padre y abuelo. En las épocas de mayor bonanza, las diez hectáreas de Rafael llegaron a producir entre 15 y 20 toneladas en total, pero en los últimos cuatro años la producción se ha reducido hasta en una cuarta parte porque llueve menos o a destiempo y el suelo no logra retener la poca humedad que recibe. 

La cosecha del 2020 solo arrojó 500 kilos de semilla apta para su cultivo. Como no llovió pronto, las espigas se empezaron a secar y las mazorcas no alcanzaron a desarrollarse; solo las plantas más fuertes y resistentes sobrevivieron, comenta mientras extiende los maíces sobre un costal.

Como cada temporada, conservará las semillas más bonitas para la próxima siembra que inicia en junio, dejará una parte para autoconsumo e intentará vender otro tanto en la fábrica de pinole ubicada en la cabecera municipal de San Ignacio o como alimento para el ganado.

Pero la venta tampoco es buen negocio. El kilo de semilla para cultivo lo pagan en 10 pesos y si es para alimento a seis, dice.

Hace un par de años vendió sus mazorcas de colores al chef de un conocido restaurante de Mazatlán, pero a los turistas extranjeros no les gustó la tonalidad de las tortillas y la empresa dejó de adquirir el grano, lamenta.

Él cree que si se mejora el empaque del pinole y se le colocan etiquetas que indiquen que se trata de maíz criollo orgánico, podría tener mejor aceptación y precio en el mercado. Lo mismo podría pasar si se elaboraran totopos con el color original de las mazorcas rojas, negras y azules.

“Uno quisiera darle valor agregado a lo que uno cosecha pero los temporales no nos han ayudado”, señala con desánimo porque en los tres últimos años ha llovido menos. 

Don Rafa, como se le conoce en el pueblo, tiene 71 años y asegura que se siente fuerte para seguir labrando la tierra con la ayuda de una mula que lo acompaña desde hace 26 años y a la cual le gusta comer calabazas.

Las fuerzas le alcanzan para participar como vigilante comunitario en la reserva natural de la Meseta de Cacaxtla, la más grande de Sinaloa, hábitat de las siete especies de felinos registrados en México.

Razas de maíz nativo de Sinaloa
BlandoElotero de SinaloaTuxpeño
JalaReventadorVandeño
OnaveñoTabloncilloChapalote
Tabloncillo PerlaDulcillo del NoroesteBofe
RatónAncho

Fuente: Gaceta Parlamentaria del Congreso de Sinaloa.

Pocos apoyos

Agricultores de maíz criollo de El Tule, San Ignacio. Foto: Raquel Zapien/2020.
Campesino de El Veladero, San Ignacio.
Lucinda Manjarrez, productora de maíz criollo de La labor, San Ignacio. Foto: Raquel Zapien/2020

En San Ignacio se encuentran las únicas cuatro comunidades de Sinaloa que reciben un incentivo económico exclusivo para el cultivo de maíces nativos. El apoyo lo otorga la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas porque las tierras se encuentran en el área de influencia de la citada reserva natural. 

Estas comunidades son Cabazán, La Labor, El Tule y El Veladero. Por ahora, el incentivo es de 150 pesos por jornal, es decir, por día de trabajo. Hasta el año 2016, la Conanp apoyaba a 16 poblados de los municipios de San Igancio, Concordia, Rosario y Escuinapa, pero por los  recortes presupuestales muchos agricultores quedaron fuera del programa, según datos públicos del organismo federal.

En estas localidades se utiliza el sistema de cultivo tipo milpa que acompaña al maíz con calabaza, frijol y chile. Un año siembran en una parcela y al siguiente año siembran en otra para darle un descanso a la tierra y dejar que los residuos de la plantación se desintegren y nutran el suelo. 

Los productores de San Ignacio dicen que cuando una hectárea da buen rendimiento se obtienen entre 800 kilos y una tonelada, pero cuando la temporada es mala, la producción anda entre los 500 y 600 kilos en promedio.

La cosecha se emplea para el autoconsumo y para alimentar al ganado principalmente, aunque en algunos casos, cuando se tienen excedentes, se vende la semilla.

Las mujeres también participan en la producción de los maíces decretados como manifestación cultural de México. Por ejemplo, en La Labor, María Matilde Loaiza acompañaba a sus padres a la labranza y a cortar mazorcas desde que era niña, mientras Lucinda Manjarrez Bañuelos heredó las parcelas que durante muchos años trabajó al lado de su finado esposo. Ellas y sus familias todavía labran la tierra y comparten tortillas de maíz criollo en sus mesas.

De forma complementaria, en El Tule, La Labor y El Veladero se elaboran quesos que se venden en las localidades cercanas. 

“El maíz que producimos es orgánico porque no usamos nada de químicos; y si con eso alimentamos a las vacas, entonces la carne, la leche y los quesos que producimos también son orgánicos, pero no nos pagan lo que vale”, señaló Jorge Alberto Bastidas, uno de los agricultores de El Veladero, sitio con 12 hectáreas destinadas al maíz nativo.

En busca de mejores ingresos, los agricultores empezaron a sembrar ajonjolí porque tiene mejor precio y rendimiento. Sin embargo, el cambio de cultivo es considerado por investigadores como un riesgo para conservar la diversidad de maíces dado a que estas tres comunidades son un importante centro de intercambio de semillas con otros poblados del sur del estado.

Productores invisibles

Los productores de maíces nativos han sido relegados históricamente. Incluso, se carece de un registro oficial, estatal o federal, que indique con certeza el número de agricultores, hectáreas dedicadas a este cultivo, volumen de producción y ubicación.

La Coordinadora de la Fundación Semillas de Vida, organización dedicada a la promoción y defensa de los maíces nativos, reconoció que hasta el momento no se conoce un registro nacional que indique cuánto es lo que se produce, quienes y en dónde.

“No podemos decir con seguridad cuántos lo producen ni cuánto. Además ya nos falta un censo agrícola, el último publicado es de 2006”, apuntó.

En el caso de Sinaloa, la Secretaría de Agricultura y Ganadería cuenta con un programa de apoyo con semillas para los productores temporaleros en general, pero excluye a quienes cultivan maíz criollo porque no existen en un padrón, según informó la dependencia.

Con los programas sociales del gobierno federal pasa algo similar. El año pasado, 38 mil 550 pequeños y medianos productores de los 18 municipios de la entidad fueron inscritos en el Programa de Producción para el Bienestar. Según datos proporcionados por esa dependencia, se apoyó económicamente a productores de maíz grano, sorgo, ajonjolí, cacahuate, frijol, garbanzo, cártamo, caña de azúcar y trigo, entre otros. 

En el listado no hay un apartado especial para los maíces nativos, aunque es probable que algunos de esos productores hayan sido beneficiados considerando que quienes más siembran las razas criollas son los de pequeña escala, los cuales representan el 80 por ciento de los beneficiarios del programa, de acuerdo a la información entregad por la oficina central.

Lo mismo pasó con el extinto Programa de Apoyos Directos al Campo (Procampo), que entregó apoyos monetarios por superficie registrada de forma indistinta. Algunos agricultores de maíces nativos llegaron a obtener el beneficio por su calidad de pequeños productores pero no por cultivar y conserva la valiosa semilla.

El abandono

Basado en datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el investigador Pedro Sánchez Peña considera que cerca de 2 mil 400 personas se dedican al cultivo de las 14 razas de maíces nativos en el estado, en su mayoría con una edad superior a los 60 años.

El envejecimiento de los productores, la falta de un relevo generacional y la migración del campo a la ciudad también fueron documentados por Vladimir Pelcastre.

Tras recorrer trece comunidades de cinco municipios de Sinaloa para dedicar su tesis al estudio del maíz criollo, Pelcastre constató la falta de un registro oficial de la producción de esa semilla, pues solo se contabilizan las hectáreas de temporal de forma general sin diferenciar los cultivos, lo que invisibiliza la importancia de los maíces nativos pero también de los agricultores que lo siembran. 

Ambos investigadores coincidieron por separado en que ese campo, el campo de la serranía, el del maíz criollo, es el menos conocido y está en el completo olvido.

“Es un Sinaloa abandonado por todos, al que poco se le apoya; es un Sinaloa pobre desde el punto de vista económico pero con una riqueza de recursos invaluables”, sostuvo Sánchez Peña.

Cuando los cultivos se pierden por heladas, inundaciones  u otros desastres naturales ellos no reciben los apoyos que se dan a los grandes productores, criticó. 

El rescate que aún no rescata nada

De acuerdo a publicaciones de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, (Conabio), los maíces criollos son un gran banco de riqueza genética que puede ser utilizado para el desarrollo de nuevas variedades capaces de adaptarse a las condiciones generadas por el cambio climático, como por ejemplo, las sequías o plagas.

Estos granos son el resultado de los métodos de siembra y cultivo ancestrales que datan de  alrededor de  10 mil años. Las comunidades indígenas y posteriormente las mestizas, se han encargado de hacer una selección natural y minuciosa de los granos más fuertes y resistentes.

Debido a su importancia, en el año 2009 la Conabio coordinó un estudio multidisciplinario que determinó el origen, domesticación y diversificación del maíz en México como parte del Proyecto Global de Maíces; así fue como se identificó un total de 64 razas, de las cuales 59 son nativas de nuestro país.

El doctor Pedro Sánchez Peña refirió que a partir de ese año y hasta el 2014 se implementó un programa de rescate de cultivos nativos a través del Sistema Nacional de Recursos Fitogenéticos (Sinarefi).

En ese tiempo, en Sinaloa se lograron recuperar dos razas de maíz criollo que estaban a punto de la extinción, conocidas como Chapalote y Dulcillo del Noroeste, cuya semilla se envió al banco de germoplasma de esa institución, señaló.

En total, dijo, se lograron recolectar arriba de 12 mil muestras de todo el país, de las cuales Sinaloa aportó más de 200. Posteriormente se dejaron de hacer colectas en el estado.

En septiembre de 2019, la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader) anunció el Programa de Rescate de los Maíces Nativos con el inicio de 38 Proyectos de Desarrollo Territorial (Prodeter) en 16 estados del país, entre los que no se incluyó a Sinaloa.

El 13 de abril de 2020 entró en vigor la Ley Federal para el Fomento y Protección del Maíz Nativo que reconoce la producción, comercialización, consumo y diversificación de esta semilla, como manifestación cultural nacional. También faculta al Estado para garantizar que las personas tengan acceso efectivo al consumo informado de maíz nativo y sus derivados en condiciones libres de organismos genéticamente modificados y otras técnicas de mejoramiento genético.

Sin embargo, aún no se ha expedido el reglamento correspondiente ni se ha establecido el Consejo Nacional del Maíz Nativo que tendrá la función de opinar en el diseño, planeación, programación y definición de políticas públicas para su fomento y protección, cuestionó Malin Jönsson, Coordinadora de la Fundación Semillas de Vida, A.C.

“Sader debe de haber propuesto el reglamento como máximo 90 días después de la entrada en vigor de la ley, es decir en julio de 2020. Sin embargo, con el pretexto de la pandemia no lo han hecho todavía”, señaló.

Tras la promulgación del nuevo ordenamiento federal, el 19 de noviembre de 2020 el Congreso del Estado de Sinaloa aprobó el decreto de la Ley de Fomento y Protección del Maíz Nativo, pero aún no ha sido publicada en el Periódico Oficial del Estado. Por lo tanto, en la entidad tampoco hay una estrategia de gobierno para conservar el grano ni apoyar a las comunidades y familias que durante generaciones han sido sus custodios en condiciones de vida precarias.

Sinaloa, el granero de México

El maíz es el cereal primordial en la dieta de la población mexicana, que en promedio consume 335.8 kilos por habitante al año.

Por esa razón se cultiva en todos los estados del país y representa el 88.3 por ciento de toda la producción nacional de granos, según se indica en el Panorama Agroalimentario 2020 publicado por la Sader en diciembre pasado.

Ese mismo documento señala que Sinaloa es el principal productor a nivel nacional seguido de Jalisco, Michoacán, Estado de México, Guanajuato y Chihuahua. 

El investigador Pedro Sánchez Peña afirmó que para empezar, Sinaloa se convirtió en el primer productor de maíz por la introducción de sistemas de riego, de manera que de 1982 al 2018 la producción aumentó 246.55 por ciento. Al incrementarse la superficie de riego, disminuyeron las hectáreas de temporal.

Para darnos una idea más precisa de la capacidad productiva de ese estado, basta mencionar que su rendimiento promedio es de 10.5 toneladas por hectárea mientras que a nivel nacional es de 4.3, según se expuso durante la Octava Conferencia Mensual de Autosuficiencia Alimentaria e Innovación Tecnológica realizada por la Sader en febrero del año pasado.

Por otra parte, los registros del SIAP indican que en 2020, en Sinaloa se sembró una superficie de 574 mil 915 hectáreas de maíz grano con una producción total de 6 millones 262 mil 778 toneladas. Cerca del 98 por ciento de las tierras utilizadas son de riego.

Por tratarse de uno de los cultivos de mayor demanda para el consumo nacional y por las  fluctuaciones del precio en el mercado, el año pasado el gobierno federal asignó un pago complementario a los productores sinaloenses para que alcanzaran un ingreso de 4 mil 150 pesos por hectárea en el ciclo agrícola 2019-2020, a través del organismo Seguridad Alimentaria Mexicana (Segalmex).

Cuando hay siniestros en este tipo de cultivos, ya sea por heladas, sequías o inundaciones, también se gestionan apoyos extraordinarios. Todas estas medidas han sido necesarias para mantener el abasto nacional.

Las ganancias de las semilleras

En Sinaloa predomina el uso de híbridos de maíz que provienen de múltiples cruzas de razas o variedades diferentes para obtener las mejores características de cada una de ellas, como el color de grano, tamaño de mazorca, altura de la planta o resistencia a una plaga o enfermedad.

De acuerdo a la información proporcionada por el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (Inifap), cerca del 85 por ciento del volumen de la semilla de maíz mejorado que se usa en los cultivos intensivos de la entidad proviene de empresas transnacionales y el resto de empresas nacionales.

Con base en los datos del SIAP, el organismo estimó que para sembrar las 574 mil 915 hectáreas del pasado año agrícola se necesitaron alrededor de 12 mil 648.1 toneladas de semilla.

Aunque la cantidad de semilla mejorada que se usa en los valles agrícolas depende de la superficie que se siembra, se estima que en los cultivos intensivos sinaloenses se utiliza un promedio de 22 kilos de semilla por cada hectárea.

Según testimonios de los agricultores consultados, el precio de la semilla híbrida depende  de su capacidad de rendimiento, variedad y marca, de manera que el precio de un saco oscila entre los 2 mil 800 y 5 mil pesos. El precio de cada saco o bulto también se define por el número de semillas que contiene. 

Las semillas más caras llegan a dar rendimientos de hasta 16 toneladas de maíz por hectárea con un buen manejo tecnológico y condiciones de terreno favorables. 

Para cubrir el costo de todos los insumos y obtener un margen de ganancia, los productores con mejor manejo tecnológico intentan obtener rendimientos superiores a las 12 toneladas de maíz, considerando que la tonelada se las pagan a tres mil pesos en promedio.

Las marcas trasnacionales que tienen mayor mercado en este caso son Dekalb y Asgrow de Bayer; Corteva y Bayonet, según referencias de los productores consultados. 

Proceso de mejora genética

Los procedimientos de mejoramiento genético lo realizan las empresas semilleras, quienes a su vez deben registrar sus cruzas en el Catálogo Nacional de Variedades Vegetales del Servicio Nacional de Inspección y Certificación de Semillas (SNICS), instancia encargada de la supervisión y de la certificación del grano que será vendido a los productores, detalló el Inifap tras ser consultado al respecto.

El instituto indicó que en algunos casos, los maíces criollos sirven de base genética para la generación de nuevos híbridos. La diferencia entre ambos radica en que el maíz criollo ha sido cultivado y seleccionado por los propios agricultores conservando una alta variedad genética, mientras que un maíz híbrido tiene características homogéneas como altura de planta, color de hoja o de espiga que se obtienen a través de métodos de mejoramiento genético.

Vladimir Pelcastre, doctorante del postgrado de Ciencias de la Sostenibilidad de la UNAM, explicó que estos maíces mejorados se crearon en los Estados Unidos a base de las colectas que se hicieron en México y Centroamérica en los años 40 y 50, previo a la llamada “revolución verde”.

Los agricultores no pueden reservar una parte de la producción que obtienen con este tipo de semillas para sembrarlas en el próximo ciclo agrícola porque pierden las características homogéneas que las distinguen y se generan mermas en la producción, resaltó. Por esa razón, los productores deben seguir comprando semillas a las empresas proveedoras.

“Son semillas con reducida variabilidad genética. No tienen la capacidad de resistir sequías, plagas o enfermedades si no es con ayuda de los agroquímicos; su éxito depende en gran medida del uso de agroquímicos y de los mejoradores genéticos”, puntualizó.

Por el contrario, dijo, el maíz criollo puede afrontar plagas, sequías y enfermedades todos los años y a pesar de eso producir mazorcas con semillas resistentes para poder ser sembradas nuevamente gracias a su alta diversidad genética, producto del trabajo de selección que de forma permanente realizan los agricultores de las comunidades, aunque los rendimientos son menores.

El doctor Pedro Sánchez Peña coincidió en que los altos rendimientos de las semillas híbridas se deben a los sistemas de riego, el desarrollo tecnológico y a la mejora que se obtiene mediante cruzas que se originan en los maíces nativos. 

Además, los híbridos consumen más agua y tienen menor resistencia a la sequía, de ahí que  los maíces criollos son la clave para mantener la producción de este cereal en un contexto de cambio climático en donde se prevén sequías más prolongadas.

“Si se acaban los maíces criollos se acaba la diversidad genética que a su vez ofrece la solución a los problemas de los cultivos híbridos”, reiteró.

Diferencias entre maíz criollo, híbrido y transgénico

CriolloMaíz que conserva la identidad y variabilidad genética. Se produce en cultivos artesanales.
HíbridoResultado de la cruza de diferentes razas o variedades mediante procesos de mejora genética, con características homogéneas y reducida variabilidad genética.
TransgénicoA la semilla se le transfiere un gen diferente al vegetal.

Producir maíz azul a gran escala

Agricultores de Culiacán y Guasave trabajan en un proyecto piloto para el cultivo intensivo de maíz azul en coordinación con el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) y la Asociación de Agricultores del Río Sinaloa Poniente. Desde hace tres años, productores de maíz blanco han aportado cerca de tres hectáreas en conjunto  para la etapa experimental y de desarrollo de un maíz hibrido de color azul a partir de las razas nativas.

Fernando Urías, jefe del campo experimental Miguel Leyson Pérez, ubicado en Guasave,  comentó que el proceso tardará cinco años con el objetivo de obtener una semilla de mayor resistencia y rendimiento para su cultivo a gran escala, tal como ocurre con el maíz blanco, pero con un manejo más biológico y con el uso de pesticidas de bajo impacto. 

En este caso, los productores recibirán las semillas parentales para que puedan seguir sembrando por su cuenta.

De esta manera la organización agrícola busca diversificar la producción y abrir nuevos mercados, dijo.

Sembrando Vida

Concordia es el municipio de Sinaloa que produce y conserva la mayor cantidad de razas de  maíz puras, 13 en total, según los registros del investigador Pedro Sánchez Peña. 

A diferencia de otros años, la cosecha de enero se realizó en un contexto nuevo: 90 agricultores de 27 comunidades de ese municipio fueron integrados al Programa Sembrando Vida como parte de un proyecto de preservación y rescate de maíces criollos. Desde este año, recibirán un aporte mensual de cinco mil pesos para que sigan cultivando la semilla. 

Sembrando Vida es un programa que el gobierno federal puso en marcha en 2019 como una estrategia para generar empleos, impulsar la autosuficiencia y frenar la migración de las comunidades rurales a partir de  la reforestación con árboles frutales y maderables. La meta es sembrar más de 40 mil hectáreas y generar 200 mil empleos permanentes pagando jornales a los campesinos. Además de atender la pobreza rural, con este programa agroforestal también se pretende ayudar a contener la degradación ambiental.

Solo siete municipios de Sinaloa fueron incluidos en Sembrado Vida desde el 2019 con una selección de 25 mil hectáreas para plantaciones de árboles: Ahome, El Fuerte, Choix, Sinaloa de Leyva, Badiraguato, Mocorito y Cosalá. 

Concordia no fue considerado, sin embargo, se le reasignaron recursos que ya estaban destinados a otros municipios de la entidad. El origen de ese apoyo no fue motivado solo por los maíces nativos, sino por la desolación y falta de oportunidades que generó la violencia. 

Hace alrededor de tres años, muchas familias de la zona serrana fueron obligadas a dejar sus casas, sus animales y sus parcelas; la mayoría migró a la cabecera de Concordia o a la periferia de Mazatlán. 

Trabajar la tierra y cultivar maíz criollo ha sido la única alternativa para quienes decidieron permanecer o regresar a sus pueblos.

“Mucha gente hizo el esfuerzo y se regresó otra vez venciendo el miedo y todo lo que conlleva el desplazamiento forzado interno que tenemos en Sinaloa”, señaló José Jaime Montes Salas, delegado estatal de Programas para el Desarrollo de la Secretaría para el Bienestar.

Sin gallinas y sin ganado, lo único que les quedó fue la semilla de maíz que tanto han cuidado históricamente, añadió.

Montes Salas se percató de la situación durante una gira de trabajo realizada el año pasado, fue entonces cuando se buscó la manera de incluir a los productores de maíces nativos de esa zona al programa agroforestal del gobierno federal, relató. Y como no fue posible ampliar el número de beneficiarios, se reasignaron apoyos ya existentes que se hicieron efectivos a partir de enero de este año.

Ahora se contempla la posibilidad de compartir la semilla con otros productores de maíces criollos de Sinaloa y sumar a investigadores en tareas de conservación de las razas puras. 

Salvo este caso excepcional y los jornales que entrega la Conanp en cuatro poblados de San Ignacio, no se tienen registros de incentivos recientes dirigidos específicamente a este grano ancestral en Sinaloa.

Aún no se tiene certeza de que Sembrando Vida pueda ampliar el número de beneficiarios. De acuerdo a información publicada por el gobierno federal, el programa opera en 884 municipios de 20 estados del país  con un total de 420 mil 256 beneficiarios con empleos permanentes. En la primera etapa se impulsará la milpa integrada con árboles frutales; en la segunda, cuando los árboles den frutos, se brindarán apoyos para el acopio, transformación y comercialización de los productos. En la tercera etapa se explotarán los árboles maderables una vez que hayan crecido.

¿Qué se puede hacer?

En la casa de Octavio Vázquez, en El Palmito, Concordia, hay un altar a la Virgen de Guadalupe; hace 20 años su imagen fue plasmada en una enorme roca que divide la habitación principal. En cada ciclo agrícola se le coloca una ofrenda de mazorcas y una selección de las mejores semillas de la temporada.

Lo hacen para dar gracias y pedir que los cultivos del próximo ciclo se logren. La gratitud la comparten con el Sagrado Corazón de Jesús y el Santo Niño de Atocha; todos, rodeados de maíces y flores de colores. 

Don Santos Vázquez, hermano de Octavio, es custodio de cuatro razas puras de maíz criollo y de la Reserva Natural de la Chara Pinta, un ave endémica de la sierra concordense. Está convencido de que con ayuda técnica y económica sería posible incrementar la producción en las parcelas sin necesidad de talar el bosque y surtir de semilla a toda la región para que no se pierda. 

Aún sin apoyos, su hijo Juan Manuel ha seguido sembrando las semillas que su padre y abuelo cuidaron, pero advierte que conforme pasen los años habrá menos agricultores dedicados a esta tarea de conservación porque las nuevas generaciones tienen otros intereses. 

Desde Cabazán, San Ignacio, Rafael Gutiérrez consideró que si en verdad existe interés en proteger y fomentar los maíces nativos de México se debe empezar por fijar un mejor precio, promocionarse y buscarle un mercado dispuesto a pagar por un producto de mejor calidad alimenticia y libre de químicos. 

Felipe Vargas y otros productores de Chirimollos opinaron que encada uno de los municipios con presencia de maíces criollos debe haber un técnico que supervise de forma constante los cultivos para disminuir las pérdidas en la producción.

Una oficina o base a la que los campesinos puedan acudir a realizar trámites o presentar quejas , al igual que un seguro o sistema de compensación por pérdidas, son algunas de las necesidades planteadas por los campesinos de la sierra.

“Este año hubo muchas pérdidas por la falta de lluvias y por las heladas, hubo quienes no cosecharon nada, ¿cómo le van a hacer esas gentes?” exclamó Felipe.

Desde el punto de vista de los investigadores consultados, para que el maíz criollo se conserve es necesario dar incentivos a quienes lo cultivan.

“Se debe apoyar a los productores de temporal así como se apoya a los productores de maíces de riego”, opinó el especialista Pedro Sánchez Peña.

Crear empresas comunitarias que den valor agregado a los maíces nativos y generen oportunidades de empleo ayudaría a reducir la migración de la zona rural a la ciudad.

Establecer programas de muestreo e investigación con la participación de los productores y continuar los programas de colección de granos, son medidas de conservación viables que en épocas pasadas dieron resultado, apuntó.

Malin Jönsson de la Fundación Semillas de Vida, coincidió en que es imprescindible que se generen políticas públicas y programas particulares para apoyar la producción, distribución y comercialización. En este proceso se debe asegurar que el pago a las y los campesinos sea suficiente para que puedan tener una vida digna.

“El valor del maíz nativo no puede ser definido a partir del precio internacional del maíz (híbrido), donde compite con el maíz transgénico, por cierto, altamente subvencionado por Estados Unidos”, señaló.

Además, dijo, la protección y fomento del maíz nativo debe estar en manos campesinas porque las y los campesinos son indispensables en el desarrollo y diversificación continua de las semillas.   

Vladimir Pelcastre consideró que también deben tomarse medidas para proteger y conservar el entorno natural y cultural de los cultivos nativos y de la agrodiversidad asociada a estos, porque se encuentran totalmente vinculados.

“La ley por sí sola no va a proteger al maíz criollo, deben establecerse procesos comunitarios participativos que se vinculen a la ley y todo pueda fluir de mejor manera”, refirió.

El otro campo

La situación de las mujeres y hombres de las comunidades rurales de Sinaloa que custodian el maíz criollo es muy similar a la que se ha documentado en otras zonas de México.

También es evidente que tienen claro el vínculo entre el medio ambiente y sus cultivos, pues relacionan la falta de lluvias y agua con la tala inmoderada de árboles y con el cambio climático.

Y aunque cada día producen menos, han sorteado las adversidades trabajando la tierra como les enseñaron sus ancestros para obtener el alimento de su familia y su ganado.

En el otro Sinaloa, del que poco se habla, están las mazorcas descendientes de los teocintles que fueron domesticados como cultivo por lo antiguos habitantes de Mesoamérica. 

Ahí están, resistiendo a la falta de agua y resistiendo el olvido en las parcelas de las comunidades rurales del “granero de México”.

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