Sus nombres no aparecen entre la multitud de nombres de personas identificadas y que hoy forman parte del perímetro enmarcado en las fuentes del Reflected Abscence. Una ausencia reflejada ahí, en el memorial donde, pese a su presencia, su existencia y su trabajo, aún no aparecen sus nombres
Por Évolet Aceves / X: @EvoletAceves
Ocurrió el 11 de septiembre de 2001, entre las 8 y 10:30am. De acuerdo a datos obtenidos del John Jay College of Criminal Justice, así como del National September 11 Memorial & Museum, los eventos ocurrieron de la siguiente manera, luego del secuestro ocurrido durante cada uno de los vuelos:
He visitado en tres ocasiones el National September 11 Memorial & Museum, ubicado en el World Trade Center en la zona baja de Manhattan. Por alguna razón este museo me atrae, me atrapa y me conmueve profundamente.
Es difícil concebir las horas en que este evento ocurrió. El momento en que los aviones tomados por el grupo terrorista al-Qaeda llevaron a cabo el ataque para finalizar en el colapso con las Torres Gemelas y el subsecuente y lamentable deceso de más de 3 mil vidas.
La visita a este museo deja una huella indeleble. Simplemente al caminar por la explanada del memorial, donde se encuentra Reflected Abscence, “Ausencia Reflejada”, monumento construido en conmemoración a las víctimas fenecidas a consecuencia del ataque terrorista, está conformado por dos enormes fuentes subterráneas donde originalmente se encontraban los cimientos de las Torres Gemelas.
Este monumento deja la impresión no sólo de las gigantescas dimensiones de los edificios que hacia 1973, cuando ambas torres se encontraron completamente terminadas, fueron las edificaciones más altas no sólo de Estados Unidos sino del mundo entero; además y principalmente, es inevitable pensar en todas las personas que se encontraban al interior de los edificios —alrededor de 17 mil personas—, pero también en los alrededores, una de las zonas más afluentes y concurridas por habitantes, trabajadores y turistas.
La magnitud de la catástrofe fue desoladora.
Las consecuencias ambientales, como el alcalde Zohran Mamdani declaró la semana pasada, tras haber revelado la permanencia de miles, de más de 2 mil 500 sustancias químicas, expuestas en el aire y en el polvo tóxico acumulado posterior al ataque, las cuales eran altamente nocivas para la salud y a las que se encontraban expuestos los habitantes de Nueva York, causando enfermedades respiratorias crónicas y distintos tipos de cáncer. Archivos que fueron resguardados por más de dos décadas y hoy, a 25 años del ataque, se dan a conocer.
En el amplio museo, que ciertamente puede llevar más de un día recorrer completo, recuerdo haber notado las muestras de lo que en su momento fue una densa bocanada de polvo invadiendo la ciudad, esas muestras permanecen intactas al día de hoy en el museo, están encapsuladas, hay porciones blancas, grisáceas, que hace veinticinco años invadieron la totalidad de las calles, polvo que se fue incrustando en las viviendas y negocios aledaños. Todos los barrios de Nueva York fueron afectados: Manhattan, Brooklyn, The Bronx, Queens y Staten Island.
Los vientos de Nueva York no ayudaron, pues los restos en el aire tenían una afluencia más que potente, haciendo a las partículas volar hasta zonas alejadas del incidente, incluso hasta a otros estados, como lo es el estado vecino, Nueva Jersey. Y aunque la parte más afectada fue la conocida Ground Zero, en la zona baja de Manhattan, y Brooklyn, el resto de los barrios y el estado aledaño no se salvaron de los restos del polvo ocasionado a raíz del ataque, también se encontraron, si bien en una notoria menor medida, restos de residuos tóxicos en los alrededores de la catástrofe. Mismos que fueron analizados desde el mismo 2001, muestras de residuos en espacios habitacionales y en zonas comunes, las muestras fueron llevadas a múltiples laboratorios del país y pese a los resultados que denotaban una alta permanencia de sustancias ambientales tóxicas, estos fueron ocultados y omitidos.
En el museo hay objetos de la cotidianidad del 2001: no puedo dejar de pensar en el impacto emocional que provoca el presenciar el interior de este museo: teléfonos, computadoras, fotografías, maletines, muebles, muestras de hierro al interior de los edificios, fragmentos de la arquitectura que hoy se observa al caminar en Nueva York. La visita a este museo es ciertamente desgarradora, al mismo tiempo forma parte de la historia colectiva de los años recientes.
La solidaridad se hizo presente, un evento como estos trasciende fronteras y nacionalidades, y es difícil separar el dolor de quienes perdieron a alguien cercano, de quienes estuvieron presentes en el incidente y hoy son sobrevivientes, esto va más allá de la nacionalidad.
Naturalmente, al ser mexicana, no dejo de pensar en mi país y en el rol que tuvo México con su significativo apoyo tras el suceso ocurrido, aunque todavía no recibe el reconocimiento que merece —no se trata de buscar protagonismo nacionalista, es el reconocimiento humanitario que, como en tantas ocasiones, aún queda pendiente de reconocer.
Los Topos, grupo de rescatistas voluntarios formado a raíz del terremoto de 1985 en la Ciudad de México, continuó sus labores voluntarias de búsqueda en desastres naturales, ellos fungieron un rol elemental en el rescate de las víctimas durante el 9/11, proveyendo de apoyo a las autoridades locales de Nueva York, y actuando activamente en el rescate de las víctimas del 9 de septiembre de 2001.
Y aunque el Consulado de México identificó a 16 connacionales mexicanos fenecidos durante el evento —las cifras resultan indignantes— de los cuales sólo cinco aparecen entre los nombres del monumento, pues sólo de cinco personas se logró reunir evidencia meritoria para ser reconocidos en el memorial de un total de 2 mil 983 nombres. Hay todavía más de 60 migrantes indocumentados, cuya proveniencia era mayoritariamente de México y del resto de Latinoamérica, muchos de ellos trabajaban en cocina o en el servicio de limpieza de las ventanas de las Torres Gemelas.
Más de 60 nombres que al día de hoy continúan sin ser revelados y mucho menos reconocidos. Se necesitaba, incluso en el memorial, cumplir con ciertas condiciones burocráticas, con ciertos estándares de limpieza que exigen una pulcritud racial y que no entiende de humanidad sino de oficialismos, hasta en los muros donde aparecen los nombres de las víctimas. Sus nombres no aparecen entre la multitud de nombres de personas identificadas y que hoy forman parte del perímetro enmarcado en las fuentes del Reflected Abscence. Una ausencia reflejada ahí, en el memorial donde, pese a su presencia, su existencia y su trabajo, aún no aparecen sus nombres.
X: @EvoletAceves
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everaceves5@gmail.com
Évolet Aceves es cuentista, novelista, poetisa, cronista y ensayista. Autora de la novela Tapizado corazón de orquídeas negras (Tusquets, 2023), forma parte de la antología Monstrua (UNAM, 2022). Periodista cultural, fotógrafa con dos exposiciones individuales. Escribe su columna en Pie de Página. Ha vivido y estudiado en Toluca (México), Varsovia (Polonia), Albuquerque (Nuevo México, EEUU) y Nueva York, donde actualmente reside con la beca GSAS otorgada por la Universidad de Nueva York, donde también da clases. Colaboradora en revistas y semanarios: Dominga (Milenio), El Cultural (La Razón), Nexos, Replicante, Este País, entre otros. Su obra ha sido presentada en ferias del libro y universidades de México, Estados Unidos, Polonia y Alemania.
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