Los collares de Lupe Marín: La Única

12 febrero, 2022

Guadalupe Marín fue una escritora a la que no se le abrieron las puertas por haber sido tragada por la calumnia, el rumor y el séquito masculino de escritores que dificultaban más la entrada de una mujer como ella al mundo editorial

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Museo de Arte Moderno

En Retrato de Lupe Marín, Diego Rivera plasma a esa multifacética mujer que guarda un misterio en su mirada —¿desconsuelo, desolación, entrega, paroxismo?—, con sus ojos fijos en el cielo reflejado a sus espaldas por ese espejo que plasma a las ventanas de lo que pareciera ser la Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, construida por Juan O’Gorman —siete años antes de haber sido pintado el retrato— junto a la primera casa funcionalista en México y América Latina.

Se vislumbra una estética naturalista —propio del Art Nouveau— que está presente en todo su atuendo: un vestido límpido de un blanco celeste, collares de piedras turquesa y otro más de delicados dientes puntiagudos y metálicos —evocación del pasado prehispánico—, aretes pequeños y labios rojos que contrastan con la parsimonia de sus ojos claros. La cintura, ceñida por el cinturón de hebilla también blanco; brazaletes de apariencia tosca y pesada como las gigantescas manos que la caracterizan —según Juan Soriano y Elena Poniatowska. Cruzada de piernas. Entregada al mundo.

Una paleta de colores sepia envuelve a esta Lupe Marín asediada por pensamientos incógnitos, que sólo Diego Rivera logra encauzar mediante esta expresión facial tan singular y distinguida en la historia de la plástica mexicana del siglo XX. Un retrato con símbolos Art Nouveau y prehispánicos conjugados en la misma obra.

Un collar de cuentas de vidrio

“De La Habana a Nueva York el mar no le dio miedo. Ya no le parecía imponente y negro. Familiarizada con él, lo contemplaba tranquilamente, lo veía majestuoso, pero claro; por las mañanas de un azul transparente y sin misterios y por la tarde plateado. Se le antojaba coger puños de él para adornar su cuello, como si fueran collares.”

La Única (1938), primera novela de Guadalupe Marín, fue rescatada gracias a la colección Vindictas (UNAM). Anaclara Muro, estudiosa de la autora, estuvo a cargo de la introducción de esta nueva edición, desenterrada después de ochenta y tres años de haber aparecido por primera y única vez. Si bien, gracias a este reciente proyecto se reeditó dicha novela, fue Elena Poniatowska quien desempolvó del olvido a la figura emblemática y creativa de Marín, por medio de su biografía: Dos veces única (2015).

La Única está dividida en una primera y segunda parte, cerrando con una conclusión.

Sus descripciones hacen disfrutar la novela, empaparse de su mundo, de los jardines y los barcos; de las calles de París y los cafés de México; de los artistas con los que la protagonista Marcela convivía. Un tanto similar a Los peones son el alma del juego, de Homero Aridjis, pero décadas antes y con personajes de nombre ficticio.

No cabe duda de que Lupe Marín tenía un sentido estético muy arraigado a su vida. En la novela lo materializa en diferentes momentos, por ejemplo, al hacer descripciones sesudas sobre la vestimenta.

A continuación, como muestra, un supuesto diálogo de Lola, su amiga:

“Para mí, es un hecho que hay cosas feas y cosas bellas y razones exactas para demostrar por qué son bellas o por qué son feas […] A mí, por ejemplo, me daría vergüenza ponerme un collar de perlas falsas y llevar alhajas que quisieran aparentar lo que no son, pero sí, en cambio, me pongo un collar de cuentas de vidrio que se ve desde lejos que son de vidrio, solo porque su color me parezca bonito y entonen con mi vestido […] Opino que hay que arreglarse discretamente de modo que una se vea lo más natural posible. Sólo la pintura de los labios me gusta como decorado de la cara, un poco de polvo y limpiarse las cejas y las pestañas con grasa.”

Si se disfruta de las descripciones imaginativas que envuelven a la vestimenta en la primera mitad del siglo XX, es preciso leer este libro. Entre los personajes también aparece quien, con el nombre de Chavo —intuyo, Salvador Novo— perteneciente al “círculo mágico”, como les llamaba la pléyade intelectual a los homosexuales, en particular a los Contemporáneos, según queda registrado en esta novela.

Si bien es una novela de ficción, también sirve como un documento que registra un momento de la historia de México, crítico para entender todas las vanguardias ulteriores del México posrevolucionario. Un documento que plasma el modus vivendi de ciertos personajes de la vida cultural mexicana y también deja vislumbrar la personalidad de manera tangible de Lupe Marín.

Los viajes de Lupe Marín

“Viajar, más que un placer, es un martirio […] Tienen las cosas y las personas más valor, tal vez solo porque sabemos que no vamos a volver a verlas. Pero es el caso que cuando las dejamos se nos figura que es lo mejor que hemos visto, las gentes con las que más nos hemos entendido y la época que mejor hemos vivido, y todo esto, nos hace sufrir.”

Al mismo tiempo, también se puede hablar de una especie de crónica de viaje, pues Marcela, alterego de Guadalupe Marín, viaja en barco a La Habana, a Nueva York y a París, con el propósito de conocer artistas, así como en la búsqueda constante de ella misma; de potencializar sus dotes como escritora, cosa que siempre tuvo presente.

El hecho de haber tenido por amistades a artistas como aquel trío inseparable: María Izquierdo, Lola Álvarez Bravo —con quien en la novela mantiene interesantes charlas de estética y moral— y Juan Soriano —de quien también fue su asidua modelo en la vida real—, por mencionar a los más allegados, evidenciaba su afinidad con las artes.

La prosa de La Única

José Juan Tablada reseñó desfavorablemente La Única, llamando a la autora virago. Ella le pidió que lo leyera para reseñarlo, le entregó un ejemplar saliendo de la imprenta. Tablada accedió de mala gana. Criticó trama y contenido. Hizo parecer a la novela más bien un libro de chismes, no de ficción.

Por un lado, esta novela de tintes autobiográficos contiene nexos con diversos personajes culturales, por otro, es indudable el elemento ficcionario:

“Tu padre caminaba lentamente bajo la sombra de los ahuehuetes y entretenía su mirada en las fantásticas figuras de vapor que el sol engendraba en la humedad del suelo, y que se elevaban hasta fundirse entre las copas de los árboles. Las ramas de los árboles parecían brazos extendidos deseosos de estrechar a alguien […] sus hojas ennegrecidas y brillantes por la humedad […] le daban un aspecto más majestuoso […] Fue tal vez lo que vio antes de morir.”

No solamente eso, sino una prosa sencilla pero trabajada, al igual que las fascinantes imágenes deshilvanadas a lo largo de esta novela, contada por una narradora omnisciente en tercera persona.

La Única es una historia íntima, que no se hubiera podido escribir sin el arrebato visceral de una mujer que rompía las normas sociales, sin temor al qué dirán; provocativa y arriesgada, como lo fue Lupe Marín.

Una portada biográfica

En la portada de La Única se observa, en palabras de Anaclara Muro: “la cabeza de Jorge Cuesta sobre una bandeja sostenida por una mujer bicéfala”, tratándose indudablemente de las hermanas Isabel y Guadalupe Marín. Esta viñeta fue realizada por Diego Rivera.

Más que la portada de un libro, es una portada biográfica, la portada de una vida entera. La ambigua relación Diego Rivera-Lupe Marín-Jorge Cuesta-Isabel Marín, estuvo íntimamente ligada.

Como es bien sabido, Lupe Marín fue esposa de Diego Rivera —a quien llamó Gonzalo en su novela—. Para ser más precisos, la primera esposa de Rivera fue Angelina Beloff, pintora, escenógrafa y grabadora de nacionalidad rusa, contemporánea y amiga de Henri Matisse y Pablo Picasso. A raíz de la turbulenta muerte, en 1919, del hijo de un año nacido en este matrimonio, se separaron dos años después, año en que Marín conoció a Rivera tras modelar para él.

Un triángulo: Diego Rivera, Lupe Marín y Jorge Cuesta

En 1922 se casaron, y se separaron un lustro después, cuando Rivera conoció a Frida Kahlo. Mientras tanto, Marín empata con quien sería su segundo esposo: el poeta, ensayista y periodista cultural Jorge Cuesta, figura imprescindible de los Contemporáneos. Mediante una carta que Isabel le da a su hermana, Lupe, le confiesa haber tenido un vínculo sentimental con Cuesta. Cuesta, a su vez, respondió, en efecto, haber cedido a la seducción de Isabel tras haberla visto muy “necesitada de afecto”, y porque en Isabel veía a Lupe, quien adolecía internada en un hospital psiquiátrico por un padecimiento que los médicos no lograban descifrar. En la actualidad, se le adjudica haber sufrido una depresión postparto. No sé si sea el diagnóstico más preciso, los síntomas mencionados en La Única pudieron haber sido ficciones.

La relación entre Jorge Cuesta y Lupe Marín le resultaba a él una especie de trofeo social, pues se rumoraba que el ensayista se había casado con la exesposa de Diego Rivera, cosa que le significó mayor audiencia y más trabajo en los periódicos.

Datos curiosos abundan en esta novela que transporta a la primera mitad del siglo XX, cuando el transporte transatlántico más concurrido era el barco. Como ejemplos, los autores que leía Jorge Cuesta —llamado Andrés González en la novela—: Andre Gide: Los monederos falsos y Oscar Wilde: El retrato de Dorian Gray; o el que Lupe Marín —aficionada a las hebillas y al buen gusto en el vestir— mandara a hacerse gigantescas hebillas tras fundir las cafeteras de Cuesta, según él, de la plata más fina importada de la India; según el fundidor, de menor calidad que la mexicana.

Guadalupe Marín y la ruptura con los estándares falocéntricos

La maternidad alejada de la idealización también es un factor importante en esta obra. Sentimientos dicotómicos de amor y odio hacia ese hijo al que ama pero al mismo tiempo nunca termina de amar, y que le es arrebatado por su suegra, preocupada por los padecimientos clínicos de su nuera Marcela.

Marín sentó bases para el posterior feminismo, aunque su propósito no era irse por las vías legales, sino que su actuar mismo era político. Ella en sí era rebeldía, la revelación de la libertad. Preceptos falocéntricos y misóginos que hasta la fecha siguen considerándose válidos —cada vez con menor frecuencia—, fueron desmontados por Marín en esta novela.

Guadalupe Marín fue una escritora a la que no se le abrieron las puertas por haber sido tragada por la calumnia, el rumor y el séquito masculino de escritores que dificultaban más la entrada de una mujer como ella al mundo editorial, razón por la que se vio obligada a hacer este libro a cuenta de autor, es decir, ella misma pagó la impresión de sus libros.A pesar de la mala fama que la invadió alrededor de los círculos literarios hegemónicos, indudablemente La Única es una evidencia de la literatura posrevolucionaria que, al igual que la desbordante y frenética Lupe Marín, salió de los estándares comunes, establecidos en aquella época, no sólo mediante su excelente escritura, también mediante su actuar.

Évolet Aceves escribe poesía, cuento, novela, ensayo, crónica y textos híbridos. Psicóloga, fotógrafa y periodista cultural. Estudió en México y Polonia. Ha colaborado en revistas y suplementos culturales, como: Pie de Página, Nexos, Replicante, La Lengua de Sor Juana, Praxis, La Libreta de Irma, El Cultural (La Razón), Revista Este País, entre otros. Fue galardonada en el Certamen de ensayo Jesús Reyes Heroles (Universidad Veracruzana y Revista Praxis, 2021). Ha realizado dos exposiciones fotográficas individuales: México Seductor (2015) y Anacronismo de la Cotidianeidad (2017). Ha trabajado en Capgemini, Amazon y actualmente en Microsoft. Esteta y transfeminista.