Los cafeinómanos en duelo por el cierre de La Covacha

3 febrero, 2020

Foto: Amapola Periodismo

Cierra la cafetería más emblemática de las dos últimas décadas en Chilpancingo. En este lugar  se tejieron sueños y traiciones. Su historia es pretexto para reflexionar cómo es que lugares públicos se convierten en no-lugares

Texto: Marlén Castro/Amapola Periodismo Transgresor

Fotografía: Oscar Guerrero

Los cafeinómanos tuvieron un fin de semana aciago. Adiós café. Adiós estimulación temprana. Adiós mañanas combativas. Adiós charlas al mediodía. Adiós tardes prolongadas. Adiós 18 años de vida envuelta en notas de café amargo, caramelo, expreso, arábigo, robusto. Adiós, adiós, adiós.

La Covacha anunció el viernes 30 de enero su cierre y desde que lo hizo rompió las redes sociales. El poeta Carlos Ortiz fue el primero en reaccionar: “Lástima que cierre un punto de encuentro”, respondió de inmediato en la página oficial de la cafetería.

Laura Morales Julián y Arturo González Acevedo pusieron emoticones con lágrimas derramadas.

– ¿Ahí fue nuestra primera cita te acuerdas?

–Sí, mi amor, ¿te acuerdas?–, revelaron sin empacho su relación y el lugar que lo hizo posible.

¿Cuántos amores más no surgieron aquí, o amistades o enemistades? Porque la vida es así: blancos, negros y diversos grises. La Covacha es un lugar ligado a la vida, y la vida se vive así, con múltiples contrastes: hay amistades, amores, desamores, odios, pasiones; felicidad, tristeza, frustraciones, éxitos.

Los clientes se convocaron a tomar el último café, té, o chocolate. O a verse ahí por última vez, o a ver a alguien más. “La Covacha es el único lugar de encuentro que te permite socializar sin proponértelo”, dijo durante una rápida consulta Esperanza Hernández Árciga, doctora en antropología social, egresada del Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) de Guadalajara.

Un espacio abierto, un escenario

“Lo mejor de este espacio –agrega Hernández Árciga– es su diseño abierto a la calle, además de su ubicación. Parece un escenario. Un lugar en el que en cualquier sitio que te sientes ves lo que pasa en la calle y los que pasan en la calle ven a cualquiera que esté adentro. Esa es su mejor característica: un espacio abierto, por lo tanto el mejor punto de encuentro”.

José Luis Correa, un cliente del café, estudiante de la maestría en Humanidades de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Guerrero (Uagro), posteó sus opiniones en cuanto se enteró del cierre.

“El café ni el servicio eran buenos, a veces de mal en peor, otras tantas llevaderas. Todos se preguntaban cuál era el secreto de su asidua y diversa clientela. Creo que era el juego mágico del espacio abierto a la teatralidad. Estaba en una esquina del centro, como umbral para pasar por el andador Zapata. Un vórtice de gente, un embudo que forzaba a los peatones a sentarse para ser espectadores de las vicisitudes o el actor observado”.

José Luis Correa

Adicción universal

Beber café es de los hábitos más extendidos del planeta. Aunque hay países donde esta práctica social de convivencia eclipsa a todas las demás. Los finlandeses se llevan las palmas. México no figura en la lista de los 20 mayores consumidores del grano, aunque es uno de los principales productores. Pero sus cafés han hecho historia. En Chilpancingo, La Covacha es la cafetería emblemática de las dos últimas décadas.

La cafetería convocó a cerrar ciclos. No había muchas opciones para hacerlo. O sábado o domingo. Los cafeinómanos llegaron nostálgicos. Abrumados con el peso de la incertidumbre de qué sitio va a sustituir este lugar, en el que pasaban horas todos los días de la semana. Algunos más tiempo aquí, que en su oficina.

Gregorio Cuevas Molina y Félix Nava Palma, ambos abogados, acompañados este sábado de Lucila Torres, cuentan que pasaron casi cinco horas diarias los últimos 18 años. Son clientes desde que La Covacha abrió. “Estamos desconcertados, no sabemos dónde vamos a pasar estas horas”, dice Cuevas. Pasaban mucho tiempo aquí porque preferían platicar aquí con sus clientes el avance de los asuntos.

“Hay otras cafeterías pero definitivamente no hay otra cafetería igual que La Covacha, porque está estratégicamente ubicada, por su café, por su diseño. Estamos tristes”.

Lucila Torres, comensal.

Este sábado vino mucha gente a La Covacha. El espacio está ligado a personas que mantuvieron una relación casi fanática con el sitio. Algunas de esas personas se murieron de enfermedad, como José María Hernández Navarrete, llamado con cariño Chema, quien falleció hace semanas; el médico Jesús Maldonado, y el periodista retirado Andrés Campuzano.

Otras están enfermas y hubieran querido despedirse del sitio. El académico Fernando Pineda Ochoa, por ejemplo, estaría aquí si una enfermedad degenerativa no le impidiera moverse con más libertad.

Disidentes

A algunas personas no les gustaba La Covacha.

El politólogo argentino Juan Russo Foresto que impartía clases a estudiantes de doctorado del Centro de Investigación y Posgrado en Estudios Socioterritoriales (CIPES) de la Uagro preguntó en clase cuál era el mejor sitio para tomar un café en Chilpancingo, no sólo por el café, sino por las personas. Le dijeron que La Covacha. El argentino, quien imparte cátedra en Roma, en Chicago, a veces en París, y por supuesto en México y Argentina, se sentó una tarde calurosa a tomar café en La Covacha.

Luego de la experiencia dijo que ni había buen café, ni gente con buena plática. Quienes le recomendaron el lugar alegaron que Russo tenía un estándar muy alto o, simplemente, era como todos los argentinos: sencillito y carismático.

Políticas desafortunadas

A otras personas les dejó de gustar La Covacha hace meses. Carlos Ortiz dijo que era lamentable que cerrara, porque era un sitio de encuentro notable. Sin embargo, algunas medidas tomadas por la administración fueron alejando a la gente del lugar.

Por ejemplo, quitaron el internet, luego se prohibió jugar dominó, después se cancelaron los enchufes para recargar los dispositivos electrónicos y, la mayoría del tiempo, estuvo atendido por mujeres jóvenes que no eran atentas con los clientes.

“La Covacha dejó de ser un lugar de encuentro para muchos de los que venían por todas esas medidas, aunque era el mejor espacio para tomar un café”, remarcó. En su caso, dijo, La Covacha fue mucho tiempo el sitio en el que citó a gente para hablar de proyectos artísticos y culturales, como lo hacían muchos artistas, abogados, periodistas y profesores universitarios.

Carlos Ortiz recordó con tristeza que este era el sitio en el que se reunía con su padre, Edgar Ortiz, un profesor universitario; y mencionó con entusiasmo que en estas mesas de La Covacha se planearon muchas ediciones de Trinchera, un semanario de la ciudad en el que coordina la sección de Cultura. Por supuesto, la Covacha también fue el lugar en el que periodistas de la ciudad obtuvieron primicias y revelaciones noticiosas.

Varias de las ideas de este medio digital, Amapola. Periodismo transgresor, fueron concebidas aquí. Este texto surgió en una de sus mesas.

Encuentro con la prensa

Si un político ansiaba ser visto por la prensa, pasaba casualmente por La Covacha. Si deseaba todo lo contrario, jamás se acercaba a este primer cuadro de la ciudad, porque con seguridad, un periodista salía a cuestionarlo.

Sin lugar a dudas, el sector profesional que más va a extrañar La Covacha es el de los periodistas. Sergio Ocampo Arista, corresponsal de La Jornada, pasaba mucho tiempo aquí junto con Zacarías Cervantes, de El Sur, y Jesús Guerrero, del diario Reforma. Forman un grupo compacto asiduos al café junto con Margena de la O y Vania Pigeonutt. Este sábado varios de este grupo vinieron por un café de despedida. Ocampo Arista dice que es muy grave que se cierre este lugar de encuentro. Alerta que los espacios que tenía la sociedad para convivir los están cerrando y, agrega, que probablemente sea por la presión de delincuentes sobre los empresarios.

La versión de personas allegadas a Ramón Carreto, dueño de La Covacha, en la cafetería se abrirá ahora una boutique. En esta ciudad, donde la mayoría de trabajadores son empleados de gobierno, abundan tiendas de ropa, prendas muy caras para los salarios empobrecidos del trabajador promedio.

Los hermanos Elia del Carmen y Manuel Octavio Herrera Magaña ocupan este sábado la mesa central de La Covacha, su sitio preferido. Elia del Carmen toma su celular y estira su mano derecha para tomarse una foto. En realidad, varias fotos, tantas como para llenar un álbum. La profesora está afectada por la noticia, su hermano igual.

“Nos da mucha tristeza, no queremos que la cierren, mucha de nuestra vida pasó aquí”, dice Elia del Carmen, una profesora jubilada.

El cierre de los espacios imprescindibles

Manuel Octavio recuerda que ya han pasado muchos tragos amargos así, cuando les cerraron las otras cafeterías a las que iban: la María Isabel, La Fuente, La Parroquia, que al igual que La Covacha se ubicaban en el centro y desaparecieron para dar paso a otro tipo de infraestructura urbana. Elia del Carmen y Manuel Octavio jamás cambiaron de lugar en estos 18 años y todos los días se sentaron una o dos horas aquí. Mucho de este tiempo, lo hicieron junto con su hermana, María Guadalupe, quien ya falleció.

“Hemos pasado aquí momentos agradables, se puede decir que los mejores momentos de nuestras vidas, porque somos cafeinómanos y no imaginamos nuestra vida sin café”, cierra Elia del Carmen.

Un no-lugar más

En adelante, esta esquina en la que se amarraron acuerdos, se tejieron sueños y traiciones, como posteó el estudiante de Humanidades, será parte de la lista de los no-lugares, concepto que acuñó el antropólogo francés Marc Augé para nombrar los espacios sin identidad, sin carga histórica, sin sentido, explica Rosa Icela Robles, antropóloga social y doctora en ciencias sociales, egresada de la Uagro.

Robles se pregunta qué tan rápido los habitantes chilpancingueños podrán adaptarse o aceptar a ese nuevo no-lugar que sustituya a La Covacha, porque finalmente estos cambios reconfiguran una identidad.

Los cafeinómanos viven un duelo. Hay despedidas que no se lloran aunque dejen vacíos devastadores. El cierre de La Covacha es de este tipo. Aunque no hay lágrimas y no se oyen Las Golondrinas, Chilpancingo no volverá a ser igual.

  • Este texto se publicó originalmente en Amapola Periodismo. Lo republicamos por medio de la Alianza de medios. Aquí puedes leer la publicación original.

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