Un largometraje dirigido por Kaouther Ben Hania reconstruye los últimos momentos de Hind Rajab, una niña palestina de seis años atrapada en un vehículo junto a sus familiares asesinados por el ejército israelí. A través de las llamadas reales con la Media Luna Roja, la cinta expone cómo los protocolos burocráticos se convierten en un instrumento de tortura y dominación
Texto: Andi Sarmiento
Fotografía: Tomada del trailer oficial
CIUDAD DE MÉXICO. – La voz de Hind Rajab es un largometraje dirigido por la cineasta tunecina Kaouther Ben Hania que recrea una situación ocurrida en 2024 en el pueblo de Tal al-Hawa en Palestina, cuando el ejército israelí llegó para perpetuar la ocupación y atacó un vehículo en el que se encontraba una familia entera. La única sobreviviente fue Hind Rajab, una niña de seis años que quedó atrapada dentro del automóvil junto a sus difuntos familiares y rodeada por el ejército sin escapatoria. Lo que vemos es una representación de los hechos utilizando las llamadas reales entre Hind y la Media Luna Roja Palestina, la principal organización humanitaria palestina que opera desde la década de los sesenta.
Todo inicia con un mensaje de parte de un tío de Hind, que se encuentra en el extranjero y es quien logra notificar a la Media Luna Roja sobre lo acontecido y les pone en contacto con la pequeña. A partir de ahí, se inicia la contención y se intenta mantener la comunicación por llamada hasta que una ambulancia pueda llegar, lo cual vemos que es cada vez más complicado.
A lo largo de toda la cinta, la situación se va tornando cada vez más desesperante, pues las horas siguen pasando y el rescate, que se encuentra muy cercano, no consigue llegar.
El problema está en que el equipo se halla a una distancia muy corta; sin embargo, para llegar al punto se requiere una cantidad abrumadora de pasos burocráticos, dado que implica moverse por el territorio invadido. Lo que pudo haberse solucionado en cuestión de minutos termina siendo una cuestión de horas, debilitando física y mentalmente tanto a la niña como a su familia y a quienes están en comunicación con ella.
Entonces, podemos ver que dicha burocracia no existe de forma aislada, sino que funciona como un mecanismo más de control. La lentitud que conlleva rescatar a una niña de un coche —que se siente hasta ridículo— responde a un sistema ideado justamente para preservar el poder sobre las vidas palestinas. Incluso siendo una organización reconocida, necesitan ciertos permisos y coordinarse con múltiples organismos, incluso israelíes, para poder realizar su labor.
Asimismo, nos muestra la tortura psicológica que esto representa para el equipo entero. Quienes sostienen la llamada deben lidiar con la impotencia de no poder hacer nada más allá de mantenerse al teléfono, mientras que el encargado de dirigir los rescates se adjudica la responsabilidad que lo lleva a un conflicto moral: por un lado, tiene a sus colegas ejerciendo presión para actuar de inmediato, saltarse los protocolos para tratar de salvar a la niña; por otro lado, es consciente de que ignorar estas normas implica un enorme riesgo para los rescatistas, considerando que ya han sido varios los que fallecen bajo su cargo. Esta carga emocional es igualmente producto de la violencia sistematizada para el terror.
Como se ha visto en varias ocasiones, el Estado sionista no solo impone su control al atacar e invadir directamente al pueblo palestino, sino que también lo hace evitando toda clase de ayuda humanitaria, tanto interna como externa. Aquí se le prohibió el paso a una ambulancia de la misma forma en que en la frontera se impide el paso a quien busca ingresar insumos y comida.
Todo esto no es más que una prueba del nivel de insensibilidad y decadencia que el ser humano puede alcanzar. Al ejército no le pareció suficiente haber asesinado a toda una familia —que ya es grave en sí—, tampoco titubeó al dejar a una niña encerrada durante horas y, aparte, tuvo el descaro de impedir el paso de una ambulancia.
No hay mínima justificación para estas prácticas, no hay discurso con el que se pueda entender la tortura. Al pueblo palestino se le ha deshumanizado a tal grado que su gente ya no es vista ni tratada como tal, sino que se le ha reducido a obstáculos para que las grandes potencias acumulen su territorio. Al sionismo no le importa el género, la edad ni la profesión: ataca indiscriminadamente con una voracidad que no ha hecho más que aumentar durante los años.
Sin embargo, por más que el odio siga creciendo, no habrá bomba ni tanque que pueda eliminar la esencia palestina. La inocencia que le arrebataron a Hind seguirá viva siempre y cuando no la olvidemos y, a su vez, su historia nos ayuda a redirigir nuestro coraje hacia los culpables y recordar el porqué tenemos que seguir luchando.
Todas las voces y todas las caras seguirán presentes mientras exista quien las recuerde y las nombre. Por ello son tan importantes los trabajos que, como esta cinta, rescatan los archivos que son prueba tangible de la existencia de la gente que se quiere borrar; toda foto y todo audio de las víctimas se vuelve indispensable cuando la narrativa predominante es la contada por los opresores.
La voz de Hind Rajab está disponible en la Cineteca Nacional de las Artes.

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