La vida después de una violación

8 enero, 2021

La autora de esta columna fue víctima de violación sexual y aquí comparte su experiencia y palabra a otras mujeres, compañeras, para que no recorran en solitario ese proceso después de la agresión.

Fernanda Lattuada 

Me tomó cinco años escribir estas palabras y pronunciarlas. Me tomó un año recordar lo que sucedió y aprender a nombrar las cosas por lo que son: violación. Y al día de hoy, aún sigo en el camino de sanar y recuperar mi esencia. Por eso, hoy rompo el miedo y el silencio que llevaba cargando dentro de mí desde el 30 de mayo de 2015. Hoy me atrevo a dejar el anonimato para denunciar y nombrar que fui abusada psicológica y sexualmente; para dirigirme a ti y decirte esto:

Querida sobreviviente, mujer, hermana, amiga y compañera: sé lo mucho que duele. El camino a reconocerse como víctima de abuso no es fácil, es como vivir el duelo de una pérdida. Es sentirte mutilada y ultrajada porque crees que perdiste el control de tu propio cuerpo y tu propio consentimiento.

“El duelo, ¿qué es una pérdida? ¿y qué pasa si a quien perdí fue a mí misma?”, pensaba mientras vomitaba bajo los efectos de los medicamentos que me suministraron en el hospital luego de ser abusada, por segunda vez el 31 de octubre de 2020.

Todas las personas hablan de lo traumático que puede ser un abuso, pero nadie te dice que lo más difícil es sobrevivir; luchar contra los vestigios y encontrarte de regreso contigo misma. Probablemente, cuando recuperaste la memoria de lo que sucedió, deseaste nunca haberla recuperado. Ese momento cuando termina el shock y lo entiendes, “fue abuso”.

Y cuando despiertas después de estar dormida, querida guerrera, ese día comienza la verdadera lucha.

Sé lo mucho que deseas gritar tu enojo, pero que hay algo que te detiene y enmudece; tal vez el miedo, culpa o vergüenza, porque vivimos en una sociedad donde se afirma que “el hombre llega hasta donde la mujer quiere”; “porque te pusiste en riesgo”; “porque no luchaste lo suficiente por quitártelo de encima”; “porque te quedaste ahí”. Porque las personas que menos te esperas te dan la espalda y te señalan, y terminas creyéndote que eres la loca que lo exageró.

Porque en palabras de Virginie Despentes: “nuestra supervivencia, en sí misma, es una prueba que habla contra nosotras. Porque en la violación siempre es necesario probar que no estábamos realmente de acuerdo. Y que la culpabilidad está sometida a una atracción moral no enunciada, que hace que todo recaiga siempre del lado de aquella a la que se la meten, más que del lado del que la mete”.

Por eso, nos hicieron creer que es mejor callar y poner la mejor sonrisa, como si nada hubiera sucedido, y que únicamente a solas, contigo misma, puedes quitarte esa máscara y llorar al espejo en silencio, aunque esa sonrisa muera de ganas por rebelarse y levantarse en armas. Porque cargar con el silencio asfixia y encadena. En mi caso, el silencio se impregnó en cualquiera de mis formas de expresión como bailar, cantar, tocar, escribir o dibujar. Dejé a un lado lo que me hacía Fernanda, para habitar un cuerpo que me era extraño y opaco.

El silencio también consume la paz mental incluso en tus sueños. Y en vida, es mejor guardar en el último cajón la ropa que llevabas puesta aquel día. La ansiedad y la depresión desencadenada pareciera que nos acompañan de por vida, como cadena perpetua a través del miedo y la inseguridad, haciéndonos creer que somos difíciles de querer, acompañar o valorar, y por eso es mejor alejar de tu vida a esas personas que amas, incluso a aquellas que amas con todo tu ser; incluso a ti misma.

Pero hoy te escribo desde mi propia lucha para decirte, por si nadie te lo ha dicho, que el camino para sanar una violencia impuesta sobre tu cuerpo y mente no tiene que ser en absoluto dolor ni en absoluta soledad, mucho menos en silencio.

Reconciliarte con tu pasado siempre será difícil; aceptar, perdonar y soltar son los verbos más difíciles de conjugar porque no podemos cambiar lo que nos sucedió, pero sí podemos resignificar nuestras heridas y limpiar el dolor.

Alguna vez me dijeron que es como una herida corporal. Habrá que abrirla con cuidado, limpiarla, desinfectarla, y sí, al inicio va a doler y arder, pero así logrará cicatrizar de manera sana, no necesariamente en soledad, sino también en colectividad o a través de un acompañamiento psicológico.

No existe un instructivo con los pasos a seguir, cada persona vive desde diferentes matices un proceso propio; sin embargo, existen convergencias que nos permiten entretejernos eso que está roto. Desde la escucha a tus propios pensamientos y sentires; desde el autocuidado como un acto revolucionario.

Comienza a nombrar en voz alta, no como “un accidente” ni “una mala experiencia”, sino por lo que es, sin importar las circunstancias, dónde estabas o cómo vestías porque la culpa nunca fue tuya.

Aunque esas heridas a veces supuren, siempre pueden florecer. El recuerdo esclaviza, hasta que rompes con las cadenas. Tus alas, aun rotas, sirven para volar y muy alto. Tu luz sigue ahí brillando, aunque te hayan apagado varias veces, porque esa es tu esencia y aunque parezca que te la han robado, ahí sigue y seguirá por siempre.

Porque el único camino después de perderse a una misma es volver a encontrarte, tal vez no de la misma forma, pero sí de una más fuerte. Cuando gana tu anhelo de dejar de ser víctima para ser sobreviviente. Cuando luchas contra cualquier trastorno alimenticio desde la ternura radical; cuando te reapropias de tu cuerpa para habitar- la de vida, de fuerza y amor.

Para desaprender la violencia encarnada y componer una nueva narrativa donde eres tu propia heroína; cuando alzas la voz, no necesariamente en público, pero también cuando te sientas a escucharte a ti misma con la paciencia que mereces. Cuando encuentras una manera de canalizar tus sentires, como la frase cliché: “hacer arte con tus heridas”; cuando te reinventas y redescubres. Cuando te crees capaz de alcanzarlo todo.

Ese momento, donde el dolor y el miedo se transforman en el coraje y fuerza para levantarte y hacer lo que creíste que nunca volverías a hacer; volver a ser tú mis- ma en amor y libertad, reivindicando aquello que es tuyo como tus sueños, tu energía y tu historia. Para que esas cicatrices que te costaron aceptar y reconciliar, sean tu propia resistencia y revolución. Liberándote de un pasado que no te define como persona, sin la permisividad de que la posviolación defina nuestras vidas porque somos más que cualquier abuso.

Mujer, eres fuerza. Eres la marea alta y embravecida; eres el fuego y la ceniza. Eres la planta marchita y la semilla que germina. Eres la flor que renace de entre los escombros. Eres la esperanza para las niñas que vienen detrás. Eres aquella que no pudieron callar, la que rompe el pacto de silencio impuesto. Eres el grito de las que ya no están para exigir que ni una más pase por lo que nosotras. Para que ni una más nos falte mañana.

Hoy te abrazo y te acompaño en tu lucha. Yo sí te creo, como las cientos de mujeres que me han acuerpado a mí para gritar Yo También. Aquellas mujeres y amigas que con ternura resistieron a mi lado y que cuando no tuve la voz, ellas me la prestaron. Así que hoy, toma la mía; hoy también alzo la voz por ti. No estás sola.

Porque nunca más tendrán nuestro silencio. Porque el anonimato, asco, vergüenza, culpa y miedo ya no los cargo más. Ya no son míos, son tuyos, Felipe Eduardo; son tuyos, Gerardo.

Yo soy libre.

Este trabajo fue publicado originalmente en ZONA DOCS que forma parte de la Alianza de Medios de la Red de Periodistas de a Pie. Aquí puedes consultar la publicación original https://www.zonadocs.mx/2021/01/08/florecer-posviolacion/

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