La resistencia del Cempasúchil 

1 noviembre, 2026

En el corazón de la zona chinampera de San Pedro Tláhuac la familia Barranco preserva un legado agrícola y emocional a través del cultivo agroecológico del cempasúchil nativo. Surgido en 2020 como una medida de supervivencia ante la crisis económica de la pandemia, este proyecto familiar se ha consolidado como un frente de defensa territorial y comunitaria que, defiende uno de los últimos pulmones verdes del suroriente de la Ciudad de México

Texto y fotos: Andrea Amaya

CIUDAD DE MÉXICO. —En los canales de la zona chinampera de San Pedro Tláhuac —un sistema agrícola prehispánico lacustre ubicado en el suroriente de la Ciudad de México que forma parte de la Zona Patrimonio Mundial Natural y Cultural de la Humanidad declarado por la UNESCO—, la familia Barranco cultiva 2 500 metros de vida. En este espacio donde el agua y la tierra resisten al avance voraz de la ciudad, cada temporada de cempasúchil se convierte en un puente directo con la memoria familiar, un trabajo de resistencia y un homenaje vivo a sus ancestros, especialmente a Alberto Gabino Barranco, cabeza de la familia.

Sembrar con las raíces en el presente

El rescate de esta parcela comenzó en 2020, en plena pandemia. Lo que inició como una alternativa urgente para conseguir alimento y sobrevivir a la crisis económica se convirtió en un refugio emocional y en un compromiso inquebrantable con la tierra que heredaron. Para Elain, pisar la chinampa y trabajar la flor de cempasúchil es la forma más honesta de mantener el diálogo abierto con la memoria de su padre, cuyas enseñanzas siguen guiando sus pasos:

«Sembrar la flor de cempasúchil es abrazar mis raíces y mantener vivo el recuerdo de mi papá. Ha sido un proceso extraño, muy doloroso, pero también se siente una gratificación enorme en el corazón. Preservar las tradiciones, saber de dónde vienes, es lo único que te da vida y te permite trascender», comparte el joven de 27 años.

Para su madre, Lolita, el significado de la flor abarca el ciclo entero de la existencia. Ella creció junto a sus abuelos en el barrio de San Juan, rodeada de hortalizas y agua viva, y hoy transmite esa misma sensibilidad en el terreno familiar:

«Para mí la flor es la vida y la muerte. Las flores en el campo nos dan vida; pero cuando morimos, esta esencia se va con nuestros muertitos: es la esencia de su alma, de su espíritu. El aroma que tienen es el alma de nuestros difuntitos. Cuando vamos al panteón nos trae recuerdos muy profundos de nuestros seres queridos, y cuando la ponemos en casa, el aroma es un abrazo para el espíritu», reflexiona.

La dignidad de la semilla nativa

Frente a un mercado inundado por semillas modificadas de origen chino o estadounidense, la familia Barranco defiende con convicción el valor de lo nativo. En esta chinampa no hay espacio para químicos; se trabaja de manera agroecológica para cuidar a los polinizadores y preservar la semilla criolla que ha resistido en San Pedro Tláhuac durante generaciones.

Sostener este cultivo implica un ritual de paciencia que comienza un año antes. Al concluir la temporada, se dejan secar las flores y sus semillas se resguardan envueltas en papel periódico para protegerlas. A principios de julio, la semilla regresa a la tierra mediante un delicado trabajo manual que no requiere excavar profundo: «Solo es utilizar tus dos dedos, abrir la tierra, echarla y cerrarla. Si se echa muy profundamente, se aprieta y no nace», explica Elain.

Un torito y un chapulín posan sobre las flores de cempasúchil previo a ser cortadas para su venta en la chinampa de la familia Barranco.

Durante los meses siguientes, la familia cuida los surcos a diario frente a las heladas, las lluvias intensas y plagas como los caracoles, chapulines y el insecto conocido como «el torito». Aunque la cosecha se vende por manojo en el centro de Tláhuac para mantener la tradición de los panteones de tierra, la ganancia económica no compensa el desgaste físico que exige la parcela.

«Las ganancias son mínimas por el trabajo que se hace. Es pesadísimo, pero mi familia lo hace más por el amor a seguir sembrando», relata Elain, demostrando que el verdadero motor que mantiene en pie su chinampa no es el mercado, sino la devoción a su padre y el arraigo a sus lazos familiares.

La amenaza de la urbanización en la periferia

Trabajar la chinampa en la periferia de la capital significa también sostener una lucha diaria contra la presión urbana. A pocos metros de los canales de la zona chinampera de San Pedro Tláhuac, la ciudad de asfalto presiona los límites de la zona protegida.

«Vemos cómo de cinco años para acá ha crecido la población y se quieren arrimar para esta zona, pero aquí está prohibido construir casas. Nos da mucha tristeza ver cómo la urbanización sigue avanzando. Quisiéramos que el gobierno nos siga permitiendo tener estas chinampas, que no hagan proyectos urbanos y que mantengamos esta parte de la naturaleza viva», denuncia la familia.

Para frenar esto, la comunidad se organiza en asambleas ejidales y juntas donde cada familia defiende los límites del territorio, cuidando que este pulmón verde no termine ahogado por el concreto.

El aroma que guía el regreso a casa

Para Elain y su familia, cuidar la chinampa es la forma de honrar la vida de su padre y las enseñanzas de sus abuelos.

«La herencia más grande que pudo haber dejado mi papá fueron todas sus enseñanzas, y es lo que sigo reproduciendo. Valoren el campo, valoren el trabajo de los campesinos, asegúrense de comprar flor de semilla nativa y cuiden la naturaleza. El pueblo recuerda a mi papá con mucho cariño, y nosotros lo recordamos aquí, haciendo florecer la tierra», concluye Elain.

Portal periodístico independiente, conformado por una red de periodistas nacionales e internacionales expertos en temas sociales y de derechos humanos.