31 enero, 2026

La propuesta de «reconstrucción» de Gaza promovida por Donald Trump no busca reparar los daños de la guerra, sino reconfigurar el territorio como un negocio inmobiliario, excluyendo a la población palestina y convirtiendo la devastación en una oportunidad de lucro y control externo
Texto: Jade Guerrero
Foto: UNICEF / Eyad El Baba
CIUDAD DE MÉXICO. – Tras los recientes episodios de devastación en la Franja de Gaza, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha promovido un plan que presenta como una iniciativa de reconstrucción y pacificación del territorio.
La propuesta contempla la creación de un esquema de administración externa encargado de rediseñar Gaza a través de nuevos desarrollos urbanos, proyectos inmobiliarios y una reorganización económica profunda, bajo el argumento de generar estabilidad y desarrollo.
Sin embargo, distintos análisis críticos advierten que este plan no constituye una reconstrucción orientada a reparar el daño causado por el genocidio. Por el contrario, se trata de una reconfiguración del territorio que parte de la destrucción, la normaliza y la transforma en oportunidad política y económica, excluyendo a la población palestina de cualquier decisión sobre su propio futuro.
El proyecto de Trump impulsa convertir Gaza en un territorio bajo administración externa, apuesta fuertemente por el desarrollo inmobiliario y la inversión privada, y concibe la Franja como un espacio disponible para rediseñarlo con zonas residenciales, infraestructura moderna y proyectos económicos que prometen transformar la devastación en crecimiento.
Este enfoque reduce la reconstrucción a un proceso técnico y económico. El genocidio, el desplazamiento y la destrucción aparecen como un punto de partida inevitable, sin cuestionar las causas estructurales que hicieron posible la devastación ni las responsabilidades políticas detrás de ella.
Una lógica colonial de borramiento impulsa este tipo de reconstrucción. El genocidio no solo ha destruido materialmente Gaza, sino que también ha roto la vida social, ha borrado la memoria colectiva y ha desarticulado comunidades enteras.
Quienes proponen una reconstrucción “desde cero” tratan el territorio como si estuviera vacío, como si pudieran eliminar y reemplazar su historia y su tejido social. Bajo esta lógica, la reconstrucción no repara lo destruido, sino que redefine Gaza como un espacio funcional y administrable, la reconfigura según intereses externos y la desvincula de quienes la habitan.
El documento analizado sobre el plan de Trump permite observar con claridad que la llamada “reconstrucción” de Gaza no está pensada únicamente como un proceso humanitario, sino como un proyecto profundamente atravesado por intereses inmobiliarios y financieros. El llamado “grupo de paz” que impulsa esta iniciativa está conformado por actores con trayectorias ligadas a la especulación urbana, la adquisición de activos devaluados y la maximización de rentabilidad tras procesos de devastación.
Entre estas figuras se encuentra Yakir Gabay, multimillonario israelí y fundador de Aroundtown SA, uno de los grupos inmobiliarios más importantes de Europa, con presencia en ciudades como Berlín, Londres y Ámsterdam. Gabay es conocido por especializarse en la compra de inmuebles a bajo costo para posteriormente incrementar su valor. También es accionista principal de Grand City Properties, una empresa que posee alrededor de 84.000 viviendas de alquiler en Alemania, miles de ellas concentradas en Berlín, una ciudad marcada por procesos de gentrificación y crisis de vivienda.
Otro actor clave es Mark Rowan, director ejecutivo de Apollo Global Management, un fondo de inversión internacional identificado en distintos países, como España, como uno de los principales fondos buitre. Este tipo de fondos se caracteriza por adquirir activos depreciados, muchas veces en contextos de crisis, despojo o endeudamiento, para luego obtener ganancias a partir de su revalorización.
La presencia de estos perfiles no es incidental. El plan de Trump concibe la destrucción de la vida y del territorio como una oportunidad de negocio inmobiliario. Gaza aparece como un espacio devastado cuya ruina habilita la intervención, el rediseño urbano y la extracción de valor económico. Esta racionalidad no es excepcional ni exclusiva del contexto palestino: procesos similares han ocurrido en distintas regiones del mundo, donde la devastación ambiental, los desplazamientos forzados y la violencia abren paso a grandes desarrollos inmobiliarios.
Desde esta perspectiva, la llamada reconstrucción de Gaza puede entenderse como una necropolítica inmobiliaria: un territorio arrasado por la guerra que se transforma en objeto de especulación. La destrucción deja de ser una tragedia a reparar y se convierte en la condición que permite intervenir y lucrar. Gaza no es reconstruida para quienes la habitan, sino reorganizada para quienes pueden extraer valor de sus ruinas.
Este plan sustituye el lenguaje de los derechos humanos por el de la rentabilidad, la eficiencia y la gestión económica.
El genocidio no es reconocida como un daño que exige justicia y reparación, sino como una oportunidad para acelerar procesos de inversión y transformación económica. La población palestina queda excluida de la toma de decisiones, mientras actores externos definen el futuro político, urbano y económico del territorio.
No puede existir una reconstrucción legítima sin autodeterminación. El plan promovido por Trump suspende cualquier discusión sobre soberanía y presenta la administración externa como una solución técnica y neutral.
Gaza es tratada como un problema a gestionar, no como una sociedad con derechos. La reconstrucción se separa deliberadamente de la justicia, la memoria y la responsabilidad, reduciendo el conflicto a una cuestión de planificación urbana y desarrollo económico.
Lejos de romper con el pasado, la llamada reconstrucción de Gaza se inscribe en la continuidad de la violencia. Al no cuestionar las causas estructurales de la devastación, esta se normaliza y se convierte en el punto de partida para imponer un nuevo orden territorial.
En este sentido, la reconstrucción no repara: reorganiza. No devuelve derechos: administra ruinas. Y bajo el discurso del desarrollo y la paz, consolida un modelo en el que la devastación deja de ser una tragedia que exige justicia para convertirse en una oportunidad de negocio y control.
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