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La defensora de los derechos lingüísticos en los tribunales

Textos: Kau Sirenio

Foto: Daniel Serna Antonio Nava

Desde una ciudad multicultural como Los Ángeles, Odilia Romero, coordinadora del Frente Indígena de Organizaciones Binacionales, defiende los derechos de los migrantes indígenas a través de la interpretación de sus lenguas maternas, siempre con conciencia política

LOS ÁNGELES, CALIFORNIA.- Esta ciudad es un cúmulo de los idiomas del mundo. El inglés, la lengua oficial de Estados Unidos, ha sido rebasada por el castellano. Y en las calles es común encontrar a personas provenientes de distintas comunidades que hablan su lengua materna. Las lenguas indígenas florecen en los barrios mexicanos situados al este y al sureste de la urbe: el ñuu savi (mixteco), el binizaa (zapoteco), el triqui o el náhuatl, de Oaxaca, Guerrero y Chiapas.

La diversidad lingüística en Los Ángeles se nutre de personas de 140 países, que hablan alrededor de 92 idiomas diferentes, muchos de ellos migrantes, por lo que quienes se comunican en lenguas indígenas enfrentan la separación de sus familiares cuando son detenidos por Migración y, ante la falta de intérpretes en las audiencias en la Corte, son deportados.

La oaxaqueña Odilia Romero Hernández trabaja para cambiar esa realidad.

Es la primera mujer que coordina el Frente Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB), una coalición de agrupaciones y personas indígenas, en ambos lados de la frontera de México y Estados Unidos, que defiende y promueve la identidad y los derechos indígenas.

La FIOB trabaja por los derechos lingüísticos en los tribunales, tanto en la interpretación, como en la capacitación de nuevos intérpretes de lenguas indígenas.

La activista señala que los obstáculos que padecen los indígenas en Estados Unidos no son muy distintos de los de México. La discriminación se traslada al otro lado de la frontera.

“Muchos mexicanos llegaron con su comida y su música, pero también trajeron sus prejuicios hacia los pueblos indígenas”.

Lo mismo ocurre con el desconocimiento sobre la diversidad de las culturas: “asumen que todos somos aztecas”.

Uno de los casos emblemáticos en los que FIOB se ha involucrado es el de Cirila Baltazar Cruz, quien en un juicio tuvo como intérprete una puertorriqueña que desconocía el contexto cultural de los indígenas chatinos de Oaxaca.

El caso de Cirila sucedió en la costa del Golfo de Mississippi, en noviembre de 2008, cuando acudió al hospital para dar a luz a su hija Rubí. Según documentos obtenidos por el Clarion-Ledger de Mississippi, el hospital llamó al Departamento de Servicios Humanos (DHS) del estado, que dictaminó que Baltazar Cruz era una madre no apta en parte por su falta de inglés y concluyó que: “puso en peligro a su bebé, por lo que determinaron lo volverá hacer en el futuro”.

Sin una intérprete de su lengua materna (chatino), la Corte de Migración le quitó su bebé a Baltazar Cruz, de 34 años, y la deportó a Oaxaca. Cirila sólo habla el chatino, poco de español y nada de inglés.

Esa historia llevó a Odilia a organizar talleres de capacitación para hablantes de lenguas maternas, y combatir las deportaciones y las violaciones a los derechos humanos por falta de intérpretes y traductores en hospitales, comandancias de policía, en la Cortes de migración y penales de Estados Unidos.


La primera experiencia de Odilia como intérprete profesional ocurrió cuando tenía entre 13 y 14 años de edad, cuando un paisano suyo se preparaba para ser peluquero y quería acreditarse.

La activista ríe al recordar: “No sé cómo pasamos ese examen… y así es como él tiene ahora su peluquería, pero en ese entonces yo no sabía que era una profesión ni que te pagaban”.

El hombre quiso pagarle con dinero pero los padres de Odilia lo impidieron. “Me regaló una cadenita de oro con un crucifijo, quién sabe dónde quedó…”.

Más de tres décadas después, Odilia se ha topado con prejuicios similares hacia comunidad latina e indígena. Las instituciones, lamenta, hacen el mínimo esfuerzo para conseguirles intérpretes.

“Rara vez se han visto los casos donde alguien hace este gran esfuerzo por apoyar”.

El FIOB fue iniciado por Rufino Domínguez, en 1993, como un acto político de conciencia, que un cuarto de siglo después se ha consolidado como una opción que colabora directamente con asesorías en la Corte en la evaluación de acusados hablantes de un idioma indígena de México o Sudamérica.

En sus actividades diarias, Odilia acude a los tribunales a asesorar a los acusados indígenas, averigua de qué lengua se trata y, si no es zapoteco, la lengua materna de ella, se encarga de conseguir un intérprete.

Pese a las resistencias que encuentra con los funcionarios estadounidenses, Odilia considera que sería peor en su país natal.

“México es un país racista, muchos, no todos los mexicanos son así, claro, pero la gran mayoría tienen un prejuicio hacia las comunidades indígenas desde sus famosos dichos: ‘no seas indio’”.

Por lo que Odilia considera que los avances que ha tenido la organización a la que pertenece en Estados Unidos serían más difíciles en México.

“No pasaría en México, y creo que estos funcionarios públicos no se dejarían educar en cuanto a la población indígena. Aquí sí lo hacen, a regañadientes pero se sientan, les informas las causas del desplazamiento y se terminan solidarizando con los detenidos”.


Odilia llegó a Los Ángeles a los 12 años de edad. Hablaba zapoteco y menos de 20 palabras en castellano. Dejó su pueblo, San Bartolomé Zoogocho, y entró a otro mundo que le cambió la vida.

“Decían detrás de la montaña está Los Ángeles, pero nunca imaginé lo grande que es la ciudad, lo más traumático fue abandonar mi pueblo. Llegar a Los Ángeles y no hablar el idioma -español e inglés-, además de no convivir con los ríos, los árboles, las ardillas y las víboras. No hay nada, más que cemento”.

Donde ella nació es una región montañosa del sureste de Oaxaca, con pinos, oyameleles y encinos, donde habitan desde tejones y armadillos hasta águilas y correcaminos. Un territorio, sin embargo, donde 8 de cada 10 habitantes son pobres según el propio gobierno.

“Venirnos a este país fue una opción, nunca supimos las raíces de cómo llegamos a Estados Unidos, a Los Ángeles. Nunca supimos de las políticas económicas en México, de devaluaciones del peso, del Tratado de Libre Comercio; sólo supimos que el peso ya no nos alcanzaba y tuvimos que salir de Oaxaca. Ahora que sabemos las causas del desplazamiento, tenemos que hacer algo para abogar por nuestros derechos”.

Hoy Odilia es trilingüe. Habla zapoteco, castellano e inglés.

Mientras mastica su tlayuda, una enorme tortilla característica de su tierra, Romero Hernández regresa a su origen: “No sabía que había un estado que se llama Oaxaca o un país llamado México. Siempre decía que Zoogocho era todo, por eso los niños se burlaban de mí, hablaba otro idioma, luego ya no usaba los huipiles”.

Cuatro décadas después, los migrantes se enfrentan a problemas no muy distintos. No cambia el que un niño de Chiapas, Oaxaca o Guerrero no hable el idioma y sea víctima de maltrato psicológico, pero ahora el desplazamiento de los pueblos indígenas aumenta en el índice de migración.

Ahora, dice Odilia, migran a Estados Unidos porque luchan contra las mineras, los aserraderos; defienden sus aguas y huyen del crimen organizado. Una realidad que se refleja en cifras lamentables: 82 de los 125 defensores de los territorios asesinados en México en la última década son indígenas.


La diversidad de las lenguas es tan amplia que del zapoteco existen entre 100 a 150 variantes, de acuerdo con distintos académicos. “Por más intérpretes que formemos nunca nos vamos a dar abasto por la diversidad del idioma”.

Aquel intérprete que diga que conoce todo el vocabulario está mintiendo, añade.

Además de que FIOB atiende alrededor de 150 casos cada mes, trabaja en la enseñanza del idioma zapoteco, clasificado por académicos en alto, medio y bajo, lo mismo que el mixteco. Los intérpretes más difíciles de conseguir son los de amuzgo y zapoteco de la Sierra Sur, porque tienen historial de desplazamiento reciente y no han podido formarlos.

La activista explica que la capacitación de los intérpretes requiere cierta especialización enfocada en el entorno jurídico: “Prepararlos cómo pensar en estas cosas como el juez, cómo le dirías al juez, cómo le dirías al fiscal, cómo le dirías en tu idioma indígena, porque no tiene caso que tú le digas en zapoteco”.

La interpretación de la lengua, abunda Odilia, debe servir para comunicar las costumbres y visión de las distintas culturas.

“Explicar el contexto cultural de las mujeres indígenas que se casan muy jóvenes, por ejemplo, aquí se les acusa de estupro, porque no se entiende la cultura de las comunidades indígenas. Por eso les enseñamos a pensar cómo decir esto desde el punto de vista de los pueblos, porque hay cosas que no tienen interpretación o una traducción directa”.

Entre las barreras que enfrentan los intérpretes formados por el FIOB está la creación de agencias que reclutan a hablantes de lenguas indígenas para que hagan la interpretación a bajo costo, pero que no siempore tienen las misma variación lingüistica que los afectados.

Desde que Rufino Domínguez, el fundador de la FIOB, le propuso a Odilia Romero coordinar el entrenamiento de los intérpretes, se planteó que el valor que se le debe de dar a las lenguas, tanto indígenas como castellano o inglés, es hacerlo con conciencia política.

“Si hay alguien que te dice: ‘no te voy a pagar, necesitas interpretarle al paisano’, pues vas. Esta persona no alcanzaba a comprender por qué haríamos algo gratis, pero es un derecho humano y a veces no te pagan”.


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