Leona, la “dulcísima madre de la patria”

27 junio, 2020

Después de una vida dedicada a la gesta independentista, la nación le repuso a Leona Vicario su participación en la Independencia con una casa ubicada en el Centro Histórico. A pesar de la importancia que tuvo, su historia vive en el olvido

@ignaciodealba

Solo se conocen dos retratos de Leona Vicario, uno de ella cuando tenía cinco años y otro donde se retrata de perfil; este se ubica en el Museo Nacional de Historia (Castillo de Chapultepec). Después circuló un retrato absolutamente inventado, hecho por Benjamín Orozco, tipo monografía, que serviría para ilustrar a la insurgente. Es el que usó el actual gobierno cuando declaró el año 2020 como el “Año de Leona Vicario, Benemérita Madre de la Patria”. 

Leona Vicario nació el 10 de abril de 1789 en la Ciudad de México, bautizada como María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador. Perteneció a una familia acomodada, hija única de un adinerado comerciante español de Castilla, la Vieja, y de su madre, de ascendencia indígena y emparentada, según algunas versiones, con Ixtlilxochitl II, el último tlatoani de Texcoco. 

Recibió una educación poco ortodoxa para la época. Las mujeres en su momento solo obtenían suficiente instrucción como para apenas leer y escribir. Ante todo, las buenas cristinas debían dedicarse a la vida religiosa o a ser buenas parejas, abnegadas y cándidas. Si acaso se les enseñaba a tocar algún instrumento, cantar, cocinar y bordar. 

Pero gracias a su posición económica Leona pudo recibir cursos de historia, ciencias y filosofía. Se hizo francófona y estudió latín. Se inclinó por la poesía. Acudió al Colegio de las Vizcaínas (ubicado en la calle Vizcaínas del Centro Histórico). Aunque el destino parecía pintado, la muerte de sus dos padres volvieron incierto su futuro. En 1807 quedó bajo el cuidado de su tío Agustín Pomposo, un importante abogado conservador que apoyó la causa realista y en su momento escribió en contra de los insurgentes. 

Pomposo compró una casa en la calle don Juan Manuel 19 –hoy llamada República de Uruguay-  y la dividió en dos; en una mitad vivió su sobrina y en la otra él y su familia. De cualquier modo, Vicario tuvo acceso a la amplísima biblioteca de su tío; ahí consolidó buena parte de su educación. 

Dentro de las élites criollas de la época. Leona Vicario conoció Octaviano Obregón. El noviazgo tenía la venia de su tío. Era cuestión de tiempo para que el matrimonio se llevara a cabo, pero en 1808 con el golpe de Estado hecho al virrey José de Iturregaray, la familia del muchacho huyó a Guanajuato y él se vio obligado a refugiarse en España. 

El proyecto matrimonial se truncó. Ella se involucró con un pasante en el despacho de su tío: el joven Andrés Quintana Roo, un simpatizante de las ideas de la época, influenciadas por la ilustración.

Cuando Quinata Roo pidió la mano de Vicario, el tío lo rechazó. Sería en el alboroto revolucionario cuando la pareja por fin logró casarse. 

Leona Vicario tenía 20 años cuando inició el movimiento de Independencia. A pesar de su edad, se unió a los grupos insurgentes. Comprometió la fortuna que le heredó su padre (vendió muebles, propiedades y las joyas) para mandar dinero al sur; se dedicó gestionar las comunicaciones entre los grupos rebeldes y firmó las cartas con seudónimos heredados de la literatura: Telémaco, Robinson, Nemoroso y Lavoisier.

También gestionó armas para las fuerzas rebeldes. Por ejemplo, consiguió armeros que le suministraran medios y pólvora, recolectó ropa, medicamentos y dinero para financiar la causa.

En 1813 Vicario fue apresada en el colegio de Belem–ahora convertido en el Centro Escolar Revolución- después de que su correo fuera interceptado por las fuerzas realistas. La mujer fue duramente interrogada y sus bienes fueron decomisados. Pero después de 40 días de encierro, combatientes mandados por José María Morelos y Pavón la ayudaron a escapar. Disfrazados de arrieros se unieron con las tropas del sur. 

Un año después de su fuga, Vicario se casó con Quintana Roo. Ese argumento le servirá al conservador Lucas Alamán para tachar la historia de Vicario de un heroísmo romancero.

Con el fusilamiento de Morelos, Vicario y Quintana Roo vivieron a salto de manta entre Oaxaca, Guerrero y Michoacán. En 1817, ella dio a luz  en una cueva de Tierra Caliente a una niña, a la que bautizó como Genoveva Hija de la Independencia. La niña fue apadrinada por Ignacio López Rayón.

En 1818, la pareja fue hecha prisionera, pero ambos lograron el indulto. La familia lo había perdido todo. Incluso, se especula que vivieron en Toluca donde fueron obligados a hacer trabajos forzados. 

Cuando la causa independentista ganó el poder, el gobierno de México hizo una reposición de bienes a Vicario: Se le entregó una hacienda pulquera en Morelos y una casa en la calle República de Brasil 37, frente a la Plaza de Santo Domingo.  Actualmente el sitio es una biblioteca pública. 

Leona VIcario murió el 21 de agosto de 1842, en el segundo piso de la casa. Para muchos su lugar en la historia no es más que el de una novela rosa. Hay poco reconocimiento sobre la importancia del personaje, al que muchas veces sólo se recuerda por ser la esposa de Quintana Roo.

Los restos de Vicario están en la Columna de la Independencia, en Paseo de la Reforma. Cuando falleció, ostentosamente se le nombró «Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria».

Fue educado en escuelas católicas hasta que se volvió ateo. Es huraño y trotamundos. Estudió periodismo y nunca se graduó. Suele tener más fe en las viejas narrativas que en las nuevas. Le gusta escribir historias.

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