Juventud precaria, ideas conservadoras

11 enero, 2026

Cientos de personas, en su mayoría jóvenes, acudieron a la marcha de la Generación Z portando banderas y carteles en protesta contra el gobierno actual. Entre ellas destacaron la bandera de México, la bandera de One Piece, estandartes con el rostro de Carlos Manzo, entre otras. FOTO: CAMILA AYALA BENABIB / CUARTOSCURO.COM

Entre la precariedad económica, el desencanto político y la influencia de las redes sociales, sectores de la juventud mexicana comienzan a adoptar discursos conservadores que contrastan con su realidad social. Más que una derechización espontánea, el fenómeno revela una crisis más profunda de representación, expectativas y futuro

Texto: Jade Guerrero y Jazmín Sandoval

Foto: Camila Ayala Benabib / Cuartoscuro

CIUDAD DE MÉXICO. — Durante décadas, la juventud ha sido asociada con el cambio, la protesta y las agendas progresistas. Sin embargo, en los últimos años, una gran parte de los jóvenes mexicanos parece transitar en sentido contrario: adopta discursos conservadores, reivindica valores individualistas y mira como mejores las ideas tradicionalmente vinculadas a la derecha política. El fenómeno, visible en redes sociales y en conversaciones cotidianas, abre una pregunta: ¿por qué los jóvenes que, en su mayoría, enfrentan precariedad, desigualdad y falta de oportunidades se identifican con narrativas que, en muchos casos, no dialogan con su contexto material?

En redes sociales abundan mensajes como “mujer u hombre de alto valor”“energía femenina y masculina”, y se idealiza la figura del “proveedor”: alguien que resuelve, protege y lidera. Estos discursos pueden generar presión y frustración entre jóvenes de la generación Z, al promover estándares difíciles de alcanzar y provocar que muchos no se sientan capaces de cumplir con esas expectativas, trayendo viejas ideas conservadoras con estética moderna.

Pero este fenómeno va más allá de una simple tendencia digital. Parte de la generación Z ha mostrado un debilitamiento del pensamiento crítico frente a las injusticias, así como una menor conciencia sobre temas sociales y políticos, entre los que destacan el feminismo, el clasismo y el racismo. Estos discursos evocan valores conservadores y, de manera paradójica, en lugar de visibilizar las desigualdades y cuestionar las estructuras opresivas, contribuyen a reforzar los roles de género tradicionales y las jerarquías sociales.

Entre el desencanto y la aspiración

La juventud mexicana crece en un escenario marcado por empleos mal remunerados, informalidad laboral, dificultades para acceder a vivienda y una movilidad social cada vez más limitada. Ante la ausencia de políticas públicas que garanticen estabilidad o futuro, muchos jóvenes internalizan un discurso que traslada la responsabilidad del éxito o el fracaso al individuo.

En este contexto, valores como el esfuerzo personal, la disciplina y la autosuficiencia se vuelven centrales. No como una elección ideológica profunda, sino como una respuesta al abandono estructural. La narrativa conservadora aparece entonces no tanto como una convicción política, sino como una promesa de control en medio de la incertidumbre.

Esta reorientación hacia valores de autosuficiencia y logro personal no es un fenómeno aislado. Un estudio sobre intereses y valores en jóvenes mexicanos, realizado por investigadores de la UNAM, señala que entre personas de 18 a 25 años predominan prioridades como la carrera profesional, la estabilidad económica y la familia, organizadas en una dimensión que privilegia la seguridad, el orden y el éxito individual frente a contextos de incertidumbre social. Desde esta perspectiva, el conservadurismo juvenil no surge necesariamente como una postura política consciente, sino como una reorganización de valores orientada a la supervivencia en un entorno adverso.

Esta percepción de autosuficiencia se ve reforzada por el auge de la economía digital y el emprendimiento por necesidad, donde el éxito depende aparentemente de la gestión individual del talento y el tiempo. Ante un Estado carente de respeto por los derechos básicos, las nuevas generaciones buscan refugio en esquemas de meritocracia pragmática que ofrecen una sensación de orden frente al caos institucional. Así, el conservadurismo se manifiesta como una estrategia de supervivencia: un intento de construir certezas personales en un entorno donde las promesas de bienestar colectivo han dejado de ser creíbles.

Rechazo a lo colectivo

La desconfianza hacia la política institucional es otro elemento clave. Para amplios sectores juveniles, los partidos, los movimientos sociales e incluso los discursos de izquierda se perciben como lejanos, contradictorios o incapaces de ofrecer soluciones reales. En ese vacío, las ideas asociadas a la derecha —orden, autoridad y mérito— se presentan como alternativas claras frente al desencanto.

Este rechazo a lo colectivo no implica necesariamente una militancia activa, sino una distancia emocional y simbólica con causas que apelan a lo comunitario, lo redistributivo o lo estructural. La política deja de ser una herramienta de transformación y se convierte en algo ajeno, fallido o incluso indeseable.

Esta desconexión favorece una visión del mundo donde lo privado prevalece sobre lo público, consolidando la idea de que solo el beneficio individual es alcanzable y legítimo. Al romperse el sentido de pertenencia a un proyecto común, el joven se repliega hacia su propio entorno como única esfera de seguridad. En última instancia, este escepticismo refuerza un sistema de valores donde la libertad se entiende únicamente como la ausencia de intervención estatal, profundizando el aislamiento social.

Economía y aspiracionismo

El ideal del éxito económico ocupa un lugar central en este giro discursivo. El emprendimiento, la acumulación de riqueza y la independencia financiera se presentan como metas alcanzables para cualquiera que “se esfuerce lo suficiente”. Sin embargo, estas aspiraciones chocan con una realidad económica que limita de forma sistemática el acceso a capital, educación de calidad y redes de apoyo.

La paradoja es evidente: jóvenes precarizados defienden ideas que minimizan el papel del Estado y desestiman las desigualdades estructurales. El conservadurismo económico se vuelve así un ideal aspiracional más que una postura informada sobre las condiciones reales del mercado y el trabajo.

El mismo estudio advierte que este énfasis en el mérito individual convive con una realidad profundamente desigual. Aunque el discurso dominante promueve la autosuficiencia, la mayoría de los jóvenes sigue dependiendo de redes familiares y apoyos informales para sostenerse. Esta tensión entre el ideal del “éxito personal” y las limitaciones estructurales revela que el aspiracionismo conservador no elimina la desigualdad, sino que la reconfigura como una responsabilidad individual, desplazando la exigencia de derechos colectivos por la promesa de una prosperidad que rara vez se concreta.

Esta narrativa transforma el éxito financiero en una cuestión de voluntad, invisibilizando las barreras de clase y origen que condicionan el progreso. Al adoptar esa ideología, se sustituye la demanda de mejores condiciones laborales por la búsqueda de una prosperidad individual que rara vez se materializa. Como resultado, la defensa del libre mercado se convierte en una identidad que otorga un sentido de pertenencia a un mundo de privilegios, aunque estos permanezcan fuera de su alcance real.

El nuevo aparato ideológico

Las redes sociales juegan un papel determinante en la difusión de estos discursos. Influencerscoaches financieros y creadores de contenido político simplifican debates complejos en mensajes breves, provocadores y fácilmente consumibles. El algoritmo refuerza estas narrativas, generando burbujas donde el conservadurismo se presenta como sinónimo de éxito, libertad y pensamiento “crítico”.

Además, este discurso suele ir acompañado de una estética atractiva: autos de lujo, rutinas de productividad, discursos contra el feminismo o el “victimismo”. Más que una ideología formal, se vende un estilo de vida deseable que promete reconocimiento y pertenencia.

Esta dinámica digital transforma la ideología en una marca personal, donde la validación se mide en popularidad y consumo. Al reducir la política a una cuestión de estética y tendencias, se anula la posibilidad de un debate profundo sobre las causas de la desigualdad. El resultado es una identidad política basada en la emulación de figuras “exitosas”, que consolida el individualismo como la única respuesta válida frente a un sistema que, en la realidad, permanece cerrado para la mayoría.

Esta apropiación digital del conservadurismo no surge de la nada. En su análisis sobre el conservadurismo moderno en México, la politóloga Mónica Uribe explica que las derechas han demostrado históricamente una gran capacidad de adaptación cultural, modificando sus lenguajes y espacios de socialización sin abandonar valores centrales como el orden, la jerarquía y el mérito. Si antes estos discursos se transmitían desde la escuela, la Iglesia o los partidos políticos, hoy encuentran en las redes sociales un nuevo aparato ideológico que los presenta despojados de su carga histórica y revestidos de modernidad, éxito y rebeldía.

Opinión y análisis crítico

¿Se trata realmente de una derechización consciente de la juventud mexicana? Más que una adhesión ideológica sólida, el fenómeno parece responder a una reacción frente al abandono social y a la falta de horizontes claros. El conservadurismo funciona como una narrativa que ordena el caos, pero también como una que oculta las causas estructurales de la desigualdad.

El riesgo está en normalizar discursos que refuerzan la exclusión, deslegitiman la acción colectiva y responsabilizan únicamente al individuo de problemáticas que son, en esencia, sociales. La falta de alternativas políticas y discursivas que dialoguen con la experiencia real de los jóvenes deja el terreno libre para estas narrativas.

El giro conservador de una parte de la juventud mexicana no surge en el vacío ni puede explicarse únicamente desde las redes sociales. Es el síntoma de una crisis más profunda: la del futuro cancelado, la representación ausente y las promesas incumplidas. Entender este fenómeno implica ir más allá del juicio moral y preguntarse qué se está dejando de ofrecer a una generación que, entre la precariedad y el algoritmo, busca desesperadamente certezas.

La juventud no puede permitirse el lujo de la indiferencia ni la aceptación pasiva de las jerarquías tradicionales. Cuestionar el sistema no es un acto de “victimismo”, sino de lucidez intelectual. Recuperar el sentido de lo social y lo comunitario es el único antídoto frente a una narrativa que busca convertir a los ciudadanos en simples competidores. Al final, el progreso real no se mide en la acumulación individual, sino en la capacidad de una generación para no dejar a nadie atrás y negarse a ser cómplice de un orden que prioriza el capital sobre la vida.

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