Jalisco 22/F: testimonios ciudadanos frente a la violencia

28 febrero, 2026

El domingo 22 de febrero de 2026, Jalisco amaneció con la noticia de la muerte de Nemesio Oseguera “El Mencho” y se hundió en el vértigo de sus propias heridas. Mientras el crimen organizado incendiaba vehículos y bloqueaba carreteras en más de treinta municipios, la población quedó atrapada en una jornada de miedo, desconcierto y silencio oficial. Este trabajo reúne, sin recortes, los testimonios de quienes vivieron el horror desde adentro, desde la distancia y desde la rabia de saber que el monstruo, esta vez, no era un hombre, sino una estructura de violencia que aprendimos a mirar sin ver.

Texto y fotografías: Zona Docs

JALISCO. – La mañana del 22 de febrero de 2026, Jalisco fue colapsado por la violencia que se generó por el operativo federal que buscó capturar con vida a Nemesio Oceguera “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, el cual tras ser detenido perdió la vida en su traslado aéreo a la ciudad de México.

En tierra, sus secuaces generaron terror al incendiar cientos de vehículos con lo que bloquearon calles, avenidas y carreteras; también protagonizaron balaceras y daños a decenas de negocios. Todo esto ocurrió cuando miles de personas hacían su vida cotidiana y en el marco de un operativo en el que se demostró poca o nula coordinación entre las autoridades estatales y municipales, las cuales actuaron más de manera reactiva que preventiva.

Este trabajo está construido desde las vivencias y testimonios de las personas que quedaron en medio del fuego, los bloqueos y el caos de no saber qué estaba pasando, no sólo en la Zona Metropolitana de Guadalajara, sino en decenas de estados que también vivieron la muestra de poder de un grupo criminal que vio a su líder caer.

*

Domingo anormal: la violencia vista a través de la mirada de tres mujeres

DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 8:45 A.M.

ADRIANA
En la mayoría de los casos, si se me presenta la oportunidad de dormir un par de horas extras voy a tomarla, excepto por hoy. Los domingos hay Vía Recreactiva en Guadalajara y la idea de asistir había rondado mi mente desde hacía unas semanas aunque siempre terminaba por desecharla. El domingo pasado me dije que estaba nublado, el antepasado hacía frío y el anterior a ese ni siquiera sé qué excusa puse.

Hoy, sin embargo, fue el único día en el que genuinamente no quería salir de la cama. No era un tema de flojera, ni siquiera era culpa del frío. Al mirar a través de la ventana esta mañana, algo me molestaba. El amanecer estaba ahí, pero no me provocó la misma sensación que siempre. Podría incluso decir que era un amanecer feo, ausente de color.

«Eso no es razón suficiente, Adriana. Llevas un mes posponiendo salir a correr. La contaminación no va a detenerte hoy», pensé mientras sacaba del clóset mi ropa deportiva.

Al terminar de vestirme, tomé mi teléfono para revisar la ruta del transporte público que me llevaría hacia el Parque Metropolitano. Me di cuenta de que tenía algunos mensajes de redes sociales, pero decidí revisarlos hasta estar sentada en el tren, ya era algo tarde.

ESTELA
Mi mamá y yo salimos al centro cada domingo para buscar los materiales que necesitaremos esa semana para el negocio familiar. De preferencia, nos gusta llegar antes de las 10:00 a.m. para evitar las aglomeraciones típicas del fin de semana, por lo que hice una mueca al darme cuenta de que eran casi las nueve y aún no desayunábamos.

Al bajar las escaleras escuché música viniendo de la cocina y supe que mamá ya estaba preparando el desayuno. En mi casa preferimos escuchar la radio antes que prender la televisión al comer porque tenemos la idea de que de esa manera estamos más presentes en el momento. Aún así, hoy me sentía un poco distraída y tanto la voz de Juan Gabriel como la de mi mamá se sentían lejanas.

– Estela, ¿me escuchaste? – me preguntó mi mamá, con algo de hartazgo en su voz.

No la había escuchado. Me daba cuenta de que últimamente mis oídos parecían blindados ante la realidad.

– No, lo siento. ¿Qué dijiste?

– Estela, necesito que pongas más atención. Siempre estás en otro mundo. ¿Qué tal si un día pasa algo y no te das cuenta por estar distraída?

Mi intención no es estar distraída todo el tiempo, también es estresante para mí. Me encogí de hombros y estaba por contestar cuando el teléfono empezó a sonar en otra habitación.

– ¿Puedes terminar de preparar el desayuno mientras contesto?

Asentí y me acerqué a la estufa para encargarme.

NATALIA
A mis abuelos les gusta ir a su casa en Tala cada fin de semana. En algunas ocasiones, mis papás, mis hermanos o yo los acompañamos para que no estén solos y esta vez no fue la excepción, el único que se quedó en Guadalajara fue mi hermano.

Pasaban de las 8:45 a.m. cuando mi abuela me pidió que fuera a la panadería por unas conchas para acompañar nuestro café matutino; nos daría la energía suficiente para regresar a Guadalajara un rato después, decía.

La casa de mis abuelos siempre se siente muy cálida, familiar. Es uno de esos lugares que añoras al estar lejos. Pero en cuanto puse un pie en la calle esa sensación cambió completamente, empezando por el clima, pues Tala es un lugar cálido y esa mañana había mucho viento.

En un día normal, las calles ya tendrían personas cruzando. Doña Lola ya habría pasado a mi lado apresuradamente para ir al mercado a comprar los ingredientes para su restaurante y Don José ya estaría lavando su camioneta para salir al día siguiente.

Pasé a un lado de la iglesia, el lugar más agitado de Tala. Fue al caminar al lado de sus enormes puertas cerradas que me di cuenta de que no había escuchado las campanadas de las 8:00 a.m., y que ni un alma se asomaba por el lugar.

Un pueblo ajetreado y ruidoso reinado por el silencio de un día para otro nunca es una buena señal, pero traté de ignorar los escalofríos que ese pensamiento generó en mí. Mi extrañeza aumentó al darme cuenta de que, al cruzar la calle, el típico olor del pan recién hecho faltaba y la cortina de la panadería estaba cerrada.

Pasó entonces, la única persona a la que vi ese domingo por la mañana: un muchacho en su motocicleta subió a toda velocidad por la calle, sacándome un susto. Me recargué en la pared y saqué el teléfono para avisar a mi abuela que no había pan, pero llamadas perdidas de mi mamá, acompañadas de mensajes llamaron mi atención.

Aa María: Hija, regrésate a la casa ahorita

Aa María: Hay un operativo y las cosas están poniéndose feas

DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 9:10 A.M.

ADRIANA
Caminaba hacia la estación del tren cuando una nube de humo llamó mi atención. Guadalajara es una ciudad contaminada por lo que no me parece precisamente anormal ver el cielo manchado de gris, sin embargo, en esta ocasión había una diferencia significativa: la nube era completamente negra y la acompañaba un prominente olor a quemado que picaba en mis fosas nasales.

En el camino noté que todo se sentía apurado; personas con la mirada perdida, otros buscando entre la gente, llamando por teléfono, incluso a unos cuantos corriendo. Me sentía sin contexto y aunque sigo a una red de noticias del estado, prefería mantenerme alerta y esperar hasta estar sentada para buscar qué sucedía.

Una notificación llamó mi atención entonces: el Gobierno de Jalisco había ordenado suspender el transporte público por algunas horas a raíz de un operativo federal en Tapalpa.

Entré a redes sociales y lo primero que salió fue un video en el que se veía que una unidad de transporte público había sido incendiada en Cajititlán. Refresqué la página y una nueva noticia apareció, múltiples vehículos incendiados en Tabachines.

Incendios en Juárez e Independencia.

Quema de negocios.

Mi dedo no hacía más que subir y bajar por la pantalla, una parte de mí esperaba darse cuenta de que estaba imaginando lo que sucedía, incluso traté de engañarme con que esto estaba pasando en otra parte del mundo, no en Guadalajara.

No en mí Jalisco.

Narcobloqueos en carreteras de Jalisco.

Sentía como si el aire comenzaba a faltarme y de repente comprendía el sentimiento de desesperación visible en las personas a mi alrededor.

ESTELA
Mientras mamá contestaba el teléfono me quedé pensando en lo que había dicho. No es para nadie un secreto que soy una persona algo distraída, mi mente suele viajar mucho.

Por eso decidí tratar de enfocarme en una sola cosa: el omelet frente a mí. Es nuestro desayuno habitual los domingos porque es rápido de hacer y nos mantiene llenas en los que salimos a hacer los mandados.

En la radio, México en la piel de Luis Miguel empezaba a reproducirse y yo la tarareaba. Me encanta esa canción, un constante recordatorio de lo mucho que amo a mi país, sus tradiciones hermosas, platillos deliciosos y su cultura.

Los pasos apresurados de mamá me distrajeron, aunque supuse que era por la hora. Miré el reloj a mi lado y me di cuenta de que, si bien, íbamos tarde aún teníamos algo de tiempo, por lo que sentí extrañeza.

– Era tu papá. – Mamá entró a la cocina con expresión endurecida y jugueteando con los dedos.

– Hay un operativo militar y dicen que agarraron a alguien importante.

Yo asentí sin saber bien qué decir. Pensé que sería algo alejado de nosotros, tal vez en la carretera.

– ¿Pero él está bien?

– Sí, pero no podemos salir. Están quemando establecimientos y esto apenas empieza. No sé cómo se vayan a poner las cosas.

Así se siente México en la piel.

La canción terminó.

NATALIA
Regresé lo más rápido que pude a casa de los abuelos, ahora comprendía por qué la soledad cubría las calles de Tala. Mi mamá no había sido muy específica acerca de lo que había pasado y yo preferí no preguntar hasta llegar para no perder el tiempo.

El sonido del zaguán – que generalmente pasaba desapercibido – me puso los pelos de punta y al cruzar el jardín en el que había pasado mi infancia no sentí ningún tipo de tranquilidad. Entré por la puerta y mi mamá me abrazó.

Dijo que uno de los vecinos se había puesto en contacto con la abuela para comentarle que las carreteras estaban siendo tomadas por narcos a consecuencia de un operativo y que parecía que habían capturado a alguien.

Rápidamente la tensión se apoderó de mí. Tala está a unos 15 kilómetros de Teuchitlán, en donde está el Rancho Izaguirre que el año pasado se identificó como uno de los campos de trabajo forzado del crimen organizado en Jalisco.

Inmediatamente pensé que teníamos que regresar a Guadalajara, aunque después me dijeron que la ciudad también había sido tomada. Nosotros estábamos juntos allí, pero mi hermano se había quedado solo en la ciudad.

Mis manos se pusieron rígidas y mi boca se secó. De repente, la casa de mis abuelos – que siempre se había sentido como un refugio – se sentía como una prisión.

¿Cuándo podríamos regresar a Guadalajara?

DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 10:30 A.M.

ESTELA
Aunque mi papá nos pidió no salir, necesitábamos comprar comida para el día. La idea de ir al centro quedó completamente descartada y en su lugar optamos por ir a una tienda de abarrotes cercana.

El camino se sentía surreal, eran las primeras horas de la mañana pero nos tocó ver como los locales bajaban las cortinas, pues no seguirían atendiendo.

No tardamos mucho en hacer las compras, pero lo aterrador comenzó poco después de regresar a casa. Mientras guardábamos las cosas, se empezaron a escuchar tiros en la lejanía.

Hacía una hora estaba cocinando con tranquilidad, escuchando música que disfruto; ahora, de un momento a otro la banda sonora se había convertido en balazos, sirenas de patrullas, ambulancias y motocicletas rodando a toda velocidad.

La ansiedad me carcomía y solo podía pedir que todos estuvieran bien. Hace una hora me había prometido estar más atenta a mi alrededor, pero en este momento solo quería que mi imaginación funcionara y mi mente pudiera irse a otro lado. Pero la adrenalina no funciona así, por más que intentara no podía solo distraerme.

El paso del tiempo no hizo más que empeorar las cosas. Alrededor de las 11:30 a.m., Oxxos y tiendas cercanas a mí comenzaron a ser quemados. Lo que conozco, lo que está a mi alrededor, estaba siendo destruido y no había nada que pudiera hacer.

Pensaba en los dueños de las tiendas, en que esperaba que les hubieran permitido salir. Pensaba en quienes no pudieron cerrar a pesar de ver cómo estaban poniéndose las cosas porque cuando vives al día tienes que elegir entre el riesgo de perder la vida o perder un día de alimento.

DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 12:00 P.M.

NATALIA
El silencio reinaba en Tala en un horario que durante cualquier otro domingo hubiera estado concurrido, era como si ni siquiera las palomas quisieran salir a la plaza.

Los vecinos habían dicho que no abrirían sus negocios hasta nuevo aviso, lo cual representó una nueva preocupación: nuestro plan había sido viajar por el fin de semana y mis abuelos no traían medicamento suficiente para quedarse más días.

La sala estaba en oscuridad total, las ventanas estaban cubiertas con pesadas cortinas azules que llegaban hasta el piso, «que piensen que no hay nadie» había dicho mi abuelo antes de cerrarlas. La curiosidad es tortuosa, quería saber qué sucedía, cómo se veían las calles.

Quería saber si me darían la misma sensación que hacía un rato, si la misma soledad que sentí me envolvería de nuevo. Pero al mismo tiempo, me asustaba siquiera levantarme del sillón.

Es un sentimiento parecido a escuchar un ruido a altas horas de la noche y quedarse observando fijamente a la nada sin saber si algo aparecerá a asustarte o si el miedo viene de tu imaginación. Pero, al menos los fantasmas no hacen daño.

Tomé aire y me levanté lentamente, sentía como si cada paso me tomara una eternidad, que al mismo tiempo me mantenía segura. Eventualmente llegué a la ventana y con un movimiento rápido abrí la cortina.

Gris. El pueblo, cuyos colores siempre resaltaban, ahora estaba cubierto de un gris sofocante. Desde mi ventana no podía ver la violencia que había ocasionado esta bruma, pero podía sentir la desesperación dentro de mí.

ADRIANA
Dominada por la ansiedad, regresé a mi casa en donde seguí viendo noticias por tres horas. Se suponía que era un domingo familiar, así que mis tíos y primos llegarían más tarde, y la incertidumbre de no saber si podrían llegar me agobiaba.

Fue entonces que el sentimiento de desesperación que había visto en la calle me golpeó. Quería abrazarlos a todos, quería saber que estaban bien, que llegarían completos a la comida familiar. Deseaba que amaneciera para saber que todos en mi familia seguían vivos.

Llegaron alrededor de las 5:00 p.m., contando las horas de angustia que habían pasado atorados en el tráfico que provocaron los bloqueos. Mi tío, que vive en Tabachines, una de las zonas más afectadas, venía pálido y en cuanto puso un pie en la entrada me abrazó con una fuerza inusitada.

Yo quería creer que todo había terminado.

DOMINGO 22 DE FEBRERO DE 2026, 8:30 P.M.

NATALIA
Con el paso de las horas, la información se había vuelto más clara, pero el miedo no disminuyó. Supimos que el toque de queda empezaba a las 9:00 p.m. y que sería mejor no utilizar las redes sociales para no saturarlas.

Saber que no podría contactar a mi hermano en caso de una emergencia fue como un balde de agua fría, pero no podía hacer más que esperar. Esperar era lo único que nos quedaba.

LUNES 23 DE FEBRERO DE 2026, 10:00 A.M.

ESTELA
Después de casi 24 horas de encierro, logré hablar con todas las personas que quería. Todos estaban bien, todos se habían quedado en casa. Salí al patio y el día estaba gris. El contraste con el domingo era brutal, pero también había una sensación de alivio. El domingo había terminado. Ahora había que empezar a procesar lo que había pasado.

NATALIA
El lunes en la mañana pudimos volver a Guadalajara. El camino fue extraño, muchas patrullas, muchos retenes, pero logramos llegar. Mi hermano nos esperaba en la puerta. Nos abrazamos muy fuerte, sin decir nada.

Ver a mi familia completa fue un alivio, pero no podía dejar de pensar en la gente de Tala. En los que se quedaron, en los que no pudieron volver, en los que perdieron todo. Ojalá que ellos también puedan, pronto, abrazar a los que quieren.

Observar la ciudad vacía: vivir la violencia de Guadalajara a la distancia

«¿No te pasa que preferirías estar sufriendo con tu familia que estar bien?», me dice Antonio por el teléfono, y siento la angustia en su voz. De inmediato digo que sí, y me llena de culpa. A los dos nos tocó ver desde lejos mientras Guadalajara se envolvió en caos, sin nada que pudiéramos hacer al respecto.

«Mataron al Mencho», le dijo el roomie de Antonio mientras terminaba de desayunar el domingo en la mañana para ir a trabajar. Él sabía quién era y lo que significaba que lo hubieran matado. Automáticamente verificó la noticia en su teléfono, sorprendido por la cantidad de videos de coches, autobuses, edificios incendiados. El mensaje de su padre al grupo familiar sucedió casi al instante, pidiéndoles a todos que se encierren, que no importara, que no salieran. Que había olas de violencia esparciéndose por toda la ciudad. Antonio lleva casi seis años viviendo en la Ciudad de México, pero toda su familia es de Guadalajara. No tuvo opción más que preguntarles cómo estaban mientras salía de su departamento para no llegar tarde al trabajo.

El bloqueo del 22 de febrero en Guadalajara lo presencié yo desde el futuro: la madrugada del 23, desde la seguridad de mi cuarto en Hong Kong. Ya me iba a dormir cuando vi en Instagram, foto tras foto de coches incendiados, de infografías contando en qué partes de la ciudad las carreteras se encuentran incendiadas. Calles que tomaba todos los días para ir a la escuela o al trabajo, establecimientos que podía reconocer de inmediato. Ahora me avergüenza que mi primer pensamiento fue que no era nada grave; no es la primera vez que hay un narcobloqueo en una carretera. No fue hasta que leí más a detalle sobre todo lo que ocurría que entendí que esto era mucho más serio, mucho más peligroso.

Se siente horrible ver todo desde una pantalla desde tan lejos. No saber si sentir alivio porque no estás ahí, la culpa que viene después. Mi hermano (que también vive en el extranjero) y yo nos comunicamos con nuestros papás, que nos aseguraron que estaban bien. Ese día iban a salir a Chapala a ver el lago con los pelícanos, y si no fuera por nuestros mensajes, hubieran salido a la calle. Me imaginé un sinfín de futuros alternativos en los que salieron de casa ese domingo, ninguno de ellos bueno.

Pude notar que intentaban alivianar la situación, que nos fuéramos a dormir, que no nos preocupáramos. Me dio tristeza que aun en esos momentos nos quisieron proteger de la violencia. Me imaginé la casa vacía, solo ellos dos, nuestros dos perros y mi gato. Que si algo pasaba mientras dormía, no me enteraría hasta el día siguiente. Me dormí a las 2 a.m., frenéticamente actualizando Instagram y Facebook, tratando de entender lo que sucedía. No lo podía creer. Me dormí pensando en automóviles en llamas, en mi ciudad completamente a la merced de la violencia.

Mientras yo dormía, Antonio pensó en sus familiares en su trayecto al trabajo. Su mamá con sus abuelos en Santa Margarita, su papá por San Agustín, su hermana pequeña sola en su casa, su otra hermana en casa de unas amigas. Todos dispersos, cada uno con una preocupación distinta en su mente. Un posible escenario catastrófico. Su tío compartió que el CJNG había anunciado que iba a haber narcobloqueos, que iban a agarrar a quien fuera que estuviera en la calle. Aunque todos avisaron que estaban encerrados, no lo calmó. Las imágenes violentas solo alimentaban su imaginación de la posibilidad de que las cosas pudieran escalar aún más.

«No podía dejar de pensar en el miedo que tenían todos, porque escucharon balaceras, veían el humo por las ventanas. Llegaron a todas partes; me daba miedo que entraran a las casas y comenzara algo todavía peor. Más que el miedo, me dolía no estar sufriendo con ellos, no vivir el miedo y conformarme con noticias, mensajes, imágenes. Creo que es una de las peores cosas cuando vive uno lejos de su familia.»

Da miedo pensar que uno vive a merced de esta gente. Que en cualquier momento, si lo deciden, pueden paralizar la ciudad. Antonio y yo vimos videos de López Mateos, que conocemos por estar atascado en cualquier momento del día, completamente vacío. La glorieta de la Minerva desierta. Me recordó al extraño sentimiento que se vivió durante la pandemia, el silencio, el abandono. El gobierno volvió a poner alerta roja, volvió a mandar a todos a sus casas. No por un virus, sino porque era físicamente imposible salir sin arriesgar vivir algún tipo de violencia. Qué bueno que no viven ustedes aquí, en serio. En estos momentos digo eso, me escribió mi mamá el lunes en la noche.

Uno de los tíos de Antonio trabaja en una de las torres del aeropuerto. Por horas no supieron de él, solo los videos y las noticias de la balacera que ocurrió el 22. No fue hasta la noche que avisó que estaba bien, que los habían encerrado para protegerlos, que iba a tener que pasar la noche ahí. Los videos del aeropuerto, con la gente corriendo tras el sonido de las balas, eran lo único que pasaba por su mente. La cantidad de imágenes manipuladas y videos falsos complicaba discernir qué tan grave estaba la cosa. Ni el domingo ni el lunes pudo concentrarse en su trabajo por la incertidumbre.

La mayoría de mis amigos en Hong Kong no habían escuchado de Guadalajara hasta que les conté que de ahí vengo. Y no quise contarles lo que estaba pasando, por miedo a que pensaran que eso era lo único que existía en México. Llevaba meses planeando ir en verano con mi roomie. Pensé que si le contaba ya no querría ir (no tenía idea de que se volvería noticia internacional, que todos me preguntarían de todos modos). Luego sentí rabia de que esa era mi única preocupación cuando todos en Guadalajara no tenían otra opción más que vivirlo. No había otra opción.

Estar lejos de Guadalajara ha sido difícil porque no puedo dejar de sentirme cercana a todos sus problemas. Semanas antes me indigné junto con todos los demás ante el (ahora muy mundano) debate sobre el tarifazo, el transporte público a 14 pesos, la famosa tarjeta con la cual Lemus prometió que todo tapatío podría comprar un café en Nueva York. Con Antonio, que aunque está físicamente más cerca sigue lejos, he visto desde fuera cómo estos problemas crecen. Cómo me entristece que la gente merezca algo mejor. Que quisiera que mis papás no sintieran tanto alivio de que ya no estoy yo ahí.

La vida sigue a pesar de la violencia. De negocios incendiados y carreteras bloqueadas, sonidos de gritos y balas, a tener que volver a trabajar dos días después, como si nada. Volver a la banalidad de los problemas diarios después de que la ciudad estuviera completamente paralizada me parece increíble aunque no sea nada nuevo. Los mexicanos normalizamos la violencia a diario porque no nos queda de otra; no me había dado cuenta hasta que tuve que explicárselo a alguien que creció sin tener que hacerlo.

«Lo más difícil fue no saber»

Pablo es un joven que, como muchos otros, salió de casa ese domingo sin pensar demasiado en la hora de regreso. No llevaba un plan rígido ni una ruta excepcional: iba a moverse por la ciudad y volver más tarde. El día no tenía una carga especial. Nada hacía suponer que regresar a casa se convertiría en un problema.

«Sales pensando que regresas normal», dice.

«No sales con la idea de que algo se va a salir de control».

Durante la mañana, Guadalajara todavía se movía con el ritmo habitual de un domingo. Menos tráfico, más calma. Pablo recuerda que incluso cuando empezó a notar pequeños cambios, calles más vacías, algunos negocios cerrando antes de tiempo, no los interpreta como señales de alerta. Pensó que eran ajustes normales, exageraciones, rumores que siempre aparecen y se diluyen.

«Al principio creí que era eso», cuenta.

«Que estaban diciendo cosas, pero que no iba a pasar a más».

Mientras Pablo avanzaba con su día, el contexto en Jalisco comenzaba a cambiar. En distintos municipios del estado se reportaban bloqueos, incendios de vehículos y cierres preventivos derivados de hechos violentos. En la Zona Metropolitana de Guadalajara, las autoridades activaron un «código rojo», lo que implicó el despliegue de fuerzas de seguridad, la suspensión de actividades y el cierre parcial de vialidades y servicios.

Nada de eso llegó de inmediato a la gente como Pablo. La información no apareció de forma clara y ordenada. Llegó fragmentada, tarde, envuelta en ruido. El teléfono empezó a vibrar con más frecuencia. Audios reenviados, capturas de pantalla, mensajes alarmistas que no coincidían entre sí. Nadie decía exactamente qué estaba pasando, dónde ni por cuánto tiempo.

«No sabías qué creer», dice.

«Un mensaje decía una cosa y el siguiente decía otra. Todo era confuso».

Intentó buscar información oficial. Esperaba encontrar un comunicado claro, una indicación concreta que le permitiera tomar decisiones. No lo encontró en ese momento. Los avisos institucionales llegaron horas después, cuando muchas personas ya estaban resguardadas o, como él, varadas.

«Eso fue lo que más me desesperó», recuerda.

«No tener información oficial. No saber si moverte estaba bien o mal».

El regreso que deja de ser opción

En algún punto del día, Pablo decidió regresar a casa. No por pánico, sino por intuición. Pero cuando intentó hacerlo, se dio cuenta de que ya no dependía solo de él. El transporte no pasaba como siempre, algunas rutas estaban interrumpidas y otras simplemente habían dejado de operar.

«No fue que yo dijera ‘ya no quiero volver'», explica. «Fue que ya no se podía».

La suspensión del transporte y los cierres viales, derivados de los bloqueos y de la quema de vehículos en distintos puntos del estado, comenzaron a sentirse en la vida cotidiana. Las opciones para moverse se redujeron rápidamente. Cada intento por avanzar encontraba un obstáculo distinto.

Esperar parecía más seguro que moverse, pero quedarse quieto también generaba ansiedad. Estar afuera empezó a sentirse pesado, no por el cansancio físico, sino por la sensación de no tener control.

«Te empiezas a hacer preguntas muy básicas», dice. «Dónde te quedas, cuánto tiempo, qué haces si se pone peor».

Pablo pasó horas sin poder volver a casa. Horas sin estructura clara, porque no había información que marcara un antes o un después. La espera se volvió el estado natural: esperar a que alguien avisara algo, a que llegara una noticia confiable, a que la ciudad diera una señal de que se podía volver a circular.

«No es solo quedarte afuera», explica.

«Es no saber cuánto tiempo vas a estar así».

Mientras tanto, la ciudad cambiaba frente a él. Menos gente en las calles, más cortinas abajo, un silencio raro que no suele aparecer en pleno día. Restaurantes cerrados, comercios apagando luces, personas caminando rápido, mirando alrededor.

«Se siente diferente», dice.

«Como si la ciudad ya no fuera la misma».

Decidió dejar de revisar grupos de WhatsApp. Cada audio sumaba miedo, pero no claridad.
«Ahí solo te llenas de pánico», cuenta. «No te ayudan a tomar decisiones».

La falta de información oficial atravesó toda la experiencia. Pablo no esperaba que alguien le resolviera el día, pero sí que hubiera una voz clara que explicara qué estaba pasando. Algo que pusiera límites al rumor y al miedo.

«Lo más fuerte fue no saber», dice.

«No saber si ya había pasado lo peor o si apenas estaba empezando».

Ese vacío hizo que el miedo creciera de otra forma. No como un estallido, sino como una presencia constante. Pablo reconoce que no vivió violencia directa, pero eso no hizo la experiencia menos intensa.

Cuando finalmente logró regresar a casa, el día no se cerró. El cuerpo llegó, pero la cabeza siguió en alerta. Durmió poco. Al día siguiente, aunque la ciudad intentaba recuperar su ritmo, algo se había movido.

«Regresas, pero no es como que ya pasó», dice.

«Te quedas con la sensación de que puede volver a pasar».

Lo que más le pesó fue entender lo frágil que es la rutina. Lo rápido que se rompe algo tan básico como volver a casa. Lo poco preparado que uno está para enfrentar una ciudad sin información ni opciones claras.

«A veces creemos que estas cosas les pasan a otros», reflexiona.

«Hasta que te toca quedarte afuera».

Para Pablo, ese domingo no quedó marcado por un hecho específico, sino por la suma de horas de espera, por el silencio institucional y por la experiencia concreta de no poder volver. Una vivencia que no siempre aparece en los comunicados oficiales, pero que define cómo se vive la violencia en lo cotidiano. Ese día entendió que una ciudad puede cerrarse sin aviso y dejarte, por horas, sin saber cómo volver a casa.

El horror a través de una ventana a 500 kilómetros de distancia

El sábado fue un día caluroso en Ciudad de México, un sol intenso, la gente caminaba con ropa corta y las piscinas de los altos edificios se llenaron de visitantes.

El domingo, la capital mexicana despertó bajo un cielo a escala de grises y con una ventisca. Parecía que la ciudad de ayer se había esfumado. El domingo era una ciudad triste.

Me encontraba en una cafetería —ese espacio liminal donde uno paga por el privilegio de estar solo rodeado de gente— tratando de procesar la jornada matutina cuando el algoritmo de X decidió que mi desayuno necesitaba una dosis de horror geopolítico.

Empezó con Tapalpa. Un nombre que evoca cabañas, chimeneas y ese tipo de descanso burgués que requiere de madera y neblina. Pero en cuestión de minutos, el mapa se expandió como una mancha de aceite: Zapopan, Guadalajara, Puerto Vallarta. El léxico local, siempre tan creativo para la tragedia, arrojó el término narcobloqueo. Es una palabra mexicana que describe el momento exacto en que la infraestructura civil se convierte en barricada criminal. Hace 10 años, conocí ese término en primera persona.

El 1 de mayo de 2015, el Estado intentó —con una torpeza que roza lo cinematográfico— capturar a Nemesio Oseguera Cervantes, alias «El Mencho». Lo que obtuvieron no fue un detenido, sino una demostración de soberanía alternativa: un helicóptero Cougar derribado y un capo que, al escapar, dejó de ser un hombre para convertirse en una leyenda del crimen.

Dicen que aquel día el capo sí fue detenido, pero que el «poder de fuego» se transformó instantáneamente en «poder de negociación». El monstruo no solo dispara; también firma cheques y redacta acuerdos en oficinas de gobierno.

Desde mi ventana en la capital, el cielo gris funcionaba como una extensión de las imágenes que emanaban de mi teléfono. Es una experiencia fragmentada: Una panorámica de Puerto Vallarta donde el humo de los buses quemados compite con el azul del Pacífico. Venían a mi mente todas esas imágenes de hace diez años, la ansiedad de estar ahí sin estar, de no poder estar. Es horrible no poder compartir con los tuyos el horror, verlo a la distancia con la misma impotencia de quien está en el mismo espacio geográfico y tampoco puede hacer nada.

Lo estaba viendo de nuevo, a través de la pantalla de mi teléfono. Los autos en llamas, la gente corriendo, el pánico; a lo lejos era una zona de guerra.

Lo más perturbador era leer los mensajes que llegan de la gente que está en la primera línea sin haberlo pedido. Nuestros amigos, nuestros hijos, nuestras parejas, nuestros hermanos y hermanas, nuestros padres, que hoy se levantaron para pasear, para desayunar, para andar en bicicleta, para ir a un mercado como lo hacen cada domingo. Nadie les avisó que su ciudad hoy no era suya. Desde hace años no les pertenece. Nuestros jóvenes, que hoy tenían planeado ir a comer una hamburguesa, están asustados en sus casas, compartiendo imágenes de farmacias incendiadas, con textos que dicen: «Esto es por mi casa». Otra vez, el miedo, el miedo circulando a toda prisa por las calles de Guadalajara.

Las imágenes de los policías atrincherados, en la avenida La Paz, calan como el frío; como entender puedes creer que lo que debería ser un paseo dominical hoy fue una zona de combate urbano.

La ciudad completamente sola, abandonada a su mala suerte…

¿En qué momento la perdimos?

¿Cuánto tiempo más la dosis de indiferencia que nos compramos como vacuna de la realidad nos va a seguir protegiendo?

Cada tanto, desde el lugar más inepto que existe en una oficina, llega algún mensaje de la autoridad, para informar lo que todo el mundo sabe, lo que todo el mundo está viviendo. «No hay transporte público, estamos en código rojo, estamos trabajando en una mesa de seguridad».

Los periodistas de Jalisco llevan años describiendo este día, diciéndole a la sociedad que vivimos al lado de una bestia que solo está dormida porque nadie le ha hecho ruido. Los colectivos de familiares buscadores le han mostrado al gobierno y a la sociedad jalisciense el lado oscuro que se encuentra bajo sus pies; nadie les ha escuchado.

Hace unos meses, la famosa fotografía con el rostro de Nemesio Oseguera se proyectaba en las pantallas del auditorio Telmex en Zapopan; en lo alto del escenario, una banda tocaba un corrido exaltando sus hazañas; abajo, una mujer rubia levantaba su vaso y gritaba a todo pulmón; la concurrencia aplaudía y celebraba, un festín que enloquece con la violencia. Unos días atrás se habían abierto las puertas del rancho Izaguirre en Teuchitlán; la arqueología del horror aún no se borraba, pero en Zapopan todo mundo aplaudía y cantaba.

Hoy dicen que el monstruo ha muerto. Lo dicen con la misma ligereza con la que el cielo cambió de azul a gris en menos de veinticuatro horas afuera de mi ventana. Pero lo que nadie se atreve a articular —porque requeriría un nivel de honestidad que el sistema político no puede procesar— es que el monstruo hace mucho que dejó de ser una persona. Es una estructura, un clima, una forma de entender la propiedad privada y la vida ajena.

Las autoridades pensaron que podían domesticar a la bestia sentándose a su mesa. Lo que no entendieron es que, en esa cena, ellos no eran los comensales, sino el plato principal. Ahora, mientras Jalisco se observa a través de una humareda que no deja ver el mañana, la única certeza es que el futuro, al igual que el cielo de este domingo, será en escala de grises.

Aquí un reportaje para entender que el vórtice de la violencia en Jalisco, no arrancó este 22 de febrero de 2026, sino que viene desde aquel lejano 1 de mayo de 2015.

El plantón que paró

La jornada de violencia del domingo 22 de febrero no solo paralizó calles y servicios, sino que también interrumpió las luchas ciudadanas. Lisi Celis, activista y buscadora de personas desaparecidas, se vio obligada a pausar el plantón que mantenía desde hacía cuatro meses frente a Casa Jalisco, la residencia oficial del gobernador.

En un video difundido la mañana del lunes 23 de febrero, Lisi denunció que durante la tarde del domingo, elementos de la policía estatal desalojaron el campamento donde ella y otras madres buscadoras se mantenían en exigencia de justicia y aparición con vida de sus hijos.

«Con el operativo que hubo ayer en la ciudad, llegó la policía del estado, llegó la Policía de Guadalajara y la Comisaría de Guadalajara, y nos desalojaron», declaró Lisi en el video. «Dijeron que era por nuestra seguridad, que nos teníamos que resguardar por los bloqueos, pero eso fue un engaño. Lo que hicieron fue quitarnos nuestro espacio, quitarnos nuestra voz».

La activista relató que, al percatarse de la situación, elementos de seguridad procedieron a retirar las lonas, las casas de campaña y las pertenencias de las manifestantes, argumentando la activación del código rojo en la ciudad. Sin embargo, Lisi calificó la acción como un «desalojo oportunista» que aprovechó el contexto de violencia para silenciar su protesta.

«Utilizaron el miedo de la gente, utilizaron la violencia que estaba viviendo Jalisco para callarnos», enfatizó. «Pero no lo van a lograr. Vamos a regresar, vamos a seguir buscando a nuestros hijos».

La denuncia de Lisi Celis pone de relieve cómo, en medio de la crisis de seguridad, las demandas de justicia de las familias buscadoras también son vulneradas. Su plantón, que durante meses fue un recordatorio constante frente al palacio de gobierno de las desapariciones en el estado, fue desmantelado en cuestión de horas. La promesa de las autoridades de resguardar su integridad contrasta con la realidad del desalojo y la incertidumbre sobre cuándo podrán reinstalarse.

«Hay que ayudar a los que podamos»

Un testigo que viajaba la mañana del domingo 22 de febrero por la carretera Tequila-Guadalajara vivió en primera fila los momentos de pánico y también de solidaridad que generaron los bloqueos.

«Íbamos circulando normalmente cuando de repente vimos que adelante había mucho humo», relata. «La gente empezó a frenar, a dar la vuelta. Se armó un caos. Luego supimos que estaban quemando vehículos más adelante».

En medio del desconcierto, el testigo observó cómo algunos conductores abandonaban sus autos y corrían hacia los cerros, mientras otros intentaban buscar rutas alternas. Pero también fue testigo de actos de ayuda mutua.

«Había mucha gente que no sabía qué hacer, que estaba asustada. Varios nos organizamos para ver si podíamos ayudar. Decíamos: ‘hay que ayudar a los que podamos’. Unos prestaban agua, otros ofrecían su teléfono para que la gente avisara a sus familias. Fue bonito ver eso en medio del desastre».

El testigo logró finalmente desviarse por un camino de terracería y llegar a un poblado cercano, donde se resguardó hasta que las condiciones mejoraron. Su experiencia refleja la dualidad de la jornada: el miedo y la incertidumbre, pero también la capacidad de las personas para tender lazos de solidaridad en situaciones límite.

«Te das cuenta de que cuando las cosas se ponen feas, la gente se une», concluye. «Eso da esperanza, aunque el miedo no se quite».

Después del Medio Maratón, la ciudad se cerró

La mañana del domingo 22 de febrero en Guadalajara había comenzado con el entusiasmo del Medio Maratón. Miles de corredores tomaban las calles en un ambiente deportivo y festivo. Sin embargo, pocas horas después, la ciudad se transformaba por completo.

«Terminé la carrera, estaba contento, y de repente empiezo a ver mensajes de que hay bloqueos, que queman camiones», relata un participante. «No lo podía creer. Pasamos de la fiesta al miedo en cuestión de minutos».

La suspensión del transporte público y las recomendaciones de resguardarse llegaron cuando muchos aún estaban en las calles o intentaban regresar a sus hogares. La confusión y la angustia se apoderaron de la gente.

«Vi a mucha gente corriendo, pero ya no por el maratón, sino por miedo», comenta una espectadora. «Fue muy impactante ver cómo cambió todo tan rápido».

La presencia de los corredores y sus familias en distintas partes de la ciudad complicó aún más la situación. Muchos se quedaron varados, sin saber cómo volver a casa. Otros optaron por refugiarse en establecimientos cercanos o en casas de conocidos.

El contraste entre la alegría del maratón y la crudeza de la violencia marcó la jornada. Para quienes lo vivieron, quedó la sensación de lo efímero de la normalidad, de cómo un día de celebración puede convertirse en una pesadilla en cuestión de horas. «Fue como si la ciudad nos hubiera mostrado sus dos caras el mismo día», reflexiona el corredor. «La cara bonita y la cara más fea».

Huevo, frijoles, leche, tortillas y veladoras

«Decidí salir porque a mi hijo le prometí que haríamos pastel», me dijo una mujer mientras caminaba apresurada, no sin antes mirar a todos lados antes de avanzar. Eran las 10 de la mañana de este lunes y Tonalá comenzaba, entre el miedo y la incertidumbre, a retomar actividades.

La Zona Metropolitana de Guadalajara intenta recuperar la calma luego de la jornada violenta del 22 de febrero. Con la suspensión del transporte público y la recomendación de no salir de casa, muchas familias vieron reducidas sus provisiones. El lunes, algunas colonias de Tonalá comenzaron a moverse con cautela para conseguir lo básico.

En la colonia Loma Dorada, las tiendas de abarrotes abrieron sus puertas, pero con horarios restringidos y medidas de prevención. Una joven madre de familia señaló que su despensa se había terminado y que no tenía más opción que salir. Compró huevo, frijoles, leche y tortillas. También unas veladoras, «por si se va la luz o por si pasa algo, para prenderle a un santo».

El ambiente era de tensión. Las personas caminaban rápido, evitando detenerse. Algunos comercios permanecían cerrados con cortinas metálicas totalmente bajadas. La calle, que un lunes normal estaría llena de gente y tráfico, se percibía semi vacía. El miedo a que la violencia regresara estaba presente en cada rostro.

A pesar de la reapertura gradual, la sensación de inseguridad persistía. La población de Tonalá, como en otros municipios, comenzaba el lento y temeroso regreso a la rutina, consciente de que la normalidad aún se sentía lejana.

«Me siento muy nerviosa, como si algo malo fuera a pasar otra vez»

El domingo 22 de febrero no solo fue un día de miedo para los adultos. Las niñas y niños de Jalisco también vivieron la violencia, el encierro y la incertidumbre. A través de sus dibujos y palabras, expresaron cómo experimentaron la jornada.

«Mamá, ¿por qué se escucharon esos balazos? ¿Ya se fueron los malos?», preguntó un niño de siete años en Zapopan. Su madre relató que el pequeño no podía dormir y se la pasó pegado a ella toda la noche.

«Yo vi el humo desde mi ventana. Pensé que era un incendio y me dio miedo», dijo una niña de Tlaquepaque. En su dibujo, plasmó una casa con las cortinas cerradas y unas nubes negras afuera, representando el humo de los vehículos incendiados.

Una maestra de educación básica compartió algunos de los dibujos que sus alumnos realizaron este lunes como ejercicio para procesar lo ocurrido. En ellos, abundan los elementos como patrullas, soldados, personas escondidas y el sol tapado por nubes oscuras. Una niña escribió en su dibujo: «Hoy no quiero salir, me da miedo».

«Me siento muy nerviosa, como si algo malo fuera a pasar otra vez», expresó una pequeña de ocho años en un audio que su madre compartió. La frase refleja la angustia que persiste incluso después de que la violencia inmediata ha cesado.

Los testimonios de las infancias revelan que el miedo no entiende de edades. Para ellos, el domingo fue un día de ruptura, de escuchar palabras como «narcos» y «balazos» en las conversaciones de los adultos, de ver las calles vacías y sentir que el peligro estaba cerca. La vuelta a la rutina escolar se da con la carga emocional de lo vivido, y con la necesidad de ser escuchados y contenidos.

«Yo no creo que esto se haya terminado»

En la ribera del lago de Chapala, el domingo 22 de febrero también se vivió con tensión. Ocotlán, uno de los municipios donde se reportaron bloqueos e incendios de vehículos, amaneció el lunes con calles semivacías y una sensación de incertidumbre que no se disipaba con el nuevo día.

«Yo no creo que esto se haya terminado», comentó un residente de la colonia La Primavera mientras observaba el movimiento cauteloso de algunas personas. «Esto va a seguir. Ahorita están calmados, pero en cualquier momento pueden volver a hacer de las suyas». Su opinión reflejaba el sentir de varios habitantes que, a pesar de la relativa calma, no confiaban en que la violencia hubiera cesado por completo.

El lunes por la mañana, algunos comercios comenzaron a abrir, aunque con medidas de precaución. En el centro de Ocotlán, el flujo de personas era menor al habitual. La gente realizaba sus compras con rapidez, evitando concentraciones. Un tendero comentó: «Vino poca gente, nomás los que de veras necesitaban. Hay miedo, y con razón».

La suspensión del transporte público del día anterior había dejado a muchas personas varadas y sin posibilidad de moverse. Para este lunes, el servicio se restablecía de manera parcial, pero la desconfianza persistía. «Ahorita estamos viendo si realmente ya se puede andar con confianza», mencionó una mujer que esperaba el autobús en la central.

La reflexión sobre lo ocurrido era un tema común entre los ocotlenses. La mayoría coincidía en que, aunque la vida debía continuar, la experiencia del domingo había cambiado su percepción de seguridad. La frase de un habitante resumía el ambiente: «Esto no se olvida fácil. Uno ya no sabe cuándo va a ser el próximo susto».

Uno se acostumbra al ruido de las balas

La noche del domingo 22 de febrero, mientras la Zona Metropolitana de Guadalajara intentaba sobrellevar las horas de encierro, en la colonia Balcones de Cuauhtémoc, en Tlaquepaque, los disparos no eran una novedad, sino parte del paisaje sonoro.

«Uno se acostumbra al ruido de las balas», comentó un vecino de la colonia. «Ya sabemos cuándo son balazos y cuándo son cuetes. Anoche se escucharon varios, pero ya no nos asustamos como antes». Su testimonio refleja la normalización de la violencia en ciertas zonas del área metropolitana, donde los enfrentamientos y las detonaciones son recurrentes.

Durante la jornada violenta del domingo, los habitantes de Balcones de Cuauhtémoc siguieron el mismo protocolo de siempre: encerrarse, alejarse de las ventanas y esperar a que el ruido cesara. «Aquí ya sabemos cómo le hacemos. Bajamos las cortinas, nos metemos para adentro y esperamos. No hay de otra», relató una mujer.

El lunes, la vida en la colonia intentaba retomar su curso. Algunos niños jugaban en la calle, aunque bajo la supervisión constante de los adultos. Las tiendas de abarrotes abrieron, pero los dueños se mantenían alerta. La rutina, marcada por la violencia cotidiana, se imponía una vez más.

Sin embargo, el ambiente era distinto. La magnitud de lo ocurrido el domingo, con bloqueos en todo el estado y la noticia de la muerte de un líder criminal, generaba una mezcla de incertidumbre y resignación. «Ojalá y esto no traiga más violencia», deseaba un vecino. «Pero uno ya está acostumbrado. Aquí seguimos, sobreviviendo».

Un largo domingo

El domingo 22 de febrero pareció no terminar nunca. Para muchos jaliscienses, la sensación de angustia y encierro se prolongó durante horas que se sintieron eternas. Este texto recoge las vivencias de ese día interminable.

Desde la mañana, cuando las primeras noticias de bloqueos comenzaron a circular, hasta la noche, cuando el silencio tenso se instaló en las colonias, la jornada fue un continuo de incertidumbre. Las familias se encerraron en sus casas, pegadas a los teléfonos y las televisiones, tratando de descifrar qué estaba pasando realmente.

«Fue el día más largo de mi vida», comentó una mujer de Guadalajara. «Las horas no pasaban. Escuchábamos ruidos y nos asustábamos. No sabíamos si iba a terminar bien o mal».

El transporte suspendido, las calles vacías, los negocios cerrados crearon una atmósfera de ciudad fantasma. Quienes vivieron el encierro lo describen como una experiencia claustrofóbica, donde el exterior se volvió amenazante y el hogar, aunque refugio, también era una prisión.

Para algunos, el domingo se alargó por la espera de noticias de seres queridos que estaban fuera. Para otros, por el miedo constante a que la violencia tocara su puerta. Y para todos, por la certeza de que, al despertar el lunes, la normalidad no regresaría de inmediato.

«Fue un domingo que no acababa», resumió un joven. «Y cuando acabó, supimos que algo había cambiado para siempre».

Guadalajara intenta volver a la normalidad

Dos días después de la jornada violenta que paralizó el estado, Guadalajara y su zona metropolitana comenzaban este martes un lento y cauteloso regreso a la normalidad. La noticia de la muerte de Nemesio Oseguera «El Mencho» y la reacción violenta de su cártel dejaron una estela de miedo, incertidumbre y daños materiales.

El transporte público operaba con regularidad, aunque con menos afluencia de lo habitual. Las calles, que el domingo permanecieron vacías, volvieron a llenarse de automóviles, pero con un ritmo distinto, más pausado. Muchos comercios, especialmente los de menor tamaño, optaron por mantener las cortinas cerradas, evaluando el ambiente antes de reabrir.

«Estamos abriendo, pero con miedo», comentó el dueño de una papelería en el centro de Guadalajara. «Necesitamos trabajar, pero también cuidarnos. Ojalá esto ya se haya calmado de verdad».

En las pláticas cotidianas, el tema dominante era lo ocurrido el domingo. La mayoría de las personas coincidía en que la violencia había sido un parteaguas, un recordatorio brutal de la fragilidad de la seguridad. «Ya sabíamos que esto podía pasar, pero verlo tan cerca, tan real, es diferente», opinaba una oficinista mientras esperaba el autobús.

Las autoridades llamaron a la calma y aseguraron que se mantendrían los operativos de seguridad para prevenir nuevos brotes violentos. Sin embargo, la confianza de la ciudadanía estaba lejos de recuperarse por completo. La sombra de lo ocurrido el fin de semana se proyectaba sobre cualquier intento de retomar la rutina.

A pesar de todo, la vida buscaba su cauce. Las escuelas reabrieron sus puertas, aunque con algunas ausencias. Las oficinas y fábricas retomaron actividades. Pero en cada esquina, en cada mirada, quedaba la huella de un domingo que Jalisco no olvidará fácilmente. La normalidad, si es que llegaba, sería una normalidad distinta, marcada por el recuerdo de la violencia y la conciencia de que podía repetirse.

Caminar desde el miedo en una ciudad que se cerraba

Caminar por las calles de Guadalajara el domingo 22 de febrero fue una experiencia atravesada por el miedo. Quienes no tuvieron más opción que salir, o quienes se vieron sorprendidos por los acontecimientos lejos de casa, vivieron la ciudad como un territorio hostil que se cerraba ante sus ojos.

«Salí temprano a comprar la comida, como siempre», relató una señora en Tlaquepaque. «Cuando quise regresar, ya no pasaban los camiones. Tuve que venirme caminando, pero con el miedo de toparme con algo. Veía para todos lados, escuchaba cada ruido».

La suspensión del transporte público dejó a miles de personas varadas o forzadas a realizar largas caminatas para regresar a casa. Las calles, semivacías, se percibían como un escenario de peligro potencial. Cada esquina, cada callejón, podía ser el lugar de un encuentro violento.

«Me tocó ver cómo la gente corría», recordó un joven que logró refugiarse en un local comercial. «De repente se oyeron unos balazos y todos empezaron a correr. No sabíamos para dónde. Fue un caos».

Otros testimonios hablan de la solidaridad entre desconocidos. Comerciantes que abrieron sus puertas para dar refugio, personas que compartieron información sobre rutas seguras, familias que ofrecieron su teléfono para que otros avisaran a sus seres queridos. En medio del miedo, también surgieron gestos de humanidad.

Pero la experiencia de caminar por una ciudad paralizada dejó una marca profunda. La sensación de vulnerabilidad, de estar a merced de lo que pudiera ocurrir, se grabó en la memoria de quienes la vivieron. Como lo expresó una mujer: «Uno nunca piensa que le va a tocar caminar así, con el miedo pegado al cuerpo, sin saber si vas a llegar bien a tu casa».

Silencio en el pueblo

Mientras la Zona Metropolitana de Guadalajara concentraba la atención mediática, en los pueblos y municipios del interior de Jalisco la violencia del domingo 22 de febrero también se hizo sentir, aunque de una manera distinta: con un silencio sepulcral que contrastaba con la vida cotidiana.

En pueblos de la región Sur, como Tapalpa, el epicentro del operativo, el miedo se instaló desde muy temprano. «Aquí se oyó todo», comentó un habitante de Tapalpa vía telefónica. «Desde la mañana, se escucharon las balaceras, los helicópteros. La gente no salió para nada. Fue un día de mucho silencio y mucho miedo».

En municipios como Sayula, Ciudad Guzmán o Tamazula, los bloqueos en carreteras y la quema de vehículos aislaron a las comunidades. Quienes tenían planeado viajar, no pudieron hacerlo. Los que estaban fuera, no pudieron regresar.

«Mi hija se quedó en Guadalajara», dijo una madre en Autlán. «No pudo venir. Estuvimos todo el día sin saber bien qué pasaba, con el teléfono, viendo las noticias. Fue angustioso no tenerla cerca».

El silencio en los pueblos fue roto únicamente por el paso de convoyes militares o por el rumor de nuevas quemas en las carreteras cercanas. Las plazas, siempre llenas de vida los domingos, permanecieron vacías. Los comercios, cerrados. La sensación de que la violencia había tocado las puertas del terruño era unánime.

«En el pueblo todo se sabe», reflexionó un joven de Zapotlán el Grande. «Pero ese día, el silencio fue lo que más habló. Un silencio que daba más miedo que cualquier ruido».

Para quienes viven fuera de la gran ciudad, la jornada violenta confirmó que el conflicto no respeta geografías. El crimen organizado, con su capacidad de despliegue, puede llegar a cualquier rincón. Y en esos rincones, la experiencia de la violencia se vive con la angustia de la lejanía y la impotencia de no tener control sobre lo que ocurre.

Mientras la ciudad se detiene

En el sur de Jalisco, la mañana del domingo 22 de febrero también trajo consigo el caos y el desconcierto. Municipios como Zapotlán el Grande (Ciudad Guzmán) y Sayula fueron escenario de bloqueos, quema de vehículos y una parálisis total de actividades.

«Estábamos desayunando cuando empezaron a llegar los mensajes», relató un habitante de Ciudad Guzmán. «Decían que en la carretera estaban quemando camiones, que no se podía pasar. Luego supimos que también en otros lados. La ciudad se detuvo por completo».

El miedo se apoderó rápidamente de la población. Las familias se encerraron en sus casas, mientras las autoridades locales activaban protocolos de emergencia. La incertidumbre sobre la magnitud de los hechos y su duración generó un clima de tensión que se prolongó durante horas.

«Lo más difícil fue no saber qué hacer», comentó una joven de Sayula. «Si salir a comprar algo, si quedarte. No había información clara, solo los rumores que corrían por WhatsApp».

En las carreteras que conectan el sur con el resto del estado, el panorama era desolador. Vehículos incendiados, filas interminables de autos varados, personas que abandonaban sus coches para buscar refugio en poblaciones cercanas. La región, conocida por su actividad comercial y su vocación universitaria, se convirtió en una zona de tensión.

Pasadas las horas, con la llegada de fuerzas federales y la reapertura gradual de las vías, la calma empezó a restablecerse. Pero la experiencia dejó huella. «Nunca habíamos vivido algo así», expresó un comerciante de Ciudad Guzmán. «Sabíamos de la violencia, pero verla así, tan cerca, paralizando todo, es otra cosa. Te das cuenta de lo frágil que es todo».

Crecer entre balas y en cartografías del miedo

El domingo 22 de febrero fue un episodio más, aunque de particular intensidad, en la vida de quienes han crecido en contextos de violencia. Para muchos jóvenes de Jalisco, el miedo y las balas no son una novedad, sino parte de su cartografía cotidiana.

«Yo crecí escuchando balazos en mi colonia», relata un joven de la zona de Oblatos, en Guadalajara. «Para mí, eso siempre fue normal. El domingo fue como un domingo cualquiera, pero más fuerte. Más quemas, más miedo, pero al final, lo de siempre».

Su testimonio refleja la normalización de la violencia en ciertos entornos urbanos. Para quienes habitan colonias periféricas o zonas de alta conflictividad, el sonido de las detonaciones y la presencia de grupos armados son parte del paisaje. Crecen aprendiendo a identificar los sonidos, a saber cuándo es seguro salir y cuándo es mejor quedarse adentro.

«Mi mamá siempre nos decía: si oyen balazos, tírense al suelo, aléjense de las ventanas», recuerda una joven de Tlaquepaque. «Eso lo aprendimos desde chiquitos. Así crecimos».

Esta cartografía del miedo no solo es física, sino también emocional y social. Implica saber qué calles no transitar, a qué horas, con quién juntarse y de quién alejarse. Implica una desconfianza constante y la conciencia de que la violencia puede irrumpir en cualquier momento.

El domingo 22 de febrero, para estos jóvenes, fue la confirmación de que el peligro es real y está siempre presente. Pero también fue un recordatorio de su capacidad de adaptación y resistencia. «Uno aprende a vivir con eso», dice el joven de Oblatos. «No es que nos guste, pero es lo que hay. Y aquí seguimos».

Dos días lejos de casa

Lo que para muchos era un fin de semana de descanso en la montaña, para Diego se convirtió en una pesadilla de incertidumbre. Este joven, que viajó a Mazamitla el sábado 21 de febrero, se vio atrapado en el pueblo mágico debido a los bloqueos y la violencia desatada al día siguiente.

«Salimos el sábado tranquilos, pensando en pasar un domingo relajado y regresar por la noche», relata Diego vía telefónica desde Mazamitla, donde finalmente pudo volver hasta el martes. «El domingo en la mañana empezamos a ver noticias, pero no les creímos mucho. Hasta que ya no pudimos salir».

Los caminos hacia la ciudad estaban bloqueados o eran considerados de alto riesgo. Las autoridades recomendaron no transitar. Lo que sería un viaje de un par de horas se convirtió en una espera de dos días sin fecha clara de regreso.

«Lo más difícil fue no saber cuándo íbamos a poder volver. Tampoco teníamos mucha comida, porque no habíamos planeado quedarnos tanto. Tuvimos que racionar lo que traíamos y comprar algo en el pueblo, pero hasta eso daba miedo salir».

Diego y sus acompañantes pasaron el domingo y el lunes encerrados en la cabaña, pegados al teléfono, viendo cómo la violencia se extendía. La comunicación con sus familias era constante, pero no lograba calmar la angustia.

«Mi mamá estaba muy preocupada. Le decía que estábamos bien, pero yo también sentía miedo. No sabíamos si en cualquier momento iba a llegar la violencia hasta allá. Por suerte, la gente de Mazamitla nos ayudó, nos dijeron dónde comprar y nos dieron información».

Finalmente, el martes 24 de febrero, con las carreteras reabiertas y un operativo de seguridad, Diego y sus amigos pudieron emprender el regreso. El viaje fue lento, con retenes militares y una tensión que no los abandonó hasta llegar a casa.

«Llegar fue un alivio enorme», confiesa. «Pero todavía siento el miedo. Te das cuenta de lo rápido que todo puede cambiar, de cómo un paseo se puede convertir en algo así. No creo que lo olvide fácilmente».

Abatidos

El saldo de la jornada violenta del 22 de febrero no solo se mide en vehículos quemados o negocios saqueados. Detrás de las cifras oficiales, hay historias de personas que perdieron la vida, que fueron «abatidas» en el fuego cruzado o como parte de la respuesta del crimen organizado.

La Fiscalía de Jalisco confirmó 12 personas fallecidas. Doce nombres, doce familias, doce historias que se truncaron ese domingo. Entre ellas, la de un conductor de aplicación que fue atacado en un bloqueo, la de un joven que circulaba por una carretera en el momento equivocado, la de un transeúnte que se encontró con la violencia en su camino.

Uno de los casos que más conmocionó fue el de una familia que viajaba por la carretera a Chapala. Su vehículo fue alcanzado por las balas en medio de un enfrentamiento. Padres e hijos, todos fallecidos. Su muerte, como la de otros, quedó envuelta en la confusión y el dolor de una jornada que nadie esperaba.

«Eran personas normales, como cualquiera de nosotros», comenta un vecino de una de las víctimas en Tlaquepaque. «Salieron a hacer sus cosas y ya no regresaron. Así de fácil. Así de horrible».

Los nombres de los fallecidos han comenzado a aparecer en esquelas y en redes sociales, donde amigos y familiares les rinden homenaje. Pero para muchos, la sensación es que estas muertes se suman a una larga lista de víctimas de la violencia en Jalisco, una lista que no deja de crecer.

«Abatidos», los llaman los reportes oficiales. Una palabra fría que no alcanza a capturar el drama de quienes perdieron la vida ni el vacío que dejan en sus seres queridos. Detrás de cada cifra, hay una historia de amor, de sueños, de rutina interrumpida para siempre.

Este trabajo fue publicado originalmente en ZONA DOCS que forma parte de Territorial Alianza de Medios. Aquí puedes consultar su publicación.

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