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“Hemos construido demasiadas certezas que impiden dialogar”: José Carlos Agüero

Texto: Daniela Rea Foto: Rafael Carmona

José Carlos Agüero es historiador y poeta. Es también hijo de dos senderistas que fueron ejecutados de manera extrajudicial por las fuerzas armadas del Perú. Desde esa posición, hace una apuesta para intentar un diálogo en su país, poniendo sobre la mesa la memoria de sus padres

LIMA, PERÚ.- En 2015 José Carlos Agüero publicó el libro “Los Rendidos. Sobre el don de perdonar”. Con ese libro intentó abrir un diálogo en la sociedad peruana del post conflicto. A diferencia de los muchos libros que se publican en un país sumido en la violencia (como ha sucedido en México) este tenía una peculiaridad: para intentar un diálogo que rompiera las certezas de más de 30 años de conflicto entre terroristas y fuerzas armadas, José Carlos puso sobre la mesa la memoria de sus padres.

Agüero no usó el libro para legitimar, defender o reivindicar a sus padres, quienes fueron integrantes del grupo terrorista Sendero Luminoso y asesinados por las fuerzas armadas del Perú. Hizo justo lo contrario. Los cuestionó, los compartió para que fueran cuestionados por otros. Fue una apuesta, un primer paso en espera de que el resto tomara ese gesto y respondiera a esa propuesta de diálogo.

Ahora, habla sobre la importancia de debatir las certezas sobre las que se ha construido una memoria social; sobre cómo imaginar un diálogo cuando no se sabe o no se tiene certeza de quién es el interlocutor; sobre las comisiones de verdad y la justicia transicional como una forma de asumir de facto la impunidad y la injusticia; sobre la justicia misma y la forma de darle contenido a esa palabra a través de otras justicias, más pequeñas y silenciosas, que son gestionadas por actores del conflicto que han decidido moverse de lugar al asumir el dolor del otro.

— ¿Por qué basar tu libro en la duda, en la honestidad de la duda?

— La complejidad que plantea en sí misma la realidad de la violencia, por lo menos en este país, ha construido a lo largo de los años muchas certezas, tanto de las propias organizaciones de base, de víctimas, del movimiento de derechos humanos, de la academia, la prensa, el poder. Han construido certezas con más o menos suerte y con más o menos mala intención. Entonces, como que no hay mucho que discutir cuando ya todo tiene una explicación o hay discursos legitimados. Algunos que se han consolidado mucho y forman el sentido común para pensar y sentir, sobre todo sentir, relacionarnos con el presente y es casi fascista en algunos aspectos y no deja espacio para aproximarte de otra forma, con curiosidad. La curiosidad está muerta porque sentir curiosidad es casi ser inmoral: si está claro que hubo violencia criminal, terrorismo y culpables, ¿qué más quieres saber?

También los organismos de derechos humanos y víctimas han construido un universo de certezas que les han sido útiles y eso ha tenido consecuencias institucionales. Por ejemplo, el programa integral de reparaciones —un consenso de derecha con izquierda, de organizaciones de derechos humanos con Estado— dice que solo pueden ser incluidas y atendidas personas que encajen con esa definición; digamos, si fuiste una mujer de organización terrorista y te violaron en una institución militar, esa persona no puede ser considerada víctima, y eso es una ley. Quedan en un rango fantasmal, como los excluidos. No es víctima inocente, es culpable.

— ¿Como entenderlo en un contexto donde la gran mayoría de víctimas no tiene antecedentes políticos, sino que son personas comunes que fueron atacadas por el Estado u organizaciones criminales?

— Las experiencias no son cosa trasplantable así nomás. En el cono sur reivindican la militancia y a partir de eso han construido su organización de derechos humanos y reclamo actual. Cuando vienen acá sienten que deberíamos pensar igual, que Sendero forma parte de ese orgullo militante y les cuesta a algunos entender cuando les explicamos que no es igual, no es las FARC, el MIR, los Tupamaros, y no hay mucho que reivindicar en tanto herencia de orgullo progresista. Creo que en esos temas hay un punto ciego en la mirada de los colegas chilenos, argentinos, que reivindican demasiado el orgullo militante y les impide mirar… En otros casos –como el mexicano- siempre habrá estigmatización en el delincuente común. Su suerte no importa a nadie, son gente pobre. Y a nadie le parece mal. Y en tanto la impunidad es nuestra institución más vieja, tampoco a nadie le sorprenderá que no hay acceso a la justicia para nadie en general y menos para alguien criminalizado.

No es la misma situación. El senderista o el subversivo o el terrorista casi es considerado una no persona y quedan al margen de todas las relaciones. No es un tabú, es poca voz. No está prohibido que hablen, sino que da lo mismo.

— Tu libro es un lugar seguro en el que se puede hablar, se puede dudar, confrontar. En el que todo cabe, en cuanto a dudas, sensaciones, opiniones. Pero es difícil construir un lugar así en el espacio público para que hablemos. ¿Cómo se puede hacer?

— No lo sé, porque aquí tampoco pasa. En mi libro es una singularidad, es un esfuerzo consciente de intentar generar lo que propones.

Me gustaría que pudiéramos hablar y no lo hacemos porque todos tenemos miedo, entonces, hay que intentar desactivar esos miedos para que podamos discrepar. Cada cierto tiempo hay una crisis que nos vuelve a colocar en la vida real y nos llama al orden, suele ser pesado. Yo quería que el libro tuviera una oportunidad, que no fuera rechazado de inmediato, que la gente le diera una chance, lo pensé, no era solo una táctica.

Lo que hice o intenté hacer es no reivindicar la herencia. No me siento portador de ninguna tradición guerrera, ni de ningún orgullo guerrillero, todo lo contrario. Si se va a intentar pedirle a los demás que suspendan sus normales ansiedades y miedos y reticencias, hay que dar algo. Por lo menos así lo entiendo. No se puede solo pedirle al otro que sea democrático, tolerante. No debemos pedirle al país que esté lleno de héroes cívicos, está lleno de gente, nomás. Bueno, si quieren voy a usar a mis padres para este intercambio y no los voy a defender, debería, hay cosas que rescatar también de su historia, no solo son agentes del mal, pero para esta comunicación que quiero empezar a discutir con ustedes lo que voy a hacer es criticarlos, ninguna excusa. Me caían bien, fueron buenos padres, los amaba, fueron buenos dirigentes sindicales, buenos militantes de izquierda y creo que tenían buenas intenciones. ¡Pero todo esto generó un daño incalculable! y como he trabajado tanto el tema de derechos humanos no puedo hacer como que no es cierto, que solo es propaganda de la derecha. Ese daño es cierto y hay que decirlo. Alguien tiene que asumirlo.

— En México la impunidad es tan grande que hay una sensación de que se debe santificar a las víctimas para tener derecho a exigir justicia.

— Hay una clave ahí, es una clave dolorosa porque hay que renunciar a algo, y no es algo baladí. Y más si no sabes si el Estado va a recibir la flor -muy posiblemente no lo haga-, pero ahí hay una apuesta, es una lucha. Se plantea en otros términos, no en los términos tradicionales de ‘yo defiendo a mis muertos’, todos acabamos defendiendo a nuestros muertos y vamos a estar llenos de cadáveres y tumbas, no sé si esa sea la discusión del siglo XXI, la entiendo para el siglo XX, solo que ahora no creo que deba ser.

— Es difícil que una sociedad lastimada quiera ceder…

— Claro, es difícil, porque cualquier mancha es perder, no hay nadie ahí para leer tu gesto, no hay correspondencia, parece gratuito, ingenuo. Y posiblemente lo sea.

— ¿Algo te hizo sentir en la posibilidad de hacer ese gesto? ¿Un contexto, un tiempo? ¿Hay un tiempo para el perdón?

— No creo, yo no lo sentí, en todo caso. Creo que se hacen los tiempos, soy voluntarista. No habría pasado nada si unas cuantas personas no empiezan a tomar un riesgo.

— ¿Cómo apostar a un dialogo cuando no sabes quién es tu interlocutor?

— Las comisiones de la verdad tal vez no sean el camino. Es un trasplante de modelos que no necesariamente van a funcionar. Ni siquiera en los países donde ha habido, después de dictaduras, conflictos civiles, está tan claro que haya sido tan positivo. En este intercambio de palabra por impunidad -que es en última instancia el modelo-, no podemos procesarlo todo porque es demasiado crimen, grande, sistemático. No se puede pasar por la justicia penal, entonces convirtámoslo en un intercambio cultural: la palabra, la verdad, el esclarecimiento, la reparación simbólica… No estoy seguro de que las cosas sean tan felices siempre.

Desde la Comisión de Verdad de Argentina nos hemos venido entrenando como civilización para la aplicación de la justicia transicional, desde Sábato hasta Santos y Timochenko. Cositas habríamos aprendido, experiencia sabríamos sacado y mira lo que está, todos los días muere alguien.

Muy probablemente la comisión de la verdad acabe por legitimar, darle moralidad a un continuum de impunidad. No me gustan los mecanismos de justicia transicional imponiéndose como soluciones a todas nuestras miserias.

— ¿Aunque se hable de castigo a los culpables?

— Pero casi nunca es así, la justicia transicional consiste en el reconocimiento de la imposibilidad de llevar a la justicia a los responsables y por lo tanto de una administración poderosamente simbólica. El modelo permite a los países en graves crisis salir de ellas y no prolongarlas. Pero en cualquiera de sus versiones tiene algunos principios básicos, el más importante es el reconocimiento de que esa sociedad está en incapacidad de procesar por sí misma la enorme cantidad de crímenes que ha cometido; como no puede, hay que dar de alguna manera justicia de transición, la justicia de transición implica en todos los casos, en diferentes niveles, impunidad. Como el sistema penal no podrá investigar 100 mil muertes entonces el acuerdo político es crear un mecanismo no jurisdiccional, algunos se llamarán comisión de la verdad, comisión de la implementación de acuerdos de paz. ¿Qué ofrece como bueno a cambio de eso? Porque estas cediendo el reconocimiento de la sociedad y de la institucionalidad de su incapacidad punitiva. Como no puede dar justicia ofrece otras cosas: esclarecimiento, eventualmente conforta a los que han sufrido a través de la verdad, la memoria y la reparación y, algunos casos que sean poderosamente simbólicos, habrá justicia. Diez casos, de 100 mil.

En Colombia, uno de los acuerdos fue no llevar a juicio a los grandes dirigentes de las FARC, por eso firmaron. ¡Y por encima van a ser parlamentarios! Y eso lo definen quienes tienen poder. Todos los que han sido víctimas de las FARC -que son miles de personas por años-, de pronto ni siquiera los vamos a poder denunciar. Es complicado

Creo que está bien que la gente se entusiasme por encontrar respuestas a los dramas. Creo que sería bien útil que se participara en todos esos procesos con una mirada profundamente crítica. Participa y critica, pon en duda, problematiza. Todo el tiempo, a ti mismo, a tus aliados, a las decisiones, no darlas por hechas. No creo que haya que celebrar nada, no es la actitud. ‘Ah ahora si va a florecer la memoria, la palabra’ no, no es. Hay que tomarlo en serio y eso implica ser conscientes de las limitaciones del propio enfoque, no solo aplicarlo con alegría, con pragmatismo. Apostaría por una participación profundamente crítica.

— ¿En qué sí crees?

— Yo creo que hay que rescatar las experiencias de la gente, conectarnos con esas experiencias, volverlas a hacer andar. De ahí la suerte que corran respecto de las instituciones está fuera de nuestro control y nos vamos a frustrar si pensamos que de ahí viene la transición, una mejor democracia a mucha más justicia. Podemos ampliar el espectro de las experiencias que pueblen nuestra imaginación por lo menos.

Estos procesos (de justicia transicional) ordenan el mundo: buenos, malos, procesos de reparación… es como una fórmula, burocratizando todo. Pero hay que sacarle provecho a eso que se va a dar para desencadenar otro tipo de procesos. Buscarle la vuelta al poder, a las distancias.

Cuando estábamos discutiendo como sería el Museo de la Memoria de Lima, teníamos dudas de qué enfoque darle, y decidimos preguntarle a la gente, dejar de lado nuestras lecturas de memoria, los expertos, la academia e hicimos una consulta con víctimas famosas y víctimas de barrios y familiares de soldados, policías, rondas campesinas –a los senderistas no, eso no se puede-. Y las dos conclusiones más importantes fueron, primero: no queremos eso de perpetradores y víctimas, sí claro somos víctimas, pero no solo eso, tenemos mucha más vida; segundo: vimos que los familiares no estaban tan preocupados en afirmar sus identidades, gente que sufrió y también vivió, quería que se notara también su lucha, su ciudadanía más que su construcción como víctimas y no les importaba tanto compartir el espacio con gente que venía de las fuerzas armadas o policías. Nos sorprendió.

— ¿Qué crees que haya generado esta actitud?

— Que es gente que va madurando, que pasó un poco de tiempo. Esas mismas personas odiaban cualquier cosa que tuviera que ver con policías, pero luego, cuando veían a sus familiares o a los sobrevivientes militares participando en las reuniones, lo que veían era el sufrimiento compartido. Entonces lo que propuse para el Museo fue un espacio para que pudiéramos compartir experiencias. No las narrativas, porque todos tienen una narrativa que ordena el mundo. El mundo de la guerra, mucho más claramente. Y ahí quizá nunca nos pongamos de acuerdo, pero la experiencia, en este caso una experiencia que está relacionada con una pérdida, eso sí lo pueden compartir. Ahí hay algo importante que no estaba previsto ni en la comisión de la verdad, ni procesos de reparación, tampoco acá.

— Sobre la justicia. Personalmente me cuesta trabajo darle significado a esa palabra…

— Tienes que pasar por alto que la justicia no es fundamentalmente corrupta, que no es cómplice, para después esperar algo de la justicia. Desde ese punto, que recibas algo de esa institucionalidad, no sé cuánto te pueda reconfortar. Personalmente no espero nada de esa justicia por eso no busco a los culpables de mis padres, nada de ahí es útil para mí, pero eso es una cosa.

A mucha gente sí, y es recontra importante porque, más allá de lo jurisdiccional es como el deseo de obtener un reconocimiento, es la seña de que importa un poco, no solamente al familiar de la víctima, sino que existes, existió el muerto, existe tu dolor. Es casi una certificación de existencia y eso debe ser, me imagino, un poco más reconfortante.

Más allá de esto, lo que me importa es la posibilidad de cambiar las relaciones entre las personas, cambiar algo en torno a conceptos como la justicia la restauración. No tanto el caso, no el procedimiento penal, no, sino algo que podamos desmontar de esto que no es una solución, sino un problema, que es la administración de justicia como cómplice del ejercicio del poder. Eso me parece importante, desmontar el sistema de justicia que en realidad es un sistema de producción de impunidad; evidenciar que es todo un sistema que tiene décadas funcionando para producir impunidad, no justicia. Y funciona.

Y la otra que me importa es el cambio de roles de las personas que conviven en un proceso de violencia. Esa es la justicia en la que creo, la que uno se gestiona por sí mismo, por ejemplo, que alguien siente que sería bueno para otra persona darle información se la dé, que le cuente qué sabe, qué vio … salir del rol de ‘me protejo solo a mí’, moverte, moverte. Eso es mucho más chico, no es espectacular, no es sistémico, pero tiene muchísima potencia, cambia las relaciones entre la gente y lo he visto. Las personas se colocan en otro lugar, quieren aportar de otra forma, no quieren odiar más. Otro lugar desde donde colocarse, que puede generar otro tipo de consecuencias. La empatía no es suficiente, la emoción no es suficiente, son superficialidades. Se tiene que trabajar superando ese nivel empático; si quieres compartir con el otro, tienes que compartir con certeza, con conciencia, con entrega, en el sentido de que entregas tú contenido para sacar el contenido del otro. Es radical, no es solo ponerme en los zapatos de los demás… es una… tienes que ceder. Aceptar. Aceptar lo que te toca.

— ¿Cómo se acepta algo?

— Es un ejercicio duro. Todos tenemos parte en este asunto, no hay un inocente en este tema. Piensa y acéptalo, hazte cargo de lo que te toque. Por ejemplo, alguien que diga ‘yo trabajaba periodísticamente estos asuntos, me hice famoso, saqué libros’ sobre eso también se puede reflexionar, eso tiene un hombre, un mercader del sufrimiento o no, discutamos sobre esto, es tu parte. Después si quieres regálame tu empatía, pero no sobre la base de buenos, pobrecitos todos. No. Hazte cargo.

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“Este trabajo forma parte del proyecto Pie de Página, realizado por la Red de Periodistas de a Pie. Conoce más del proyecto aquí: https://piedepagina.mx“.

Reportera. Autora del libro “Nadie les pidió perdón”; y coautora del libro La Tropa. Por qué mata un soldado”. Dirigió el documental “No sucumbió la eternidad”. Escribe sobre el impacto social de la violencia y los cuidados. Quería ser marinera.

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