La capital mexicana amaneció el 10 de enero con un murmullo que pronto se convirtió en un grito colectivo. Mientras, en Caracas, el gobierno desmentía alertas de peligro y recibía ayuda médica urgente desde Brasil. Dos realidades distantes, unidas por un hecho que ha sacudido los cimientos de la región: el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas militares estadounidenses
Texto y fotos: Camilo Ocampo
CIUDAD DE MÉXICO. – La crónica comienza con un hilo de humo en el asfalto y el sonido de miles de pies avanzando por el Paseo de la Reforma. Son poco más de las diez de la mañana. Bajo la sombra del Ángel de la Independencia, un hombre de barba canosa ajusta una manta sobre sus hombros. En ella, pintada a mano, se lee una sentencia histórica que hoy resuena con urgencia renovada: “Fuera yanquis de América Latina”. A su lado, una mujer joven sostiene un cartel con el rostro de Nicolás Maduro y la fecha del ataque: 3 de enero de 2026.
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Este es el punto de partida de una protesta que, según cifras oficiales, reuniría a más de cuatro mil almas. Una multitud heterogénea —obreros del SME con sus camisetas gastadas, estudiantes con pañuelos verdes, ecologistas con banderas de la Tierra— se funde en una sola columna que avanza hacia la Secretaría de Relaciones Exteriores. El aire huele a pintura en aerosol y determinación. En las paredes de los edificios bancarios, las manos anónimas dejan su testimonio: “Trump racista”, “Yankees go home”.
En medio de la marea humana, la voz de Fernando de Anda, “Monero Fer”, se alza clara. Sus palabras no son un discurso preparado, sino el pensamiento en bruto de un pueblo herido. “Esto es algo que apenas comienza”, reflexiona, mientras a su alrededor las consignas no cesan.
“Es un hecho que, de la mano de los abusos de Trump, vienen muchas otras problemáticas”.
Su mirada se dirige hacia los rascacielos que bordean la avenida, como si en ellos pudiera leer el mapa de una injerencia que llega disfrazada de inversión y progreso. “Tenemos que voltear a ver a Estados Unidos como un país peligroso, que le ha hecho mucho daño al mundo”. La frase, lapidaria, se propaga de boca en boca.
Atrás, casi al final de la marcha, el Frente Popular Francisco Villa avanza con paso lento y ceremonioso. Entre ellos, cargada por cuatro personas, una pancarta monumental exhibe los rostros de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, unidos bajo la promesa que ha guiado a generaciones: “Patria o muerte, venceremos”.
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El hombre que porta la esquina izquierda del lienzo, sudor en la frente, explica a quien quiera escuchar:
“Cuando hablamos de la unidad de las izquierdas, hablamos de construir puentes… con la intención de profundizar una política verdaderamente popular”.

Mientras México se moviliza, en Caracas la mañana transcurre con una tensa calma. En la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, el canciller Yván Gil firma un comunicado urgente. Estados Unidos ha emitido una alerta de seguridad, instando a sus ciudadanos a abandonar Venezuela.
La respuesta del gobierno bolivariano es rápida y firme: “La totalidad de las armas se encuentran bajo el control del Gobierno Bolivariano, único garante… de la tranquilidad del pueblo”. La negación es categórica; un esfuerzo por negar el caos que el enemigo pretende proyectar.
Pero el acto más simbólico ocurre a miles de kilómetros de allí, en una habitación cuya ubicación exacta se desconoce. A través de sus abogados, el presidente Nicolás Maduro, secuestrado y retenido en Nueva York como “prisionero de guerra”, logra hacer llegar su primer mensaje. Su hijo, Nicolás Maduro Guerra, lo comparte con la prensa, la voz quebrada por la emoción: “Estamos bien, somos unos luchadores”.
El mensaje, breve y potente, atraviesa océanos y llega a los celulares de los manifestantes en México casi al instante, avivando la llama de la protesta. “Un hombre que no pudieron vencer por ninguna vía y tuvieron que usar una fuerza desproporcionada”, relata el hijo, “pero no lo vencieron, él está fuerte”.
En el aeropuerto internacional de Maiquetía, en el estado La Guaira, Venezuela, la escena es distinta pero igualmente conmovedora. Un avión de carga procedente de São Paulo, Brasil, abre sus compuertas. No trae armas ni declaraciones, sino 40 toneladas de insumos médicos: dializadores, catéteres, soluciones para hemodiálisis. Son los primeros de un total de 300 toneladas prometidas por el gobierno de Lula da Silva.
La vicepresidenta Gabriela Jiménez recibe la carga con los ojos húmedos. “Este cargamento está orientado a la atención del daño que afectó el bombardeo… al almacén de hemodiálisis”, explica. El bombardeo del 3 de enero no solo secuestró a un presidente; destruyó 85 contenedores con la esperanza de miles de pacientes renales, muchos de ellos niños. Ahora, la ayuda de un vecino hermano comienza a suturar esa herida.
La embajadora brasileña, Glivânia Maria de Oliveira, observa la descarga. Su presencia es un mensaje diplomático en sí mismo. Transmite las palabras de Lula: un “espíritu solidario y fraternal”en estos momentos difíciles. Esta acción, coordinada con la Organización Panamericana de la Salud, es la solidaridad hecha logística, un contrapunto concreto a la violencia que la precede.

De vuelta en la Ciudad de México, la marcha llega a su destino final: las puertas de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE). Allí se ha instalado un templete. Uno a uno, los representantes de las organizaciones toman el micrófono. Un dirigente del Sindicato Mexicano de Electricistas advierte, con voz grave:
“No piensen que no han llegado: ya están aquí, a través de empresarios, patrones y una oposición que pide a gritos la intervención extranjera. Son traidores”.
Más tarde, una portavoz de la Asamblea Nacional de Usuarios de la Energía Eléctrica (ANUEE) lleva la denuncia a un escalofriante presente continuo: “Estamos presenciando el secuestro de un presidente en tiempo real”.
Al mismo tiempo, en la plaza Bolívar de Caracas, frente al Palacio de Miraflores, una vigilia silenciosa observa una pantalla gigante. En ella, se transmiten en vivo fragmentos de la protesta en México. La imagen de la manta “La unidad de las izquierdas” en el Paseo de la Reforma se funde con los rostros de los caraqueños que observan. No se necesitan palabras. El circuito de la solidaridad se ha cerrado: la indignación que estalló en las calles de México alimenta la resistencia en Caracas, y la entereza del mensaje de Maduro desde su cautiverio da propósito a la marcha.
La crónica de estos días no es la de un solo evento, sino la de un pulso continental. Es el pulso entre la fuerza desproporcionada de un imperio y la terca, desordenada, pero profunda voluntad de pueblos que, desde México hasta Venezuela, pasando por Brasil, han decidido que la historia de intervención y saqueo no se repetirá sin un grito de lucha que, esta vez, suena a coro unificado. La unidad, como coreaban en la Reforma, no es un deseo, sino una trinchera.
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