El problema es Bartlett

22 diciembre, 2019

La SFP pudo haber hecho una investigación exhaustiva en torno al “nuevo Manuel Bartlett”; el problema es que nadie cree en la eterna bondad del ex secretario de Gobernación que, al ser exonerado, vulnera la credibilidad de la 4T.

@chamanesco

En 1988, Irma Eréndira Sandoval cursaba el bachillerato en el Colegio de Ciencias y Humanidades; tenía 16 años y, como muchos de los que nacimos en 1972, encontró en el fraude electoral que ese año llevó a Carlos Salinas al poder, una causa para lanzarse a la protesta política.

El PRI se resistía a dejar el gobierno, el sistema se había caído, el fraude era evidente y el Frente Democrático Nacional encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas señalaba a un responsable: Manuel Bartlett Díaz, secretario de Gobernación de Miguel de la Madrid y presidente de la Comisión Federal Electoral.

Como la mayoría de los que pertenecemos a esa generación, Irma Eréndira entró a la universidad con la idea clara de que Bartlett había sido el principal artífice del fraude, el funcionario de hierro que –como lo describe Cuauhtémoc Cárdenas en sus memorias (Sobre mis pasos, 2010)– trató los reclamos de la oposición con frialdad e indiferencia.

El personaje siniestro que, aquella noche del 6 de julio de 1988, cuando recibió en el salón Juárez de Gobernación a Cárdenas, Rosario Ibarra y Manuel Clouthier, se limitó a cumplir el trámite de escuchar el llamado a la legalidad hecho por las fuerzas políticas. “Durante toda la lectura del documento, Manuel Bartlett mantuvo el gesto más adusto que de costumbre. Escuchó y de hecho nada dijo en respuesta”, narra Cárdenas.

Bartlett había sido secretario de Gobernación durante toda la administración de Miguel de la Madrid, el sexenio de los asesinatos del periodista Manuel Buendía (1984) y del agente de la DEA Kiki Camarena (1985); el gobierno que fue rebasado por la sociedad civil durante los sismos de 1985 y que nunca aclaró a dónde fueron a parar millones de dólares de ayuda internacional; la época del priismo represor y tramposo, de la compra descarada del voto y de los “fraudes patrióticos” (Chihuahua, 1986).

Después del fraude, Carlos Salinas de Gortari nombró a Bartlett secretario de Educación Pública y, en 1992, el PRI lo hizo candidato a la gubernatura de Puebla, donde gobernó sin contrapesos hasta 1999.

Con una larga carrera en el sistema PRI-gobierno, que inició en 1962, Bartlett fue durante muchos años nuestro villano favorito.

Por eso nadie le creyó cuando en 1999 se postuló como precandidato del PRI a la Presidencia, exigiendole a Ernesto Zedillo el fin del dedazo y un proceso interno democrático.

Su precampaña fue un fiasco, que culminó con un dócil Bartlett levantándole el brazo al candidato oficial Francisco Labastida Ochoa, a cambio de una senaduría.

Pero el foxismo le vino bien a Bartlett, pues fue su oportunidad para recrearse en el nacionalismo revolucionario, oponiéndose a la agenda privatizadora del PAN y buscando un acercamiento con la izquierda.

En 2003, se reunió con Cuauhtémoc Cárdenas para armar un frente común contra la reforma eléctrica promovida por Vicente Fox.

Eso le permitió lavar cara frente al PRD, pero no borró los episodios oscuros de su biografía. Un par de votos dignos en el Senado no bastaban para borrar cuatro décadas de ejercicio abusivo del poder, fraudes, impunidad y enriquecimiento personal y familiar desde los más altos cargos públicos.

O al menos eso creíamos.

En 2006, llamó a los priistas a ejercer un voto útil en favor de Andrés Manuel López Obrador, para evitar que Felipe Calderón continuara con la política neoliberal emprendida por los gobiernos del PAN y del PRI.

Después se enfrascó en un pleito legal con el entonces panista Germán Martínez, quien en una sesión del Consejo General del INE lo acusó de ser el artífice del fraude de 1988. Bartlett alegó daño moral, pero la Corte amparó el derecho a la libertad de expresión del representante del PAN. 

Ni siquiera en tribunales logró lavar esa mancha en su currículum, pero el litigio lo encarriló en las filas opositoras. 

En el sexenio calderonista, Bartlett publicó dos libros críticos de la política energética y de la “derechización” del Estado: El petróleo y Pemex, despojo a la nación (2008) y El país a debate (2012).

Eso lo acercó a López Obrador, quien maniobró para que el PT lo colocara en su lista nacional de candidatos al Senado y, en 2012, Bartlett regresó al Senado y a la política, con 76 años de edad y convertido en un duro opositor al PRI y al presidente Enrique Peña Nieto.

En 2018, treinta años después del fraude electoral, AMLO lo nombró director de la Comisión Federal de Electricidad, desatando una ola de críticas, cuestionamientos, burlas y revisiones de su pasado priista, que culminaron con la investigación periodística que reveló el gran patrimonio acumulado durante sus años como servidor público; el de él, el de sus hijos y el de la pareja con la que tiene 20 años de relación sin llegar a ser oficialmente su concubina.

Frente a la polémica, el presidente López Obrador decidió quemar sus naves en defensa de Bartlett, y condenar los cuestionamientos a su director de la CFE por ser “ataques de la derecha” hacia su proyecto transformador y nacionalista.

El presidente no considera válido ni genuino que alguien se pregunte si un funcionario con esa trayectoria puede y debe formar parte de la “cuarta transformación de la República”.

Un presidente que habla constantemente del pasado para explicar y justificar el presente ya se olvidó del fraude del 88, y su memoria selectiva ha puesto en graves aprietos a una de las funcionarias claves de su proyecto; nada más y nada menos que a la encargada del combate a la corrupción, el gran estandarte de la campaña.   

Para el lopezobradorismo, Bartlett nació en 2012 o 2018, siendo un antipriista recalcitrante, y no el hombre del viejo régimen al que detestaban.

Por eso, la Secretaría de la Función Pública sólo investigó al “nuevo Bartlett”, y obviamente no encontró ninguna irregularidad en sus funciones como titular de la CFE.

Por eso, el mismo día que la zarina anticorrupción era quemada en leña verde por exonerar a Bartlett, el presidente se paraba en una carretera a comer consomé y costilla tatemada en el comal, con la secretaria de Energía, el titular de la Unidad de Inteligencia Financiera y su protegido, presumiendo la foto en sus redes sociales.

La investigación de la SFP pudo haber sido exhaustiva y, en efecto, llegar hasta donde podía llegar con las leyes vigentes. En todo caso, el informe puede ser consultado para que cada quien saque sus propias conclusiones.

El problema es que nadie cree en la eterna bondad de Bartlett. El problema es que el presidente decidió ignorar el pasado siniestro de su colaborador. El problema es que, al exonerarlo, la 4T acaba de darle un golpe a la credibilidad de su lucha anticorrupción.

El problema no es Irma Eréndira; el problema se llama Manuel Bartlett.

Columnas anteriores:

El ‘súper policía’ de Calderón

La utopía de Claudia Sheinbaum

El país de López Obrador

Periodista desde 1993. Estudió Comunicación en la UNAM y Periodismo en el Máster de El País. Trabajó en Reforma 25 años como reportero y editor de Enfoque y Revista R. Es maestro en la UNAM y la Ibero. Iba a fundar una banda de rock progresivo, pero el periodismo y la política se interpusieron en el camino.

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