El aire, el sol, el cielo fueron testigos de tanto horror

2 febrero, 2020

María de la Luz López busca a su hija Irma Lamas López desde agosto de 2008. Hace un lustro, con tres colectivos distintos, inició la búsqueda en campo de restos de personas desaparecidas. “¿Cómo se les ocurrió hacer tanta barbaridad en esta tierra tan bonita?”, pregunta.

Texto: Daniela Rea

Foto: Heriberto Paredes

Soy Lucy. María de la Luz López. Yo busco a mi hija Irma Lamas López, desaparecida el 13 de agosto de 2008 en Torreón, Coahuila. Mucho tiempo anduve sin colectivo, luego me sumo a Grupo Vida y luego fundo Voz que clama justicia. 

¿Cómo comenzó todo? Me acuerdo que un día llegó Silvia (Ortiz) y me dijo “conocí a unas personas, a los de Iguala, hicieron búsqueda terrestre, de campo, ¿lo hacemos?”.  

Y lo hicimos. Lo hicimos solas, sin el apoyo de las autoridades. Allá nos fuimos a Congregación Hidalgo, porque allá decían.

La primera y segunda vez no encontramos, hasta la tercera. La tercera encontramos a una chica entera, sólo que su cabeza estaba comida por los pájaros, los pájaros. Si hubiera sido un animal grande, se la come toda, pero fueron los pájaros porque empezaron por los ojos, los labios, la lengua. Primero se comen el cráneo los pájaros. Es una impresión muy fuerte, fue un 14 de febrero del 2015 que encontramos a esa muchacha, luego supimos que tenía un mes de desaparecida. Después de eso muchos ya no quisieron ir a búsquedas, se pusieron mal, muy mal porque vieron el cuerpo, porque se imaginaron que así podría estar su familiar.

Ni sabíamos lo que nos esperaba. Nunca nos imaginamos lo que íbamos a encontrar después, restos totalmente calcinados, ahí fue más duro.

En abril del 2015 escuchamos lo que decían de Patrocinio, pero no dábamos con el lugar, nomás caminábamos por el desierto y no dábamos. Luego supimos que los chiveros que andaban por ahí habían visto todo y ellos iban haciendo sus casitas más lejos, se iban alejando cada vez más.

Lo primero que vimos fue el tambo donde los cocinaban, pero nosotros pensábamos que ahí mismo los enterraban. Luego los encontramos a ellos, a los chiveros. Les dije: “Somos familiares de desaparecidos, nos dijeron que aquí venían los malos, que había tambos”. Y él nos dijo que eran 80, 90 tambos. Nos dijo que estaban sembrados, plantados ya para la quema. Queríamos encontrar los tambos, pero nos dijo que la gente ya se los había llevado para el kilo, para vender, pues.

-¿Osea que entonces hubo cientos de muertos aquí?

-No, señora, no eran cientos, eran miles, miles. Llegaban las camionetas cargadas, cargadas de cuerpos. En la noche se oía la gritadera.

Y nos fuimos.

Y apenas donde empezamos a escarbar salían los restos y dábamos un paso y restos y restos y restos y ahí fue cuando descubrimos que los restos estaban fuera de control, que era mucho, era mucho, era mucho… 

***

Cuando ando en el desierto me paro y me da mucha tristeza, me paro a ver y digo ¿por qué?, ¿cómo se les ocurrió hacer tanta barbaridad en esta tierra tan bonita?, ¿y fueron testigos quién?, ¿el sol?, ¿el puro cielo?, ¿quién fue testigo?, ¿nada más el airecito?, ¿los pajaritos que se escuchan fueron testigos de todo esto?

Mi hija desapareció en la ruta de aquí a Monterrey. Y un día, cuando acabamos la búsqueda, me quedé pensando: ¿quién no me dice que mi hija está aquí entre estos huesos? Me senté debajo de un mezquite y le dije: “tú fuiste testigo de quiénes estuvieron aquí”. Yo quisiera que los árboles hablaran, porque nosotros sabemos quiénes fueron, sabemos quiénes les hicieron esto, quiénes los mataron. Pero no sabemos a quiénes, no sabemos quiénes terminaron aquí. 

Buscamos y buscamos y buscamos. A veces me imagino que soy como un animal buscando a su cachorro, hacíamos con las uñas a la tierra buscando. A veces creo que esto no es cierto, que me lo inventé después de ver tanto muerto y lo empecé a contar y a contar y así me lo fui creyendo. Porque, ¿cómo va a ser cierto tanto horror? Pero luego me encuentro a los chiveros y ellos me dicen que sí, que sí fue real, que no me lo inventé. 

***

Yo creo que sólo estando locas es que hemos podido sobrevivir. Si no, ¿de qué otra manera? Buscar en vida, buscar en muerte, ¿de qué otra manera, si no locas?

Un día soñé a mi hija, soñé que volvía a la casa con sus hijos, uno de 10 años, el otro de 8 y luego la chiquita, una niña. Y luego Silvia me traía una barbacoa a la casa porque íbamos a celebrar. En el sueño yo le contaba todo lo que había pasado tras ella, buscando huesos, ella me decía: “Ay, mami, pero si aquí estoy” y en eso desperté. Como si ella viniera a decirme que ya está en paz, que está en mejor vida.

Reportera. Autora del libro “Nadie les pidió perdón”; y coautora del libro La Tropa. Por qué mata un soldado”. Dirigió el documental “No sucumbió la eternidad”. Escribe sobre el impacto social de la violencia y los cuidados. Quería ser marinera.

Fotógrafo y periodista independiente residente en México con conexiones en Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Cuba, Brasil, Haití y Estados Unidos.

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