Davos: el desasosiego de los poderosos

24 enero, 2026

Davos 2026 fue el reflejo de una élite que mira con inquietud el agrietamiento de su propio orden global. Entre llamados a la cooperación y discursos de fuerza, el foro mostró menos poder que incertidumbre. La fractura ya no es una amenaza lejana, sino una evidencia que recorre los pasillos donde antes se celebraba el consenso

Texto: Jade Guerrero

Foto: Benedikt von Loebell/ Foro Económico Mundial

CIUDAD DE MÉXICO. – Cada año, Davos se convierte en un punto de encuentro donde confluyen gobiernos, finanzas y grandes corporaciones. No es un espacio de deliberación pública ni de toma de decisiones formales, pero sí uno donde se ensayan diagnósticos, se alinean narrativas y se mide poder en un escenario global cada vez más inestable. La reunión del Foro Económico Mundial vuelve a atraer atención no por sus acuerdos, sino por quiénes hablan y desde dónde lo hacen.

Davos funciona como un espacio de ajuste del discurso de las élites frente a un orden internacional que muestra signos de desgaste. En sus pasillos se repiten llamados a la cooperación, la estabilidad y el diálogo, mientras fuera del recinto se profundizan la desigualdad, la militarización y la crisis climática. Escuchar lo que se dice en Davos implica también observar las tensiones, los miedos y las contradicciones que atraviesan a quienes concentran el poder económico y político.

Donald Trump y un foro condicionado por su figura

Antes incluso de su llegada formal, la reunión estuvo marcada por la figura de Donald Trump. Su presencia funcionó como un eje gravitacional alrededor del cual se acomodaron discursos, advertencias y llamados a la moderación. Trump no irrumpió en Davos como un actor marginal, sino como alguien cuya influencia ya moldea el clima político global.

En su intervención, el presidente estadounidense recurrió a un tono confrontativo, con referencias directas a políticas comerciales, migratorias y de seguridad que rozaron la amenaza abierta hacia aliados y adversarios por igual. La advertencia fue clara: Estados Unidos actuará según sus propios intereses, aun si eso implica tensionar acuerdos multilaterales, debilitar alianzas históricas o profundizar conflictos ya existentes.

El foro, que declara inquietud por la polarización y la violencia, abrió espacio a un líder asociado con políticas de deportación, endurecimiento fronterizo y uso extensivo de la fuerza estatal. La crítica fue audible en la antesala; dentro del recinto, el tono se volvió más contenido.

Más que una confrontación directa, Davos exhibió cautela. El problema no es solo Trump como figura disruptiva, sino lo que representa: una versión desbordada de un orden que el propio foro ayudó a consolidar. Su discurso, cargado de advertencias, podría resultar incluso contraproducente para sus propios intereses, al acelerar la búsqueda de alianzas alternativas por parte de otros actores globales. La incomodidad no nace de la ruptura, sino de la pérdida de control sobre ella.

Francia: Emmanuel Macron y la defensa reactiva

El presidente francés centró su intervención en los riesgos que Donald Trump implica para Europa y en la necesidad de reforzar la capacidad defensiva del continente. Alertó sobre un escenario internacional más agresivo, marcado por el retorno de la competencia entre potencias, y defendió el aumento del gasto militar como una respuesta inevitable ante la incertidumbre global.

Este planteamiento convive con una normalización de la militarización, cuyas consecuencias, como en otros momentos históricos, no recaen en quienes toman las decisiones, sino en las mayorías sociales. La apelación a la seguridad se presenta como consenso, sin abrir un debate de fondo sobre sus costos políticos y sociales.

El énfasis de Macron revela más una reacción tardía que una revisión profunda. La dependencia europea de Estados Unidos y el papel de la OTAN no son fenómenos recientes. La inquietud aparece cuando ese esquema deja de ofrecer estabilidad a quienes siempre se beneficiaron de él.

Canadá: Mark Carney y la racionalidad del poder

Por otro lado, estuvo Mark Carney, primer ministro de Canadá, presentado como una figura de equilibrio en medio del desorden global. Su discurso circuló como una promesa de racionalidad frente al avance de posiciones más agresivas. Carney habló de un quiebre del orden internacional y dejó una frase que sintetizó el momento: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”.

Más allá de su tono moderado, el mensaje fue claro: el mundo entra en una etapa de disputa abierta por el poder económico y político, donde quienes no formen parte de las decisiones quedarán sujetos a ellas.

La advertencia no cuestiona el sistema, sino su estabilidad. El diagnóstico proviene de uno de sus principales arquitectos. La preocupación no es la desigualdad estructural, sino el hecho de que el modelo neoliberal ya no garantiza gobernabilidad ni previsibilidad, ni siquiera para quienes lo dirigen.

Europa, OTAN y un malestar compartido

En conjunto, las intervenciones europeas reflejaron un mismo trasfondo: el orden que sostuvo durante décadas la primacía occidental muestra signos de agotamiento. La OTAN, defendida durante años como pilar de seguridad, aparece ahora también como un límite para la autonomía política del continente, en un contexto donde Estados Unidos redefine unilateralmente sus prioridades.

El malestar no es ético ni humanitario. Es estratégico. Davos dejó ver a una élite consciente de que el equilibrio que la protegía se está erosionando. El problema no es la injusticia del sistema, sino su creciente inestabilidad.

Davos 2026 no proyectó fortaleza, sino inquietud. Inquietud ante Trump, pero sobre todo ante la evidencia de que el orden que sostuvo a las élites globales está entrando en una fase de ruptura. La fractura ya es visible, aunque muchos de los mismos actores que hoy la señalan continúen operando dentro de ella.

El foro difícilmente será el espacio donde se construya una alternativa. La discusión real parece desplazarse fuera de esas salas cerradas. En un contexto donde el poder muestra fisuras, la presión social y la exigencia de decisión colectiva aparecen como los únicos factores capaces de alterar el curso de un sistema que, hasta ahora, solo se ha cuestionado cuando deja de servir a quienes lo gobiernan.

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