Dame fuego

23 febrero, 2021

Soja, minería y, sobre todo, vacas. El agronegocio avanza por Brasil como lava que devora la vida y amenaza con no dejar nada en pie, empezando por Amazonas.  En esta historia se cuenta la agonía tierra adentro de un país que tiene 209 millones de habitantes y 214.7 millones de animales en explotación. Sí: más de una vaca por persona, una cuenta que lo quema todo

Texto: João Peres /  Bocado 

Fotos: Bocado

BRASIL.- El calor se pega al cuerpo inmediatamente. Me abraza, me acaricia como un beso de muerte del cual es imposible soltarme. Los poros comienzan a producir sudor, y es angustiante pensar que no dejarán de funcionar ni un segundo por semanas. Mi sensación al llegar a Porto Velho es siempre la misma: ¿dónde está la selva? Desde lo alto, en el avión, aún se ven áreas de bosque pero al cruzar la puerta, en la pista del aeropuerto, la única sensación es el vaho sofocante que sube desde el asfalto.

En Rondonia, una de las provincias que conforman la Amazonia brasileña, es posible caminar cuadras y cuadras sin encontrar la sombra protectora de un árbol. En esta parte de la Amazonia no hay árboles.

Los coches parecen haber salido de la fábrica sin el botón “apagar” de su acondicionador de aire. El clima artificial es una compañía inseparable gracias a una lógica de ocupación del espacio que tiene a la selva como enemiga a suprimir.

El frigorífico de JBS, una de las mayores productoras de carne del mundo, está a pocos metros del aeropuerto pero nunca le presté atención. Cada vez que yo cruzaba la provincia de norte a sur sentía la desolación de ver soja-soja-soja y vacas donde antes, en algún momento, hubo bosques-bosques-bosques. Los pueblos a la orilla de los ríos ribereños tienen recuerdos de tiempos en que la tierra les pertenecía, pero también era de nadie: no había verjas, dinero, ni presiones.

 “Quien estaba antes tenía otra visión de la tierra. No se preocupaba en tener documento. Son poblaciones tradicionales que tienen visión de recolectar lo que la tierra tiene para ofrecer”. Cuando charlamos, en 2014, María Petronila era coordinadora de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT), una organización vinculada a la Iglesia Católica que fue fundamental en la articulación de resistencias campesinas por todo Brasil.

La tala como política de Estado

La dictadura (1964-85) cambió radicalmente la situación. Enormes extensiones fueron concedidas a latifundiarios, y a los campesinos les quedaron sólo porciones pequeñas y medianas. Una política que partió de la idea de un “vacío demográfico”, es decir que los indígenas y los pueblos eran considerados nada.

Pero además, a quien se asignaba una propiedad era obligado a deforestarla por lo menos a la mitad. O sea, la tala de la Amazonia fue una política de Estado en tiempos de dictadura y así el camino quedó abierto. Primero para la vaca, que es una excelente manera de ocupar la tierra, y luego para los granos.

Exintegrante del Consejo Indigenista Misionario, hija de caucheros (recolectores de caucho), Petronila atestiguó cómo la llegada de personas interesadas en impulsar una agricultura en los moldes tradicionales provocó agitación en la población fijada en Rondonia. Recuerda a su madre diciendo “¿Para qué quiero tierra? Solamente necesito siete palmos para enterrar. ¡O puedo lanzar río que está excelente!”. “Vengo de una cultura que creía muy raro vender arroz, frijoles, una gallina. Todos criaban. Entonces pasaba alguien y le dábamos. No sabíamos qué era vender esas cosas”.

Cuando recorrí Vilhena, en el sur de Rondonia, una región muy fértil, me impresionó lo que vi alrededor de la carretera fundamental para conectar la provincia al resto de Brasil. Lo  registré en el libro Corumbiara, caso enterrado:

Enormes hojas de teja metálica chocan contra las inmensas estructuras en las cuales deberían estar sujetas. Pein, pein, pein. Es el sonido que se escucha todo el día en aquellos inmensos galpones de más de cien metros de largo por 30 de ancho. Solo se escucha eso. Las máquinas están paradas, los hornos fueron apagados. Hay poquísimos operarios circulando por allí, la mayor parte del tiempo hablando bajo, con cuidado de preservar el sueño de los cortes de madera dejados en esos sitios. Las decenas de aserraderos abandonados al margen de la rodovia BR 364, en Vilhena, son la historia de una ciudad: de una provincia, de un país. Son la historia de ayer: relojes de registro laboral abandonados en uno de los galpones marcan 2008 y 2009, las fotos de mujeres desnudas pegadas en las puertas de las taquillas de los trabajadores están vivas. Son un retrato de la destrucción: tomó tres décadas acabar con todas las maderas nobles del Cono Sur de la provincia, una vasta región que hoy no consigue producir más que maderas de reforestación. Son historias de hoy: a medida que acabaron las maderas, las empresas se marcharon, dejaron la maquinaria atrás y se fueron hacia el norte de la provincia, en dirección a Porto Velho y al sur de la provincia de Amazonas, áreas que en los últimos años vieron crecer los índices de la tala.

La gran marcha brasileña hacia el oeste no fue televisada. Al contrario que en otros países, nuestro cine y nuestra literatura no promueven una disputa entre la narrativa épica de la ocupación del territorio y la denuncia del genocidio. Nuestras masacres no tienen mucho  registro visual, en muchos casos no hay ningún registro.

En Estados Unidos, la marcha hacia el oeste masacró indígenas y búfalos. En Brasil, los primos del búfalo, vacas y bueyes, son quienes dominan la tierra luego que indígenas y ribereños fueron exterminados. O antes incluso que lo sean: el ganado es un instrumento de presión sobre las tierras que deberían estar protegidas por el Estado, libres de ocupación irregular. En los últimos años, no faltaron decretos presidenciales para legalizar tierras ocupadas ilegalmente. 

Según la Comisión Nacional de la Verdad, que funcionó entre 2012 y 2014, entre 1946 y 1988 8 mil 350 indígenas fueron asesinados por el Estado. En este período tuvimos una dictadura de 21 años, entre 1964 y 1985. “El número debe ser exponencialmente mayor, ya que apenas una parte muy limitada de los pueblos indígenas afectados fue analizada y que hay casos en la cantidad de fallecidos es suficientemente alta para desestimular estimaciones”, registra el informe final.

Primeiro, el Cerrado

El modo de colonización portugués concentró nuestra población en las costas, como sigue siendo hasta el día de hoy. Fue solamente en el siglo XX cuando inició un proceso de avance para el noroeste. Primero fueron líneas de telégrafo atravesando tierras indígenas y mapeando pueblos tradicionales, en parte con la creencia de que esas poblaciones deberían ser “integradas” a nuestra sociedad. Luego, carreteras como la BR 364 que corta Rondonia. Y así llegaron la carne, el maíz, la soja. 

El periodista Marcos Hermanson Pomar, de O Joio e O Trigo, organizó los datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estatística (IBGE) que nos ayudan a entender la gran marcha del buey. Históricamente la carne era producida cerca de los grandes centros de consumo del Sudeste pero a partir de 1960 las vacas giraron las brújulas al oeste: primero, es como si siguieran recto hacia Bolivia, después al llegar cerca de la frontera doblaron a la derecha, subiendo y subiendo, como si quisieran llegar a Venezuela cruzando la selva. Son tierras gratuitas para los hacendados porque eran terrenos públicos y ellos los ocuparon ilegalmente. Con el primer movimiento, con el avance de las vacas, comenzó el final del Cerrado, la sabana, un bioma fundamental que atraviesa buena parte del país.

Entre las provincias que conforman la Amazonia Legal, Pará pasó de tener un millón de bueyes en 1970 a 14 millones en 2017. Mato Grosso, de nueve millones a 24 millones. Rondonia, de 23 mil a casi 10 millones. Hoy la industria brasileña sacrifica más de 32 millones de bueyes al año y también otros animales de criadero: 3.8 mil millones de pollos (lo que representa 19 aves por persona)  y 46 millones de cerdos.

La región Norte, donde está la mayor parte de la Amazonia, cuadriplicó el número de animales desde 1985 y en ese mismo periodo la región Centro-Oeste duplicó el plantel de bovinos, hoy concentra 34% de nuestros 214.7 millones de animales. Sí: Brasil tiene un buey para cada habitante.

Hoy, cinco de las cinco ciudades con mayores rebaños bovinos, tres están en el Norte. Sin excepción, esas mayores zonas de producción son también áreas de ecosistemas esenciales y frágiles.

Donde hay vacas, hay frigoríficos. Entonces las unidades de faena también emprenden la gran marcha hacia el oeste, arrastrando consigo accidentes de trabajo. Nuestra investigación mostró que en los 206 pequeños municipios que abrigan frigoríficos, el índice de accidentes laborales es 70% mayor que el promedio, y 212% mayor que el de ciudades del mismo porte.

Otro problema se entrelaza: el buey nunca estaría completo sin los granos. Al final de la década de 1970, la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa, por sus siglas en portugués), logró una hazaña tecnológica: crear una variedad de soja que prospera en el Cerrado, ese bioma fundamental que cubre gran parte de Brasil, un área marcada por largos periodos de sequía y condiciones hostiles.

La soja pasó de ser prácticamente nada en los años 1980 a la tercera producción brasileña en valor a mediados de la década de 1990. Y luego, entre 1995 y 2019, su valor creció exponencialmente: 3.449%. El área cosechada se triplicó, de 11 millones a 35 millones de hectáreas. Sostenida por el grano, la provincia de Mato Grosso sobrepasó a São Paulo en PIB del agronegocio. El municipio de Sorriso se convirtió en el más redituable del país en términos agrícolas, habiendo producido, sólo, 2.1 millones de toneladas de soja.

Luego, Amazonia

Cuando fui a la ciudad de Porto Velho vi los efectos de la construcción de las usinas hidroeléctricas hermanas Jirau y Santo Antonio. Un proyecto de la dictadura que los gobiernos Lula-Dilma se encargaron de concretar en la década pasada. La energía no es usada por los pueblos del Norte del país y es transferida al Sudeste por enormes torres que cortan a Rondonia de punta a punta. En aquella época, los pescadores ya no podían subir por algunos tramos del río Madeira, y se quejaban de la desaparición de muchas especies de peces.

En el paquete de obras, se especulaba sobre la pavimentación de la BR-319, una carretera que enlaza las capitales de Rondonia y Amazonas, Manaus, cortando uno de los tramos mejor conservados de la selva . Especulación, en el vocabulario amazónico, es sinónimo de deforestación. De nuevo, un proyecto de la dictadura. Pero le faltó a Dilma Rousseff el ímpetu autoritario necesario para llevar adelante la iniciativa, algo que Jair Bolsonaro no dudó en impulsar.

En la avenida principal de Vilhena, un comercio de lujo que contrasta con todo el entorno. Hay joyerías, revendedoras de coches, restaurantes y bares bien instalados. Ahora, cinco años después de mi anterior visita, veo por Google Maps que hay también un shopping: las familias de los latifundiarios, incluso que apenas de paso, necesitan las distracciones de la gran ciudad, y cada vez más  los paseos ofrecidos por la naturaleza son considerados sinónimo de atraso.

Por encima de todos

En todo Brasil, el siglo 21 marca el momento de consolidación del concepto de agronegocio y de las fuerzas políticas que lo representan. El antropólogo Caio Pompeia, autor de A formação política do agronegócio (Editora Elefante, previsto para 2021), recuerda que antes los agricultores, productores de soja, fabricantes de fertilizantes y la comida chatarra iba cada uno a lo suyo. Pero en los años 80 y 90 la expresión “agronegocio” es importada de los Estados Unidos, y comienza una articulación que en el siglo 21 quedaría más, más, más clara.

El sector nombró al ministro de la Agricultura de Lula, creó lo que hoy conocemos como “bancada ruralista”: una fuerza política con control sobre un tercio o más de los asientos del Poder Legislativo, con capacidad para quitar a Dilma de la Presidencia y ser la garante del gobierno ilegítimo de Michel Temer.

Después llegó Jair Bolsonaro y por primera vez el agronegocio quedó a la izquierda del gobierno. Pompeia cuenta algo que mucha gente no vio: mientras los líderes de los sectores tradicionales del agronegocio apostaban por elegir a un presidente de derechas, en el interior profundo de Brasil se articulaba una campaña para elegir a un sujeto de extrema derecha. Luego de mucho tiempo, volvemos a oír hablar de la Unión Democrática Ruralista (UDR), una entidad que agrupa lo más retrógrado en un sector de por sí retrógrado.

En Rondonia, yo notaba que había algo distinto ocurriendo desde el punto de vista del pensamiento político. Había una agenda política que no dialogaba con la sensatez, que se producía con base en corazonadas sin fundamentos, con una fuerte influencia religiosa. Eran pensamientos a veces inconexos, delirantes, mágicos. En pequeñas comunidades de dos o tres mil personas había 10, 15, 20 iglesias evangélicas. Justamente en una provincia en la cual la iglesia católica había sido fundamental para articular a los campesinos en busca de la reforma agraria y del rechazo al latifundio. Personas que habían conquistado un trozo de tierra con base en la movilización popular ahora adherían a una lógica en la que nada se puede hacer: todo depende de los designios de Dios.

Ese encuentro entre religión y política formó un proyecto de poder: el avance de la soja y de la agricultura como un matrimonio de interés con Dios (o en su nombre). Esta vez, invirtiendo el sentido de los flujos históricos: es del interior que surge un proyecto político que avanza en dirección a la costa. Dos años más tarde, caminé algunos metros desde mi casa, en el centro de São Paulo, para admirar, sorprendido, una marcha gigantesca de personas vestidas de verde y amarillo que juraban que Brasil estaba bajo una dictadura comunista. Ocurrió lo que yo (y muchas personas) jamás hubiéramos esperado: aquel pensamiento delirante que hasta entonces yo atribuía a pequeños grupos había crecido debajo de nuestras narices.

La desindustrialización de Brasil ya iba a galope. Pero sobre el caballo de Bolsonaro emprendemos un viaje hacia los pensamientos más crudos y primitivos que la lógica colonial nos legó. Como en todo lo demás, en la economía Bolsonaro solamente sabe usar la arquitectura de la destrucción: es en la minería, en el uso predatorio de la naturaleza que él encuentra la respuesta para todo. Incluso para el placer.

Como dice el pensador argentino Horacio Machado Araoz, en el libro Potosí:

Retrospectivamente, el exterminio originario de las poblaciones nativa de Nuestra América y el recurso antieconómico y abusivo a la violencia funcionarán como verdaderos actos de fundación, acontecimientos pedagógicos-políticos en los cuales esa aventura de la materia viviente científicamente nombrada como “homo sapiens” comienza a adentrarse en un aprendizaje cada vez más sistemático de un saber perverso: el arte de la crueldad y de la codicia como prácticas aparentemente infinitas y como sentido de la existencia.

En los tiempos de Bolsonaro, el arte de la crueldad y la codicia queda desnudo. No hay intención ninguna de disfrazarlo, ocultarlo, de presentarlo con un ropaje moderno. Brasil arde en llamas desde hace dos años, sabemos que los incendios son criminales maneras de abrir campo para instalar animales, y pareciera que no hay nada que se pueda hacer para detener la marcha de la insensatez .

Brota un desprecio por los pueblos, es difícil escoger cuál es la declaración más grotesca del presidente acerca de los pueblos indígenas. Una, entre tantas posibles: “El indio cambió, está evolu… Cada vez más el indio es un ser humano igual a nosotros. Entonces, vamos a hacer que el indio se integre a la sociedad y sea realmente dueño de su tierra indígena, eso es lo que queremos aquí”. 

¿Por qué mira Bolsonaro hacia los indígenas? Porque las tierras indígenas son uno de los principales espacios de preservación de los bosques. Es sobre ellas que sueña impulsar la minería, criar animales, plantar soja.

En los primeros meses de la pandemia, la divulgación de un vídeo completo de una reunión ministerial, determinada por la Justicia, no dejó ningún margen a dudas: estamos en manos de un gobierno de paranoicos y delirantes. El ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, afirmó que era hora de aprovechar la “distracción” creada por el Covid-19 para “pasar los bueyes”. Una expresión que tiene una connotación literal, de hacer que el buey pase el portón del campo. Y un sentido figurado, de hacer avanzar sus planes lo antes posible. El arte de la crueldad y de la codicia, al desnudo.

Esta historia se publicó originalmente en Bocado, aquí puedes conocer su trabajo. 

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