Cuando el agresor invierte la culpa: el caso de Giovanna

2 mayo, 2026

Cientos de mujeres marcharon por las calles de Toluca para protestar contra la violencia, el feminicidio, la violencia vicaria y las desapariciones. Formaron varios contingentes y caminaron hasta el Palacio de Gobierno, coreando consignas como “Por qué vivas se las llevaron, vivas las queremos” y “La policía no me cuida, me cuidan mis amigas”. FOTO: CRISANTA ESPINOSA AGUILAR/CUARTOSCURO.COM

Giovanna, ciudadana mexicana, denuncia una red de agresiones físicas y psicológicas por parte de su expareja, de nacionalidad francesa. Tras el traslado de la familia a Europa, el agresor se ha aprovechado de la situación y ahora es él quien la acusa falsamente de violencia. Giovanna señala un sistema racista donde las mujeres latinoamericanas no cuentan con redes de apoyo ni son escuchadas, lo que agrava aún más la violencia de género

Texto: Andrea Amaya

Foto: Crisanta Espinoza Aguilar / Cuartoscuo

CIUDAD DE MÉXICO.- Giovanna Alejandra Escobedo conoció al padre de sus dos hijos pequeños en 2020, un hombre de nacionalidad francesa que inició la relación con un intenso love bombing(«bombardeo de amor») y promesas de protección, pero que pronto reveló grietas de infidelidad y negligencia.

«Mi historia comienza en México, donde conocí al padre de mis hijos pequeños en el año 2020. En ese momento yo era madre soltera, trabajaba y estudiaba, siempre priorizando el bienestar emocional de mi hijo mayor. La relación inició de forma estable, pero con el tiempo comenzaron a surgir señales preocupantes: infidelidades, conductas negligentes y falta de compromiso en la crianza», señala.

De acuerdo con su testimonio, la vulnerabilidad aumentó tras el nacimiento de sus hijos menores, hoy de 4 años (actualmente Giovanna tiene 36 años). «Mi situación se volvió cada vez más compleja. Durante múltiples periodos de enfermedad, cirugías —incluyendo cesárea y vesícula—, lactancia y estudios, me vi obligada a asumir prácticamente sola el cuidado de los niños. A pesar de mi estado de salud, el padre de mis hijos mostraba negligencia en su cuidado, llegando a poner en riesgo su salud, como en un episodio en el que una de mis hijas sufrió una convulsión febril por falta de atención médica oportuna».

Violencia física

Ella relata que la primera vez que su expareja la violentó fue en mayo de 2023, antes de llegar a España, en un momento de vulnerabilidad total. Giovanna acababa de pasar por una cirugía de senos y cuidaba de su hija pequeña, enferma de covid-19. En medio de la tensión del cuidado, él la agredió físicamente: «Él se comportó de manera muy violenta. Me apretó el seno súper fuerte porque no quería que prendiera el televisor para que la niña lo viera. Vino la primera agresión y, debido a eso, se me rompieron las costuras de mi cirugía recién operada».

Pese al dolor físico y la evidencia de la agresión, el control psicológico hizo su trabajo. «Yo no visualicé todo el contexto, porque estaba muy metida en mi relación con los niños y estudiando. Pensé que los dos estábamos cansados; fue una situación que no debió pasar». A este episodio le siguió otro en el que fue arrojada al suelo. Para entonces, la mudanza a España ya era un plan en marcha: muebles vendidos, departamento rentado y la promesa de que, en Europa, ella podría continuar sus estudios.

La trampa transnacional

«Él me embaucó; sabía que al traerme aquí yo dependería totalmente de él». Con estas palabras ella resume la situación que hoy la mantiene al borde en España. Actualmente, se encuentra en una cacería institucional en la que es ella quien enfrenta la posibilidad de ir a prisión, perder su residencia y ser separada definitivamente de sus hijos.

Giovanna recalca un patrón de «caza y vulnerabilidad» que afecta a las mujeres latinoamericanas: el uso de una supuesta «estabilidad europea» como carnada para desarticular sus redes de apoyo. Su expareja, de nacionalidad francesa, la convenció de mudarse a España bajo el engaño de que allí concluiría sus estudios: «En España no tengo familia, no tengo trabajo y mis papeles dependen de nuestro vínculo», explica, señalando cómo ese desequilibrio de poder es utilizado por su agresor para ejercer una amenaza constante.

La inversión de la culpa

El punto de quiebre en territorio español ocurrió en abril de 2024, en lo que ella describe como una técnica de manipulación judicial. Tras un forcejeo provocado por él, el hombre utilizó fotos de un hematoma en el pómulo para denunciarla. La trampa se cerró en julio, cuando Giovanna, tras recibir una nueva agresión, llamó a la policía buscando auxilio. El giro fue drástico: fue ella quien terminó en el calabozo.

«Él ya sabía su estrategia, asesorado por su madre, que es trabajadora social, y por su abogada. Sabía que tenía que pedir el divorcio en cierta fecha y practicar el gaslighting: provocarme y grabarme. En una ocasión, mientras los niños dormían, él estaba recostado en un colchón en medio de las camas; me jaló y me hizo caer sobre él. Por la fuerza, y porque puso su pie en el seno que ya me había lastimado, caí y, con su misma fuerza, él se pegó en el pómulo. Se encerró en el baño y al día siguiente tenía un hematoma terrible. Se tomó fotos, fue al médico y dijo que yo lo golpeé. Esa es la prueba por la que yo podría ir a prisión».

El sistema europeo

A pesar de contar con pruebas, testigos y la recomendación de su propio psicólogo —quien le advirtió que su vida corría peligro—, Giovanna se topó con una muralla institucional. Intentó denunciar formalmente la violencia que vivió junto a su expareja ante la Unidad de Atención a la Familia y la Mujer en repetidas ocasiones, pero sus intentos fueron desestimados sistemáticamente.

«Fui cinco veces a la Unidad de Víctimas, fui con mis hijos y con mi madre, que fue testigo. Les dije que estaba amenazada de muerte, que él había roto mi celular donde tenía las pruebas. Y a mí me dijeron: «Señora, usted no tiene pruebas. Lo que usted nos viene a decir no es una prueba; venga cuando las tenga». Me gritaron, no me dejaban hablar. Me trataron como a una mentirosa y me decían que, como no fui al médico inmediatamente después de cada golpe por el miedo que le tenía, mis pruebas no eran válidas. El sistema que se supone debe protegernos me dejó en la indefensión absoluta», denuncia.

Entre el desahucio y el juicio de divorcio

Actualmente, la situación de Giovanna es de una vulnerabilidad extrema. Enfrenta un juicio de divorcio contencioso en el que su expareja busca arrebatarle la custodia total de sus dos hijos menores. De perder este proceso y ser ratificada su culpabilidad penal por el hematoma de su agresor, Giovanna no solo perdería a sus hijos, sino también su residencia legal, lo que la dejaría en un limbo migratorio.

La asfixia económica ha sido el golpe final. Giovanna se ha quedado sin un lugar donde vivir y enfrenta un desahucio inminente. Sin una red de apoyo y con dificultad para encontrar empleo: «Lo que pagas a una niñera es lo mismo que ganas trabajando. Limpio casas, hago lo que puedo, pero el sueldo mínimo aquí es lo mismo que cuesta una renta». El sistema español la tiene atrapada: si acepta ayudas, no puede trabajar; si trabaja, pierde el sustento mínimo.

Violencia vicaria y desprecio institucional

La denuncia de Giovanna pone el foco en la violencia vicaria, al señalar que el padre utiliza a los menores para continuar el maltrato psicológico. La mujer mexicana denuncia que los niños han regresado de las visitas con quemaduras de petardos, cicatrices y cuadros de salud desatendidos.

A esto se suma el racismo institucional: «España es un lugar donde hay mucha discriminación. Piensan que venimos a quitarles algo, y ese prejuicio lo usan los agresores para que no nos crean». En la Unidad de Víctimas, el trato fue humillante: «Me llamaron «cómplice» por entregar a mis hijos para que comieran, cuando era él quien me dejaba sin recursos para forzar la custodia compartida».

Un grito de auxilio

Giovanna ha calificado la ayuda de la Embajada Mexicana como «insuficiente», pues explica que solo le ofrecieron sesiones psicológicas y una asesoría telefónica que no alcanza para cubrir la complejidad de su situación legal.

Ella hace un llamado urgente a las autoridades de ambos países. Exige una justicia con perspectiva de género y de clase que no condicione la protección al pasaporte.

«Gracias a Dios yo estoy viva y puedo hablar, pero hay mujeres a las que no se escuchó y ya no tienen voz. No nos dejen más vulnerables de lo que ya estamos», concluye Giovanna, quien hoy lucha contrarreloj para no ser borrada por el sistema que debería protegerla.

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