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Así fue el encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma II

Hace unos días se cumplieron 500 años de que Hernán Cortés y Moctezuma II se conocieron en la Ciudad de México. Lejano a lo que se piensa, el encuentro fue breve, confuso, lleno de halagos y regalos. Con diplomacia se trató de distender un evidente conflicto. Con el tiempo, los huéspedes harían de las suyas 

@ignaciodealba 

Previa a la llegada de los conquistadores a Tenochtitlán, la aztecas tuvieron varios presagios, entre ellos, el paso de un cometa que prendió el cielo (diez años antes de la llegada de Cortés y sus hombres); los gritos del espíritu de La Llorona, que exclamaba con urgencia la necesidad de abandonar la ciudad; la caída de un estrepitoso rayo en el adoratorio del Templo Mayor; el incendio que devoró la casa de Huitzilopochtli.

Pero más allá de las interpretaciones religiosas, el propio emperador Moctezuma II adivinó la llegada de gente de un sitio lejano.

Unos pescadores capturaron entre sus redes a un extraño pájaro en los lagos de Tenochtitlán. Los hombres llegaron a tierra con el ave cenicienta, parecida a una grulla, y la llevaron a la Casa Denegrida, donde el emperador se retiraba a pensar. Ahí le presentaron su raro descubrimiento. Él vio en la frente del ave una especie de espejo circular; ahí asomó un ojo y vio las estrellas.

Moctezuma II lo tomó por mal presagio antes de asomar la mirada en la frente del pájaro por segunda vez, donde vio que unas personas como estiradas venían de lejos, llegaban como dando empellones. Esto es lo que pudo rescatar Fray Bernardino de Sahagún de algún testimonio indígena. 

Fue hasta el 8 de noviembre de 1519 que Moctezuma II se encontró con Hernán Cortés y sus soldados.

Los europeos habían pernoctado en Iztapalapa antes de llegar a lo que ahora es San Antonio Abad. La ciudad dejó atónitos a los visitantes: era la capital administrativa del imperio Azteca y sus adoratorios, mercados y palacios no tenían par en Europa. “Como Venecia”, sus pobladores se transportaban sobre los ríos.

Moctezuma II arribó al encuentro acompañado de algunos consejeros, religiosos y nobles. Iba adornado con plumas tornasol del exótico quetzal de Sudamérica. En las ropas apreciaron los bordados las preciosas piedras, perlas y plumajes exóticos. Las sandalias de de Moctezuma II eran de oro puro.

Sobre el suelo que camina cuando baja de la paltona en la que es llevado, sus súbditos extienden mantas finas para que el emperador no toque el suelo, narró el cronista guerrero Bernal Díaz del Castillo, a quien le pareció “todo muy riquísimo a maravilla”.

Cortés se apeó del caballo para darle el trato merecido al connotado personaje. Entre reverencias y sirviéndose de sus traductores –Jerónimo de Aguilar y la Malinche– para saludar a sus anfitriones, sacó del jubón un collar de piedras para regalárselo al emperador. Después. el hombre de Extremadura intentó abrazar a Moctezuma II, pero la nobleza azteca se lo impidió tomándolo de los brazos. Ni siquiera ellos eran dignos de ver a los ojos a su emperador, tocarlo podía tomarse como un acto de irreverencia. 

Bernal Díaz Del Castillo hace una breve descripción del anfitrión: 

“Era el gran Montezuma de edad de hasta cuarenta años y de buena estatura y bien proporcionado, cenceño, y pocas carnes, y el color ni muy moreno, sino propio color y matiz de indio, y traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas, prietas y bien puestas y ralas, y el rostro algo largo y alegre, y los ojos de buena manera, y mostraba en su persona, en el mirar, con un cabo amor y cuando era menester gravedad; era muy pulido y limpio; bañábase cada día una vez, a la tarde”. 

En la Visión de los Vencidos, Miguel León Portilla relata parte de la conversación que sostuvieron. Moctezuma II se dirigió a Cortés: “No, no es un sueño, no me levanto del sueño adormilado, no lo veo en sueños, no estoy soñando… es que ya te he visto… es que ya he puesto mi ojos en tus ojos”. 

La traducción era a veces tan confusa que Cortés adquirió el nombre de su traductora, y desde entonces fue llamado por los locales “el Señor Maliche”.

Moctezuma II ordenó que a los señores de Tezcuco y Cuyuacán que acompañaran a los recién llegados a la casa donde se hospedarían: el palacio de Axayácatl. A la salida del emperador, el pueblo quedó postrado en el piso, en señal de reverencia. El camino fue despejado para los europeos, que eran objeto de curiosidad de los nativos, que salían de sus casas a ver a aquellos hombres barbados que andaban sobre lo que les parecía que eran venados.

Cuando los conquistadores llegaron al palacio, ubicado donde ahora está el Monte de Piedad, en el Centro Histórico de la capital, los recibió de nuevo Moctezuma II y le colocó a Cortés un collar con conchas y camarones de oro. Luego ofreció un banquete con frutas, tortillas y carne de aves. 

El sitio donde Cortés y Moctezuma II se encontraron por primera vez está ahora en la entrada del Metro Pino Suárez, entre las calles Pino Suárez y El Salvador. El lugar es transitadísimo, con paso vehicular continuo y estridente. Una pintura recrea el momento, en medio de un desconcertante paisaje natural ya urbanizado.

Pero los europeos no sólo estaban interesados en explorar el “nuevo mundo”: su búsqueda por riquezas quedaría exhibida en poco tiempo. La hospitalidad quedaría truncada y las relaciones rotas. El primer prisionero de los conquistadores fue el ilustre emperador.

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Fue educado en escuelas católicas hasta que se volvió ateo. Es huraño y trotamundos. Estudió periodismo y nunca se graduó. Suele tener más fe en las viejas narrativas que en las nuevas. Le gusta escribir historias.

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