Aprendizaje a lo largo de la vida; oportunidad y responsabilidad compartida

21 abril, 2021

Necesitamos modificar nuestras ideas respecto a la edad madura y la tercera edad, poniendo atención en la riqueza que vamos acumulando con el paso del tiempo. Necesitamos ser creativos para planear, preparar y vivir estos años adicionales, porque tenemos desafíos que nunca se habían enfrentado

Por Alina Bassegoda Treviño* Twitter: @abassegoda

En décadas recientes, México y otros países han visto crecer la esperanza de vida y caer la tasa de natalidad. Ello ha modificado la pirámide poblacional; no sólo se ha hecho más alta, sino que la punta de la pirámide se ensancha mientras se reduce el segmento de trabajadores que sostienen las jubilaciones de los mayores.

Para asegurar la estabilidad de esa nueva estructura, hay que hacer cambios importantes que nos involucran a todos. Jóvenes y viejos necesitamos hacer previsiones para los años adicionales que nos tocará vivir, procurando que sean años de crecimiento e independencia. Necesitamos modificar nuestras ideas respecto a la edad madura y la tercera edad, poniendo atención en la riqueza que vamos acumulando con el paso del tiempo. Necesitamos ser creativos para planear, preparar y vivir estos años adicionales, porque tenemos desafíos que nunca se habían enfrentado.

En todas las áreas, el conocimiento cambia a pasos agigantados. Me gusta poner este ejemplo: en un salón de preprimaria, por ahí del año 2000, la maestra les dijo a los niños que en el sistema solar había nueve planetas. Eso mismo le habían enseñado a ella, a sus hermanos mayores, y probablemente a su mamá, cuando iban a la escuela. Unos años después, digamos en 2004, la misma maestra contó emocionada a sus alumnos que acababan de descubrir Sedna. Los niños se aprendieron ese nuevo sistema solar de 10 planetas. Un par de años más tarde, sin embargo, la miss dijo a sus nuevos alumnos que el sistema solar sólo tenía ocho planetas. Plutón y Sedna habían perdido su rango. En cuestión de 6 años, cambió dos veces un paradigma que no había cambiado en 70. 

Todavía más vertiginosamente cambia la tecnología, la manera de comunicarnos, las técnicas de construcción…, ¡hasta la manera de leer o escuchar música! No es de sorprender que los adultos mayores, y en general las personas que aprecian la estabilidad, se sientan perdidos en este mundo. Si salimos de nuestra última clase creyendo que habíamos aprendido todo lo que necesitábamos saber para ganarnos la vida, como había pasado con nuestros padres y abuelos, el destino soltó una carcajada. Si crecimos pensando que sólo podíamos aprender de quienes iban por delante en el camino, el destino se encargó de darnos una dosis de humildad, porque los que vienen detrás también tienen mucho que enseñarnos. 

Y así como no podemos esperar que los conocimientos que adquirimos en la adolescencia basten para la vida, tampoco es sensato imaginarnos permanentemente entusiasmados por nuestra labor si no seguimos aprendiendo, y si no adaptamos lo que hacemos a nuestra propia evolución. Así que seguir aprendiendo no sólo es obligatorio en estos tiempos de cambio constante, sino también un gran recurso para mantenernos activos, vigentes, inspirados, y con un propósito claro.

Nos toca asegurar que los años que se añaden a nuestra vida se sumen a los mejores, y no alarguen nuestro deterioro y malestar. Hoy, esperamos vivir cerca de 20 años más que nuestros padres, ¡una vida entera! Una nueva vida para profundizar en lo que somos, o para reinventarnos; para reiterar nuestro compromiso con la profesión que elegimos, o para recuperar los costos de oportunidad que pagamos cuando decidimos hacer oídos sordos a alguna otra vocación.

Aprender a lo largo de la vida también hace posible que esos años que hemos ganado sean años de salud y lucidez. Si bien no hay manera de prevenir enfermedades como la de Alzheimer, la causa más común de demencia en la tercera edad, está demostrado que la estimulación cognitiva de largo aliento permite evitar o hacer más lenta la manifestación clínica del deterioro.

Por todas esas razones –porque la salud, la economía, y el propósito de vida lo hacen indispensable– el aprendizaje a lo largo de la vida es esencial en las sociedades modernas.

Toca a la sociedad entera hacerlo posible: al sector público, diseñar las políticas y hacer las inversiones que alarguen la vida productiva de las personas, y reduzcan los costos de pensiones, enfermedades y dependencia. Los gobiernos han previsto costos políticos de estas decisiones. Su torpe instrumentación ciertamente ha tenido ese efecto en otros países. Sin embargo, atender las preocupaciones de este segmento etario cada vez más numeroso también es una enorme oportunidad electoral.

Al sector académico, corresponde aprovechar este mercado creciente de estudiantes que, en la segunda mitad de la vida, tienen necesidades, intereses y recursos intelectuales muy distintos a los que tenían en sus veintes. A los educadores, especializarse en esta etapa; renunciar a la idea de que “perros viejos no aprenden nuevos trucos”, y hacer que sus alumnos también la abandonen. Les corresponde reconocer las diversas maneras en que aprenden los adultos, escucharlos, identificar y explotar sus detonantes, cultivar y cosechar su sabiduría, y atender su bienestar general. Más claramente que a otros educadores, a andragogos y gerontagogos corresponde aprender de sus alumnos.

Toca al sector privado aprovechar y promover los talentos y experiencia de sus colaboradores durante más años. Lejos de impulsar jubilaciones tempranas, es momento de idear con creatividad espacios de acción y desarrollo, y esquemas de colaboración flexibles, para sus mejores recursos humanos. Esto beneficiará a sus empleados más experimentados, y también se reflejará en una mayor productividad y utilidades. Por primera vez en los espacios de trabajo pueden coincidir hasta cuatro generaciones; las empresas han de aprender a aprovechar esa riqueza en vez de verla como una debilidad. 

Al sector civil, también corresponde estrechar un tejido social cada vez más diverso, más rico y más frágil.  Les toca impulsar y orientar las inquietudes y la sabiduría de este sector creciente de la sociedad, ávido de hacer algo por los demás y dejar una huella de su paso por el mundo.

Foto: Freepick.

De todo esto hay ejemplos brillantes en otras latitudes: iniciativas de gobiernos vanguardistas por promover un envejecimiento activo; esfuerzos de algunas de las mejores universidades del mundo por integrar a los adultos mayores y atender sus intereses con investigación de punta; programas empresariales para ampliar la labor de los empleados más antiguos; proyectos no lucrativos para fortalecer las relaciones intergeneracionales y aprovechar la energía de los mayores. Pero aún hay mucho por hacer.

En buena medida, la sociedad considera a los adultos como plenamente formados, y esa falacia limita artificialmente las posibilidades de desarrollo de individuos, instituciones y comunidades. Tenemos que tomar conciencia de que, hasta nuestro último respiro, podemos seguir cambiando, inventándonos y aprendiendo. 

La autora es integrante de MUxED. Fundadora de Mente en Forma SC.

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