Animales: conciencia ¿y derechos?

14 noviembre, 2020

La autora de este ensayo gráfico considera que la causa por los derechos de los animales es el movimiento social más importante de este siglo incipiente. Se juega, dice algo más que la sobrevivencia, de ellos y nosotros

Texto y fotos: Elideth Fernández*

En algún momento de la historia, fue casi imposible imaginar movimientos como la abolición de la esclavitud, la lucha por los derechos de las mujeres o los derechos de la comunidad LGBTTTQI+.  Pues lo mismo ocurre hoy con el movimiento por la liberación animal; es probable que muchos no alcancen a comprender del todo el sentido de  nuestra lucha. Pero hemos aprendido a no claudicar y a seguir soñando.

En un intento de reconciliación conmigo misma, comencé este ensayo socio-documental, cuyo objetivo es motivar a las nuevas generaciones de artistas visuales, reporteros y periodistas, a contemplar en su trabajo los derechos de los animales**, no sólo desde la perspectiva de la creación, de la crítica y de la documentación, sino principalmente desde la del compromiso personal. Tenemos una deuda por saldar.

Crear un género fotográfico documental y artístico hacia la defensa de los derechos de los animales, debe, sin lugar a dudas, coadyuvar a la reflexión. Mirar a los animales como los individuos que son, y no como simples componentes de un ecosistema que se defiende desde utilitarias y desdeñosas posiciones antropocéntricas, es decir, exclusivamente para satisfacer una necesidad humana.

Expandir nuestra esfera moral y nuestro círculo de compasión, incuestionablemente, es emprender el camino de la evolución y acercarnos a la verdad, lo cual en lo inmediato se traduce en protección y justicia para los animales, y a mediano plazo en supervivencia para todos.

Surgirá el cuestionamiento inevitable: Que si los espectáculos e industrias que utilizan y explotan a los animales son parte de nuestras tradiciones y nuestra cultura… Ya lo dijo la filósofa e historiadora del Arte, Tatiana Espinasa: “la cultura implica necesariamente un momento de ruptura con su pasado en nombre de una posibilidad creadora diferente…”.

Ahora bien, ¿por qué considero que la causa por los derechos de los animales es el movimiento social más importante de este siglo incipiente?
Más allá de la inequidad e inexcusable injusticia que supone para ellos considerarlos meros instrumentos a nuestro servicio, usándolos, explotándolos y destruyéndolos, esta perspectiva menoscaba las poblaciones y grupos sociales; pone en riesgo la supervivencia de comunidades, la de sus especies, la del planeta mismo, y, fatalmente, la de todos sus habitantes (suficientes estudios lo documentan). Es por lo tanto imprescindible y apremiante generar una revolución basada en la empatía y la conciencia; un movimiento social a gran escala.

Está demostrado que el trato no equitativo que se le da a una persona por motivos étnicos, de identidad sexual, religión, etcétera, es altamente perjudicial, y hoy sabemos que también lo es la discriminación por especie.

Y no se trata aquí de humanizar a los animales, pues no somos iguales a ellos, ellos a nosotros, ni lo son ellos entre sí. No obstante, todos tenemos algo en común: cada uno, en diferentes grados y niveles en función de nuestra naturaleza y especificidades individuales, somos seres dotados de sensibilidad, de sentimientos, de pensamientos y de conciencia. Más importante aún, todos estamos aferrados con fervor a la existencia, todos deseamos ardientemente la vida. Por lo tanto, todos tenemos derechos esenciales: el derecho a vivir, el derecho a no ser privados de nuestra libertad, a no ser arrancados de nuestro entorno, a no ser utilizados, explotados o esclavizados, a no ser violentados, torturados ni asesinados. En ese sentido, en 1948 la ONU promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y lo que sigue ahora, en nuestro tiempo es adoptar un compromiso en lo que toca a los deberes de la humanidad.

Finalmente, y como dijera John Maxwell Coetzee, premio Nobel de Literatura en el año 2003, en una conferencia en el Museo Reina Sofía de Madrid, parafraseando al filósofo alemán Arthur Schopenhauer: los animales no necesitan de nuestro amor, sino de justicia.

¿Que nos preocupemos de las personas? ¿Cuántas veces no oímos esta conminación obtusa y necia, con toda la carga insidiosa de ignorancia, hipocresía y solapada provocación que conlleva, machacada una y otra vez a lo largo de los días?

Como dice en su texto el gran activista de las letras Julio Ortega, precisamente “eso hacemos cada vez que luchamos por desterrar la violencia del comportamiento humano”. La violencia, pero también la indiferencia y el egoísmo, que son el corazón mismo y luciferino de la barbarie.

Tauromaquia “Torturar a un toro por placer, para la diversión, es mucho más que torturar a un animal, es torturar a una conciencia”. Víctor Hugo. La víctima está agonizando lentamente porque el matador perforó otros órganos por su falta de destreza o porque están aprendiendo a matar.

Elegí la fotografía en blanco y negro porque el color me estorba para formular el mensaje que quiero transmitir. Mi idea no es retratar la sangre, ésta sólo distrae la atención del espectador. Quiero dejar la sangre fuera de la foto y potenciar otros elementos como la expresión de la zozobra, de la angustia, del tormento. Para enfatizar la atmósfera y la mirada, el blanco y negro es fundamental. La falta de color nos permite introducirnos mucho más en la imagen, adentrarnos en el espacio y en la escena que se desenvuelve ante nosotros; pero sobre todo nos permite profundizar y sumergirnos en lo que realmente está sucediendo, empaparnos en su realidad, penetrar en la psiquis profunda, en el alma del individuo sufriente en todos los estados de su suplicio y en la tiniebla muda y profunda de su abandono y de su soledad.

Así, lo que se desarrolla frente a la lente no es tan sólo el espectáculo macabro de una cabra o de una res a la que están degollando para su posterior consumo. Lo que está perpetrándose allí es el asesinato premeditado, sistemático, metódico y a sangre fría de un individuo inocente y totalmente inerme que tenía el deseo inagotable de vivir. Un anhelo infinito e imposible, incluso bajo las oleadas mismas de su sangre vertida a raudales en las losas y cunetas infectas de un matadero.

Los rastros  Adentrarte en los rastros clandestinos, o en los que supuestamente cumplen con la “normatividad” (la cual no sucede con frecuencia),  puedes mirar el rictus de los carniceros, así como los rostros de los que luchan por sus vidas entre ruidos estridentes, tanto por las herramientas diseñadas ex profeso para el suplicio, como por los chillidos de la zozobra, el pánico y dolor de las víctimas.
Los zoológicos. ¿Se han detenido a mirar a nuestros hermanos los primates tras las rejas estrujando con fuerza los barrotes que los mantienen prisioneros? Lo mismo en el caso de otros animales que adquieren comportamientos antinaturales porque los han sustraído a la fuerza de su hábitat o han nacido en cautiverio, condenados a un encierro perpetuo sin haber cometido delito alguno. En los zoológicos aprendemos desde la educación básica a dominar, construir e imaginar cárceles para inocentes.
Transporte de animales. La transportación de los animales hacia su destino final, los aterra, los congela, les rompe las patas, los deshidrata, los hacina, los desesperanza.
Los gallos. La Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, resolvió el amparo 163/2018 a propuesta del Ministro Arturo Zaldívar, en sesión del 31 de octubre de 2018, en la cual se establece que «si bien las peleas de gallos son expresión de una determinada cultura, ninguna práctica que suponga el maltrato y el sufrimiento innecesario de los animales puede considerarse una expresión cultural amparada por la Constitución».
Mercado de animales ¿Has visitado un mercado de animales vivos? Los animales se arrinconan y se protegen entre ellos porque son conscientes del sufrimiento del otro. Son vendidos de forma vil desde que nacen: son atados, amarrados, ultrajados.
La aves. Las maravillosas aves dotadas de hermosos plumajes capturadas y encerradas en estrechos armazones que apenas les permiten revolotear. Sólo una mente perversa pudo concebir la idea de enjaularlas.
Los peces (en bolsas). Peces, anfibios y reptiles en diminutas bolsas de plástico o en peceras, en donde seguramente morirán asfixiados o agonizarán para satisfacer a quienes los compran por novedad y moda. La fauna silvestre convertida en mascota es señal de los acomplejados e ignorantes quienes dan sentido a su vida con extravagancias a costa del padecimiento del otro. Así fueron educados.
Acuarios. El infame negocio de los acuarios. Los delfines debido al estrés y la depresión que les provoca por no estar en libertad se llegan a quitar la vida de forma consciente.
Los perros. La impasibilidad de las personas hacia un individuo que siente la soledad y el abandono, con el ferviente deseo de una caricia, nos bloquea peligrosamente la empatía por el prójimo cualquiera que éste sea. La indiferencia es una forma de envilecer nuestra alma desde pequeños.
La Charrería. “Es un deber ético y moral que los representantes de la UNESCO excluyan de las nominaciones a la categoría de ‘Patrimonio de la Humanidad’ a todas las manifestaciones que cosifiquen, causen daños físicos o psíquicos y sometan a cualquier clase de castigo y tormento a todo individuo de las especies de la fauna, sean éstas domésticas o silvestres. Más allá, resulta una obligación deontológica derogar todas aquellas declaradas como tales con anterioridad”.

* Elideth Fernández es miembro de la Red de artistas e intelectuales por la abolición de la tauromaquia, una gran iniciativa de Movimiento Consciencia–Fundación Internacional por el Reconocimiento de la Consciencia y los Derechos de los Animales- junto con la promotora cultural Gloria Maldonado Ansó.  La Red se está integrando, entre otros, por personajes icónicos de la cultura en México y el mundo, conscientes de la importancia del tema y de la necesidad de condenar las corridas de toros como cualquier otra forma de exaltación y normalización de la violencia. 

** NOTA DE LA REDACCIÓN.- En el Derecho Internacional no hay un consenso aún sobre la viabilidad de aceptar el concepto de «derecho animal». La principal crítica a esta propuesta, desde la teoría jurídica, es que los derechos animales solo pueden ser elaborados a partir de una subjetividad humana. Es decir, un sistema jurídico parte de un contrato social que establece derechos y obligaciones (el derecho a la vida va acompañado del deber de no matar, por ejemplo), lo que, en el caso de los animales, es imposible de cumplir. Este cuestionamiento no defiende el sufrimiento innecesario de los animales, sólo rechaza la pretensión de atribuir derechos a entes no humanos que no podrán ejercerlos de forma autónoma y necesariamente tendrían que ser «representados» por personas que se autoasignan esa representación. Algunas preguntas que los críticos han planteado son: 1. Los derechos para los animales, ¿son una extensión de los Derechos Humanos o se trata de nuevos derechos? ¿Cómo deberían dirimirse conflictos normativos entre derechos humanos y animales (por ejemplo, en el caso de las investigaciones científicas)? ¿En qué consistirá la legitimidad de las personas humanas que implementarán derechos de los animales en su nombre?

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