Trabajando a ciegas. Honor a quien honor merece

30 julio, 2021

¿Está segura que no es covid?, no me vaya a contaminar la sala”. Nunca nadie en el ISSSTE me había pedido una disculpa, la miré a los ojos y pensé que ella tenía tanto agotamiento, tanta inquietud como responsable, de no ver un riesgo para su equipo y los pacientes; tanto temor como yo que sentía que después de 18 meses de cuidarme en exceso del virus ahora caminaba como en un campo minado


Por: Elena Portas*

Soy experta en hospitales del ISSSTE; he cuidado a mi madre en sus más de 15 estancias hospitalarias, en ocasiones de hasta un mes.

Pero hoy tengo urgencia por expresar algo: Como corresponde a los habitantes de Coyoacán, el viernes 23 de julio del 2021 me dirigí al Hospital Adolfo López Mateos a pesar de que el domicilio anterior de mi madre se encontraba en Tlalpan. La recepcionista me envió a asistentes de la coordinación y yo pensé que, como en diciembre, no habría cabida para mi mamá, que venía muy delicada.

Sin embargo, los asistentes de la dirección me permitieron la admisión, con toda amabilidad, advirtiéndome que no había recursos para atención durante la madrugada. Lo primero que pensé es que era una forma de desanimarme, por lo que no me di por vencida.

Al ingresar a urgencias me encontré con un equipo enorme que me rodeaba hablando de intubarla y de resucitación cardiopulmonar. En mi sorpresa, yo no lograba hilar lo que me decían. Apenas en la tarde mi madre había comido en la mesa con la familia.

Solicité un momento para consultar con mi familia, pero la respuesta fue: “no hay tiempo, debe firmar los papeles ahora para saber cómo proceder”.

Firmé. No salía de mi estado de incredulidad y salí a llamar a mi casa. Cuando regresé a la sala, la doctora se acercó a mi, acarició mi espalda, me pidió una disculpa por haberme presionado a dar una respuesta inmediata y me comentó que no había sido necesario intubarla.

Sólo entonces recordé su frase: “¿Está segura que no es covid?, no me vaya a contaminar la sala”.

Nunca nadie en el ISSSTE me había pedido una disculpa. La miré a los ojos y pensé que ella tenía tanto agotamiento, tanta inquietud como responsable, de no ver un riesgo para su equipo y los pacientes; tanto temor como yo, que sentía que después de 18 meses de cuidarme en exceso del virus ahora caminaba como en un campo minado.

Supe en ese momento que algo había cambiado, que ambas teníamos esa noche muchas cosas en común.

La noche helada fue eterna. Estuvimos sentados afuera del hospital hasta que alguien se compadeció y nos permitió entrar a sentarnos un par de horas en la sala de espera. La respuesta en urgencias fue siempre la misma: “No hay laboratorio, placas ni endoscopía para comprobar si hay anemia, hemorragia interna o neumonía”.

Me parecía imposible pensar que un hospital de ese nivel no tuviera lo básico para poder dar un diagnóstico de ese tipo.

Me sorprendió que, al día siguiente a las 2 de la tarde la subieran a piso. Aún estaba inconsciente la mayor parte del tiempo y ya en piso me comentaron que también estaba comenzando a tratar una probable neumonía que no se podía confirmar por falta de Rayos X. Comencé a creer que si era cierto, que lo único que había en el hospital para salvar a mi mamá eran los recursos humanos de médicos y enfermeras.

Lo siguientes días las cámaras y reporteros a la puerta del hospital buscando «la nota» me confirmaron que era real lo que estaba sucediendo.

Esa misma noche, una doctora habló conmigo. En verdad lamento no recordar su nombre ¿Angélica?, quizá ella me recuerde. El agotamiento, miedo y tristeza nublaban mi cabeza pero recuerdo claramente lo que dijo: “tiene que descansar, aquí habemos médicos y enfermeras para lo que su mamá necesite. Aquí nadie la va a juzgar si se va a bañar y duerme unas horas”.

Esa charla me cambió los siguientes días. Como nunca me había sucedido me encontré en medio de un grupo de profesionales sumamente cálidos y empáticos que jamás me preguntaron mis razones. Sabían que estaba sola con el apoyo de la cuidadora que encontré los siguientes días. Sabían que estaba agotada, que daba prioridad ante todo a mi trabajo; que tenía tanta compulsión por la desinfección que se me cuartearon las manos y me daban piquetes al tocar gel antibacterial. Sabían que jamás me retiré los dos cubrebocas que tensaba al máximo en dos colitas que, como niña, me rasgaban los ojos. Sabían mucho pero ignoraban tanto… no supieron que esta pandemia ha quitado a mi familia de seis personas, tres fuentes de ingreso; desconocían que siendo terapeuta he dado contención a más de 100 pacientes y he escuchado mil historias que han tocado lo más profundo de mi alma y de mis miedos. No tenían idea de que llegaba a casa intentando no tocar nada para no llevar un contagio a mis tres hijos que no están vacunados. Jamás supieron que cuando escuchaba las carencias me preguntaba qué sucedería si los demás caíamos enfermos. No sabían, no sabían.

Y no porque no escucharan. No sabían porque me sentí tan comprendida y cobijada que jamás tuve que darles una explicación de lo que debía hacer; porque cuando los enfermeros y enfermeras sabían que saldría por un rato me decían: “No se preocupe, aquí estamos. Solo cheque el barandal que esté bien colocado». Y cuando regresaba me daban todo tipo de señales de lo que había sido necesario. No sabían porque los doctores repetían con toda paciencia las indicaciones a la cuidadora y a mí las veces que fuera necesario; porque me comprendían tanto como yo comprendía cada vez que me decían que “suponían que, que no se podía corroborar, que no había esto o aquello”.

Aprendí tanto en estos siete días. Aprendí que de los dos lados estamos tan golpeados, vulnerables, atados, limitados y cansados. Que en el quinto piso hay un equipo de residentes lidereado por el doctor Omar Pérez, la doctora Rosalía Rodríguez y el doctor Carlos Aparicio. Especialmente mi agradecimiento al primero, que es con quien yo traté, y a los jóvenes doctores que lo acompañaron esos días. Ese equipo es hoy por quien mi mamá está viva.

Aprendí también que, como en todo equipo, se llega a cruzar alguien que ofrece opinión sin conocer qué hay de fondo y la antítesis de quien compartiendo la profesión de fisioterapeuta llena de paz y tranquilidad a los pacientes. Que mientras yo me aterraba por tener que entrar a una ambulancia, los camilleros le han perdido miedo al miedo al punto de retirarse el cubrebocas en su servicio.

Me pregunté entonces si un día habían tenido mi miedo, si habían temido abrazar a su familia y llevarles el contagio. Me pregunté si ahora acallaban ese miedo con las bromas irónicas que, supongo creyeron yo no había entendido.

Hoy estoy en mi pequeñísimo departamento al lado de mi madre y mi familia, cuidándome de no traer contagio porque, como dijo el camillero que la bajó a la ambulancia: “aunque suene feo, Elenita, no queremos verla aquí de nuevo”.

Yo si quiero verlos de nuevo, no ahí, pero sí quiero verlos con las emociones más apaciguadas y decirles: gracias por acompañarnos a transitar por la carretera que cruza de la isla muerte a la playa de la vida, a ciegas, dirigiendo solo con su enorme experiencia y el diagnóstico clínico.

Si para que yo aprendiera esto se tenía que cruzar la pandemia y mi segunda estancia en un hospital sin nada, gracias por permitirme ver que, al menos, en el servicio de geriatría del quinto piso del Hospital Adolfo López Mateos hay pasillos vacíos. No existen recursos pero hay un excelente grupo de profesionales que son y se han convertido en personas cálidas, comprensivas y empáticas, como nunca antes había visto.

*psicóloga

Portal periodístico independiente, conformado por una red de periodistas nacionales e internacionales expertos en temas sociales y de derechos humanos.