Las huellas que perdimos en el valle

10 marzo, 2021

En Tehuacán se reportó la desaparición de 406 personas a lo largo de los últimos ocho años. Una tercera parte del total nunca fueron encontradas

Texto: Mario Galeana / Manatí

Fotos: Olga Valeria Hernández y Mario Galeana

PUEBLA.- Todo comenzó como la intermitencia de una luz que vacila hasta extinguirse en silencio. El primer año desaparecieron ocho, al segundo fueron veinticinco, y con la suma de los siguientes años se convirtieron en cientos.

Y sin embargo en la ciudad de Tehuacán no se habló de personas desaparecidas durante mucho tiempo. Era difícil hablar de una sola cosa en la ciudad más grande de una región difusa en la que el viento recoge a su paso cactus y ceibas, fango, hojarasca y hiedra, un desierto, un valle y una selva.

Pero luego desaparecieron ellas, y sus madres comenzaron a buscarlas. Y, al hacerlo, descubrieron que con ellas habían desaparecido también las pruebas decisivas para encontrarlas: la carpeta de Cristina, el video de Karina, el chip del teléfono de Roxana. Todo rastro se perdió de un modo u otro. En las manos del agente ministerial encargado de su investigación, en el olvido de una oficina de la Fiscalía del estado que se caía a pedazos.

Entonces la palabra desaparición se convirtió en sinónimo de familias desterradas, de tratantes, cómplices y omisiones, de tantas cosas más, excepto justicia. 

La carpeta de cobros de Cristina

El 16 de agosto de 2016 fue el último día en que Olivia Cristina Camarillo Viveros, de 44 años, despertó en su cama. La mañana de ese martes la casa estaba bastante tranquila, porque ya sólo estaban ella y Lucía*, a la que más tarde llevaría a cortar el pelo para venderlo y pagar su inscripción a la secundaria. El esposo había salido hacia la maquiladora, la hija más grande se encontraba en su primer día de trabajo y la más pequeña en casa de su abuela Oralia.  

Al mediodía, Cristina llamó a su hermana Anel para pedirle que la acompañara a cortar las trenzas de Lucía, pero Anel le advirtió que la peluquería ya estaría cerrada, así que acordaron ir al día siguiente. Cristina dijo que tenía que preparar la comida y colgó. 

Mientras rebanaba jitomates y calentaba el sartén para freír un bistec, Cristina recibió una llamada. Eran las 3 de la tarde. Salió al patio de su casa, donde la recepción telefónica era mejor, y al colgar tomó una pequeña bolsa de mandado, guardó su teléfono y la carpeta en la que registraba los cobros que realizaba para la financiera Provident, donde trabajaba como comisionista por un salario de 100 pesos al día —a veces menos, a veces nada—, y se dirigió a su hija:

  —Sigue partiendo jitomate, voy por un pago, ahorita regreso.

Pero Cristina no volvió jamás. 

***

El Valle de Tehuacán y la Sierra Negra comprenden 21 municipios y casi 5 mil kilómetros de una geografía que se extiende en dos direcciones. Hacia el sureste, en los límites con Oaxaca, el desierto y el valle de cactáceas en el que aún es posible hallar en la piel de las piedras el rastro de insectos extintos hace miles de años. Hacia el suroeste, en los límites con Veracruz, la sierra de barro macilento, cuevas inexpugnables y ríos que nacen en la punta de las montañas. 

En la región cada extremo descansa sobre su opuesto: sus pueblos y ciudades van de lo húmedo a lo seco, de lo cálido a lo gélido, de lo urbano a lo selvático, de lo posible a lo imposible. Las carreteras desembocan invariablemente en Tehuacán, el centro urbano más importante de la región, la segunda ciudad más poblada de todo el estado de Puebla —medio millón de personas— y el nombre que se exportó al mundo para hablar de agua mineral y tortura, porque en la jerga policial se conoce como tehuacanazo a la asfixia provocada por el estallido del agua a través de la nariz. 

Foto: Mario Galeana

Tehuacán se construyó sobre manantiales y con el tiempo se convirtió en una ciudad que casi se hizo próspera a causa del desarrollo de grandes empresas embotelladoras, y casi chic por las celebridades que acudían a sus balnearios y hoteles seducidos por las propiedades curativas que atribuían al agua. Nunca perdió esa noción suburbana que convierte la apertura de centros comerciales en grandes acontecimientos; y más tarde el neoliberalismo sembró en la zona el oasis de las maquiladoras que prometían empleos a borbotones a cambio de jornadas extenuantes, salarios bajos y desagües que convertían los ríos en algo menos que manchas violáceas.

En el vocabulario de la ciudad no existía la palabra desaparición, pero en algún punto de su historia comenzó a convertirse en todo lo que ya es hoy: en la región no hay ciudad con tasa delictiva más alta —mil 616 delitos por cada 100 mil habitantes— ni más desapariciones que Tehuacán. 

En poco más de ocho años —del 1 de enero de 2012 al 31 de mayo de 2020— en la Fiscalía de Puebla se presentaron denuncias por la desaparición de 406 personas que fueron vistas por última vez en la ciudad. 

Localizaron al 63 por ciento y del resto —150 personas que eran madres o eran chicos o eran niñas o eran tíos— nadie supo nada. 

***

Cuando el esposo de Cristina salió de la maquiladora y llegó a casa, lo que encontró fue a una niña con el estómago vacío, un par de jitomates a medio rebanar y unos cuantos bistecs crudos sobre la mesa. Eran las 8 de la noche y el teléfono de su esposa llevaba varias horas apagado. Llamó a casa de Oralia para preguntar si Cristina estaba con ella, y Oralia llamó a Anel, y Anel le marcó a Gloria —la mayor de sus hermanos—, y Gloria le marcó a Guadalupe —el menor—, pero todos respondieron lo mismo. 

Bajo la luz amarilla de los postes comenzaron a buscarla en las calles de San Nicolás Tetitzintla, la junta auxiliar en la que vivían. Gritaban su nombre y algunas caras borrosas se asomaban por las ventanas. Casi al amanecer decidieron ir a denunciar su desaparición, pero el Ministerio Público que los recibió dijo que tenían que esperar al menos 72 horas para hacerlo, aunque los protocolos para la búsqueda de mujeres desaparecidas en Puebla indican exactamente lo contrario: que no debe perderse un instante. 

Cuando la familia de Olivia Cristina quiso denunciar su desaparición, pese a los protocolos para la búsqueda de mujeres desaparecidas en Puebla, el Ministerio Público les dijo que debían esperar 72 horas / Foto: Mario Galeana

El tiempo tiene esa condición elástica que lo convierte en una eternidad o en un chispazo. Durante esos tres días, para Oralia y su familia el tiempo fue una eternidad. Pero ahora, cuatro años después, Oralia siente que su hija desapareció ayer. Siente que la están buscando sólo desde hace unas horas y resuella, exhala dolorosamente deshojando el recuerdo del último día que pudo verla. 

     —Después de esas 72 horas fuimos y 72 horas después nos preguntaron si podíamos proporcionarles otra vez el número de la denuncia, porque ya habían perdido los papeles —relata Oralia—. Hubo que esperar esas 72 horas para que hicieran algo… aunque hasta ahorita ya han pasado cuatro años y no han hecho nada. 

Entrevistadas algunos días después, las madres de Karina y de Roxana dirán lo mismo: nadie nos ayudó, nadie buscó a nuestras hijas, no hay avances, no sabemos nada. 

Pero ahora, en un martes nublado, Anel dice que escribió un diario para registrar la búsqueda de su hermana. Y la letra de ese diario es pequeña, precisa, hojas y hojas de indagatorias que la Fiscalía General del Estado (FGE) debió haber hecho, rastros, pistas, nombres, horarios, un recuento minucioso de diversos momentos. La tarde en la que alguien les dijo que Cristina estaba secuestrada en una bodega, y fueron. La mañana en la que alguien les contó que debajo de una cabaña encontrarían pasadizos con personas raptadas, y volvieron a ir. El día en que alguien les llamó para pedirles dinero a cambio de información sobre Cristina. Las veces que la empresa telefónica se negó a proporcionar la geolocalización de su celular. La noche que Gloria se disfrazó para buscarla en tugurios. Los meses que la financiera Provident les negó la carpeta de cobros que Cristina llevó consigo al desaparecer.

Los días, los meses, los años.

***

Oralia tiene sesenta y pocos, el rostro enjuto y el cabello corto y crespo; es posible hallar en su rostro el rostro de Cristina, la forma de los ojos, la nariz y la boca. Así que al despertarse y encontrarse frente al espejo, Oralia debe ver también a su hija. Anel tiene 44 —la edad que tenía su hermana al desaparecer—, es delgada y madre de dos chicos. 

Las dos hablan a las afueras de una cafetería del Parque Ecológico en Tehuacán, donde a distancia el agua chapotea en las fuentes, algunos niños juegan, el viento de noviembre sacude los árboles. Bajo el filtro de la quietud de este día, es difícil explicar que cinco días después de la desaparición de Cristina, y a unos cuantos pasos de esta misma cafetería, otra chica, Karina Yazmín Alducin Roríguez, fue vista por última vez.

Mientras se cumplía el plazo de 72 horas, la familia de Cristina pegó carteles con su rostro por toda la ciudad. Recorrieron San Nicolás anotando la dirección de las cámaras de vigilancia que pudieron haber registrado sus pasos, pero recibieron un portazo cada vez que pidieron a los propietarios de esas cámaras que cedieran sus grabaciones. Llevaron ese expediente de direcciones y fotografías a Antonio Martínez Bermúdez, quien un mes antes había sido nombrado fiscal del distrito judicial de Tehuacán. Él les pidió 15 días para encontrar a los responsables y guardó el expediente en el cajón de su escritorio, con la promesa de que sería analizado.

     —Yo esperaba que se cumplieran esos 15 días —recuerda Oralia—. Y, cuando al fin fuimos, me quedé parada, él abrió el cajón y ahí seguía el expediente, las fotografías. Nunca lo envió a analizar.

La investigación pasó a manos de Arturo Hernández Arvide, quien entonces era agente del Ministerio Público Especializado en Desaparición de Personas en Tehuacán, el mismo que debía buscarlas. A ella, a Karina y a Roxana. 

Pero entre uno y otro no hubo ningún cambio, y Oralia y sus hijas viajaron a la ciudad de Puebla para denunciar ante la sede central de la Fiscalía la inacción de ambos. Un par de ministeriales las trajeron de vuelta e hicieron lo que debía hacerse en las primeras horas: reconstruir el camino, preguntar entre vecinos y solicitar las grabaciones. 

Eso ocurrió seis meses más tarde y, para entonces, los videos del 16 de agosto de 2016 ya habían sido borrados.

La financiera Provident nunca accedió a entregar los registros de las personas a las que Cristina pudo dirigirse la última vez que fue vista. Trabajó ahí menos de un año, pero en ese tiempo fue agredida varias veces por las personas a las que tenía cobrarles, e incluso enviaban amenazas a su jefe a través de ella. Siete días después de su desaparición, una trabajadora de la financiera fue asesinada en un robo en el que la despojaron de 2 mil pesos: las comisionistas como Cristina y como ella no cargaban grandes sumas de dinero.

     —¿Por qué la Fiscalía no investigó a la financiera? Cuando mi hija se perdió fuimos a hablar con el gerente y él nos dijo: “Señora, no podemos darle ningún apoyo, porque doña Cristina era una trabajadora más”. La financiera se lavó las manos y jamás comentaron lo de mi hija, ni el porqué mataron a su compañera. Mi pregunta siempre ha sido esa: ¿A quién le toca investigar a la financiera?     

El video de Karina

Hay un video. Y en el video hay un carrito de hotdogs, carros estacionados, una calle, algunos chicos que esperan para entrar a un antro. Y del antro sale una chica. Una chica que avanza y luego vuelve y se despide a la distancia de alguien que la mira desde el interior. Una chica que camina en sentido opuesto al de la cámara: que se hace más pequeña. Una chica que pasa entre los carros estacionados y cruza hacia los negocios apostados a las orillas de un parque. 

Una chica que llega hasta donde alguien —un hombre— la está esperando. Un hombre al que hasta entonces no habíamos visto. Un hombre entre las sombras que, sólo por un instante, es desvelado por las luces de un taxi que pasa. Un hombre hundido en su teléfono que sólo alza la mirada hasta que la chica llega a él y lo toma del brazo. Y juntos caminan, se pierden. 

La chica se llama Karina Yazmín Alducin Rodríguez, tiene 21 años y esa es la última vez que será vista. El hombre se llama Óscar, tiene 34 y es responsable de la desaparición de la chica, según la madre.

Meses más tarde la Fiscalía de Investigación Regional en Tehuacán pierde ese video. Y ni siquiera después de que la madre de la chica lo consigue de vuelta y lo hace público, la Fiscalía del estado tiene una respuesta para explicar por qué el video no está en el repositorio de la investigación. Y pasan años y el video está ahí, a la vista de todos, excepto de la Fiscalía. 

Hay un video. Había un video. Había una chica. 

***

     —Yo digo que voy a escribir un libro.

La voz de Paloma*, la madre de Karina, tiene ese tono enérgico que caracteriza a las personas que habitan el norte del país, aunque su vida ha estado llena de escalas. Cuando nació Karina vivían en Ciudad Juárez, pero a los diez meses se mudaron a Orizaba, Veracruz, porque Paloma no quería criar a una hija en una tierra en donde sólo se hablaba de feminicidios. 

Allí su hija tuvo una infancia cómoda, educación privada, algunos lujos. Fue una niña enfermiza, pero muy consentida. Tenía 14 cuando llegaron al municipio de Tepanco de López, a media hora de Tehuacán, y tenía 20 cuando se mudaron a la ciudad: exactamente un año antes de que todo ocurriera.

mujeres desaparecidas en Puebla
En Puebla, dos de cada tres personas que han sido localizadas son mujeres, sin embargo, no se sabe con claridad qué sucedió con ellas y tampoco se sabe si regresaron por su propio pie o si fueron rescatadas. / Foto: Olga Valeria Hernández

El libro que Paloma imagina podría comenzar por esto o podría iniciar con lo que sucedió después: la desaparición, la búsqueda, las amenazas, el miedo, el exilio, el colectivo, las otras madres.

Todo comenzó a cambiar en un momento más o menos preciso: seis meses antes de la madrugada del 21 de agosto de 2016, la madrugada del video. 

     —Nosotros siempre la cuidamos mucho porque era muy confiada. Le faltó… cómo decirlo… le faltó aprender a defenderse, a diferenciar entre personas buenas y malas. Pero después de que cumplió los 21 me pedía salir y, al hacerlo, empezó a conocer a algunas personas. 

Y entre esas personas estaba Óscar. 

***  

 Los números cuentan su propia historia. Entre las 150 personas a las que se vio por última vez en Tehuacán durante los últimos ocho años, el 46 por ciento son mujeres, el 54 por ciento hombres. 

Las mujeres desaparecen con más frecuencia tanto en Tehuacán como en el resto de la región, pero es menos probable que un hombre desaparecido sea encontrado. Entre todo el Valle y la Sierra Negra, a lo largo de este tiempo se levantaron reportes por la desaparición de 471 personas y sólo el 62.4 por ciento fueron localizadas; dos de cada tres eran mujeres. 

Las desaparecidas son casi siempre niñas, adolescentes y jóvenes de menos de 30. Los desaparecidos son jóvenes y hombres de más de 40 años. La mitad de ellas tenía, hasta su desaparición, entre 10 y 18 años. La mitad de ellos tenía entre 19 y 37 años.

No se sabe con claridad qué sucedió con las mujeres desaparecidas en Puebla a las que después encontraron, y tampoco se sabe si regresaron por su propio pie o si fueron rescatadas.

 A finales de 2020, el Instituto para la Gestión, Administración y Vinculación Municipal (Igavim), evidenció que la Fiscalía General del Estado desconocía los motivos de la desaparición del 12.66 por ciento de las mujeres que, entre 2015 y 2019, fueron reportadas y posteriormente halladas en el estado.

Entrevistado por la periodista Aranzazú Ayala Martínez, del portal LADO B, Juan José Hernández López, integrante del observatorio, señaló que, presumiblemente, “en estos reportes sin explicación se ocultan delitos como secuestro y trata de personas. Uno de los principales hallazgos es la invisibilización y falta de investigación, por parte de la FGE, en los posibles casos relacionados con estos delitos, que –en su mayoría– tienen fines de explotación sexual de las mujeres”.

***

El miércoles 17 de agosto de 2016 Karina le dijo a su madre que quería casarse con Óscar. La noticia la sorprendió porque hasta entonces no había escuchado su nombre, y de pronto lo tenía allí, al teléfono, presentándose por primera vez.

    —Él me dijo: “Soy chef, soy de buena familia. No se preocupe, Karina está en buenas manos. Nos vamos a juntar y luego nos iremos a casar allá con usted para el cumpleaños de Karina”.

Paloma llevaba algunos días en el norte del país porque habían decidido mudarse de vuelta, y esa fue otra razón por la que se desconcertó con la noticia. 

El sábado 20 de agosto Karina reunió su ropa y una amiga la ayudó a llevarla al departamento de él, no sin algunos reproches de Paloma. A las 7 de la tarde de ese mismo día recibió un mensaje de Óscar: era una fotografía de él y de su hija, sonrientes.

Después del video, ese es el último registro gráfico que existe de Karina. 

Entre las 150 personas desaparecidas en Tehuacán, Puebla durante los últimos ocho años, el 46 por ciento son mujeres y el 54 por ciento hombres / Foto: Colectivo «Voz de los Desaparecidos en Puebla» | Facebook

A las 9 de la noche, Paloma escribió a su hija para saber en dónde estaba, y ella le dijo que se encontraba con unos amigos en un antro, cerca del Parque Ecológico. Se dieron las buenas noches y a la mañana siguiente, el domingo 21, después de horas de llamar a su hija sin tener respuesta, contactó a Óscar. Él dijo que la noche anterior había ido a recogerla, pero que al verla besándose con otra persona, la había dejado. 

Algo comenzó a torcerse en ese instante. Paloma le pidió a su esposo que fuera al departamento de Óscar a buscarla, pero Óscar se opuso tanto que hubo que llamar a una patrulla de policía. Cuando entraron, allí no había nada: de la ropa que horas antes habían llevado, ahora no quedaba ni una calceta.

Por la madrugada del lunes 22, el esposo de Paloma llegó al Ministerio Público a denunciar la desaparición de Karina, pero también lo hizo Óscar. Él se presentó como cónyuge de la chica, aunque no supo decir sus apellidos y no volvió a solicitar informes sobre la investigación. Paloma regresó a Tehuacán horas más tarde y, en aras de impedir la mala prensa, la dueña del antro la invitó a revisar las cámaras de seguridad. 

     —Proyectaron el video porque los muchachos de la barra no tenían memorias para descargarlo. Ahí se ve cómo a la 1:30 de la madrugada mi hija sale del antro, camina hacia el Parque Ecológico y se encuentra con un tipo. Pasan taxis y carros y lo alumbran, y mi esposo asegura que es Óscar, porque hasta trae la misma ropa que usaba cuando levantó la denuncia. Así identificamos que fue totalmente falso lo que dijo.

Paloma acudió al Ministerio Público y prometió que dos días después llevaría los videos que probaban con quién había estado su hija antes de desaparecer. 

Y entonces apareció Arturo Hernández Arvide.

***

Mientras guardaban el video en dos memorias usb —una para ella, otra para las autoridades—, una secretaria llamó a Paloma para decirle que un funcionario de la Fiscalía Regional quería hablar con ella: en un hospital habían recibido a una mujer muy golpeada y podría tratarse de Karina.

El vértigo de la noticia hizo que se olvidara de todo y llegó a la Fiscalía de un tirón. Con una inusitada rapidez la hicieron pasar a la oficina de ese funcionario y, ahí, el nombre de Arturo Hernández Arvide se convirtió en un rostro. 

De tez blanca, malencarado y alto, Hernández le pidió que describiera todo lo ocurrido. Cuarenta minutos más tarde, ansiosa por saber qué ocurría, Paloma insistió en que le mostrara las fotografías de aquella mujer porque la esperaban para recoger los videos.

     —Señora, ya mandé a un ministerial por ellos, no se preocupe —le contestó. 

Una llamada interrumpió la conversación. Al colgar, Hernández se dirigió de nuevo a ella:

     —Me acaban de avisar que llegaron los familiares de la mujer al hospital y no es su hija.

Y la sacaron de la oficina con la misma rapidez con la que la hicieron entrar. 

Cuando regresó al antro, los empleados le explicaron que dos agentes ministeriales se habían llevado las memorias pidiéndoles que borraran el archivo para “no comprometerse”. Pero alguien sospechó que algo no estaba bien. Y tomó su teléfono, grabó un fragmento del video, se lo envió a Paloma. 

Al volver a la Fiscalía, el video en las memorias ya era humo, pérdida, nada. Llegó buscando a Hernández, pero —desde entonces— no lo volvió a ver. En su lugar apareció su auxiliar, Juan Calderón Ortigoza, un tipo joven de rostro ovalado que dijo haber enviado el video a analizar. Y sin ese resultado, dijo, no podía saberse si Óscar era el hombre del video. Y si no podía saberse, dijo, entonces no podían detenerlo.

Esa respuesta se repitió durante casi seis meses. Hasta que, en febrero de 2017, por un mensaje de WhatsApp, Calderón le respondió a Paloma: “¿Video? ¿De qué video me habla, señora?”. 

***

Veintidós años antes de encontrarse con Paloma por primera vez, el 11 de agosto de 1994, Arturo Hernández Arvide se convirtió en agente del Ministerio Público de la Fiscalía de Puebla.

Una década más tarde, en 2004, la Comisión de Derechos Humanos (CDH) lo sacó de la niebla y ordenó un proceso administrativo en su contra por haberle negado a una persona el derecho de contar con un abogado. 

Después su nombre salpicó ocasionalmente las páginas de la nota roja como el agente que declaraba a la prensa algunos datos: en Izúcar de Matamoros, en Tepeaca, en 2009, en 2012, en 2013. Hasta que el 9 de junio de 2015, un martes en el que la primavera languidecía, alguien decidió transferirlo al distrito judicial de Tehuacán.

Y de los veintidós años que lo separaban del encuentro con Paloma ahora sólo quedaba uno.

Su llegada a Tehuacán fue síntoma de lo que sucedería después. Al mes recibió una denuncia por el delito de abuso de autoridad contra un par de funcionarios municipales, pero no movió un solo clip del expediente durante nueve meses. 

Al cabo de un año, ahora él era el denunciado, y el órgano de control de la Fiscalía —creado para investigar la conducta de sus propios elementos— lo citó insistentemente para que declarara al respecto. 

Pero Hernández era esquivo, al primer citatorio no llegó, al segundo tampoco, y del tercero al quinto ocurrió lo mismo. Tres meses y seis citatorios después se disculpó, alegó “motivos de trabajo” y programó su declaración para finales de septiembre.

Entre el primer y segundo citatorio conoció a Paloma y supo del video y de Óscar y de la noche en que Karina caminó con él para no volver jamás. 

Entre el quinto y el sexto, Paloma recibió amenazas de muerte, su casa fue acechada por las sombras, tuvo que marcharse al norte sin Karina, y sólo Hernández podría decir si también supo aquello.

Cuando al fin acudió a declarar fue su jefe, Antonio Martínez Bermúdez —el mismo al que Oralia conoció mientras buscaba a Cristina—, quien justificó su demora. 

En distintas cartas Martínez dijo que Hernández había hecho guardia, que había tenido mucho trabajo, mil 280 carpetas de investigación pendientes y otras 143 averiguaciones en trámite, que a falta de personal dobleteaba como responsable de dos ministerios públicos. 

La directora general del órgano de control leyó cada uno de esos argumentos, que revelaban el estado decadente de la institución en la que ella también trabajaba, pero igual lo declaró culpable de incumplir con sus actividades y lo castigó —tanto tiempo después— con cinco días sin paga. 

Cinco días por una denuncia que permaneció intacta nueve meses.

Y por la pérdida del video de Karina no hubo ni uno ni seis citatorios. No hubo nada. 

***

Las semanas que sucedieron a la desaparición de Karina fueron un campo minado. Paloma y su esposo recibían tres o cuatro llamadas al día con voces indistinguibles que los amenazaban. “¿Ya se van o entramos por ustedes?”. A las 3 de la mañana un taxi se detenía frente a su casa y arrancaba, de súbito, con el chillido de las llantas arañando la madrugada. 

     —Yo sentía que nos iban a levantar y que no íbamos a encontrar a mi hija así. Y con todo el dolor del mundo nos tuvimos que ir. Ya teníamos en contra a la Fiscalía. Porque así nos decían: “Es que la Fiscalía nos dice que ustedes siguen chingando”.

El 15 de septiembre de 2016, mientras en Tehuacán se daba el Grito de Independencia y la gente brindaba y festejaba y el estallido patrio rezumaba por las avenidas, una familia partía hacia el norte sin su hija. 

Seis meses más tarde, en marzo de 2017, Paloma decidió ceder el video que tenía a un periódico digital. Su publicación removió rescoldos y por esos meses en Tehuacán se habló mucho de desapariciones, de funcionarios corruptos, de criminales con un pie metido en el narcomenudeo y otro en la trata de personas. Se habló de Karina y de otras chicas desaparecidas como Roxana Sarahí Sánchez Olguín, a quien vieron por última vez el 31 de enero de 2017.

No sólo se trataba del video. Por esos años, entre 2015 y 2016, las desapariciones en la ciudad alcanzaron su punto más alto: 35 mujeres y 37 hombres a los que no volvieron a ver. 

Las desapariciones dejaron de ser pequeñas intermitencias en la ciudad para convertirse en un rastro indeleble causado por la ausencia, y en los muros de Facebook circulaban fichas de búsqueda, mientras que por las calles se pegaban volantes con rostros.

***

A partir de 2017 Paloma inició varios procesos legales en contra de Hernández y otros funcionarios de la Fiscalía de Puebla por la pérdida del video, la ineficaz búsqueda de su hija y la nula investigación sobre Óscar. Llevó su caso a la entonces Procuraduría General de la República (PGR), que se declaró incompetente para el caso. 

Envió una carta al presidente Andrés Manuel López Obrador y desde su oficina la enviaron de vuelta a la Fiscalía General de la República (FGR), donde espera respuesta desde hace un año. 

Paloma recorrió organismos locales y nacionales de derechos humanos. Fundó un colectivo de búsqueda de desaparecidos junto a otras madres, como María Luisa Núñez Barojas, quien conoció a Hernández tras la desaparición de su hijo Juan de Dios, un muchacho de 23 años. 

Aunque fue visto por última vez a 54 kilómetros de Tehuacán, en un distrito judicial distinto, la investigación sobre el paradero de Juan de Dios fue atraída por el Ministerio Público que Hernández encabezaba. 

Pero atraer quizá sea una palabra que significa demasiado para alguien que sepultó la investigación por un año, y María Luisa terminó denunciando al Estado mexicano ante el Comité contra las Desapariciones Forzadas de la ONU por la inacción de la Fiscalía en la búsqueda de su hijo.

Nada de esto ha menguado la carrera de Arturo Hernández Arvide, que hoy es coordinador de un Ministerio Público de la Fiscalía de Investigación Regional en Izúcar de Matamoros, y gana casi el doble que durante sus días en Tehuacán: 50 mil pesos mensuales entre salario y compensaciones. 

En agosto de 2017, el nombre de Hernández volvió a aparecer en la prensa, ahora ligado a Othón Muñoz, un empresario gasolinero apodado “El Cachetes”, señalado por presunta venta ilegal de combustible pero sólo procesado por posesión ilícita de armas, y ligado también a los políticos panistas que por entonces detentaban el poder en el estado. 

Durante la primera audiencia que se realizó tras su detención, Muñoz dijo que conocía a Hernández de algunas fiestas, que fue él quien le prometió que “todo estaría bien” cuando fue detenido en un vasto operativo que la Marina realizó en la ciudad de Puebla. Muñoz narró todo eso en una sala judicial en la que Hernández estaba ahí, pero no como autoridad sino como un espectador más.

Mientras tanto, Paloma vuelve cada tanto al estado para participar en los foros del colectivo, en sus actividades. A finales de cada año suelen colgar sobre el follaje de los árboles del Zócalo de la capital las fotografías de sus hijos e hijas, hombres y mujeres desaparecidas en Puebla, en sus distintas latitudes. Lo llaman ‘el árbol de la esperanza’.

     —Para mí es un dolor tan grande ver a mi hija ahí —dice por teléfono—. Nada más los que estamos ahí sabemos lo que nos duele ver a nuestros hijos. Cuando voy allá, a los foros, yo pienso que no debería estar ahí. Pienso que debería estar desayunando con mi hija, quizá hasta con un nieto. ¿Yo por qué tengo que estar ahí? 

El chip del teléfono de Roxana

Roxana Saraith Sánchez Olguín. Nacida el 27 de enero de 1987. Oriunda de Tehuacán. 30 años. Tez clara, cabello lacio. Ojos café claro, cejas pobladas. Lunar pequeño en el borde izquierdo del labio inferior. Complexión media, estatura 1.52 metros. Secretaria, vendedora de jugos, propietaria de una rosticería, edecán, promotora. Roxana. Rox. Madre de Leandro*, hija de Rocío. 

Y sólo encontraron el chip de su teléfono.

Y, después, ni siquiera el chip.

***

A las 7 de la tarde del 31 de enero de 2017 Roxana contestó su último mensaje. Pocas horas bastaron para que una voz autómata respondiera que el número no estaba disponible o se encontraba fuera del área de servicio. 

Finalmente, a las 5:30 de la tarde del 1 de febrero, alguien contestó el celular. Era una mujer que decía haber encontrado un chip detrás de la iglesia del municipio de Esperanza, a 55 kilómetros de Tehuacán y a 20 kilómetros de Ciudad Serdán, adonde Roxana había acudido a trabajar aquella tarde. 

La mujer dijo haber visto el chip refulgiendo entre tierra y piedras. Dijo haberlo levantado. Dijo haber insertado el chip en su teléfono para saber si era de alguien del pueblo. Eso dijo. 

Entre las 150 personas desaparecidas en Tehuacán, Puebla durante los últimos ocho años, el 46 por ciento son mujeres y el 54 por ciento hombres
Foto: Olga Valeria Hernández

Rocío, la madre de Roxana, llegó al día siguiente por él y volvió a Tehuacán para presentar una denuncia por la desaparición de su hija. Rocío no conoció a Arturo Hernández Arvide, pero sí a su auxiliar, Juan Calderón Ortigoza. Fue él quien recibió la denuncia y el chip del teléfono. 

Esa pieza minúscula pudo proporcionar una lista de los últimos números a los que Roxana llamó, o al menos explicar cómo terminó entre el montículo de piedras y tierra en el que fue encontrado.

Pero, en 2019, cuando la investigación fue atraída a la ciudad de Puebla por la Fiscalía especializada en búsqueda de personas, junto con el resto de todos los casos de desaparecidos en Tehuacán, el chip ya no estaba.

     —El licenciado Calderón dijo que estaba en la carpeta de investigación, y en la carpeta no hay nada. ¿Dónde dejaron ese chip? No sé. Lo que sí le voy a decir es que en ningún momento lo subieron a la plataforma. Hasta apenas el 26 de noviembre de 2019 fue cuando me tomaron una prueba de ADN por si encontraban a mi hija. 

***

Lo que ocurrió a partir de 2017 fue una réplica, un efecto espejo. Si antes sólo en Tehuacán se hablaba de desaparecidos, para ese año los reportes y las búsquedas se extendieron por el Valle y la Sierra Negra como quien arroja un puño de arroz sobre la mesa. 

En los registros oficiales aparecieron, sobre todo, los municipios de la serranía: los olvidados, los pobres, los eslabones de la última esquina del estado de Puebla. 

Entre las 150 personas desaparecidas en Tehuacán, Puebla durante los últimos ocho años, el 46 por ciento son mujeres y el 54 por ciento hombres
A finales de cada año, las familias de las víctimas suelen colgar sobre el follaje de los árboles del Zócalo de la capital las fotografías de sus hijos e hijas, hombres y mujeres desaparecidas en Puebla / Foto: Olga Valeria Hernández

Ajalpan, Coxcatlán, Altepexi, Santiago Miahuatlán, San Miguel Eloxochitlán, Tlacotepec de Benito Juárez, Zoquitlán, Zinacatepec, Vicente Guerrero, Tepanco de López, Nicolás Bravo, Yehualtepec, San Antonio Cañada: el trazo geográfico de la desaparición, fuera de Tehuacán, abarcó otros 13 municipios, 65 de 471 denuncias en toda la zona.

Localizaron —o volvieron o salvaron o reaparecieron— a dos terceras partes, y del resto quedó un número, una carpeta de investigación, una historia rota, una familia ídem, una lucha, un volante, una fotografía. 

Es decir, nada. Es decir, todo.

***

El 27 de enero de 2017 en la casa de Rocío se celebró un cumpleaños. Pero también se celebró otra cosa, una reconciliación, el fin de una distancia. 

Rocío venía diciéndole a Roxana que no le gustaba la forma en la que vivía. No le gustaba su trabajo, ni las personas a las que conocía, ni lo que su nieto podría ver en todo eso. 

Pero aquella tarde su hija, a la que ahora veía cumplir 30, le pedía perdón. Le decía que todo el tiempo había tenido razón, que no lo había entendido, que hasta ese instante comenzaba a entenderlo. 

     —Perdóname, madre. Perdóname.

     —Perdóname tú a mí por meterme en tu vida, pero yo quiero lo mejor para ti y quiero lo mejor para tu hijo. Siempre lo he querido.

No fueron sus últimas palabras, pero Rocío lo dice de ese modo: “Fueron sus últimas palabras”. Cuatro días después, Roxana le marcó por teléfono pidiéndole que cuidara al niño, que tenía trabajo en Ciudad Serdán como edecán, que volvería esa misma noche. Y después ocurrió lo del teléfono sin contestar, el hallazgo del chip.  

     —Mi hija se fue con dos personas más y yo sé que ellas regresaron y mi hija ya no. En su momento lo hice saber a la Fiscalía, pero no me informaron nada. Lo único que me comentaron fue de una osamenta que encontraron en Zinacatepec, que si no era mi hija. Yo dije que no, porque la ropa era muy pequeña y los tres dientes del frente de mi hija eran postizos. Y ellos me insistían y yo seguía diciendo que no, que no era ella. ¿Cómo voy a reconocer algo que no es de ella?

***

Durante febrero Rocío intentó indagar con quiénes se reunía su hija, quién pudo habérsela llevado. Pero la espesura que bramaba al otro lado de su desaparición mostró los dientes. Comenzó a recibir llamadas con amenazas hacia ella y su nieto. Una tarde, mientras caminaba hacia el trabajo, un muchacho desconocido la detuvo para decirle que parara: que los siguientes en desaparecer serían ellos.

Y hubo que parar.

     —Y mira, a lo mejor hay que ser realistas. Yo no tengo por qué arrastrar a mi nieto en lo que no es de él. De irme de Tehuacán, me iría. Pero con qué derecho lo privo de estar con su padre, de convivir con él. No tengo ningún derecho. Por eso me quedé aquí y ya no traté de buscar nada. Por lo mismo, porque no quiero que le pase algo a mi nieto, que es una persona inocente y no tiene nada que ver. 

En los siguientes meses, cuando el último video de Karina recorrió los portales de noticias de Tehuacán, se volvió a hablar de Roxana. La prensa encontró una foto en la que salían ambas —Karina y Roxana— junto a otras chicas. Se llegó a decir que, días antes de su desaparición, Roxana había sido citada como testigo en la investigación de Karina.

 La prensa hizo sus propias conjeturas y se habló de una red de trata de personas que cruzaba tres o cuatro municipios en la región. Pero como nunca hubo avances en las investigaciones, lo que se decía sólo podía ser eso: conjeturas, cotilleo.

Entre las 150 personas desaparecidas en Tehuacán, Puebla durante los últimos ocho años, el 46 por ciento son mujeres y el 54 por ciento hombres
Foto: Colectivo «Voz de los Desaparecidos en Puebla» | Facebook

Tres años después, el 12 de octubre de 2020, el fiscal general del estado, Gilberto Higuera Bernal, aseguró —a pregunta expresa de la prensa— que se investigaba una red de trata en la zona.

Para Paloma y Rocío, que llevaban años esperando noticias sobre sus hijas, la respuesta que Higuera ofrecía a los medios —y no a ellas— era como una injuria. Al grupo se unió Oralia, la madre de Cristina, y a mediados de octubre dieron una conferencia de prensa en la que exigieron respuestas, avances, justicia. Paloma lo hizo a distancia, con el teléfono en altavoz. 

     —Hasta que dio la entrevista el fiscal general fue donde nos animamos —dice Rocío, un mes después de esa conferencia—. Si ellos saben que hay una red de trata en Tehuacán, ¿por qué no han hecho algo? Nada más es lo que yo pregunto. ¿Por qué no han hecho algo? Es lo único. Y que a nosotros, a los familiares, nos hagan saber. No sé si mi hija esté en esa red, si esté viva, si esté muerta, no lo sé. 

Dentro y fuera de la ciudad, entre los pueblos velados por las tolvaneras y la neblina, enclavados en la espina dorsal de la serranía y del desierto, hubo otros que tampoco supieron: que siguen sin saber. 

*Los nombres marcados con un asterisco fueron modificados a petición de esas mismas personas.

**Este material fue publicado por LADO B, es la tercera entrega de la serie sobre desaparición de personas en Puebla. Lo reproducimos con su autorización.

Aquí puedes consutar la publición anterior.

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