Cachorros, la cancha donde se vive otra realidad del fútbol

1 agosto, 2026

En los rincones de Ecatepec, unos niños practican fútbol con las condiciones que la propia cancha les da, con el esfuerzo del entrenador y de algunos padres que buscan que sus hijos hagan deporte, muy lejos del circo mediático que nos regaló el Mundial 2026

Texto y fotos: Samara Quinart

ESTADO DE MÉXICO.– Desde hace cuatro años, cada tarde a las 4 p. m. rueda el balón en la cancha Cachorros, ubicada en Ciudad Azteca, en el municipio de Ecatepec. El entrenador, mejor conocido como el Chino, lleva más de veinte años dedicado a entrenar a niños en la práctica del fútbol. La mayoría tiene entre siete y doce años; muchos de ellos viven en este espacio su primer encuentro con el balón.

El entrenamiento comienza: cada niño llega con su balón y con todas las ganas de jugar un partido más con sus compañeros. Después de un poco de lluvia, los niños hacen un calentamiento para evitar calambres y desgaste inapropiado. Entre risas y bromas, los calentamientos se acompañan de datos sobre el fútbol. El Chino pregunta: «¿Quién ganó el Mundial de 1930?». «¡Italia!, ¡Uruguay!, ¡Alemania!, ¡Argentina!», gritan los niños mientras tratan de mantener el equilibrio con un pie. El mismo Mundial que hoy mueve miles de millones de dólares se vuelve aquí una trivia de media tarde, un juego entre el lodo y las sonrisas.

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Ya con el balón en la cancha, practican tiros, pases, y los nuevos aprenden desde lo más básico: correr, controlar el balón y patear a portería. Después de dos horas, por fin tienen su esperado partido amistoso, donde se pone en práctica lo aprendido en clase: hacer pases, acompañar al jugador que tiene el balón y generar el trabajo en equipo que se requiere para poder jugar bien al fútbol.

Lo que hoy parece un espacio cotidiano en la vida de estos niños es, en realidad, el resultado del trabajo organizativo de la comunidad. La cancha toma el nombre de Cachorros por los propios vecinos y las personas que llevan años jugando ahí, pero su nombre oficial es Deportivo Itzopan. El Chino nos comentó que «el espacio era un baldío que fue reclamado por los vecinos» y el Ayuntamiento de Ecatepec llevó a cabo el proyecto entre 1997 y 2000.

Actualmente, las canchas se encuentran en mal estado: más de veinticinco años sin que se haya remodelado el deportivo. Cuando los niños entrenan, corren por una cancha desnivelada, con espacios erosionados en el pavimento; algunas veces, incluso entre animales muertos que nadie recoge. Los tiros a portería muchas veces salen de la cancha, pues la malla que cubre el terreno está desgastada y los balones logran pasar por los huecos, golpeando la casa de enfrente que, ante estos casos, decidió bardear todas sus ventanas para evitar vidrios rotos y accidentes mayores. Los niños salen corriendo tras el balón, esperando tener la suerte de que no pase algún coche que pueda poncharlo.

Ante estas eventualidades, don Carlos, quien apoya en las cuestiones administrativas al entrenador, ha buscado la manera de que el Gobierno municipal pueda ir a restaurar el deportivo. Después de un año de insistencia, por fin le dijeron que ya estaba aprobado, aunque tristemente no le dieron fecha para llevar a cabo el proyecto. Don Carlos recuerda la conversación: «Llevo un año pidiendo que arreglen la cancha, ya hasta les dije: ‘Me voy a morir y no voy a ver la cancha arreglada para mis niños’, pero ya me dijeron que el proyecto estaba aprobado; no me dieron fecha, solo me dijeron que me iban a marcar por teléfono dos días antes de que vinieran a arreglarlo».

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Los juegos que hay han sido donados y restaurados por los propios vecinos, que intentan mantener un espacio agradable para los niños, los padres que esperan bajo el árbol y las personas que usan las canchas para pasar de una calle a otra, pues hace unos años ese espacio estaba tomado por indigentes, drogadictos y borrachos que lo usaban como sitio de recreo.

El esfuerzo que se hace día con día no solo es del entrenador, que compra los insumos necesarios para realizar los entrenamientos, sino también de los vecinos, que buscan cooperar para mantener un espacio seguro; de don Carlos, que se mueve en los procesos burocráticos, y de los padres de los niños de Cachorros, que realizan un esfuerzo para comprarles los tenis adecuados para jugar y el balón que utilizan para sus entrenamientos; que, si tienen la desfortuna de que se vuele a la casa de al lado, pierden su balón o lo recuperan ponchado, y del tiempo que invierten para poder llevar a sus hijos a practicar fútbol.

La abuela de Gustavo, uno de los niños que entrenan en esta cancha, hace un gran esfuerzo a sus setenta años para traer a su nieto, que empezó hace tres meses: «Mi niño me ayuda a limpiar la casa para que pueda traerlo a entrenar». No lo trae por un sueño de ser el mejor futbolista del mundo; lo trae porque es una forma de alejarlo del celular, para que haga actividad física, debido a la falta de actividad en su escuela primaria y, sobre todo, porque es un momento en el que su nieto disfruta y convive con sus amigos del equipo.

Muchos de los niños no cuentan con recursos suficientes, pero eso no hace que su amor por el fútbol disminuya. El Chino les llama los becados: «La mayoría son becados, no tienen recursos; las clases cuestan quince pesos, pero no todos la pagan». Y aunque parezca un monto accesible, han tenido situaciones con algunos padres. Don Carlos interviene para aclarar: «Ya tuvimos un problema una vez con una mamá que le reclamó al entrenador de lucrar con las canchas por cobrarles los entrenamientos, pero yo le dije: ‘¿Cree que con quince pesos se pueden comprar los insumos, pagar los partidos y cubrir el tiempo del entrenador?’. La verdad, luego sí hace falta el apoyo de los papás».

Debido a estas situaciones, el entrenador busca maneras de apoyar a los niños. Cuando tienen partido, se los lleva en su carro junto con don Carlos y algunos padres, y los uniformes son donados por un patrocinador: los papás de uno de los niños tienen un negocio y les regalan los uniformes con la marca de su empresa para publicitarla. Esos uniformes, con su logotipo local estampado, son el único patrocinio que conocerán; una distopía frente a los millones que las marcas globales pagaron por aparecer en los estadios del Mundial. Los niños gritan de la emoción y aplauden cuando en medio de la cancha les empiezan a entregar sus nuevos uniformes.

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La realidad que se vive en la cancha Cachorros no está alejada de muchas otras, pero con el esfuerzo de todos los que buscan un bien para sus hijos y la comunidad se ha podido recuperar el espacio y se ha ahuyentado a la delincuencia. El Chino, sin embargo, carga con ciertas derrotas que no se miden en goles ni en partidos: «Tristemente, nosotros tratamos de llevarlos por un buen camino, pero no siempre se puede. Uno de los niños que entrenaba creció y se metió al vicio; como no tenía para pagarse sus cosas, se puso a robar y lo metieron a la cárcel; cuando salió, no duró mucho porque lo mataron». No es un caso aislado; el Chino ha tenido varios niños que, cuando crecen, se pierden o se involucran con la delincuencia.

Se habla de un deporte amado por mucha gente, pero el contraste que existe con el fútbol que vimos hace poco con el Mundial es abismal. Este último Mundial se convirtió en el evento deportivo más lucrativo a nivel mundial: recaudó cerca de trece mil millones de dólares entre patrocinadores, derechos de transmisión y entradas a los estadios; estas últimas superaron el salario mínimo promedio que tiene la mayoría de las personas que viven en el país.

Aquí, en la cancha, el acceso al fútbol cuesta tiempo, esfuerzo y un trabajo grande de todos los involucrados. El amor por el fútbol no es algo pasajero, no es una «fiebre», como las campañas de mercadotecnia lo llamaron. No es el producto que compras para tener experiencias, estatus y emociones efímeras fabricadas para redes sociales.

En la cancha Cachorros, los niños ríen, corren y disfrutan con tanta pasión jugar al fútbol. Sí, existen carencias, y con las líneas despintadas de la cancha se trazan los límites del fútbol, pero también se mantiene el constante trabajo y esfuerzo del Chino y don Carlos por un bien común. El Chino observa todo desde la banda, con la mirada de quien ya ha visto pasar generaciones sobre ese mismo pavimento agrietado.

Sobre las 6:30, la noche comienza a caer y, después de un partido amistoso con otros jóvenes y niños que llegaron a jugar, con el último pitido termina el entrenamiento. Los niños corren por sus balones, recogen sus cosas y, con una sonrisa en el rostro, se acercan a sus papás para retirarse del lugar.

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