El Mundial Social de Claudia Sheinbaum, a prueba

26 julio, 2026

Claudia Sheinbaum Pardo, Presidenta de México, acompaño a Donald Trump, Presidente de Estados Unidos; Melania Trump, Primera dama de Estados Unidos; Gianni Infantino, presidente de la FIFA; Mark Carney, Primer Ministro de Canadá; Diana Fox Carney, esposa del mandatario canadiense; Lakshmi Mittal, un magnate de la India; y Howard Lutnick, en el Palco de Honor del Estadio East Rutherford, en donde observaron la final de la Copa del Mundo 2026, que jugaron España vs Argentina, en donde los primeros se coronaron en la máxima justa mundialista. FOTO: PRESIDENCIA/CUARTOSCURO.COM

El Mundial Social de Claudia Sheinbaum, a pruebaEl Mundial de la FIFA 2026 ha concluido: España se coronó campeón y México concretó su mejor participación en la historia de los mundiales. Sin embargo, es muy pronto para evaluar el éxito del Mundial Social, la iniciativa impulsada por el gobierno de Claudia Sheinbaum, cuyo resultado no se medirá en el número de futbolistas profesionales que genere, sino por la consolidación de espacios que contribuyan a la reconstrucción del tejido social

Texto: Rogelio López

Foto: Cuartoscuro

CIUDAD DE MÉXICO.— A las 11 de la mañana, hora libre en la prepa, ya en confianza, matábamos clase para irnos a las canchas a cascarear. Coladeras en el estacionamiento, una «reta»; sales si pierdes y a esperar tu turno para volver a jugar. Cuando uno es aplicado, se pasa el tiempo volando. De repente, uno de los compañeros veía su reloj y nos avisaba de que ya iba a empezar Mate. Cruzábamos miradas. La decisión estaba tomada: continuar en lo que estábamos, la defensa de nuestro derecho a permanecer en la cancha.

Antes de las 14 horas ya estaba en casa. Tanta escuela me abría el apetito. Comía y después tomaba una siesta. La escuela también cansa. Poco antes de las cuatro ya estaba listo: con mi uniforme puesto, balón en la maleta. No recuerdo haber llevado agua; en aquella época todavía se acostumbraba tomar agua de cualquier llave. Era de los pocos afortunados que vivía cerca del club, en una de esas colonias que, como tantas otras, para distinguirse del asentamiento más antiguo solo agregan a su nombre la palabra «Ampliación».

16:20. Saludando a los compañeros, la carrilla. Empezábamos a tocar el balón, un «torito» o dominadas. Llegaba el entrenador y a trabajar. El juego, el gozo de jugar futbol, desaparecía con los gritos y maltratos del entrenador, un exfutbolista obligado a retirarse pronto porque él sí «se chingó la rodilla». Fiel testigo de este hecho era su cicatriz del tamaño de una cesárea.

18:30, terminaba el suplicio; pasábamos por los baños, un baño vaquero y en bola a la tienda. Un Boing de mango y emprendía el regreso a casa. Eran las mismas calles, solo que iluminadas por la hora. Nunca me sentí inseguro. A unas cuadras antes de llegar a mi casa, la banda de la Calle 5 me saludaba y gritaba: «¡Arriba el América!». Yo solo me reía y continuaba mi camino.

En mi cuadra, vecinos de mi edad y otros más grandes que yo echaban la cáscara.

—¿Vas a jugar o cómo?, ¿estás en el Azul? Te vas a poner mamón. No se hable más.

—¿Con quién le entro? —pregunté.

En algún momento me acordaba de que tenía que avisar en mi casa; no hacía falta: mi mamá o una de mis hermanas ya había salido para confirmar que de seguro me quedé jugando, como siempre.

Dan las 10 de la noche. A ninguno nos salen a buscar. El cansancio es la causa de que el juego termine. Nos despedimos y nos citamos para mañana. Entro a la casa, todos duermen, menos mi hermana, que se desvela viendo series, Los expedientes secretos X. Escucho un «Métete a bañar». Es mi mamá. Me como un pan con un vaso de leche y a dormir; sin embargo, los calambres y el cansancio me despiertan varias veces en la noche; estiro la pierna y poco a poco pasa el dolor.

Si en ese tiempo me hubiera conocido Marcelo, el «Loco» Bielsa, el entrenador argentino famoso por su obsesión con el futbol, me habría felicitado. Hace poco escuché una entrevista que hace años le hicieron, donde dice que para ser un buen futbolista hay que jugar en promedio unas cuatro horas diarias; haciendo cuentas, creo que era uno de esos alumnos ñoños.

Las cosas han cambiado mucho desde aquel tiempo; como se dice coloquialmente, ya corrió mucha agua por el río. Ahora, ver una cascarita de futbol en la calle es una rareza. Los automóviles son los amos y señores de la ciudad. Además, la inseguridad y el problema que representa para las familias donde ambos padres trabajan, o bien están encabezadas por madres solteras, dificultan enormemente esta posibilidad.

Ante esta realidad, casi todos —incluidos adolescentes y niños— tienen que permanecer en casa; no salen a jugar a la calle, el punto primario de encuentro de la comunidad y el lugar por excelencia de la socialización. Nuestros niños y jóvenes, bajo las actuales condiciones de vida, parecen condenados a vivir a través de una pantalla.

Claro que aún hay excepciones: chicos que, por distintas razones, no pueden ser cuidados por un adulto o cuyos hogares no son lugares seguros debido al hacinamiento, la violencia familiar o el abuso, tienen que arreglárselas solos, y estos sí hacen de la calle, a pesar de los peligros que esto conlleva, su hogar. Sin embargo, es raro que practiquen algún deporte, si acaso el parkour.

La cáscara ahora se juega con los dedos en la consola del PlayStation o en el Nintendo Switch; las plataformas y la virtualidad hoy son el espacio donde se conectan los niños para jugar con otros niños. Mientras tanto, los cuidadores aprovechan para hacer sus labores del hogar o bien trabajan de forma remota.

A esto se suma la falta de espacios dignos para la recreación y el deporte. Los parques, en ocasiones ocupados por personas sin hogar que beben o incluso se drogan en estos sitios, han ido siendo percibidos como lugares inseguros, lo que naturalmente aleja a los visitantes. A esto hay que agregar el precario estado de los juegos infantiles: algunos de ellos, tan viejos y oxidados, que se han convertido en homenajes al tétanos.

«El Maldito»

Y no es necesariamente que el tiempo pasado haya sido mejor, pero aún recuerdo que la ausencia de parques y deportivos, por lo menos en mi colonia, fue sustituida por la existencia de lotes baldíos.

Uno de estos era «El Maldito», un terreno baldío que por muchos años se resistió a la urbanización en la colonia —desconozco el porqué del nombre; yo así lo conocí—. Problemas entre los herederos mantenían el predio abandonado. Este estado y la ausencia de parques fueron el pretexto para que los chicos acondicionaran una parte del espacio para la práctica del deporte, improvisando porterías con un par de piedras, sin un límite claro de dónde termina la cancha y con los correspondientes gritos de «¡aguanta, deja que pasen!», pues este espacio también era un sitio de tránsito para llegar a otra colonia.

En este lugar se desarrollaron salvajes encuentros de futbol. A pesar de ello, tal vez lo esté idealizando, pero no recuerdo que uno de estos haya terminado en bronca. Lo que sí tengo presente son las caguamas que consumían algunos de los mirones que, ya entonados, fungían de D. T., dando instrucciones e indicaciones a los jugadores.

No es que fuera un espacio libre de violencia. Seguramente una que otra pelea escolar se desarrolló aquí, y otras cosas más feas. Tampoco fue la cancha de Villa Fiorito para dar a luz a un Maradona xochimilca. Sin embargo, espacios como «El Maldito» funcionaron como lugares de encuentro donde, a través del juego de futbol, la instalación de la feria y el jaripeo de la fiesta del pueblo, se establecía algún tipo de vinculación entre los miembros de la comunidad.

Claro, todo esto lo digo desde mi experiencia personal como hombre. Me queda claro que, como mujer o niña, la experiencia y la percepción de este espacio eran completamente distintas, y claramente a determinadas horas del día este espacio era considerado peligroso. Lo cual nos muestra por qué la inequidad entre géneros sigue tan arraigada.

Los antiguos terrenos baldíos han sido devorados por la mancha urbana. Primero aparecen letreros con la leyenda «Prohibido el paso: propiedad privada»; posteriormente son cercados para impedir el paso y, lo más importante, su uso como cancha; finalmente, dejan atrás su legendario nombre, «El Maldito», para convertirse en un fraccionamiento cerrado con nombre de «Rincón…».

Una ciudad sin espacios para el esparcimiento y el deporte

Desafortunadamente, la falta de espacios para la práctica deportiva y para la recreación, en una ciudad como la Ciudad de México —donde el espacio es un bien escaso y valioso activo—, condiciona no solo la formación de deportistas, sino también la capacidad de crear un tejido social fuerte que sirva de soporte a la comunidad.

Si bien durante las últimas décadas se han hecho importantes esfuerzos —por ejemplo, en la Ciudad de México, a través del Programa Comunitario de Mejoramiento Barrial (PCMB), impulsado por los gobiernos de izquierda—, su objetivo ha sido desarrollar proyectos de infraestructura social y recuperación de espacios públicos.

Sin embargo, las buenas intenciones del programa muchas veces se han visto opacadas por las acciones de los grupos políticos con alguna filiación partidista que ponen sus intereses por encima de los de la comunidad.

A nivel federal, durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024), se impulsó, a través del Programa de Mejoramiento Urbano a cargo de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), 1 300 obras, lo que incluyó parques, plazas, deportivos, entre otras instalaciones; trabajo que continúa la presente administración, encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum.

El Mundial Social

Tomando en cuenta estos antecedentes, deseamos que la iniciativa del Mundial Social, impulsada por el gobierno federal en el marco del Mundial 2026, represente una oportunidad para incentivar la práctica del deporte mediante la rehabilitación y construcción de 4 208 espacios para la práctica del futbol, y nos ofrezca a corto, mediano y largo plazo un balance positivo.

Esperamos que estos espacios, a diferencia de lo que ha sucedido con muchos otros proyectos convertidos en «elefantes blancos», además de consolidarse y cumplir el objetivo de convertirse en las canteras de los futbolistas del futuro, sean en realidad un espacio que contribuya al fortalecimiento del tejido social.

Rogelio López