Canchas contra bodegas: la resistencia en Santa Bárbara

12 julio, 2026

En Santa Bárbara, Estado de México, las canchas de fútbol se convirtieron en una forma de resistencia frente al avance industrial: una alternativa para conservar la tierra, generar economía comunitaria y defender el territorio ante la expansión de bodegas y centros logísticos

Texto y fotos: Camilo Ocampo

ESTADO DE MÉXICO. – ¿Cómo se puede frenar la expansión de naves industriales? ¿Cómo preservar el territorio en medio de monstruos grises que devoran todo a su paso? ¿Cómo reconstruir el tejido social en un lugar donde el éxito de las empresas es privatizar las ganancias y socializar las pérdidas? Estas preguntas se repiten una y otra vez en la zona noroeste del Valle de México: Santa Bárbara, Cuautitlán Izcalli, Tultitlán, Cuautitlán, Teoloyucan y en los pueblos aledaños en el Estado de México.

La respuesta se puede esconder en el fútbol. Pero no en los estadios monumentales ni en los contratos millonarios que tanto han perjudicado al deporte.

Mientras cientos de hectáreas de suelo agrícola han sido sustituidas por centros de distribución, patios de tráileres y parques logísticos, en Santa Bárbara ocurrió algo distinto. En lugar de vender la tierra, decenas de familias transformaron antiguos campos de cultivo en canchas de fútbol. Lo que comenzó como una alternativa para obtener ingresos terminó convirtiéndose en una forma de resistencia frente al avance de las naves industriales.

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Hoy, donde muchos ven solo campos deportivos, existe un modelo que conserva la propiedad social de la tierra, genera empleo local, protege áreas verdes, captura agua de lluvia, recibe aves migratorias y mantiene vivo el tejido comunitario. En un territorio asediado por la especulación industrial, la cancha se convirtió en una herramienta para defender el territorio.

Actualmente existen más de 120 campos deportivos en la zona, algunos con medidas profesionales, a los que cada fin de semana llegan miles de personas para disputar un partido de fútbol, compartir una cerveza, comer con la familia o descansar bajo la sombra de los árboles.

La familia Delgado Zuriaga: una historia de generaciones que resisten

Detrás de cada una de esas canchas hay una historia de resistencia.

Una de ellas pertenece a la familia Delgado Zuriaga, cuyos terrenos llevan más de tres décadas convertidos en campos de fútbol. Fue la segunda familia en utilizar las parcelas como campo.

Antes de que el silbatazo marcara el inicio de los partidos, esas mismas hectáreas estaban cubiertas por maíz, frijol, alfalfa y el ganado que alimentó a la que alguna vez fue la cuenca lechera más importante del país.

María Elena Delgado Zuriaga, ejidataria de 74 años y defensora del territorio, recuerda que cuando era niña todo lo que hoy ocupan las canchas eran parcelas y establos. Desde los cinco años acompañaba, junto con su hermana Gloria, a su padre a pastorear las vacas, cortar alfalfa con guadaña y trabajar la tierra. «Uno piensa que toda la vida va a seguir igual —dice—, pero ya fuimos viendo cómo todo se fue transformando».

Esa transformación llegó primero de manera noble, con los campos de fútbol, y, años después, con las naves industriales.

«Los centros de distribución no tienen mucho, calculo que en siete u ocho años nos hemos llenado de estas cosas —explica—. El primero que apareció, si no mal recuerdo, fue el que está en Puente Grande, que es de Walmart y Bimbo». Donde un día hubo ranchos comenzaron a levantarse patios de tráileres, centros de distribución y bodegas que hoy rodean al pueblo. «Estamos encapsulados», resume.

La señora María Elena explica que en los últimos años han ido a buscarla personas que no se presentan, para ofrecerle dinero, cantidades millonarias, para vender sus hectáreas. «Este año vino un señor y me ofreció seis mil pesos por metro cuadrado». Nunca dijo para qué empresa trabajaba. Ella tampoco necesitó pensarlo. «El dinero se acaba; el terreno y el amor por tu pueblo, no».

Sin embargo, muchas personas no han pensado igual que ella; muchos ejidatarios han decidido vender y malbaratar sus campos por diez millones de pesos cuando sus terrenos pueden valer hasta 75 millones, pero el impacto es incalculable. Para los habitantes de Santa Bárbara, el problema no termina cuando un ejidatario decide vender su parcela. En ese momento comienza la transformación de todo el pueblo.

Privatizar ganancias, socializar pérdidas: la batalla de Santa Bárbara por conservar su territorio

El señor Molina, que acompaña la defensa del territorio, explica que la presión sobre las tierras no es casual. Conforme la región se consolidó como uno de los principales corredores logísticos del país, comenzaron a aparecer intermediarios que recorren los ejidos ofreciendo cifras que, para muchas familias campesinas, resultan imposibles de imaginar.

«Muchos otros núcleos ejidales no lo entendieron, se emocionaron con los diez millones», explica. Sin embargo, asegura que esas cantidades representan apenas una fracción del negocio. «Si ellos no saben que el valor de su tierra es de 75, 80 o 100 millones… Te dicen que por grande te van a pagar 500 pesos el metro para despojarte para siempre».

En esa operación, sostiene, el campesino deja de ser propietario para convertirse en el primer eslabón de una cadena de especulación inmobiliaria que multiplica el valor de la tierra una vez que cambia el uso de suelo.

«La gente vende porque nunca ha visto diez millones juntos —afirma—. Pero tú ya perdiste tu tierra y afectaste a todos».

Para él, ese es el punto donde se enfrentan dos modelos de desarrollo completamente distintos. Uno apuesta por sustituir el suelo agrícola por plataformas logísticas que concentran la riqueza en pocas manos. El otro busca que la tierra siga produciendo ingresos para quienes históricamente la han trabajado.

«Aprendieron que rentar su tierra por dos horas era suficientemente lucrativo para evitar venderla», explica al referirse a los campos de fútbol. Mientras una venta representa un ingreso único, las canchas generan una economía constante que involucra a ligas deportivas, pequeños comercios y trabajadores del propio pueblo.

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«Hoy la gente se autoempleó y ha logrado que, en lugar de que estas tierras se conviertan en un centro de distribución, impulsen el desarrollo económico, el desarrollo social, el ambiente, pero también el deporte».

A su juicio, el debate no consiste en estar a favor o en contra de la inversión privada, sino en preguntarse quién recibe los beneficios y quién termina pagando los costos.

«Llévate este concepto: privatizar ganancias y socializar pérdidas», dice para los lectores.

Con esa frase resume lo que, dice, ha ocurrido en buena parte del corredor industrial del norte del Valle de México. Mientras las empresas obtienen utilidades, las comunidades cargan con las consecuencias: calles deterioradas por el tránsito pesado, filas interminables de tráileres, viviendas afectadas por las vibraciones, pérdida de áreas verdes y tiempos de traslado que antes se medían en minutos y hoy pueden extenderse por horas.

El propio crecimiento industrial, afirma, ha sido acompañado por cambios de uso de suelo que, en todos los casos, favorecen a los desarrolladores. «Primero construyen y después regularizan», sostiene. A ello se suma la tala de árboles, la ocupación de vialidades para maniobras y la falta de consulta con las comunidades sobre el futuro de sus pueblos.

Frente a ese escenario, Santa Bárbara representa una anomalía. No porque haya detenido completamente la expansión industrial, sino porque encontró una manera de hacer que conservar la tierra también fuera económicamente viable.

«Ese es un modelo que se debe replicar en muchos lugares —asegura—. Se repone el tejido social. Todo está alrededor de la cultura física y el deporte».

La afirmación cobra sentido cuando se observa lo que ocurre cada fin de semana. Mientras en otras zonas las antiguas parcelas quedaron cubiertas por concreto, en Santa Bárbara siguen siendo espacios de encuentro donde conviven jugadores, comerciantes, estudiantes, familias y ejidatarios. La tierra continúa produciendo, pero no únicamente riqueza económica: también identidad, comunidad y una razón más para no vender.

Camilo Ocampo