¿Quién organizó realmente las manifestaciones? ¿Quién intentó capitalizarlas políticamente? Y, en medio de la disputa entre oposición y oficialismo, ¿qué pasó con las demandas que dieron origen a las protestas?
Texto y fotos: Andrea Amaya y Camilo Ocampo.
CIUDAD DE MÉXICO. – La previa de la Copa Mundial de Fútbol 2026 estuvo marcada por diversas convocatorias a protestas de grupos que encontraron en la atención global que genera el torneo una oportunidad para amplificar demandas históricas y visibilizar luchas legítimas, como las del movimiento estudiantil, las madres buscadoras de personas desaparecidas y el magisterio disidente.
Pero el campo de disputa no se limitó a las calles ni a las plazas públicas. Paralelamente, se desplegó una intensa batalla mediática en la que distintos actores buscaron influir en la narrativa de los acontecimientos, disputar la interpretación de las protestas y posicionar sus propias versiones sobre quiénes impulsaban las movilizaciones y con qué objetivos, e incluso cómo debería actuar la policía en contra de quienes se manifestaron.
Meses antes del torneo, las organizaciones sociales comenzaron a articularse y a definir rutas de acción para aprovechar la visibilidad que ofrece un evento de alcance mundial.
El objetivo fue colocar en la agenda pública demandas largamente postergadas: la falta de una jubilación digna, la crisis de desapariciones que el país arrastra desde hace más de dos décadas, el carácter cada vez más antidemocrático de las universidades, los procesos de limpieza social, el despojo territorial, el costo social del Mundial, la gentrificación y otras problemáticas que, pese a su gravedad, suelen permanecer al margen del debate público.
Sin embargo, a pocos días del partido inaugural en la Ciudad de México, comenzó a desplegarse una intensa campaña mediática que buscó capitalizar y reencauzar esas demandas. El fenómeno no es para nada nuevo. Algo similar ocurrió en octubre pasado, con la llamada de una anónima «Generación Z» a un amovilización para derrocar al gobierno. En esa ocasión, la derecha quizó utilizar a la juventud como laboratorio y carne de cañón para intentar tomar por asalto el Palacio Nacional.
En esta ocasión también comenzaron a surgir convocatorias desde páginas ultranacionalistas y de corte libertario, al estilo de Javier Milei. Una de ellas, cínicamente llamada «México Libertario», difundió supuestas manifestaciones de grupos sociales que terminaron por deslindarse de dichas convocatorias. Sin embargo, estas fueron difundidas por casi todos los medios de comunicación como una megamarcha.
En grupos «anticomunistas» de Facebook comenzaron a circular indicaciones. Por ejemplo, en uno llamado «Anticomunistas Acción Cívica Democrática MX», administrado por varios perfiles falsos pero con más de 94 mil integrantes, se podía leer: «Todos con ropa blanca en la entrada principal del Estadio Banorte. Nos van a ver turistas. Nos van a ver familias enteras. Nos van a ver millones de personas pendientes del inicio del Mundial, y Donald J. Trump estará viendo la represión». Ese mensaje fue compartido en al menos diez grupos identificados de la misma manera.


Otra vez, bajo el lema de «Narcoestado o narcopresidenta», en grupos antimorenistas se difundieron carteles de manifestaciones hechas con IA, no por las causas sociales, sino únicamente contra el gobierno en turno, tanto local como federal.
Las convocatorias, sin embargo, fueron un fracaso total, debido al espaldarazo que las propias organizaciones hicieron de ellas.
Pero el gobierno no debe estar tan confiado. La derecha libertario-mileísta, de boca de su mayor exponente, quien ha declarado tener intenciones de ser candidato a la Presidencia, aseguró durante una entrevista con la comunicóloga Adela Micha que las protestas deben ser más rudas en contra de la Cuarta Transformación.
Salinas Pliego dijo: «A lo mejor es necesario hacer una huelga, en cierto momento».
—¿Convocatorias a eso? —cuestionó Adela.
Y respondió el empresario:
—A lo mejor, a lo mejor, pero a lo mejor es necesario hacer presencia física y bloquear los accesos. Nada de que manifestación de blanco y pacífica, eso vale madre. Ya lo hicieron, no sirve para nada.
Así dejó claras sus intenciones de «calentar la calle» y utilizar movilizaciones que a menudo son financiadas o provocadas y que buscan generar enfrentamientos violentos, represión y caos social.

Del otro lado de la batalla que se libró durante el comienzo del Mundial, el oficialismo tanto mediático como institucional acusó que las protestas sociales eran parte de una campaña para mostrar caos en México y desconoció totalmente sus demandas.
Personajes como El Chapucero nuevamente tildaron de porros a las normales rurales y a los profesores de la CNTE, sin reconocer que una parte de la base social de estos movimientos ha sido un pilar importante para que la Cuarta Transformación y la izquierda en general tengan la fuerza política que han tenido en el último siglo. Y de esa manera los hicieron a un lado del movimiento.
Al final, la pregunta nunca fue quién organizó las manifestaciones, sino quién intentó apropiarse de ellas. Mientras sectores de la derecha buscaron utilizar demandas legítimas para construir escenarios de confrontación y justificar acciones cada vez más agresivas, desde el oficialismo se respondió desacreditando o minimizando las causas que dieron origen al descontento.

En medio de esa disputa, las voces de estudiantes, maestros, madres buscadoras y comunidades afectadas quedaron atrapadas entre dos narrativas que poco hablaron de sus problemas reales.
La previa mundialista dejó al descubierto una paradoja: todos parecían interesados en las protestas, pero pocos en las demandas. Unos quisieron convertirlas en una plataforma de desgaste político; otros, en una operación de desestabilización. Y, mientras la discusión pública se concentró en quién ganaba la batalla mediática, las causas que motivaron las movilizaciones siguieron ahí, sin resolverse.
Porque cuando una protesta deja de discutirse por lo que reclama y comienza a debatirse únicamente por quién la convoca o quién pretende capitalizarla, el verdadero conflicto ya no está en las calles, sino en la disputa por controlar su significado.
Acá las demandas.

Horas antes de que rodara el balón, Paseo de la Reforma se convirtió en el escenario de dos realidades: por un lado, miles de aficionados vestidos de verde llenaban las calles ansiosos por el inicio de la fiesta deportiva. Por el otro, a los pies del Ángel de la Independencia, madres y familias buscadoras de todo el país plantaron cara a la euforia colectiva alzando carteles, lonas y fotografías de sus desaparecidos.
Esta movilización no fue casual ni improvisada. Las familias decidieron utilizar la enorme vitrina internacional del Mundial para visibilizar lo que el ruido del estadio tiende a ignorar: una crisis humanitaria que acumula más de 133 000 personas desaparecidas en el país. Mientras la masa festiva avanzaba hacia las pantallas gigantes, las consignas de las madres resonaban como un contrapeso crudo ante la música del evento: «¡México, campeón en desaparición!».
Mientras el Gobierno de la Ciudad de México decidió embellecer Paseo de la Reforma con flores de cempasúchil para recibir a miles de turistas, las madres buscadoras resignificaron por completo este gesto, simbolizándolo y relacionándolo directamente con la tragedia que viven. Para ellas, lejos de ser un adorno, la flor se convirtió en el recordatorio de una profunda herida, pues tradicionalmente está vinculada al Día de Muertos en la cultura mexicana:
«No queremos perder la oportunidad de mencionar que estamos agradecidas por la decoración de cempasúchil que el Gobierno de la Ciudad de México nos regala. En un país tan sangriento como en el que vivimos, nada mejor que la flor que representa la muerte en esta ocasión», señalaron las familias en su jornada de visibilización.
Denunciaron que la estrategia del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido la minimización de la crisis y la descalificación de los organismos internacionales que denuncian la impunidad en casos de desaparición. El contraste de narrativas quedó en evidencia de forma inmediata: mientras la propaganda gubernamental celebraba con orgullo que «el balón volvió a casa», las familias recordaban con sus fichas de búsqueda que a miles de hogares mexicanos lo que les falta es un hijo, una hija, un esposo, un ser querido.
Las madres aclararon que su intención no era arruinar la celebración de los aficionados —recordando incluso que a sus propios seres queridos les apasionaba el fútbol—, sino apelar a la memoria colectiva en un momento en el que el país intenta proyectar una fachada de normalidad hacia el exterior.

La protesta se diversificó unos metros más adelante, justo frente al antimonumento +72, un espacio instalado en la avenida para recordar las masacres de personas migrantes en territorio nacional. Allí, la Red Regional de Familias Migrantes implementó una acción pacífica y simbólica: organizar una cascarita de fútbol callejero en el espacio público.
Ana Enamorado, una madre hondureña que vive en México desde hace catorce años buscando a su hijo Óscar Antonio López Enamorado, desaparecido en territorio mexicano hace más de dieciséis años, detalló cómo fundó en 2021 esta red para acompañar a familias de Cuba, Ecuador y Centroamérica que intentan buscar a los suyos a la distancia, enfrentando la negligencia y la falta de interés de las fiscalías locales. El partido de fútbol improvisado fue una forma de transformar el dolor en resistencia a través del arte y el juego comunitario:
«Estamos aquí exhibiendo las fotografías de nuestros desaparecidos y también convocamos a las personas a jugar una cascarita de fútbol. Ese juego que mi hijo ya no puede jugar. En lugar de estar la foto de mi hijo aquí pegada, Óscar debería estar jugando hoy; debería estar viendo y disfrutando de este torneo».
Aunque la iniciativa logró que varias personas solidarias de la sociedad se detuvieran a interactuar y jugar con las familias, la respuesta del Estado se manifestó de otra manera. Funcionarios públicos se hicieron presentes en el lugar para vigilar y acosar de cerca a los manifestantes, ejerciendo una presión constante para ensombrecer una protesta incómoda que ocurría a escasas horas del arranque del torneo.

El desenlace de la jornada fue una radiografía de la alarmante indiferencia social que aqueja al entorno, una indolencia que se agudizó tras la victoria de la selección mexicana. Mientras la euforia se apoderaba de las calles y los aficionados desbordaban entusiasmo, el dolor de quienes buscan a sus seres queridos quedó sepultado bajo el ruido de los festejos. Al caer la tarde, una intensa tormenta azotó la zona centro de la Ciudad de México, desatando el caos y exponiendo la desconexión entre la fiesta y la tragedia humanitaria.
En ese momento de euforia y desesperación por el clima, los llamados de las madres a la empatía y al respeto se desmoronaron por completo; la marea de fanáticos mostró su cara más fría. En lugar de proteger el espacio de memoria o solidarizarse con las mujeres que resistían, aficionados comenzaron a utilizar las lonas plásticas que contenían las fichas de búsqueda de las personas desaparecidas como impermeables improvisados.
Entre risas y burlas, los rostros impresos de los ausentes, junto con sus nombres y señas particulares, terminaron doblados y usados como impermeable. El contraste de la jornada cerró de forma cruda: en las pantallas se celebraba el triunfo deportivo, mientras en el asfalto quedaban las fichas de búsqueda pisoteadas por los mismos que minutos antes saltaban de alegría por un gol.
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