23 mayo, 2026
Fundado en 1969 por el obispo Samuel Ruiz García, para una región sin caminos ni servicios médicos, el Hospital San Carlos cumplió 57 años atendiendo a familias tseltales, tojolabales y choles de la Selva Lacandona. En 2025 atendió a nueve mil pacientes; mientras, en el mismo periodo, seis de cada diez chiapanecos siguieron sin acceso a servicios de salud en el estado.
Texto y fotos: Ángeles Mariscal / Chiapas Paralelo
CHIAPAS. – Cuando una niña o niño nace en el Hospital San Carlos, la recibe la luz calida de un vitral que simboliza la vida, colocado frente a la camilla de expulsión. El arquitecto que diseñó el edificio actual decidió colocar el inicio de la vida en el centro mismo de la construcción, y a partir de ahí dispuso, alrededor, medicina interna, cirugía y pediatría. Cada cuarto se abre a un jardín. No hay ningún cuarto sin ventana. La decisión fue deliberada.
El hospital está en Altamirano, a la entrada de la Selva Lacandona, a casi ocho horas de camino desde donde habitan sus pacientes recurrentes; la mayoria son originarios de pueblos tseltal, tojolabal, chol y algunos de la etnia tsotsil. Muchos llegan después de viajes desde comunidades sin caminos, recorren con sus enfermos grandes distancias hasta el punto donde, eventualmente, hay transporte. La mayoría llega con sus esposos, padres y hermanos.
El por qué acuden está en los datos: en 2024, el 63.3 por ciento de la población de Chiapas carecía de acceso a servicios de salud, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), con la metodología del extinto Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), aplicada a la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024. Es la cifra más alta del país. La siguen Puebla (47.3 %) y Michoacán (46.1 %). La diferencia entre Chiapas y la siguiente entidad es de dieciséis puntos.
En el estado donde más mexicanos carecen de servicios de salud, un hospital privado, católico, sostenido por médicos altruistas, organizaciones no gubernamentaes, una orden religiosa y por donativos, sigue siendo lo único que muchas familias indígenas tienen al alcance.
Los padecimientos que más detecta el San Carlos no son los del siglo pasado. La dirección médica documenta que las enfermedades crónicas avanzaron incluso en zonas indígenas: la diabetes e hipertensión están presentes en todas las edades, incluso en personas jóvenes. El consumo masivo de refrescos y frituras industriales ha llegado a comunidades alejadas, explica el director médico del Hospital, Gerardo Hernández.
También describe cánceres que aparecen en edades inusualmente tempranas. Linfomas, cáncer cérvico-uterino, cáncer de ovario, de mama, de pulmón. Y casos jóvenes de cáncer de testículo.
Igual persisten enfermedades de pobreza extrema: el mal de Chagas, transmitido por la chinche besucona en viviendas con paredes de madera o paja; la tuberculosis; las infecciones intestinales por consumo de agua contaminada. Todo se conjunta en este hospital.
Hay dos retos pendientes que la dirección señala con nombre propio. El primero: los medicamentos oncológicos son caros y el hospital atiende a una población creciente con cáncer. Actualmente la dirección está negociando con la Secretaría de Salud un esquema similar al que ya funciona con tuberculosis —el hospital detecta y estudia, la Secretaría provee el medicamento— para oncología. No hay todavía acuerdo.
El segundo es el miedo. La región de Altamirano arrastra una fama de inseguridad. La directora reconoce que está actualmente tranquila, pero la fama persiste, y eso aleja a los médicos y pasantes que podrían hacer servicio social en el hospital deciden no venir. La apuesta del hospital, en respuesta, es la telemedicina: consultas a distancia con especialistas que de otra forma no llegarían.

El Hospital San Carlos buena parte de su personal de enfermería habla tseltal, porque es originario de las comunidades a las que el hospital atiende. Algunas de esas enfermeras estudiaron en instituciones vinculadas a la propia orden de las Hijas de la Caridad.
Otras se formaron como pasantes y se quedaron. “Aquí tenemos enfermeras que son tseltales. Le hablan al paciente en su lengua, le explican en su lengua todos los procedimientos que le van a hacer. Eso genera confianza”, explican las propias enfermeras
La integración con la medicina tradicional no es declaración: es práctica diaria. Cuando llega al hospital un paciente que es atendido también por un curandero o que toma un remedio herbolario, el hospital no le pide que abandone esa medicina. Le pide que la combine con el tratamiento del centro.
“Tráete a tu curandero, que se haga lo que él considere pertinente y nosotros seguimos con el tratamiento aquí. Si hay alguna hierba que sabemos que sí ayuda a bajar el azúcar o a controlar otra situación, le decimos al paciente que la siga tomando. Las parteras tienen un saber ancestral, y algunas ya saben hacer ultrasonidos. “, explica sor Nelly
La apertura es también religiosa. En el hospital entra a rezar el pastor evangélico, el sacerdote católico y, si el paciente lo pide, el curandero. La administración es católica, pero la atención no condiciona a nadie por credo. La directora lo dice así: «Hay otra posibilidad que tienes, y esa te la ofrece el hospital».
El Hospital San Carlos sigue siendo necesario en 2026, porque fallas estructurales en el sistema de salud deja a miles de personas sin acceso. La carencia de acceso a la salud en Chiapas no se explica por una sola causa: pesan la dispersión geográfica de las comunidades, el rezago histórico de inversión federal en infraestructura sanitaria del sur del país, la persistencia de la lengua originaria como barrera para servicios diseñados en español, y la pobreza monetaria que impide a las familias pagar de su bolsillo los traslados, los medicamentos y los servicios que el Estado no garantiza.
La transición de los servicios estatales al programa federal IMSS-Bienestar, implementada en Chiapas en años recientes, no ha cerrado esa brecha. En Chiapas, a un año de la federalización de los servicios sanitarios, persiste la falta de medicamentos en hospitales públicos del estado.
“Todavía Chiapas está muy rezagado. Falta que el gobierno mire más a esta situación. Es necesario el acceso al agua potable, las condiciones de vivienda, la educación y el acceso a las comunidades. Una parte puede estar relativamente pavimentada, pero el resto está completamente aislado”, explica eñ doctor Gerardo Hernández.
En 2025, el Hospital San Carlos atendió a nueve mil pacientes y realizó poco más de cien cirugías, de acuerdo con datos proporcionados por su dirección. El presupuesto anual operativo que le permitiría mantenerse, oscila entre los 17 y los 20 millones de pesos.
Actualmemte la operación se sostiene con tres fuentes: las cuotas de recuperación que pagan los pacientes en efectivo o en especie, los donativos de instituciones mexicanas y extranjeras, y la solidaridad médica internacional.
El edificio cuenta con ocho consultorios para medicina general, una sala de admisión continua que opera como urgencias, dos quirófanos, área de medicina interna, cirugía, pediatría y obstetricia, laboratorio clínico y rayos X digitales.
También hay una posada anexa hospeda a los familiares que esperan, les permite preparar sus alimentos, cargar el teléfono y guardar sus pertenencias. No hay camas en la posada: los pacientes prefieren el piso liso a los colchones. La posada también sirve, fuera de su función primaria, como espacio de reunión para promotores de salud, diáconos de la Diócesis de San Cristóbal y jefes de zona de las cañadas.
Si las cuotas de recuperación son una pata del banco y los donativos institucionales son la segunda, la tercera son las campañas médicas que llegan desde el extranjero. El Hospital San Carlos recibe seis campañas al año, todas con médicos voluntarios casi todos extranjeros,que pagan su pasaje, traen sus insumos y operan sin cobrar.
La campaña italiana Misión Chiapas trae especialistas en ginecología y urología lleva 17 años visitando el hospital. La campaña nacional de dermatología la dirige el doctor Roberto Arenas, dermatólogo y micólogo de reconocimiento internacional, que llega dos o tres veces al año y, según la dirección del hospital, puede dar hasta cien consultas en un día. Hay una campaña desde Galicia, España, que aporta intervenciones quirúrgicas amplias.
La campaña Misiones Médicas española suma cuatro especialidades —ginecología, urología, cirugía general y otorrinolaringología—. La campaña Solidaridad trae ginecología y cirugía general en un momento del año, y cirugía pediátrica en otro. Hay una campaña estadounidense de ginecología; los dos médicos que la encabezan, un español y una alemana, se conocieron en el propio Hospital San Carlos hace más de veinte años. Una pediatra llega desde Chihuahua por un mes completo.
A esas seis se suman apoyos sueltos: ingenieros de Electricistas Sin Fronteras de Francia, médicos familiares estadounidenses que se incorporan dos o tres semanas. El hospital es además sitio oficial de rotación internacional para los departamentos de Medicina de Emergencia de la Universidad de California en San Francisco y del Hospital Highland en Oakland.
La historia del hosptal empezó en 1961. En Ocosingo, ante el llamado del obispo Samuel Ruiz, entonces a cargo de la Diócesis de San Cristóbal a la que pertenece la zona de la Lacandona, un grupo de hermanas dominicas instala un dispensario médico. En ese momento estaba en auge el poblamiento de la selva, con miles de indígenas problemas de salud severos y escasos medios para resolverlos. La pobreza monetaria impidia a las familias trasladar a sus enfermos, y las enfermedades gastrointestinales mataban rutinariamente.
Cuatro años después, en 1965, las religiosas se trasladan a Altamirano. En ese momento Altamirano no tenía nada de salud. No había caminos: la gente viajaba en avioneta o a caballo.
El dispensario sigue funcionando mientras se construye, en paralelo, un hospital propiamente dicho. Ese hospital arranca operaciones en 1969.
En 1976 ocurre el segundo cambio importante: la administración pasa de las hermanas dominicas a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, la orden religiosa que sigue operando el hospital. Su estructura interna es rotativa: cada tres años se reasignan responsabilidades entre las hermanas, exploca la actual directora del hospital, sor Nelly Ríos.
La historia del hospital también incluye episodios duros: en los años ochenta, las hermanas atendieron a refugiados guatemaltecos en la frontera y después los recibieron en el propio hospital. Durante el levantamiento zapatista de 1994, el San Carlos siguió abierto.
“ Llegaban tanto del ejército como del zapatista, todos en la misma sala. Las hermanas también fueron acusadas de ser zapatistas. Alguna vez quisieron quemar el hospital. Pero gracias a Dios había de los dos grupos que las defendían. La gente reconocía lo que hacía el hospital. , exploca la directora
El Hospital San Carlos no debería ser indispensable. Lo es. Cumple en 2026 cincuenta y siete años haciendo, en uno de los rincones más pobres del país, lo que el Estado mexicano no ha conseguido hacer para los pueblos originarios de la entrada de la Selva Lacandona.
Periodista independiente, fundadora del portal Chiapas Paralelo[www.chiapasparalelo.com] y colaboradora de CNN México y El Financiero. Tener en nuestro lugar de origen las condiciones para forjarnos una vida digna es un derecho, y migrar cuando esto no sucede, también lo es. Desde esta perspectiva cubro el tema migratorio.
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