Un desfile callejero. Lo que no se cubre de la MET Gala

10 mayo, 2026

Crónica y fotografías de las calles durante la MET Gala. Mientras en la alfombra roja reinaban los flashes, en las calles aledañas se respiraba la celebración, el gusto por la moda, por la vestimenta y su relación con el arte, la creatividad en el vestir, sin etiquetas ni donaciones de por medio

Por Évolet Aceves /X:  @EvoletAceves

Las fotografías de la alfombra roja de la MET Gala pueden apreciarse en muchos medios. A mí, en cambio, me interesaba conocer lo que sucedía en las calles, en las banquetas y los establecimientos alrededor de la MET Gala. ¿Quiénes merodeaban, desfilaban y laboraban en las calles aledañas al Metropolitan Museum of Art (MET) mientras ocurría la MET Gala en las escaleras de la entrada principal del museo?

A la MET Gala asisten celebridades de todo el mundo, sobre todo aquellas que son famosas en el circuito de la farándula en Estados Unidos, así como empresarios y millonarios que donan fuertes cantidades de dinero al Instituto del Traje (de dicho museo), mismas que son invertidas en las exposiciones en torno al vestuario en este museo, y lo cual lo vuelve un museo distintivo en el mundo del arte y la vestimenta. Durante esta alfombra roja desfilan celebridades que anualmente visten con base en una consigna o código de vestimenta distinto. Este año el código de vestimenta fue Fashion is Art (La moda es arte) —al único famoso al que retraté fue a Timothée Chalamet subiendo a la alfombra roja, fuera de eso, éste no es el sitio para ver fotografías de la farándula en la alfombra roja. Pero esto no sólo se quedó en las escaleras del MET, también se vivió en las calles mientras dicho evento ocurría.

Alrededor de diez calles alrededor del MET, en el Upper East Side de Manhattan, estaban cercadas con vallas metálicas. Aquí comparto mis impresiones y fotografías de aquella tarde y noche.

Caminando por la calle, pasaba por el Ukrainian Institute of America, edificio a un costado del MET que tuvo la mala suerte de albergar un evento el mismo día de la MET Gala, a la misma hora, y también con una alfombra roja, aunque significativamente más pequeña y con un par de guardias de seguridad. “Oh wait, I think this is not the MET Gala”, escuché a un despistado rubio diciéndoselo a su novia y mirando con enternecedora decepción una bandera ucraniana colgando de la pared.

La gente hacía uso de las citi-bikes y de los autobuses públicos de la ciudad para tener una vista cercana a la alfombra roja. Multitudes de pasajeros pegados a la ventana con celular en mano, junto a uno que otro residente que tan sólo iba de regreso a su casa y se cruzó con hordas de turistas y residentes entusiastas queriendo ver un poco de la MET Gala de cerca.

Una joven de tez blanca y cabello rubio, en sus veintes, llevaba un vestido rosa pastel y encajes blancos, le chuleé el atuendo, “gracias”, me dijo un tanto triste, luego continuó: “hoy fue uno de los peores días de mi vida, pero gracias por decírmelo”.

Desde los cafés y bares cercanos, se congregaban grupitos de amigas para ver desde sus celulares y computadoras lo que ocurría a una cuadra de distancia. Algunos con sonido a todo volumen; otros dispositivos simplemente silenciados, centrándose las espectadoras en el espectáculo visual que modelaban las celebridades.

Desde algunas boutiques de la zona había proyectores enormes, del tamaño de una pared, donde transmitían en vivo la pasarela. Las vitrinas, por fuera, estaban repletas de transeúntes, jóvenes y adultos, observando la alfombra roja transmitida al interior de la tienda de ropa.

Los carritos de hot dogs hacían su agosto vendiendo a diez dólares el perrito caliente más imaginablemente sencillo. Pan, salchicha caliente, un chorrito de cátsup y párale de contar.

Los otros perritos —los de carne y hueso y pelo— tampoco faltaron, incluso hasta se ponían a jugar con los policías de la ciudad y con los guardias de seguridad particulares.

Pero tampoco todo fue maravilloso. Había tremendo ejército de policías, cientos, si no es que miles. Varios de ellos amables, uno de ellos me comentó “siempre se pone así de lleno, también siempre se cercan las calles, y nunca falta el que quiere pasarse”. Aunque claramente no la mayoría de policías eran accesibles, muchos oficiales fueron tremendamente groseros con los transeúntes, les aventaban las vallas de seguridad, les gritaban que se cruzaran la calle. Especialmente a la gente que no era de tez blanca, al menos en lo que alcancé a presenciar y que, desafortunadamente, no es tan difícil de creer. Su prioridad estaba clara, es como si con sus empujones dijeran: aquí importan los empresarios adinerados y los famosos de allá adentro; ustedes no. Aquella alfombra, roja y deslumbrante, a la que sólo las casas de moda prestigiosas, las celebridades de farándula y los ricos, tienen acceso. También noté cómo a varios grupitos de mujeres blancas, jóvenes, bonitas y en vestidos de noche, los oficiales varones les daban acceso a las calles restringidas durante el evento. Y no precisamente porque vivieran en dicha calle.

En cuanto a la vestimenta de la gente, pude notar algo evidente: especialmente mujeres —cis y trans—, gente no binaria y muchos gays, toda esta población particularmente empeñada en sus atuendos; tacones altos y delgados, faldas abiertas, escotes pronunciados, camisas desabotonadas, sombreros altos, chamarras abombadas y pegadas, bolsos y gabardinas de piel. También vi bastante gente que, pese a sus discapacidades, se animaron a unirse a la multitudinaria fiesta de la moda en el corazón de Manhattan: no faltaron andaderas ni bastones chasqueando en el asfalto al ritmo de los gritos y las risas.

Mientras en la alfombra roja reinaban los flashes, en las calles aledañas se respiraba la celebración, el gusto por la moda, por la vestimenta y su relación con el arte, más allá de la que hay con el dinero y con las donaciones al MET. En las calles se vivía la moda, la creatividad en el vestir sin etiquetas ni donaciones de por medio. La donación aquí era vivencial, era la experiencia del atrevimiento en el vestir.

X: @EvoletAceves

Instagram: @evoletaceves

everaceves5@gmail.com

Évolet Aceves es cuentista, novelista, poetisa, cronista y ensayista. Autora de la novela Tapizado corazón de orquídeas negras (Tusquets, 2023), forma parte de la antología Monstrua (UNAM, 2022). Periodista cultural, fotógrafa con dos exposiciones individuales. Escribe su columna en Pie de Página. Ha vivido y estudiado en Toluca (México), Varsovia (Polonia), Albuquerque (Nuevo México, EEUU) y Nueva York, donde actualmente reside con la beca GSAS otorgada por la Universidad de Nueva York, donde también da clases. Colaboradora en revistas y semanarios: Dominga (Milenio), El Cultural (La Razón), Nexos, Replicante, Este País, entre otros. Su obra ha sido presentada en ferias del libro y universidades de México, Estados Unidos, Polonia y Alemania.