Una investigación exclusiva de Diario Red revela que el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, indultado por Donald Trump, lidera desde Estados Unidos una red de desinformación y financiamiento opaco para desestabilizar a los gobiernos de Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro, en coordinación con la ultraderecha global
Texto: Jade Guerrero, con información de Diario Red
Imagen: Cortesía de Diario Red
CIUDAD DE MÉXICO. Lo que inicialmente parecía una filtración de presuntos audios comprometedores ha mutado en el Hondurasgate, una trama de injerencia internacional que apunta directamente a la desestabilización de los gobiernos progresistas en América Latina.
A través de una red de financiamiento opaco y operaciones de guerra psicológica, el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández (JOH) surge como el operador clave de la agenda MAGA para socavar las administraciones de Claudia Sheinbaum en México y Gustavo Petro en Colombia.
Para dimensionar la gravedad de estas filtraciones, publicadas por Diario Red, es vital recordar el antecedente que marcó la caída de Juan Orlando Hernández. En 2024, JOH fue condenado en Nueva York a 45 años de prisión por conspirar para importar cocaína a los EE. UU. y recibir sobornos del Cártel de Sinaloa.
Durante el juicio, la fiscalía estadounidense calificó a Honduras como un «narcoestado» bajo su mandato. Sin embargo, su indulto por parte de Donald Trump en 2025 no fue un cierre judicial, sino el inicio de una operación de rescate político que hoy se revela como una transacción de soberanía nacional.
Audios del 30 de enero de 2026 revelan que Juan Orlando Hernández solicitó 150 000 dólares de fondos públicos hondureños para establecer una «unidad de periodismo digital» en Estados Unidos.
Esta oficina tiene como objetivo la producción masiva de fake news y narrativas de miedo que preparen el terreno para intervenciones políticas y militares, coincidiendo con las amenazas de Trump sobre intervenciones terrestres en México.
Esta estructura es el brazo ejecutor de una guerra de quinta generación. Se utiliza el miedo como herramienta de control para que la opinión pública acepte la pérdida de soberanía a cambio de una supuesta «seguridad» impuesta desde el exterior.
La trama involucra el apoyo de Benjamín Netanyahu y sectores de la ultraderecha global, quienes intercedieron ante Trump para el indulto de Juan Orlando Hernández. El precio de este perdón es convertir a Honduras en la base de operaciones del eje MAGA-Milei-Netanyahu en la región.
Es un intercambio transaccional de justicia por territorio. El indulto no es humanitario; es la compra de un capataz regional para financiar ataques contra México y Colombia sin restricciones soberanas.
Revelaciones indican contactos directos con antiguos mandos de inteligencia de EE. UU. para ejecutar una purga en las instituciones hondureñas. El objetivo es eliminar cualquier oposición, como se ha visto en las amenazas contra Marlon Ochoa, para rehabilitar las estructuras del narcopolítico.
El uso del lawfare y la purga institucional busca reinstaurar un «narcoestado funcional» que sea dócil a los intereses de Washington y sirva de cuña contra el bloque progresista latinoamericano.
En audios de abril de 2026, JOH instruye a Tomás Zambrano para que las iglesias evangélicas se encarguen de que «a la gente se le olvide el pasado».
Se usa la fe como herramienta de amnesia colectiva para borrar los crímenes de la narcodictadura e imponer una narrativa donde la izquierda sea siempre el enemigo, convirtiendo los púlpitos en plataformas de campaña MAGA.
El fondo de esta conspiración es material: asegurar el control de minerales críticos, como el litio en México, frente al dominio chino en el refinado de tierras raras.
México está en la mira por sus recursos estratégicos. Las acusaciones de «narcoterrorismo» son solo el pretexto para justificar una bota militar sobre el litio y la soberanía energética, con Nasry Asfura actuando como un «gerente de transición» para entregar el país al capital extranjero.
El Hondurasgate no es un evento aislado, sino el síntoma de una contraofensiva coordinada contra la autonomía de América Latina. La red tejida por Juan Orlando Hernández, bajo la sombra del movimiento MAGA, busca convertir a las instituciones en cáscaras vacías al servicio de intereses transnacionales.
Al final, la batalla no es solo por el control de una narrativa en redes sociales o púlpitos, sino por el derecho de naciones como México y Colombia a decidir sobre su propio destino y sus recursos.
Ante una ultraderecha que ofrece impunidad a cambio de territorio, la única respuesta posible es una integración regional que priorice la memoria histórica y la dignidad soberana por encima de cualquier transacción geopolítica.
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