Bajo un sol inclemente, el Paseo de la Reforma se convirtió en un solo pulso de banderas, tambores y gargantas rasposas. Este primero de mayo, la capital no solo marchó por salarios o por horas: salió a disputar el derecho a una vida que no se agote entre checadores, tarjetones negados y promesas rotas desde el campo hasta la banqueta
Texto y fotos: Andrea Amaya y Jade Guerrero
CIUDAD DE MÉXICO.— A pesar del calor que ha envuelto las últimas semanas a la CDMX, el 1 de mayo se llevó a cabo sobre el Paseo de la Reforma la marcha de los trabajadores, donde sindicatos independientes, demócratas y revolucionarios asistieron puntuales a la cita en el Ángel de la Independencia, donde transformaron el asfalto en un río de consignas.
Entre el ondear de banderas y el eco de los tambores, las consignas se repetían como un mantra en las mantas y en los gritos de gargantas ya rasposas: «Somos trabajadores, no somos socios».
La marcha por los derechos laborales y condiciones dignas comenzó. La Ciudad de México se convirtió en el epicentro de un reclamo nacional: el derecho al tiempo, al descanso y a una vida que no se escape entre checadores y horas extra no pagadas.
Conforme se avanzaba por los carriles centrales de Reforma, el cansancio físico empezaba a asomar, pero la convicción parecía renovarse con cada paso. Ahí, entre los contingentes de trabajadores del campo y la ciudad, se encontraba Alma Miranda, de la Unión General de Trabajadores de México. Para ella, estar ahí no es una opción, sino una necesidad frente a un sistema que siente que les ha dado la espalda.
«Es importante venir a marchar porque, a pesar del gobierno actual, la política laboral es totalmente neoliberal», explica Alma.
Su voz refleja una realidad cruda: salarios que no alcanzan para lo básico y un ambiente de represión para quienes deciden organizarse. Para Alma, la lucha no es solo por el presente, sino por el futuro de los que vienen detrás.
«Los jóvenes ya no tienen esperanza; no tienen reconocimiento de antigüedad ni seguridad. Por eso es necesario salir y mostrar unidad», comenta.

Al llegar a la altura de la Alameda Central, donde la sombra de los árboles ofrece un respiro momentáneo, el perfil de la protesta cambia. Ya no son solo los sindicatos tradicionales, por decirlo así; son los estudiantes y las nuevas generaciones quienes retoman la bandera de las 40 horas.
Carla Ávila, estudiante de doctorado en Biología, me platica sobre su perspectiva académica pero profundamente política: ve la jornada laboral no como un horario, sino como una barrera para la vida misma.
«La clase trabajadora vive en condiciones que no le permiten ni siquiera reproducir su fuerza de trabajo», comenta Carla.
Para ella, la falta de acceso a vivienda y salarios dignos son piezas de un rompecabezas que solo se resuelve con un cambio sistémico. «Ni siquiera tenemos las 40 horas», reclama, dejando claro que su presencia ahí, bajo las siglas del Partido Comunista Revolucionario, es un llamado a escapar de las contradicciones de un sistema que agota al trabajador hasta el cansancio.
La marcha desembocó en la inmensidad de la Plaza de la Constitución. El eco de las consignas se expandió por toda la plancha mientras los diferentes sindicatos y organizaciones campesinas tomaban su lugar frente a Palacio Nacional.
En medio de ese mosaico de reclamos, la voz de un líder campesino resonó con una urgencia distinta. No hablaba solo de horarios, sino de la supervivencia misma del campo mexicano frente a lo que llamó la «continuidad del modelo neoliberal».
«No tenemos fondos, no tenemos recursos, no tenemos un banco agropecuario para financiar el desarrollo rural», denunció.
Su reclamo fue directo hacia la figura presidencial, exigiendo un alto al despojo de territorios y al saqueo de recursos naturales por parte de mineras y grandes empresas. Pero el punto más crítico de su discurso llegó al tocar el Tratado de Libre Comercio. Con el Zócalo como testigo, lanzó un desafío: que el pueblo sea quien decida el futuro económico de la nación.
«Demandamos a la presidenta Claudia que detenga la firma del tratado de libre comercio y consulte al pueblo si estamos de acuerdo o no en que se ratifique. Este es el momento coyuntural y le toca a ella decidir».
Mientras los contingentes obreros y campesinos ocupaban la parte norte de la plancha, otra columna avanzaba con la misma urgencia. En un encuentro simbólico de resistencia, la marea de banderas rojas y carteles por las 40 horas se fundió con la marcha de las trabajadoras sexuales, quienes este día también salieron a las calles para recordar que su labor es trabajo y que la dignidad no conoce de estigmas ni de márgenes.

La movilización de las trabajadoras sexuales independientes y la Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer no fue solo una marcha de conmemoración, sino una batalla frontal contra la burocracia. Desde la Merced hasta el corazón de la capital, la demanda fue clara: el respeto total a su labor y la exigencia de los tarjetones de trabajo no asalariado.
Elvira Madrid Romero, presidenta de la Brigada, denunció con firmeza el bloqueo sistemático por parte de la Secretaría del Trabajo y Fomento al Empleo. A pesar de haber ganado la sentencia 112/2013, que reconoce legalmente el trabajo sexual como una actividad no asalariada, la institución se niega a entregar las credenciales físicas.
«Están desacatando una ley porque la directora dice que esto no es trabajo», señaló. Para el contingente, este freno no es administrativo, sino ideológico: se imponen moralidades personales sobre derechos judiciales ganados en la calle. Sin este tarjetón, las trabajadoras quedan desprotegidas ante la policía y las mafias de extorsión, perpetuando un estado de vulnerabilidad que la ley ya debería haber resuelto.
A la par de la lucha administrativa, la marcha denunció las obras públicas rumbo al Mundial de Fútbol como una estrategia de «limpieza social». La instalación de infraestructura, como ciclovías en zonas de trabajo de Calzada de Tlalpan, ha provocado una caída del 70 % en los ingresos de las compañeras. «A mí el mundial no me da de comer, me da mi esquina», recordó Madrid, señalando que el 50 % del sector se ha empobrecido drásticamente mientras la ciudad se maquilla para el turismo.
En medio de esta lucha por el reconocimiento legal, destaca la figura de Sofía, quien a sus 75 años representa al proletariado que no se rinde. Su historia personifica por qué el tarjetón es una cuestión de justicia: llegó al trabajo sexual en 1971, huyendo de una violencia de género que casi le cuesta la vida y enfrentando sola el hambre de sus hijos.
«Uno como mujer, al ver a sus hijos sin comer, no puede estar esperando», afirma Sofía.
Con el fruto de su esfuerzo en la banqueta, Sofía logró lo que parecía imposible para una mujer perseguida por las camionetas de gobernación: costeó las carreras profesionales de sus cuatro hijos y su nieta. Hoy, con descendientes tituladas en administración y trabajo social, Sofía marcha para exigir que el Estado reconozca la labor que le permitió sacar a su familia adelante y que, tras cinco décadas, le sigue permitiendo caminar con la frente en alto.
Al llegar al Zócalo, la Brigada Callejera dejó claro que el trabajo sexual es el refugio de quienes han sido expulsados del mercado formal. En un 1 de mayo donde se habla de salarios mínimos, ellas recordaron que su lucha empieza por algo más básico: que se respete la ley, se entreguen los tarjetones y se detenga el desplazamiento de quienes han construido la ciudad desde sus márgenes.
No importa si el reclamo viene de un aula de doctorado, de un surco en el campo o de una banqueta en la Merced; la exigencia es una sola: dignidad. Este Primero de Mayo demostró que, aunque las rutas de las marchas sean distintas, el destino de quienes viven de su esfuerzo es el mismo: la resistencia frente a un sistema que intenta despojarlos de su tiempo, su derecho al descanso y, sobre todo, de su identidad como piezas clave de una nación que se mueve gracias a ellos.
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