Edición genética: riesgos e incertidumbres

29 abril, 2026

Mariana Benítez y Ana Wegier*

La edición genética es promovida como una herramienta de alta precisión, pero mantiene muchas de las incertidumbres y de los riesgos ambientales, sanitarios y socioeconómicos asociados a los organismos genéticamente modificados y, en algunos aspectos, genera nuevos. En ésta, la segunda de tres entregas, hablamos sobre esto.

La edición genética, descrita en nuestra entrega previa[1] , se promueve como una tecnología de modificación genética precisa, confiable y segura. Sin embargo, ya se han documentado diversas formas en que supone incertidumbres o riesgos a las personas, a la biodiversidad y a los ecosistemas. Además de los ya documentados, hay muchos otros riesgos que pueden anticiparse, pues gran parte de las promesas de seguridad de estas tecnologías parten de premisas que subestiman la complejidad de los seres vivos y de los ecosistemas. Aquí desarrollamos algunas de sus principales fuentes de error, incertidumbre y riesgo.

Efectos no blanco y efectos imprevistos

Los efectos imprevistos e indeseados de la edición genética que han sido mejor documentados son los llamados efectos no blanco (off-target effects, en inglés[2] ). Éstos surgen cuando los cortes que se hacen en el ADN ocurren en lugares equivocados, por ejemplo, en regiones repetidas o similares a la región en la que se busca el cambio (blanco o target). Y, por supuesto, el efecto que puedan tener en regiones no previstas puede ser perjudicial para los organismos[3] . Por mencionar algunas posibilidades, pueden afectar vías de producción de sustancias alergénicas o alterar sitios clave para la supresión de tumores. Si bien existen diferentes técnicas de edición genética, muchas implican riesgo de moderado a alto de producir efectos no blanco[4] . Aunque en algunas versiones de ciertas técnicas se han reducido estos efectos, no han sido completamente eliminados. A esto se suma que,  la edición genética también puede generar inestabilidad genómica[5] , causando grandes reordenamientos del ADN o la eliminación de regiones completas, entre otras cosas.

Pero más allá de los errores, aun cuando una modificación genética ocurre en el sitio previsto, sus consecuencias pueden ser difíciles de anticipar. Esto se debe a que los genes no operan de manera aislada, sino como parte de redes complejas de interacción con otros genes y elementos celulares que se regulan entre sí. Por ello, incluso cambios puntuales —ya sea modificar un gen propio, insertar copias de genes de la misma u otras especies, o alterar sus funciones y relaciones— pueden desencadenar efectos amplificados e imprevistos en distintos niveles: en el organismo, en las poblaciones y en las comunidades en que estos organismos existen.

Por eso es fundamental distinguir los propósitos y los contextos en los que se aplican estas tecnologías al analizar sus consecuencias. No es lo mismo su uso en salud humana —por ejemplo, en células que no forman parte del material hereditario, como las del ojo— que en embriones. Tampoco es equivalente su aplicación en investigación básica o en cultivos bacterianos confinados, que su liberación en el ambiente con intentos de biorremediación en el océano, mejoramiento de la calidad del aire, captura de carbono o en cultivos de plantas con valor alimentario o cultural. Cada uno de estos escenarios implica riesgos y niveles de incertidumbre distintos.

Muchas de las preguntas abiertas hoy respecto a los usos de la edición genética no son solo técnicas, sino también políticas y sociales. Y es importante recordar que la discusión no parte de cero. Con los organismos genéticamente modificados, al igual que ocurrió con el tabaco, el asbesto o el DDT, ya existían indicios de incertidumbre mucho antes de que se tomaran medidas firmes para proteger la salud o la biodiversidad. Hoy, nadie duda de los riesgos del consumo de tabaco, ni de la capacidad de dispersión de las modificaciones genéticas en los centros de origen de los cultivos. El punto clave ahora es si la edición genética debe tratarse como un “reinicio”, como si no hubiera antecedentes, para avanzar con menor regulación, o si debe evaluarse a la luz del conocimiento acumulado. Hasta ahora, no se ha demostrado que estas nuevas técnicas sean más seguras que sus predecesoras. Sin embargo, mientras se dedica una gran cantidad de recursos a impulsar su aceptación política, hay un vacío de estudios integrales, por ejemplo, para cultivos modificados por edición genética que evalúen la toxicidad sistémica, las respuestas inmunológicas o las posibles reacciones alérgicas que podría causar su consumo frecuente, a largo plazo y en diferentes etapas de la vida y condiciones de salud de las personas.

Un problema adicional, sobre el cual abundaremos en la próxima y última entrega sobre este tema, es que los organismos genéticamente editados requieren de estrategias de rastreo, pero como los cambios pueden ser pequeños, su detección mediante métodos moleculares se vuelve más difícil, y no todas las posibles modificaciones —intencionales o no— pueden rastrearse fácilmente con la tecnología actual, en parte por su alto costo.

Riesgos para la agrobiodiversidad

Los sistemas de producción agrícola también forman parte de redes socioambientales sumamente complejas, de tal forma que cambios aparentemente pequeños pueden tener consecuencias desproporcionadas, muchas veces impredecibles. La liberación de organismos modificados mediante edición genética es especialmente riesgosa porque, al tratarse de organismos vivos, se trata de una tecnología cuya dispersión puede ser irreversible. A diferencia de productos que pueden retirarse del mercado o dejar de consumirse, los organismos modificados pueden reproducirse, cruzarse con organismos no modificados y permanecer en los ecosistemas, muchas veces sin que haya una posibilidad real de identificarlos para eliminarlos sin consecuencias graves.

La edición genética aplicada a la agricultura conlleva riesgos interconectados que pueden afectar tanto a la biodiversidad como al funcionamiento de los ecosistemas. Hoy se reconoce que el polen de cultivos modificados puede desplazarse a largas distancias y fecundar variedades nativas y parientes silvestres, como ha ocurrido en México con el maíz y el algodón.[6]  Esto implica que el flujo génico no puede contenerse por completo, y que varias de las certezas que durante décadas sostuvieron los marcos de bioseguridad, han resultado insuficientes: Se subestimó, por un lado, la dificultad de controlar la dispersión de organismos vivos y, por otro, la posibilidad de errores humanos.

Además, cada modificación genética responde a objetivos distintos, y las semillas comerciales actuales pueden incorporar múltiples modificaciones simultáneamente. A esta complejidad se suma la posibilidad de combinar técnicas de edición genética con transgénicos convencionales en un mismo cultivo. Como en el pasado, estos cultivos pueden cruzarse con poblaciones nativas y silvestres, dando lugar a la acumulación irreversible de genes funcionales y no funcionales. Los cultivos previamente liberados no desaparecen del todo ni permiten reiniciar la evaluación de riesgos desde cero. Por el contrario, la introducción de nuevas modificaciones genéticas se suma a escenarios donde ya ha ocurrido flujo génico no deseado, aumentando la complejidad y la incertidumbre sobre sus efectos a largo plazo.

Una vez que estas modificaciones se transfieren a especies y variedades no modificadas, pueden alterar rasgos de las plantas de maneras no previstas ni deseadas[7] . Como hemos visto en nuestras propias investigaciones para el caso del algodón, pueden incluso afectar sus interacciones con otros organismos dentro de las redes ecológicas[8]  de las que hablábamos. Si bien algunas modificaciones pueden parecer ventajosas en el contexto de los monocultivos, es necesario considerar sus efectos en hongos, insectos y otros organismos, así como en la salud del medio ambiente y de las personas en diversos contextos a los que pueden escapar. Lo que para la agroindustria puede ser una ventaja, como la menor susceptibilidad al tizón del maíz, puede representar la imposibilidad de tener huitlacoche, un manjar y un alimento muy apreciado en México. De forma similar, tener un sistema de defensa sobreestimulado para resistir a un herbicida como el glifosato, altera las relaciones de las plantas con microorganismos e insectos.

Por otro lado, aunque la erosión de la diversidad agrícola no es un fenómeno nuevo, la introducción de cultivos editados genéticamente puede intensificar las tendencias marcadas por la Revolución verde y los transgénicos convencionales, sus antecesores. Estas tendencias consisten en utilizar cada vez más agrotóxicos (de hecho, entre los rasgos más comunes en cultivos modificados está la resistencia a herbicidas que eliminan a todas las demás plantas), en favorecer el control corporativo de las semillas y fomentar monocultivos, desplazando a variedades nativas e incrementando la vulnerabilidad ante plagas, enfermedades y cambios en el clima.

Cuando la información genética modificada se mezcla con los cultivos nativos o no modificados, se pierde la capacidad de decidir qué sembrar y qué consumir, hoy y en el futuro. Este derecho no sólo nos corresponde hoy a nosotras y nosotros, sino también a las siguientes generaciones: la diversidad biológica, los alimentos y el ambiente que hoy existen son un bien común que no puede ser alterado irreversiblemente sin considerar ese derecho.

Riesgos a los ecosistemas enteros

Como mencionábamos en nuestra entrega anterior, la edición genética ha sido utilizada para crear los llamados impulsores genéticos (gene drives en inglés), que son sistemas diseñados para propagar rápidamente un rasgo en una población. En este caso, una vez más, es importante recordar lo intrincado de las redes de interacciones entre microorganismos, plantas, animales, redes que sostienen la vida en el planeta.

Los impulsores genéticos y otras técnicas de la biotecnología moderna se han planteado para diferentes usos en materia ambiental y sanitaria. Por ejemplo, en el ámbito de la salud pública, se ha argumentando que pueden contribuir a eliminar enfermedades como la malaria mediante la supresión de mosquitos. Sin embargo, existe el riesgo de que un impulsor genético liberado accidentalmente —o de forma intencional pero intrínsecamente difícil de controlar— escape hacia poblaciones no objetivo, cruce fronteras internacionales (incluso hacia lugares en donde su uso pudiera estar prohibido) y cauce daños ecológicos masivos e irreversibles.

Actualmente no existe un marco sólido que garantice que la liberación de productos de biotecnologías genéticas al ambiente no cause daños ecológicos, como argumentan claramente un grupo de científicos de todo el mundo.[9]  Sus impactos en los ecosistemas completos son en gran medida desconocidos y no pueden evaluarse de manera confiable con las herramientas científicas disponibles. Dado que estas tecnologías avanzan más rápido que las evaluaciones de seguridad, no deberían liberarse en ecosistemas abiertos a menos que se demuestre que no existen riesgos directos o indirectos para la biodiversidad. De hecho, considerando que grupos de seres vivos como los insectos polinizadores ya están en declive alarmante, una coalición amplia de científicos y organizaciones propusieron una moratoria sobre la ingeniería genética de especies silvestres[10]  en ecosistemas naturales ante la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), la cual resolvió evaluar caso por caso el uso de esta tecnología.

En conclusión, los riesgos de la edición genética no actúan de forma aislada, sino que se refuerzan mutuamente, pudiendo desencadenar cambios sociales y ecológicos profundos, pérdida de resiliencia en los sistemas agrícolas y afectaciones a la biodiversidad y los ecosistemas, ya de por sí amenazados. Por ello, desde el punto de vista de la bioseguridad, el principio más sólido es la precaución:[11]  evitar el desarrollo y la liberación de organismos potencialmente dañinos. Esto es particularmente crítico en cultivos vinculados a la soberanía alimentaria, la salud pública y el cuidado del medio ambiente. La edición genética no es únicamente una herramienta científica: es una tecnología con profundas implicaciones sociales, ecológicas y éticas. Su desarrollo y aplicación no pueden dejarse exclusivamente en manos de criterios técnico-científicos, y mucho menos del mercado. En última instancia, la cuestión es qué tipo de relación queremos construir con la vida y los sistemas que la sostienen.


  • Mariana Benítez trabaja como investigadora titular en el Laboratorio de Ciencias de la Sostenibilidad, en el Instituto de Ecología de la UNAM. Ana Wegier trabaja como investigadora titular en el Jardín Botánico en el Instituto de Biología de la UNAM. Ambas pertenecen al Sistema Nacional de Investigadores.

 [1]https://piedepagina.mx/edicion-genetica-una-forma-mas-de-generar-organismos-geneticamente-modificados/

 [2]https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/40777742/

 [3]https://www.nature.com/articles/s41467-025-62606-z.pdf

 [4]https://pubs.acs.org/doi/10.1021/acsagscitech.1c00270

 [5]https://www.nature.com/articles/s41467-023-40901-x

 [6]https://doi.org/10.1111/j.1365-294X.2011.05258.x

 [7]https://doi.org/10.3389/fpls.2017.02030

 [8]https://rdcu.be/ffwWa

 [9]https://docs.google.com/document/d/1Eue_f3fuzi-hGWyQu_N_8MALEj0TSIYAyRMXcGLab60/edit?tab=t.0

 [10]https://engineeringnature.org/

 [11]https://piedepagina.mx/el-principio-precautorio-aprendizajes-para-el-caso-del-maiz-en-mexico/

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