Laboratorio para Vatos

18 abril, 2026

FOTO: ANDREA MURCIA /CUARTOSCURO.COM

En México y Latinoamérica, los discursos incel han pasado de las redes sociales a casos reales de feminicidio y homicidio. Ante esta crisis, el Laboratorio para Vatos ofrece una alternativa política y emocional: espacios donde los hombres puedan desmontar el sistema que también los violenta, lejos del adoctrinamiento y la cosificación

Texto: Jade Guerrero

Foto: Andrea Murcia / Cuartoscuro

CIUDAD DE MÉXICO. – «Se nos quema el guion de la masculinidad en las manos». Con esta contundencia, Mikel Armenta, responsable del proyecto Laboratorio para Vatos, describe la desorientación que miles de hombres enfrentan en la actualidad.

En un mundo donde las certezas del pasado se desmoronan, muchos encuentran en la manósfera y la cultura incel un sentido de pertenencia basado en el resentimiento y el aislamiento. Sin embargo, frente a los algoritmos que monetizan la frustración, surgen espacios que apuestan por algo mucho más saludable: la escucha, el acompañamiento afectivo y la renuncia a la violencia.

En recientes años, México y diversos países de Latinoamérica han sido testigos de un aumento alarmante en la popularidad de los discursos incel. Esta narrativa, que se propaga con rapidez, no solo promueve el odio, sino que ha trascendido de las redes sociales para, lamentablemente, manifestarse en casos reales de feminicidio y homicidio perpetrados por un sistema que permite su libre propagación y por creadores de contenido que se aprovechan del abandono afectivo en hombres.

El resultado son tragedias cometidas por jóvenes radicalizados en estas comunidades. Este fenómeno no es una tendencia inofensiva; es un veneno que corroe el tejido social y que, al dar sentido a la violencia, termina por convertir la frustración individual en tragedias colectivas. Erradicar esta cultura de odio es hoy una prioridad para reconstruir los vínculos humanos que han sido dañados.

El fenómeno incel u «hombres célibes involuntarios» no es un movimiento espontáneo, sino una comunidad que responsabiliza a las mujeres y al feminismo de su falta de éxito afectivo, reforzando roles tradicionales y mandatos de control. En la era del «negacionismo» y el antifeminismo, estos grupos operan como una «industria de identidades» que utiliza a jóvenes como «armas biosociales», mientras líderes digitales lucran con su soledad.

Ante este panorama, iniciativas como el Laboratorio para Vatos buscan romper el ciclo de radicalización, ofreciendo a los hombres una alternativa política y emocional:

«Entender que el proceso de cambio no es lineal ni solitario, sino una construcción colectiva que requiere «ensuciarse las manos» para desmontar el sistema que también los violenta a ellos», explica Mikel.

De la reflexión a la calle: el origen del Laboratorio

Lo que hoy es un espacio de acción política y acompañamiento nació, como muchas iniciativas contemporáneas, de una búsqueda personal y un algoritmo. Mikel Armenta, quien hoy cursa una maestría en Ciencias Sociales con enfoque en género y violencia, comenzó el proyecto hace tres años impulsado por sus propias reflexiones en terapia y el deseo de divulgar libros y temas de masculinidad en redes sociales.

Gracias a ello, la necesidad de los hombres de encontrar espacios de escucha real hizo que el proyecto buscara más formas de expandirse:

«El espacio fue mutando a la creación de una comunidad porque algunos hombres empezaron a acercarse con la intención de preguntar si había algún tipo de grupo o dinámicas presenciales», explica Mikel.

Lo que empezó como una convocatoria de WhatsApp bajo el nombre de «Vatos Trabajando» terminó convirtiéndose en una red de conversatorios y círculos de reflexión que encontró refugio en lugares emblemáticos como la librería feminista Utópicas, en el sur de la Ciudad de México.

Más que teoría: sostener los afectos

Para Mikel, la transición de la teoría a la acción implicó entender que el trabajo con hombres no solo requiere bibliografía, sino un «sostenimiento afectivo». Cuando un hombre comienza a reconocerse como parte de un sistema violento, o identifica sus propias prácticas de abuso, se enfrenta a una ola de emociones: culpa, miedo, desorientación y vergüenza.

«La idea del laboratorio es que se creen comunidades que puedan sostener estos afectos. No desde la complicidad, porque no somos un espacio de complicidad, pero sí de sostenimiento. Creemos que, si las víctimas requieren acompañamiento, los victimarios de algún modo también lo necesitan».

Este enfoque marca una diferencia crucial con otras narrativas: no se trata de una «limpieza de imagen», sino de una acción antipatriarcal que reconoce al sistema como algo que «nos recluta y nos domina». En el Laboratorio, el objetivo es generar comunidades críticas que aprendan a «ensuciarse las manos» para generar cambios reales en su forma de relacionarse consigo mismos y con los demás.

La manósfera: un mercado de odio

Para Mikel, la cultura incel y la manósfera no son simples foros de internet; son una estructura de adoctrinamiento que aprovecha el «abandono afectivo» de los hombres para ofrecerles una identidad basada en la tradición y el pavor al presente feminista. En estos espacios, la desorientación masculina se convierte en una mercancía rentable.

Uno de los puntos más críticos que identifica Mikel es cómo estas narrativas terminan por objetivizar a los propios hombres, exigiéndoles estándares de éxito económico y físico casi inhumanos. Dentro de esta lógica, el hombre debe convertirse en un «producto de alto valor» para ser deseable:

«Se busca un éxito económico y emocional que es el estoicismo… Esto hace que los hombres se conviertan en un objeto de alta gama, por así decirlo. Ante esto piensan: «Yo soy la recompensa para las mujeres»».

Esta visión transforma la superación personal —como el ejercicio o la disciplina— en un proceso de deshumanización. De acuerdo con esto, Mikel comenta que detrás de estas ideas hay un adoctrinamiento que deja las estructuras de poder intactas, impidiendo cualquier despertar o reflexión genuina.

Carne de cañón y armas biosociales

El peligro de la manósfera trasciende lo digital. Mikel es enfático al señalar que existe una «industria de las identidades» que monetiza con el miedo y el odio fabricado hacia el feminismo. En este ecosistema, los jóvenes no son solo usuarios; son herramientas:

«Son comunidades que usan a los hombres como carne de cañón, los usan como armas biosociales, mientras ellos —los responsables de crear este contenido— siguen monetizando. No hay que olvidar que detrás de esto también hay una industria… que se está llenando los bolsillos, siendo impune y predicando sin ningún tipo de escrúpulo en las redes sociales».

Ante esto, Mikel comenta que la violencia no comienza cuando un joven jala un gatillo o agrede a alguien, sino cuando encuentra en estas comunidades el sentido para realizar ese acto. La manósfera no ofrece soluciones, sino una «potencia moralizadora» que divide el mundo entre hombres de alto valor y mujeres sumisas, cobrando un precio muy alto: la pérdida de la propia humanidad.

El sistema y la emoción

Por otro lado, Mikel destaca que hay que rechazar y cuestionarnos las explicaciones simplistas ante la violencia, como aquellas que señalan únicamente a la crianza familiar. Tras casos de violencia escolar, el debate suele centrarse en señalar a los padres, algo que Mikel cuestiona:

«Los comentarios que he visto últimamente han sido culpando a los padres… Creo que tiene que ver también con la desinformación que existe dentro de estas razones. Hoy en día internet no busca un sentido racional o lógico, sino que la manósfera, ante todo, es una comunidad que respira desde lo emocional… Estos contenidos buscan apelar a lo emocional y creo que es ahí donde radica su fuerza y también su peligro».

Como mencionamos anteriormente, para él la violencia se activa no cuando se jala un gatillo, sino «cuando algo le da sentido a ese acto».

Mikel continúa:

«Hay ciertos intereses políticos, incluso de la ultraderecha, del sionismo, del cristianismo, que están diseñando estos discursos, que al final del día solo están usando a estos jóvenes. De este modo, la manósfera deja de ser un simple foro de opinión para convertirse en una herramienta política que anula el pensamiento crítico y reconstruye la identidad del joven en función del odio y la exclusión».

Salud mental: un asunto de cuidados mutuos

En un país donde la salud mental sigue siendo un privilegio, el Laboratorio para Vatos propone una ruptura con la visión tradicional que reduce la depresión a un desequilibrio químico o a una falta de propósito individual.
Para Mikel, el malestar de los hombres no puede entenderse fuera de su realidad material:

«La salud mental en hombres está atravesada por mandatos, por precariedad, por malas chambas, por una incertidumbre climática, por una especulación inmobiliaria; estamos en medio de un genocidio, de una guerra; es normal que estemos desgastados y desesperanzados».

Es así como, ante la imposibilidad de que todos los hombres accedan a terapia privada, la apuesta es la creación de comunidades donde el eje central sea el apoyo mutuo. Mikel sostiene que el cambio real ocurre en el intercambio de experiencias, que funciona como el «vaso comunicante» entre ellos:

«Tal vez no podamos mandar a todos los vatos a terapia, pero sí que encuentren un espacio donde puedan estar menos normados, donde puedan sentirse más cuidados y más contenidos».

Como alternativa tangible, el proyecto ha generado un directorio de profesionales de la salud con perspectivas de género y accesibilidad económica (como trueques o precios especiales), además de una biblioteca digital en PDF para la formación política y otras redes de apoyo.

Escuchar es un acto de amor y resistencia para desactivar la crueldad

La entrevista con Mikel no puede terminar sin una mirada crítica hacia el futuro y el riesgo de la radicalización en los más jóvenes.

Mikel evoca una escena del documental sobre la masacre de Columbine en la que el cineasta Michael Moore le pregunta al músico Marilyn Manson qué les diría a los jóvenes responsables de la tragedia. La respuesta, según explica, resuena con la urgencia del presente:

«Yo no les diría nada, los escucharía»dice el responsable del Laboratorio para Vatos. Esa frase, precisa, sintetiza la carencia fundamental que hoy explota con éxito la manósfera:

«Los jóvenes están siendo bombardeados de cómo deben ser, cómo deben actuar, cómo tienen que comportarse, pero poco los hemos escuchado. Creo que parte del abandono afectivo que tienen estos jóvenes es la poca escucha y acompañamiento que tienen en su día a día, en su cotidianidad, en su socialización», advierte, señalando que ese vacío de atención es el terreno donde germina la radicalización.

Entonces, el proyecto propone una urgencia social: arrebatarle el micrófono a los gurús del odio para dárselo a los propios jóvenes.

«Si bien los gurús de la masculinidad, los coaches de vida, los gym bros, todo el tiempo les están hablando, creo que es hora de empezar a generar espacios donde los escuchemos a ellos, a los jóvenes», añade Mikel. Y sugiere que la transformación no vendrá de más castigos o humillación pública, sino de ofrecer espacios donde la masculinidad deje de ser una competencia de crueldad y se convierta en un proceso humano y, sobre todo, sostenido por una comunidad que se atreva a realmente escucharlos.

Portal periodístico independiente, conformado por una red de periodistas nacionales e internacionales expertos en temas sociales y de derechos humanos.