Pedro Friedeberg, el último surrealista

14 marzo, 2026

Si algo logró Pedro Friedeberg en sus últimas décadas fue convertirse en un artista reconocible hasta para quien no sabe nada de arte. Su Mano silla ha sido replicada hasta el cansancio, y sus cuadros de marcos rayados y geometrías imposibles cuelgan en paredes de todo el país. Pero hay una distancia enorme entre reconocer una obra y saber quién fue realmente su creador. Porque Friedeberg no fue solo el tipo que pintaba cosas raras o diseñaba muebles ingeniosos: fue un provocador nato, el último surrealista

Por Évolet Aceves / X: @EvoletAceves

—Qué hermoso luce tu cuadro, ¡es precioso!

—Gracias, es un Friedeberg.

—¿Un qué?

—Un Friedeberg. Es del artista ítalo-mexicano, Pedro Friedeberg.

—¿Ítalo-mexicano?

—Claro, nació en Florencia, luego se naturalizó mexicano, cuando llegó acá.

—Qué interesante, y qué curioso, ¿no? Qué bonito marco tiene.

—Por supuesto, sus marcos rayados lo hacen inconfundible. 

—Se ve que es un gran artista ¿no?

—Sí, grandísimo artista, él hizo la “Mano silla”.

—¿La qué?

—La “Mano silla”. Mira, te enseño en el teléfono, es una silla en forma de mano, ¿ves?

—¡Ay claro! Esas sillas son muy famosas.

—Exacto. Pues las hizo él, él fue el que las inventó.

—Las he visto bastante, hace no mucho me iba a comprar una, ahí en la…

—¡No, no! Ni se te ocurra comprar una, porque hay muchas copias falsas.

—¿¡Ay cómo!?

—Sí, no son originales, seguro la que viste es falsa. Hay muchísimas réplicas de la Mano silla, ni-se-teo-cu-rra.

—Se ve que tú sabes muchísimo de arte.

—Pues claro, por eso tengo mi Friedeberg aquí en mi sala.

—Y seguro te salió en un ojo de la cara.

—Obviamente.

—¿Y qué más sabes sobre él?

—Pues que es un gran artista. Todos lo sabemos.

—¿Pero por qué?, ¿qué más ha hecho él?

—Pues muchísimas cosas, es un gran artista y así, ¿no ves mi cuadro? Sobre todo es muy famoso, muy creativo. Es muy buen artista.

—¿Pero qué más hizo, aparte de la silla en forma de mano?

—Te digo que muchas cosas. Por ejemplo, este cuadro que tengo aquí en mi sala. Mira, está firmado por él, ahí dice Pedro Friedeberg con la E volteada, eso es súper distintivo de él, me dijo el art dealer. Es un súper artista. Adoro mi cuadro.

*

Se ha ido el último surrealista mexicano, el incomparable Pedro Friedeberg, ese que en años recientes recobró una potente fama, y cuyos cuadros aparecen en mayor o menor formato en las salas de mucha gente esnob —aunque lo único que sepan de él es que es un “gran artista”—, no todos quienes lo conocen lo son, naturalmente, pues, en efecto, es un genio. Hay que decirlo, Pedro Friedeberg se convirtió en una marca. Pedro Friedeberg es un distintivo de la gente pudiente. Y jamás he visto uno de sus cuadros en la recámara de nadie. Siempre sus cuadros están en la sala, en la pared o en las paredes más visibles de la sala. Y quienes pueden tener una Mano silla, naturalmente, la tienen en su sala.

Pero más allá del valor monetario, Friedeberg fue, es, un artista fenomenal.

Nacido en Florencia, emigró a México en su niñez junto a su madre. El apellido Friedeberg es el de su padre adoptivo, un padre alemán y segunda pareja de su madre, que le prestó el apellido al momento de registrarlo.

Realizaba un dibujo por día desde los cinco años, murió a los noventa. Fue un artista sumamente prolífico, además de multidisciplinario, pues cultivó obras en el dibujo, en pintura, mural, serigrafía, escultura, escritura.

Y aquí me detengo un momento para retomar su quehacer como escritor, pues fue un ferviente corresponsal a través del género epistolar aún ya bien entrado el siglo XXI, y algo poco conocido de él: su columnismo. En el año 1984 tuvo una columna en el periódico El Universal, titulada Lunario Perpetuo, cuando la crítica de arte Ida Rodríguez Prampolini, amiga de Friedeberg, dirigía la sección cultural de dicho periódico —en aquellos tiempos cuando el periodismo cultural en México daba espacio a la creatividad y también a la ficción—, en el cual el artista publicaba cuentos y poemas, acompañados por viñetas suyas. Y no hay que olvidar sus memorias, De vacaciones por la vida (Trilce, 2011), uno de mis libros predilectos.

Gran aficionado fue del Art Nouveau, del rococó, del barroquismo y de las alusiones aristocráticas, como se puede apreciar a lo largo de toda su obra. Zapatos de tacón Luis XV, pelucas, vestidos propios de la realeza, catedrales góticas, columnas griegas, arabescos, motivos visuales que remontan al siglo XVIII y al XIX. Odiaba el minimalismo, adoraba el ornamento. Aquello que para muchos es innecesario, para él lo era todo. Fue gran admirador de artistas como Maurits Cornelis Escher y de Giorgio de Chirico, a quienes imitó mucho, como todo artista hace, empleando perspectivas de interiores frontales y perspectivas exteriores con dos puntos de fuga.

Su madre era amiga del austriaco Walter Gruen, esposo de Remedios Varo, pintora por quien Friedeberg llegó a tener su primera exposición en la Galería Diana. Posteriormente, ella misma lo conectaría con Antonio Souza, dueño de la Galería Antonio Souza, en la cual expusieron muchos de los grandes artistas plásticos de la segunda mitad del siglo XX, Juan Soriano, Francisco Toledo, José Luis Cuevas, Wolfgang Paalen, Pedro Coronel, Gunther Gerzso, Remedios Varo, Friedeberg, entre otros. Ahí conoció a Leonora Carrington, con quien también tuvo bastante afinidad y cercanía.

Su inspiración venía no sólo de los museos, sino —y especialmente— del mundo de afuera de estos.

Estudió arquitectura en la IBERO, pero desistió cuando sus maestros no lo dejaron salirse del molde, él dibujaba en sus planos escenarios, propuestas surrealistas, que no se alineaban con la rigidez de la arquitectura funcionalista, que era aquella que estaba en boga en esos tiempos. Ahí conoció a Mathias Goeritz, quien fue su profesor y amigo, y quien le sugirió dedicarse mejor a la plástica en vez de la arquitectura.

Amante de Europa y de lo europeo, del ridículo y de los contrastes porfirianos, Pedro Friedeberg labró el sentido del humor a cada momento, hizo del ridículo un estilo de vida, una cara de la plástica mexicana que hasta ese momento era poco concurrida. Dicen que detestaba la simetría, cuánta falsedad, toda su obra era completamente simétrica, la empleaba a su manera, utilizando elementos del absurdo, su raíz, ¡su patria!

Un artista que hacía del cinismo su bandera. Gran amigo de la escritora Guadalupe Amor, con quien fundó La Chinche, una pequeña, pequeñísima, galería de arte en Hamburgo 122, en la Zona Rosa, en donde la poetisa daba recitales. Colaboraron juntos en más de una ocasión, fueron muy cercanos.

En 1961 formó parte del grupo Los Hartos, junto a Ida Rodríguez Prampolini, Kati Horna, José Luis Cuevas, Chucho Reyes Ferreira y una gallina que ponía huevos durante la inauguración de su primera y única exposición —fue aquella la exposición más breve que ha tenido México.

Las portadas de la revista El rehilete (1961-1971), cuya fundadora fue Beatriz Espejo, eran precisamente de Pedro Friedeberg.

*

Regina Miranda Körder, quien fue su asistente, me contó sobre él: “Cuando trabajaba en el estudio de Pedro Friedeberg, cada día podía convertirse en una pequeña escena surrealista, muy al espíritu del propio maestro. Mi nombre es Regina Miranda y tuve la fortuna de trabajar con él durante un lustro.

“En el estudio vivían dos gatos que parecían parte del paisaje creativo. Uno se llamaba Netflix y era muy sociable: caminaba entre las mesas, saludaba a todo el mundo y se dejaba querer por cualquiera. El otro, llamado Internet, era todo lo contrario: tan tímido que muchos ni siquiera sabían que existía. Pasaba escondido y apenas se dejaba ver. Pero cuando lograba acercarme, descubría que era un gato muy amoroso y fiel. Decían que incluso habían nacido ahí mismo, en un clóset del estudio.

“Una vez el maestro salió de viaje y, por accidente, Internet quedó encerrado en un cuarto. Yo solo lo escuchaba maullar desde afuera. Así que terminé entrando por una ventana para rescatarlo. Desde ese día decidió que solo Pedro y yo éramos dignos de tocarlo. De nadie más se dejaba… ni siquiera de Alejandro”.

Alejandro Sordo era el manager de Friedeberg, cuenta Regina sobre él: “Durante un periodo de mi vida, viví un trato profundamente hostil y despectivo por parte de Alejandro Sordo en ese entorno. Fue una experiencia que en su momento me hizo sentir vulnerable y hoy reconozco como una forma de abuso institucional. Durante mucho tiempo preferí callarlo, como muchas mujeres hacen en espacios profesionales donde las jerarquías y las dinámicas de poder pesan mucho. El mundo del arte no está exento de las mismas estructuras de poder, silencios y violencias que existen en muchos otros ámbitos. Hablar de esto no es atacar a nadie. Es simplemente recordar que los espacios culturales también necesitan reflexión, responsabilidad y cambios para que sean realmente dignos de todas las personas que forman parte de ellos.

“Y con Pedro, claro, también pasaban cosas muy suyas. Una vez estaba yo trabajando tranquilamente cuando, de pronto, me subió una charola. Pensé que sería café o algo así, pero no traía una Coca-Cola, un tequila y dos caballitos. Me miró con toda seriedad y dijo: ‘Hoy no quiero trabajar… ¿Qué onda?’ Y así, entre gatos llamados Netflix e Internet, rescates por la ventana y pausas improvisadas con tequila, transcurrían algunos días en el estudio”.

Yo sí creo que es necesario un homenaje póstumo, no porque no los haya tenido en vida, pues tuvo bastantes, sino porque su trayectoria lo merece. 

Se nos fue Pedro Friedeberg, el último surrealista, y como bien dice Elena Poniatowska, “ya nadie se vestirá de cebra”.

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everaceves5@gmail.com

Évolet Aceves es cuentista, novelista, poetisa, cronista y ensayista. Autora de la novela Tapizado corazón de orquídeas negras (Tusquets, 2023), forma parte de la antología Monstrua (UNAM, 2022). Periodista cultural, fotógrafa con dos exposiciones individuales. Escribe su columna en Pie de Página. Ha vivido y estudiado en Toluca (México), Varsovia (Polonia), Albuquerque (Nuevo México, EEUU) y Nueva York, donde actualmente reside con la beca GSAS otorgada por la Universidad de Nueva York, donde también da clases. Colaboradora en revistas y semanarios: Dominga (Milenio), El Cultural (La Razón), Nexos, Replicante, Este País, entre otros. Su obra ha sido presentada en ferias del libro y universidades de México, Estados Unidos, Polonia y Alemania.