Habitar la periferia no es solo vivir en los márgenes de la ciudad; es sostener una batalla diaria por el territorio, la memoria y la identidad. Marlene Vizuet Morales, comunicadora y descendiente zapoteca, convierte la resistencia cotidiana en Cuautepec en un acto político: reconstruir sus raíces desde la palabra y la comunidad
Texto y fotos: Andrea Amaya
CIUDAD DE MÉXICO. — Desde las faldas del cerro del Chiquihuite, en el norte de la capital, Marlene Vizuet Morales reconstruye su identidad y desafía las distancias de una urbe que margina lo que no habita en su centro. Comunicadora, académica y madre, Marlene recorre los límites de la Sierra de Guadalupe: un territorio donde la resistencia no es una opción, sino el paisaje cotidiano.
Ella prefiere ser llamada Len. La elección no es casual; es una adaptación a la fonética zapoteca, esa raíz que durante generaciones permaneció en silencio en su hogar y que hoy reivindica como un acto político y de sanación.
Ella es una mujer de contrastes. Se define como soñadora por convicción pero persistente por necesidad. Su historia es el espejo de miles de mujeres que habitan las periferias, allí donde el transporte público se vive como una condena de horas y donde la identidad indígena, a menudo, tuvo que ocultarse bajo el manto del progreso.
Para Marlene, el acceso a la formación académica no fue un proceso lineal, sino una conquista. Tras enfrentarse a la exclusión del sistema universitario convencional, donde un par de aciertos en un examen definen el destino de miles, encontró en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) un espacio para pensarse desde la periferia. Sin embargo, habitar la academia desde los márgenes exige un rigor físico que el centro de la ciudad suele ignorar.
«Vivir en la periferia es un deporte extremo. Representa una carga mental constante: planear tiempos, organizar cuidados y cargar con el cansancio acumulado de años de traslados; tres horas de ida y tres de vuelta», afirma.
Su interés por la comunicación nació de una curiosidad temprana: las horas frente al radio escuchando Chiapas: Expediente Nacional, con Eugenio Bermejillo. Aunque en aquel entonces no descifraba por qué le cautivaban tanto las noticias sobre las luchas comunitarias, hoy entiende que esa pasión era, en realidad, la búsqueda de su propia raíz.

Con el tiempo, Marlene trazó el hilo conductor entre su labor intelectual y sus ancestros. Su abuela y su madre son originarias de la Sierra Norte de Oaxaca, de la comunidad Latzi Duu’, en español San Juan Evangelista Analco; sin embargo, como tantas mujeres de su generación, su madre migró a la Ciudad de México a los 16 años huyendo de la precariedad. Al llegar, se enfrentó a un racismo estructural que la obligó a silenciar el zapoteco como mecanismo de supervivencia.
«No nos lo enseñó para protegernos; quería evitar que nos discriminaran por “no hablar bien”. A pesar de esto, mi mamá nos transmitía su lengua a través de la comida y la cercanía con la comunidad en las fiestas y visitas familiares», relata Marlene.
Esta herencia de resistencia la acompañó hasta su formación profesional, donde volvió a enfrentarse con prejuicios. Durante su maestría en Comunicación y Política, una profesora cuestionó su investigación sobre cómo las mujeres indígenas reconfiguran su identidad mediante la comunicación comunitaria. La respuesta de la docente fue tajante: «Las mujeres indígenas están en la montaña, no haciendo comunicación».
Ese juicio, lejos de frenarla, fue un motor. Actualmente, Marlene cursa el doctorado en Desarrollo Rural en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), donde investiga la producción sonora como una vía de reconciliación con la lengua zapoteca —de la variante Ka titsa’ ki’ ri’ u’— en el pueblo de sus ancestras. Además, es profesora investigadora de la Universidad de las Lenguas Indígenas de México (ULIM).

Para Marlene, la resistencia no siempre ocurre en las grandes avenidas, sino en los gestos más habituales:
«Hay resistencias desde lo cotidiano. Para mí, un acto político es decirle a mi hija “buenos días” en zapoteco; es haberla nombrado Edani’ (llovizna), para que ella fluya. Es hacer presente todo lo que se nos negó por muchos años».
Bajo esa misma premisa, la comunicadora insiste en que es necesario reconocer el legado de quienes nos precedieron:
«Creo que es fundamental despertar la curiosidad por lo cercano y conocer las historias de las mujeres que nos rodean. Es valioso preguntarnos quién fue nuestra mamá, qué hizo nuestra abuela, o quiénes son nuestras vecinas y maestras. Al adentrarnos en los relatos de estas mujeres de a pie con quienes compartimos territorio, visibilizamos sus testimonios para que sirvan de inspiración; al final, es su camino el que nos ha permitido ocupar los espacios que habitamos hoy».
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