Cuba, agroecológica y soberana

17 febrero, 2026

El bloqueo sobre Cuba arreció recientemente con las medidas de asfixia energética y aislamiento impuestas por la administración Trump. En este contexto, es necesario recordar lo que ha significado Cuba en términos de producción agroecológica. Es un ámbito, de entre muchos, en el que quienes buscamos sociedades más justas y sustentables tenemos una deuda enorme con la isla. Una razón más, además del sentido de humanidad y solidaridad básico, para defender la autodeterminación de ese pueblo y apoyarlo sin reservas en estos momentos críticos.

Mariana Benítez*

El acoso que ha sufrido Cuba por parte de EE. UU. tiene ya siete décadas, desde el triunfo de la Revolución Cubana. Fue impuesto, entre otras razones, tras la promulgación de la Primera (1959) y Segunda (1963) Reformas Agrarias, las cuales proscribieron los latifundios y constituyeron un paso clave para eliminar la situación de explotación del campesinado por parte de empresas, en su mayoría estadounidenses, que acaparaban las mejores tierras de la isla. Desde ahí Cuba marcó una trayectoria única y autónoma en materia agraria y de producción agrícola. 

El gobierno revolucionario apostó por una política de apoyo material y técnico que llevó a incrementos notables en la producción de arroz, maíz, frijol y productos pecuarios con los que se buscaba alcanzar la seguridad y soberanía alimentarias, así como caña y tabaco que fungían como materia prima para la industria y el mercado de exportación. En los años sesenta y setenta, la producción estuvo marcada por la llamada Revolución Verde, o sea, por la introducción de maquinaria, semillas híbridas sembradas en monocultivo, riego a gran escala y fertilizantes, plaguicidas y herbicidas sintéticos. Este modelo está basado indirectamente en el uso de petróleo (necesario para producir fertilizantes y combustible de tractores y maquinaria en general, entre otras cosas). Sin embargo, esta forma de producción es insostenible y fue generando los conocidos daños ambientales, la aparición de nuevas plagas y la pérdida de fertilidad, entre otras cosas. Luego, la vulnerabilidad de este modo de producción derivó en crisis al inicio de los noventa, cuando se desintegró el bloque soviético en 1990 y la isla entró en el periodo especial.

Fue entonces que la agricultura en Cuba tuvo que renovarse, diversificarse más y surgió el Movimiento Agroecológico. Sin embargo, este movimiento no surgió de la nada: brotó de los intercambios que este país promovía desde tiempo atrás con campesinos de todo el mundo, de los centros de investigación estrechamente vinculados con el campo y, sobre todo, del conocimiento y práctica de las y los campesinos que mantuvieron formas de producción menos dependientes de insumos y un compromiso inquebrantable de proveer alimento para su pueblo. 

Lo agroecológico de este movimiento consiste en que apuesta por la diversificación de los agroecosistemas y la minimización de insumos externos a partir del entendimiento y manejo de las interacciones ecológicas entre cultivos y otros elementos (insectos, hongos, componentes del suelo, entre otros), siempre dando prioridad a la autosuficiencia alimentaria a nivel familiar y comunitario. Además, más allá de los principios ecológicos, parte integral de este movimiento en Cuba ha sido su articulación con el método campesino a campesino, el cual reivindica el conocimiento local y considera a las y los campesinos como los sujetos centrales, promoviendo diversas formas de aprendizaje colectivo con apoyo de promotores y diversos tipos de aliados. Además de esto, el movimiento pudo extenderse a una velocidad increíble gracias a la base organizativa que conferían las cooperativas y otras figuras asociativas que ya existían en el campo cubano, tales como la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP). 

A partir de 1991 hay una correlación entre la disminución en el uso de fertilizantes sintéticos y la productividad agrícola en Cuba, de forma que la productividad de los cultivos aumentó mientras el uso de insumos disminuyó y, más impresionante aún, la cobertura forestal se mantuvo o incluso aumentó ligeramente. Ésta es una verdadera hazaña

El movimiento agroecológico cubano, aunque siempre en evolución, se ha convertido en un referente mundial, una muestra de agricultura sustentable y un ejemplo de resistencia y reinvención continuas. Ha sido documentado en películas, libros y decenas de artículos científicos. Uno de estos artículos reporta que a partir de 1991 hay una correlación entre la disminución en el uso de fertilizantes sintéticos y la productividad agrícola en Cuba, de forma que la productividad de los cultivos aumentó mientras el uso de insumos disminuyó y, más impresionante aún, la cobertura forestal se mantuvo o incluso aumentó ligeramente. Ésta es una verdadera hazaña, más aún considerando que las tendencias en el resto de los países en el estudio son contrastantes: si hay aumento en la producción, es en general a costa del aumento en el uso de insumos externos y de la pérdida de bosques y selvas.

Pero más allá de los logros y del papel clave de este proceso dentro de la isla, este movimiento ha impactado fuertemente a los movimientos agroecológicos y otros movimientos asociados a las luchas por los derechos campesinos y la soberanía alimentaria en el resto del mundo. Por ejemplo, los encuentros internacionales organizados por la ANAP para compartir y retroalimentar los procesos detrás de su movimiento agroecológico han contribuido a la formación de cientos de campesinas y campesinos, estudiantes, militantes y organizaciones de todo el mundo. Nos han conmovido y transformado en lo individual y en lo colectivo. Decía un amigo en uno de esos encuentros que los campesinos cubanos eran embajadores del futuro que queríamos. Y sí.

Decía un amigo en uno de esos encuentros que los campesinos cubanos eran embajadores del futuro que queríamos. Y sí.

Cuando el Chile de Allende sufría el bloqueo de EEUU, los cubanos destinaron una parte de lo que correspondía por familia y enviaron a ese país un total de 40 mil toneladas de azúcar. Cuando llegó el fin del apartheid, Cuba fue el primer país visitado por Nelson Mandela, quien afirmó que Cuba había sido crucial en la lucha contra aquel régimen de segregación racial. Cuando Sierra Leona enfrentaba una de las epidemias más mortales, cientos de médicos y enfermeros cubanos acudieron a ayudar a enfrentar el Ébola. Cuando surgió la pandemia de COVID-19, el personal médico cubano estuvo de nuevo en donde más falta hacía. Y cuando la propia Cuba se enfrentó a un escenario postpetróleo, similar seguramente al que veremos en todas partes tarde o temprano, supo abrazar la agricultura campesina, renovar, articular, organizar y compartir al mundo un modelo esperanzador de aprendizaje y práctica agroecológica. 

  • Mariana Benítez trabaja como investigadora en el Instituto de Ecología de la UNAM y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores.
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